martes, 22 de octubre de 2013

Economía de raíz humana: ricos y pobres

El otro día leí que, a pesar de la crisis, en España ha aumentado el número de ricos un 14%, lo que me irrita muchísimo y me parece terriblemente insoportable. ¿Cómo puede ser que crezca la riqueza de unos pocos cuando la gran mayoría se empobrece? ¿Cómo me hago yo mismo esta pregunta sabiendo que es lo que ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad? Pero lo más curioso de todo es que aun habiendo sido esta la tónica general, esa que dice que siempre hay más pobres que ricos, la mayoría permite que esto siga sin verse alterado. Ni revoluciones ni guerras ni muertes ni huelgas... nada es capaz de cambiar de raíz el problema, ese tremendo desajuste humano que separa ricos de pobres con tanta brutalidad e injusticia. Antes hubo jefes de tribu, luego patronos, señores con grandes tierras, nobles, burguesía, grandes empresarios, monarcas... todo lo ha dictado el poder pecuniario mal repartido y las tradiciones fijas, las que parece que salen de los genes directamente y no hay movimiento humano opositor. 

El 94% de la riqueza mundial está en manos de pocos. El otro 6% se reparte entre la inmensa humanidad. El hambre, la pobreza, la escasez se expande por la epidermis de casi todos. Solo la vida misma parece hacer diferencias entre un rico y un pobre. Nadie como la señora de negro en la perfecta ejecución de su tarea. Allegados por igual los que viven por sus manos y los ricos. Anegados por el río de la muerte, que nunca falla, que siempre acierta. 

¿Cómo cambiar las raíces de este sistema idiota? Hasta ahora hemos fallado sin reparo. 
Y entretanto los ricos siguen siendo pocos; los pobres muchos, demasiados.

Esto no va a cambiar. Sentencioso sueno. Sentencioso soy. Además, puedo decirlo con la seguridad de que no me equivoco. Como la muerte en su labor, mi sentencia al respecto es perfecto en su ejecución. Ricos pocos habrá; pobres muchos, demasiados. Así se resume la economía humana en todas sus variantes. Así, nada más, simple y contundente, aburrida, estúpida, gilipollas, pestilente.

Silencio entre voces que no callan

Ya en mi última semana de trabajo en el hotel, me encuentro en una extraña situación, algo así como el enfermo que se bate entre la vida y la muerte. Las ganas de terminar son inmensas, pero no sabría decir si superan a las de la tristeza por dejar de trabajar y perder esta cierta estabilidad económica que me proporciona, aunque no mental ni saludable.

El hotel está tranquilo. ¿Dónde fueron a parar las ingentes masas de personas adultas que parecen burros y berrean y aquellas tiernas criaturas con capacidad pulmonar para ensordecer? ¿Dónde? Ubi sunt? ¿dónde se han metido las quejas inconsistentes, las estupideces humanas, el ruido de la fuente? ¿Dónde? ¿Dónde está todo ese bullicio, ese trabajo que se hace infinito? ¿Dónde la sensación de no disponer de tiempo para terminar tus tareas? No queda casi nada aquí. El hotel ya casi cierra sus puertas por esta temporada y ahora cuatro gatos insuflan vida al bar de la recepción. Por poco tiempo.

Y las horas se eternizan y ya los clientes no están fuera de ti, al otro lado de la barra ni del teléfono; ahora están dentro de tu cabeza y se quejan de ti mismo, te empujan al precipicio, te asalta la ansiedad sin causa aparente y las calles internas del cuerpo se abarrotan de basura. Silencio entre voces que no callan. ¿Qué pasará los meses venideros? ¿Encontrarás trabajo? ¿Te llamarán de la bolsa y volverás a pisar las aulas de algún centro lleno de estudiantes dispuestos a no hacer nada? ¿Viajarás lejos? ¿Qué libros leerás? ¿Leerás  esos volúmenes de hojas que se acumulan, apilan, en el escritorio de tu habitación? ¿El lector de Julio Verne, La canción secreta del mundo, Maldito Karma, La trilogía de Nueva York...? ¿Escribirás, Jose, alguna historia contundente? ¿Escribirás algo? ¿Vencerás todo lo que te pueda venir en contra? ¿Afrontarás el invierno como hormiga o como cigarra? ¿Serás liebre o tortuga? ¿León o ratón? ¿Sabrás no perderte en tu mundo? ¿es malo perderse en un mundo inventado, lejos de este aburrido universo? 

Y las horas eternas se alargan cual cabello de Rapunzel en esta torre que es ahora la recepción, entre el silencio absoluto del fin de la temporada y el eventual sonido de las tazas de café cuando el camarero las coloca sobre la máquina de café. 

La última semana.

¿Por qué me da ansiedad terminar? ¿Por qué me da ansiedad no terminar hoy mismo? Extraño. Pero es así todo. La naturaleza humana oscila entre salir de la cueva para cazar o quedarse en ella para cocinar o pintar en las paredes de la misma. 

Es como este post. ¿Por qué escribo este post sin sentido? ¿O tiene sentido? A vosotros decidirlo. Este de aquí se despide con una sonrisa. Otro día más y peor o mejor.

lunes, 7 de octubre de 2013

Cambiantes como el río de Heráclito

Analizando mi interés por los libros me doy cuenta enseguida de que ya no me atrae tanto la historia que cuentan como la manera en que lo hacen los autores. He leído tantos libros en mi vida que ya es difícil encontrar uno que me cuente algo nuevo, que sea capaz de sorprenderme por lo inesperado de la trama. Es todo ya tan previsible que aburre. Lo que sería de esperar ahora habría sido que no leyera más novelas en mi vida; en cambio, como suele ocurrir en todo ámbito de la realidad, nos adaptamos, me adapto y acostumbro a cambiar las lecturas. Ahora leo más ensayos, más correspondencias y novelas que cuentan las cosas ampliando mis horizontes narrativos, lo que a su vez influye asimismo en mi propia visión del mundo, mi propia capacidad de observar, ya de por sí desarrollada. Soy observador desde antes de tener uso de razón. Podría decirse que es uno de mis rasgos distintivos. Pero ser observador en la lectura no es algo tan relevante, al menos no en el sentido de que se sea realmente, porque, como siempre pasa, lo que se mira por primera vez escapa de la mirada. Cabría ahora un ejercicio interesante: releer. Quizás debería releer aquellas obras que más me han marcado y comprobar que la vida que va arando mi interior ya toma distintamente el fruto del libro que una vez fue impactante para mí. Leer de nuevo lo que ya leí no creo que sea realmente releer, sino más bien leer un libro que ya se había leído pero como algo nuevo, captando detalles nuevos, tramas que pasaron inadvertidas o un gesto de algún personaje que ya incitaba a pensar lo que después de ocurriría. El libro habrá cambiado para nosotros, será un libro nuevo. ¿Acaso la lente no es ya diferente? Porque si hay algo que el escritor no puede evitar es que se le escape un mero detalle que vislumbre el final de la trama. El escritor sabe lo que quiere decir, cómo lo va a decir y cuándo deben tener lugar los acontecimientos, pero lo que desconoce por completo es ese pequeño detalle que se le escapa del subconsciente. La consciencia es traidora y nos pone siempre al descubierto todo secreto que se pretende guardar. Al ladrón se le van los ojos tras la joya reluciente, al gay se le agita la muñeca sin prestar atención, el hombre de cromañón deja de escuchar al interlocutor en cuanto se cruza con una mujer despampanante o al ver un porche, a la modelo la manera de andar la traiciona. 

No hay detalle que no deje entrever lo oculto.

Esta tarde hablaba con mi amigo Juanjo del último libro de Zafón y le decía que esta historia me gustó mucho, pero que había ya algo del estilo del autor que me parecía muy explotado. En el momento no he sido consciente de que estaba hablando precisamente de lo que ahora me importa más: el estilo. A Zafón lo leo ya por la inercia de querer terminar su tetralogía, por poner punto final a algo empezado hace mucho tiempo.  Leí Marina, Luces de septiembre, además de La sombra del viento, El juego del ángel y El prisionero del cielo. Todas ellas me gustaron. De Luces de septiembre recuerdo en especial la conexión de cartas del inicio y el final de la obra y las vivas imágenes de las descripciones. Porque si algo destaca en Zafón son sus descripciones, cargadas de nubes de polvo, de sombras, nieblas, de metáforas visuales, donde los planos descriptivos se mezclan con las técnicas del cine. Sus novelas están, de hecho, muy pegadas, casi adheridas al estilo cinematográfico. Lo que sí debo apuntar es su conseguido efecto en El prisionero del cielo, el uso del lenguaje reflejo de la época, la manera de hablar de los personajes tan real. Pero ya carecen de mi interés, por desgracia. 

En cualquier caso, la cuestión es disfrutar y aprender de los libros, como se debe aprender de la vida, antes de que esta te dé lecciones. Ir al libro antes de que el libro venga a ti o viceversa. Captar el detalle que desenreda el nudo o mirarlo con esmero analizando la belleza que recubre todo el hilo del susodicho nudo metafórico. 

Hablar solos es un ejemplo de lo que ahora me llena. Digo ahora, porque mañana puede cambiar todo y que me interesen los libros de caballerías y ya no tanto el cómo sino el cuándo. Porque somos cambiantes como el río de Heráclito.

domingo, 6 de octubre de 2013

Soy como un globo

Un globo se infla con muchas ganas y mucho pulmón, sobre todo esos que son muy pequeñitos y que se alargan como una salchicha infinita. ¡Y con qué facilidad se desinfla si se pincha o en caso de soltar la boquilla sin haber hecho el correspondiente nudo! Me pasa lo mismo cuando leo. Estoy concentrado en mi lectura, viendo pasar la película que me están narrando y voy montándome al mismo tiempo mi propia historia. Me acechan las ganas de escribirla. Corriendo enciendo el ordenador o abro el cuaderno para comenzar a contar el relato que minutos antes se había empezado a desarrollar en mi cabeza y ¡pluf! todo se desinfla y se escapa el aire de las palabras que no llegaron a plasmarse, congeladas en un tiempo enlazado automáticamente al libro que reposa en mis rodillas o en la mesita de al lado. Tal vez me empeño en escribir lo que no tiene escritura. O como se dice será que lo que iba a escribir era mentira, ¿no? ¿Acaso todas las historias no lo son? 

¿Existe una fiel a la realidad? Nada contempla y expone la realidad como la realidad es en realidad, valgan todas estas redundancias que me he tomado la libertad de realizar. Lo que se escribe y se cuenta con primura es semejante a esa luna llena colosal que como la boca de salida de un túnel ilumina la lejanía y que al ser fotografiada queda reducida a un mero punto blanco en la impresión. Cliché, dicen los franceses, como sinónimo de fotografía. Bonita palabra para expresar lo que después hemos tomado el resto como un estereotipo, como algo que ha quedado fijado en la memoria colectiva, como una fotografía que te pilla con cara de sueño y ojeras pronunciadas y causa la sensación de que siempre has tenido ese aspecto y que eres perezoso, vago, sin ganas de hacer nada, improductivo, maganto, como se dice en mi pueblo, alguien indispuesto al ritmo de vida actual. ¡Qué gracia me hace esto último! "Ritmo de vida actual" decimos como si fuera más acelerado que el de nuestros antepasados, como si la crisis no nos tuviera mermados por completo, como si ahora todo fuera más veloz que antes, más opresivo todo, más cansino... Ridículo me parece, más aún cuando pienso en lo que es un verdadero ritmo de vida, como era el de mi abuelo en su juventud, pasando medio día en la fábrica y medio día en el campo para poder tirar adelante, para ahorrar una perrilla gorda, para poder acercarse a la idea de lo que es prosperar, sin tiempo para dedicar demasiado al sueño, al descanso, a la familia, que ya era ocupación perenne de la abuela, tan trabajadora como él, con un ritmo de trabajo acelerado, cargado de poco tiempo para ella, la casa, las niñas, ayudar en el campo, blanquear la fachada, dejarla tan blanca azulada, tan impoluta que parecía una casa nueva, preparar la comida cada día con amor, con la necesidad de horas que tiene la buena comida, la que se cuece a su amor, como dice mi madre. Eso es un ritmo de vida. El resto también, no vamos a menospreciarlo, pero no olvidemos que lo de ahora no es ni mejor ni peor que lo de antes, es diferente.

Pero ¿veis? Soy como un globo, me desinflo, pierdo el aire y vuelvo a soplar para rellenarlo, empiezo a escribir algo distinto a lo que estaba imaginando mientras leía, porque ya se me ha olvidado lo que tenía pensado. Sin embargo, he acabado escribiendo algo nuevo y me he acordado de aquella palabra que me costó traducir en un examen de francés, el maldito cliché que había utilizado Camus en su texto, y que consumió buena parte de mi tiempo de examen. Viviendo yo siempre en el recuerdo, cuando sé de sobra que cuando sea viejo me arrepentiré por haberme pasado media vida recordando. Pero eso lo dejaré para cuando sea viejo. Entretanto recuerdo y leo, ya que me sienta de fábula y me insufla el aire que este globo que soy necesita.


sábado, 5 de octubre de 2013

Hablar solos

He empezado a leer "Hablar solos" de Andrés de Neuman y he de reconocer que me está gustando mucho el modo que ha elegido el autor para contarnos la historia de un padre, una madre y su hijo de 10 años. El título hace referencia al diálogo interno de cada personaje para hacer avanzar la historia. meterse en cada una de las cabezas es una tarea complicada, que por el momento el autor sabe afrontar con holgura. Lo que me hace pensar ya de antemano que el libro ha de ser bueno es el título: hablar solos es una acción que nos ocupa la mayoría del tiempo, por no decir toda la vida. Todos hablamos solos con nosotros mismos todo el tiempo. Cuando digo todo el tiempo me refiero a todo el tiempo. ¿Acaso hablar con otro no es en realidad hablar con uno mismo? ¿Soñar no es hablar consigo mismo? ¿Escuchar una canción es hablar con uno mismo? ¿No es este título motivo suficiente para abrir sus hojas y escuchar las conversaciones de los personajes?

Después de terminar el libro de Muñoz Molina, merece la pena cambiar por completo de estilo y precisamente el de Neuman es todo lo contrario al de Molina. Abundan las oraciones cortas, los puntos. Todo parece distinto. Me gusta. Como también me gusta Molina. No podemos engañarnos. Voy a seguir perdiéndome en estos diálogos internos. Entrar en la cabeza de un niño, de una mujer y de un hombre ayuda mucho a la salud mental.


viernes, 4 de octubre de 2013

Goku y Vegeta en una lucha interminable o tal vez no.

De la lluvia de cambio de estación me gusta su improvisada danza sobre los tejados, sobre las copas de los árboles, sobre la mesa del bar casi descolorida, sobre el capó del coche o sobre la superficie de esa lata de coca-cola que alguien guarro (¿Para qué engañarnos?) ha dejado tirada sin misericordia. Tan improvisada que aparece cuando segundos antes el cielo estaba despejado y no soplaba ni la más mínima brisa. Se presenta sin más, como aquí anoche. De repente, sopla el viento, se humedece el ambiente y la atmósfera hace amago de invierno, pero solo amago porque tras caer una lluvia pesada, de gotas gordas, como cuando la abuela tira el agua sucia del cubo de fregar desde la puerta a la acera de la calle, regresa el calor y se seca todo. ¿Quién diría que se había derramado el cielo minutos antes? 

Anoche cayeron tres chapetones, como se dice en mi pueblo, y las gotas hicieron sonar las cúpulas del hotel como las castañuelas en una danza andaluza. Animaron la noche, por decirlo de alguna manera. 

Ahora bien, antes de llegar al trabajo, en la lejanía se iluminó el cielo nocturno con virulencia. ¿Relámpagos? Por muy extraño que parezca lo primero que pensé, al ver chocar un rayo amarillo y uno naranja y precipitarse sobre el horizonte, fue no en un fenómeno natural, sino más bien en una batalla de super guerreros sayans. La mente infantil que todavía me habita no deja escapar detalle alguno para ponerse a trabajar. Allí veía yo a Goku enfrentándose a Vegeta, primero con emoción, luego con un poco de pánico, dígase ya de paso. Cuando la tormenta no suena y la lejanía está siendo bombardeada por rayos de intenso color y vas conduciendo el coche, lo que se te viene a la cabeza, más siendo un poco cagueta como yo, es que uno de esos temibles rayos se va a precipitar sobre la carrocería de tu magnífico coche (magnífico porque lo quiero mucho, no porque sea un vehículo de alta gama que cause envidias por donde pasa) y te va a freír como un huevo en el aceite de la sartén. 

Los cambios de estación son espectaculares y virulentos. En Andalucía cuando el invierno hace acto de presencia no lo hace con la suavidad que sería de esperar de la naturaleza; sale de la nada sin el orden que todo lo gobierna, supuestamente. No. Aquí, cuando se sucede una estación y otra, estalla el ambiente, del calor abrasador se pasa al frío y viceversa. Tan solo el cielo es puntual como un reloj, los colores de la luz, la duración del día y de la noche, todos esos signos asignados a cada estación de manera perenne. Es otoño. Lo sé no por la temperatura, sino por el rosa de los cielos matutinos o la oscuridad de una noche que se eterniza con respecto al día. 

¿No os parece maravilloso todo ese mejunje, ese batiburrillo de caos y orden? 

Tengo que confesaros que mi parte infantil sigue negándose a no creer que aquellos rayos chocando no eran en realidad Goku y Vegeta en uno de sus interminables combates. Realidad mezclada con ficción. Así hemos progresado los humanos. Es una pena que la mala ficción se haya convertido en algo tan real que nuestros destinos quedan arrebatados por entes inexistentes que sirven de hilo de marioneta para gente demasiado astuta. Ficción manipulable que hace creer que lo ficticio es real. Esa ficción no me gusta. Es demasiado peligrosa. Cruzadas se han llevado a cabo por las malas ficciones. Bombas pegadas a hombres manipulados han estallado para derribar torres. Prefiero la ficción sana, la que me hace soñar que vuelo y no deja de mantenerme pegado al suelo. Esa es tan maravillosa como la lluvia fresca que bailoteó anoche sobre la cúpula del hotel.

jueves, 3 de octubre de 2013

Momentos culminantes

Todo gran libro tiene un momento culminante casi llegando al final. 

La vida, vista como una sucesión de capítulos o incluso como una biblioteca de libros y, por consiguiente, de historias, posee momentos culminantes por doquier y a todas las horas, solo hay que saber buscarlos, provocarlos, tal vez solo saber mirar, escuchar, prestar atención a lo que en realidad nunca se presta atención aunque parezca que sí. Localizarlos es más sencillo de lo que creemos, tan solo hay que proponérselo y ser capaces de separar lo esencial de lo sobrante, cambiar la mirada, porque lo que realmente da culminación a un momento no es lo externo sino lo interno, el hecho de que el que mira quiera y provoque que eso en concreto sea especial. Creer que algo es único y especial lo hace cúspide de una montaña nueva e inexplorada.

¡Qué divertido puede ser todo cuando se mira desde otra perspectiva!

La cuestión es que yo adoro los puntos tensos de los libros, el momento en que en un par de páginas se desentraña el enigma o queda al descubierto todo el entramado y el puzzle aparece ya resuelto encima de la mesa. Un buen libro es como un laberinto con Minotauro incluido y un hilo de Ariadna que te va guiando hasta la salida. ¿Os imagináis la sensación que debe causar al que se halla encerrado en un laberinto descomunal, con una terrible bestia siguiéndole el rastro, que al mínimo error le va a atrapar y a devorar de un bocado, y que tras mucho sufrimiento consigue salir del mismo y dar a parar a una extensa playa de arena fina dorada y un mar de turquesas y rubíes flotando? Esa sensación es la que me causa cada libro que leo, cada momento estrella, como el que he vivido esta tarde cuando llegaba casi al final del libro de Antonio Muñoz Molina, cuando el inspector está frente a frente con el criminal, cuando después de ver el sufrimiento que ese desgraciado ha causado va a ver castigado, ese instante en que el haz de luz de la linterna del inspector se detiene en la cara del malnacido y todo parece llegar a su fin. Porque la vida como los libros tiene momentos que valen mucho. Agarra cualquiera de los millones de hilos de Ariadna y date una vuelta por los infinitos laberintos que ocultan la realidad.


miércoles, 2 de octubre de 2013

El recuerdo inventado

Uno se agobia pensando en lo fugaz del tiempo cuando uno se topa, de repente, con algo inalterado, como el recuerdo de un lugar que lleva años sin visitar y que para la persona permanece tal cual, como detenido y aislado de toda metamorfosis. 

Estaba leyendo esta tarde en la cama antes de dormir y, aunque seguía pasando la vista por las frases de la página, mi cabeza se había trasladado instintivamente al pasado. Deambulaba por las calles de la vieja ciudad francesa de Pau y me detenía a mirar el balcón de la casa donde viví una vez, como lo puede hacer un fantasma que ha dejado la vida y observa con detenimiento los lugares que fueron parte de su existencia. Allí estaba yo en la cama con el libro en alto y la mente lejos, en otra parte inventada, en un lugar que con toda seguridad no es el mismo, porque no puede serlo, porque el tiempo ha debido de transformarlo todo, como es costumbre suya o, al menos, si no el tiempo, la mano del hombre habrá colocado una farola que no estaba o un negocio nuevo habrá abierto en alguna de las calles que tantas veces transité. No hay lugar que escape al tiempo, salvo en el recuerdo. Son ya tantos años sin pisar mi querida Pau que me produce cierto vértigo. ¡Cómo han pasado ya cinco años desde que subí en aquella furgoneta blanca de mi amiga Mathilde! 

Y, estando yo perdido en ese lugar inventado de recuerdos, no he podido evitar la sensación de que el tiempo me está ganando una batalla. No sé bien qué batalla, si acaso no es otra más que la de vivir, que es mortal y necesaria. Es un sentimiento de terror al paso del tiempo, a ver cómo las cifras de las edades de la gente que quiero cada vez son más elevadas y a percibir una fría guadaña que se pasea por las cabezas de todos. Pero es ley de vida, siempre se dice eso, ¿no? La ley que nos gobierna a todos. La que implica que un día uno ha de morir, como una vez hubo de nacer. Aprender a vivir es nuestro objetivo. Seguir un sendero nuevo, captar cada lección en el detalle que aparece de súbito, para aprehender la realidad y, con ello, descubrir también, por antagonismo, la sabiduría de lo que es la muerte. 

La muerte que aparece en el libro que estoy leyendo y que ahora está muy presente en los medios. El fallecimiento de una menor. En el caso del libro, la chica muere asfixiada a manos de un nefasto violador que no llega a violarla, no por falta de ganas, sino porque el cuerpo no le responde como él bien querría, pero que acaba con su vida sin ningún reparo. ¡Qué fácil es acabar con algo que cuesta tanto conseguir! 

Un libro que me lleva a pensar en otra cosa es un buen libro. Tal vez solo faltaba una palabra o un verbo conjugado en pasado para realizar un viaje a un lugar que extraño. Si es que ya se sabe bien: ¡todo está relacionado! Esta lección la aprendí en bachillerato y creo que nunca la olvidaré. No hay nada que escapa a los enlaces. Una canción, una imagen, una voz, una nube, incluso una mera calculadora contienen en su simple presencia un clamor de recuerdos y vivencias infinitas. Por eso aclamo la importancia que cualquier cosa posee, no solo las pequeñas cosas, también las grandes, las deformes, las cuasiperfectas, las infravaloradas y las sobrevaloradas. Todo en la vida es importante, lo bueno y lo malo. 

Todo.

Agobiarse también tiene su relevancia. Uno se agobia y vuelve a la calma porque en ello le va no perderse antes de llegar a la meta. Yo he dormido como un bebé después. Dormir, ¡qué hermoso regalo! Un minuto de agobio para un relax de tres horas. Merece la pena, ¿verdad?

martes, 1 de octubre de 2013

Soñar despierto por no poder hacerlo dormido

Aquí a estas horas sin haber pegado aún los párpados en ese sueño reparador de cada noche, cansado y con la mente puesta en las sábanas frías de mi cama, me hallo resistiendo la tentación de dormir en este escritorio que ha sido mi compañía nocturna, mientras trabajaba. En la penumbra de cuatro focos de luz encendidos y apesadumbrado por las espadas de las sombras, a veces he sentido en la nocturnidad de ayer, que para mí sigue siendo hoy, el silencio externo así como la voz mía que me ha robado la faringitis y me he perdido en mí mismo, al mismo tiempo que rellenaba informes, cerraba el trabajo diario y preparaba el del día posterior. Ver pasar las horas cuando no pasan es aburrido e incita a filosofar. Filosofar sobre muchas cosas y nada a la vez, porque la mente fluye mucho, pero se desparrama de cansancio y es incapaz de retener todas las buenas ideas que van surgiendo. Solo pienso en realidad en una habitación a la que debía despertar y desperté, sea dicho de paso, a las 5 horas y media. Imprimir portallaves, grabar tarjetas, cuadrar ocupación, escanear bonos, comprobar tipos, cuadrar la rooming, rellenar informes, montar desayunos fríos, apagar luces, encender luces, todo en un ciclo que parece no terminar, que se alarga como las sombras de la noche y que se propaga como el ruido del hotel, el de la máquina de hielo que se activa por sí sola, como el latido de un corazón que nunca se detiene, el crujido inesperado de una pared, el motor de la máquina de agua o las neveras del bar salón, justo enfrente de la recepción. Soñar despierto, porque soñar dormido me ha sido vedado. 

Todo por un turno de noche que tampoco es tan malo.
Todo por un turno de noche que despierta los sentidos más inanimados.


Pero ya miro el reloj, la vida renace en el hall del hotel, suenan los cubiertos que brillan los camareros y se alumbran las luces del restaurante. Ya queda poco para mi ansiado sueño.