martes, 29 de enero de 2013

Un perro no es basura que se tira en la calle.

Delante de la pantalla de este ordenador, donde el brillo intenso del papel del blog me está cegando, me transporto con emoción a un pasado que solo se salva por la memoria (como cualquier pasado) y, acompañado por la melodía dulce de Pasión Vega, giro la cabeza hacia el perrito blanco de peluche sobre una balda de la estantería. Tiene un collar rojo roto, que llevó mi Benji toda su vida, y es algo así como una prolongación de su existencia tras su muerte. Lo he cogido y me lo he acercado a la nariz. 

¡Todavía huele a él!

Entonces me pongo un poco triste, pero también esbozo sonrisas. 

Pensar en su brutal muerte me hunde en un mar de lágrimas. Puedo oír todavía sus ladridos temerosos y sus chillidos en la oscura noche. Sonidos que nunca escuché, porque, cuando aquella noche un perro salvaje y enloquecido entró en el campo de mis abuelos, yo no estaba allí. Pero a veces he oído el sufrimiento desgarrador de mi pequeño Benji. Lo veo tan pequeño, ya envejecido, lento y con aliento alterado, sin respiración, tratando de huir de esa bestia monstruosa. Lo imagino corriendo entre lechugas, hierbas de patata, debajo de chirimoyos, aguacates y una parra... donde finalmente aquellas fauces babosas mordieron el pelaje canela de mi pequeñín...

Al día siguiente, cuando me dieron la noticia, por mi cabeza se paseo la locura y me di carabonazos contra la pared del cuarto de baño. El mundo se derrumbaba a cada golpe y, desde ese momento, un asesino nacía en mí. Quise decapitar a ese maldito perro baboso y loco. Lo quise destruir con todas mis fuerzas. Pero nunca lo hice. No debía dejar que ese animal salvaje que todos tenemos se apoderara de mi cuerpo. Que no lo hiciera yo no significa que no lo hiciera otra persona. Alguien acabó vengándose; seguramente alguno de los muchos dueños que perdieron aquel verano a su perro. Porque ese maldito asesino acabó con muchos perros de la zona, todos lo detestaban hasta la saciedad. Y murió.

Murió envenenado. 

Aquel perranco sucio, de pelo blanco y mirada desorbitada, pereció ahogado en el veneno. Aún hoy en día no le he perdonado lo que me hizo: me quitó a alguien muy importante en mi vida. 

Digo todo esto porque ayer vi otro perro abandonado en mi barrio. Tenía el mismo color canela de mi Benji y una cara de buenazo increíble. No puedo entender cómo hay gente que es capaz de abandonar a un animal que ha formado parte de su familia. Soy incapaz de comprender ese comportamiento tan asqueroso; igual de asesino que las muertes que aquel monstruo dejó aquel verano. 

Me fastidia mucho también el hecho de que mi país sea el lugar donde más mascotas se abandonan. ¡Qué horror! Me saca de quicio pensar en el tráfico de mascotas, en el negocio que se mueve en ese sentido... ¡Es una pena! 

A mí me dieron a mi Benji pequeñito, con sus patitas blancas (parecía que llevaba calcetines) y fue acogido y tratado como uno más, con todos los cuidados que necesitara. Era alguien amado y que daba amor. Alguien que siempre formará parte de mis mejores recuerdos. Estoy feliz de poder oler, después de todos estos años, su olor. ¡Qué maravilla!¡Qué regalo me hace la vida manteniendo en su collar su presencia!

No quiero extenderme más en este asunto. Os recomiendo que leáis este artículo publicado por Lucía Etxebarría en su página (es muy interesante): http://allegramag.es/wp/no-compres-un-perro/ 

No tiréis a vuestras mascotas a la calle como a la basura. Por favor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario