martes, 21 de enero de 2014

Borradores

Me descargo la aplicación de blogger para hacer uso de mis tiempos de espera, usar lo que está a nuestra disposición mientras transcurre la hora. Tanteo un poco la aplicación y me pongo a inspeccionar los borradores. Tengo la costumbre de dejar muchos post a medias y no borrarlos nunca. Así, de súbito, uno descubre cosas que creía mal escritas y dejó en mitad de la escritura porque le parecían nefastas, malos engendros.  A veces olvidamos que los engendros pueden ser mejores que los originales, que los que creemos perfecto o cuasiperfecto.

Ahora por ejemplo he leído un poema que escribí mi última noche de trabajo en el hotel a finales del septiembre pasado y que, a pesar de haberlo terminado, no llegué a pulsar la tecla de 'publier', digo la palabra en el idioma de Molière porque lo tengo en francés, como todas las tecnologías de mi vida. Esta es una costumbre que tomé con mi primer móvil en ese intento desesperado de introducir el idioma en mi cotidianidad, de captar palabras desconocidas y exóticas (en aquel momento) por novedosas, por pertenecer a un mundo idolatrado.  El francés se puede decir que ha sido mi dios durante muchos años, el sustituto perfecto del dios cristiano. Yo maté a dios, a la idea, a base de francés.

Qué habilidad o mal hábito mío de abrir camino cuando estoy ya en un sendero. Qué maldición la mía que me lleva a desviarme, desviar el contenido de lo que estoy exponiendo.  Estaba hablando de aquel poema que congelé en el vacío de un borrador que nadie más leerá, salvo yo, y de repente cambio la dirección y os cuento el por qué de utilizar esa palabra francesa.  De una palabra salto al pasado. De un pasado brinco a otro, como el que cruza un riachuelo de piedra a piedra para no dejarse arrastrar, para llegar a la otra orilla, con la diferencia de que yo no busco otra orilla, simplemente  salto de piedra por descuido.

Aquel poema no lo publiqué porque me parecía terrible. En cambio ahora lo leo y me gusta. Sé que no es la calidad sino la temática: el miedo al frío invierno, a pesar de que ya podría quitarme ese horroroso uniforme.  El uniforme era feo. Es feo de narices. Pero al menos abriga más, da sustento, pan, paga las facturas... el invierno no da nada, solo frío y desnudez, a pesar de la ropa sobre la ropa, del calor de la lana y del nórdico. 

Los borradores están para regresar al pasado, para cambiar de perspectiva, para acercarnos a un yo en un momento preciso, un pensamiento concreto, una proyección desde el futuro hacia el pasado que miraba hacia este momento que es presente y era futuro, que ahora puede ser pasado de nuevo. El baile del tiempo, de la memoria, del vídeo que rebobina. Los borradores son como aquella postal que mr escribí a mí mismo en 2004 desde Brive La Gaillarde, ciudad del centro-sur de Francia, de la que además conserva mi madre un botecito de mermelada de pétalos de rosa. Es el pasado que vuelve porque lo mantemos asido adrede. La postal esa es puro fruto del azar. La mermelada, fruto de la intención. Los borradores también son depositados a propósito.

Ese borrador es un poema que nadie leerá, salvo yo.

jueves, 9 de enero de 2014

Piramidal


Las pirámides no las hicieron extraterrestres. 



Cuánta teoría barata sobre extraterrestres estoy harto de escuchar. Que no, amigos, que los extraterrestres que vienen en naves espaciales, verdes, con antenas, asquerosamente repugnantes... no existen. De eso estoy convencido y no hay quien me lo pueda quitar de la cabeza. Solo podría dudar si pienso que quizás no dan señales de existencia porque son tan inteligentes que prefieren no asomar la cabeza o lo que leches tengan como miembro cúspide, si acaso tienen o tuvieran. Como me ponga a pensar mucho en esto al final voy a crear yo mismo un tipo de extraterrestre estrambótico, lo que no desentonaría en absoluto con las ideas humanas que tenemos al respecto. Qué casualidad que son todos humanoides. Cucha, como dios. 

¿A qué teorías me refiero?

Seguramente muchos de vosotros habréis oído hablar de la gran casualidad que suponen los edificios piramidales en las culturas antiguas y lo extraordinario de su similitud en puntos tan distantes del planeta. Hay teorías marcianas (no puedo contener la risa al escribir este adjetivo; quizás porque me siento un poco marciano) que dictaminan que en la antigüedad naves espaciales tipo platillos volantes u objetos voladores no identificados (como era superman) llegaron a la Tierra (escríbase con mayúscula para evitar confusiones con el sustantivo común tierra, suelo, que curiosamente viene a ser lo mismo) y otorgaron a la humanidad el habla, el saber, la técnica... algo así como un Prometeo extraterrestre que vino, dio humanidad y se marchó. Y desde entonces los humanos trataron de encontrarlos. Miraban al cielo y no los veían. Trataban de tocar el cénit y no lograban despegar los pies de la tierra (Tierra con mayúsculas también podría ser aquí) y usando la gran ingeniería marciana crearon las pirámides; sin embargo no alcanzaron nunca las estrellas ni a los susodichos marcianitos todopoderosos. Según las teorías estas, los extraterrestres existen porque no se entendería el desarrollo humano sin ellos. Además, porque quieren ver en relieves egipcios y dibujos antiguos retratos de seres extraterrestres. 



Pues ni creo ni creeré en los extraterrestres como tal. Mucho menos en esos Prometeos alienígenas que nos dieron el saber. Que puede haber vida, seguro. Es lo más lógico. No íbamos a ser los únicos desgraciados en poblar el infinito (o casi) universo de universos. Los antiguos no eran tontos. Si hay algún dibujo que pudiera asemejarse a lo que llamamos extraterrestres es producto de la imaginación del humano de la época. ¿O acaso la imaginación es solo producto nuestro? Pues bien creo que ellos eran superiores a nosotros en este y otros muchos ámbitos. 

El hecho de que haya pirámides en todo el planeta no es tan casual como pudiera parecer. Cuando uno mira todavía hoy en día al cielo ve sorpresa. La sorpresa de algo impresionante, como son el sol y la luna, las incontables estrellas (que en su época debía ser desbordante por falta de contaminación lumínica, atmosférica entre otro estado de cosas) y esa alteración constante que es día y es noche. 

Si algo nos caracteriza es la curiosidad, ese sentimiento perenne de querer saber cosas, de no poder parar quieto, de requerir el desvelo de lo oculto, de lo enigmático. Para alguien que no sabe lo que es el sol ni la luna ni ese manto estrellado, lo primero que se le ocurre es querer tocarlo, asir sus bordes y alcanzar la experiencia. Acceder a esas alturas es imposible con una torre. Con elementos rudimentarios la tendencia más sencilla es crear una pirámide, no por el hecho de que sea fácil, que no, sino porque la lógica lleva a pensar que algo así es lo que más puede resistir, lo que más alto puede llevarnos. 

Decía un amigo mío que es imposible que seres humanos con poca herramienta creen algo como una pirámide o un Cromlech. Que eso es producto claro de los extraterrestres. Qué ilusos somos viendo el pasado con los ojos de un ognipotente humano del presente. Nosotros sí podemos construir edificios colosales como un rascacielos, pero los antiguos no podían crear una pirámide. Nosotros sí podemos hacer rascacielos en todos los puntos del planeta y enterrarnos casi igual; ellos no. Claro. Ellos no tenían nuestra ciencia. Ellos, los antiguos, podían pasarse saber entre culturas, porque como no conocían la globalización. Tonterías y bobadas contemporáneas. Hablo con la soberbia del hombre contemporáneo. Incurro en el mismo error que todos, pero admito que los antiguos eran tan o más sabios que nosotros o al menos no idiotas. Incluso si un edificio piramidal no es tan lógico como yo creo, debería pensarse que quizás todos esos edificios similares en distintas culturas se deba más a la propagación de saberes semejante a la que se ha vivido desde siempre, al igual que ha ocurrido con la técnica, el idioma, el fuego, las creencias, hasta la moda.

Que cada uno crea en lo que le dé la gana. Yo no creo en esto.


domingo, 5 de enero de 2014

Berlín

Dos meses ya sin escribir, ¿en serio? Me parece una broma no haber asomado los morros por aquí en tanto tiempo. ¡Lo que hace perder de repente un hábito! Empiezas no escribiendo, porque no se te ocurre nada o por el mero hecho de que no tienes ordenador o Internet y acabas perdiendo la necesidad de escribir, así como las ganas, las ideas. Desde noviembre sin redactar nada me parece terrible. Intentaré recuperar el hábito perdido, supongo. 

Estuve en la capital germana una semana de vacaciones.

Subir en el avión siempre es una experiencia que me pone de los nervios. Con la edad cada vez sufro más el vértigo de la caída, la sensación de ver que el avión se estrella, que explota un motor, que se abre un agujero en la estructura del aparato y salimos todos volando... ¡Qué ingente cantidad desproporcionada de visiones absurdas, aunque posibles, me bombardea al despegar y al aterrizar! ¡Es impensable! En esto ha debido influir mucho el cine catastrófico (catastrofista era la palabra que yo quería escribir aquí pero el corrector me la subraya como inexistente; en cambio el drae me certifica su existencia). Es un mal que me persigue desde la adolescencia, cuando empecé a ver cine de acción y de catástrofes naturales, explosiones en túneles, erupciones, terremotos, meteoritos, huracanes, accidentes y asaltos de aviones, barcos, trenes... En primero de carrera, recuerdo que cuando subía en el autobús solía mirar por la ventana el paisaje (siempre lo he hecho y lo seguiré haciendo) y, de súbito y sin venir a cuento, una imagen me asaltaba y el bus chocaba contra un automóvil o se despeñaba por un precipicio y yo, como actor de una película, salía del bus usando extrañas habilidades, como puede ser rompiendo la ventana con el tacón del zapato de la señora que iba sentada a mi lado o conjurando hechizos (sí, ya sé que puedo llegar a estar muy loco; la cabeza es la que rige las fantasías). Todo esto viene al hecho de que el trayecto fue bien, a pesar de que alguna visión catastrófica se me pasó por la cabeza. 

Llevaba muchos años sin salir de España y, por consiguiente, tuve el raro sentimiento de volver a ser extranjero; sentimiento, dicho sea de paso, muy adorable, porque me da vida, me estimula, ejerciendo en mí la magia de algún demiurgo invisible que toca mi cuerpo inerte justo en el preciso momento en que pongo pie en suelo ajeno. Berlín. ¡Oh, Berlín! Allí tan presente en la historia europea del siglo pasado, con sus edificios reconstruidos a la perfección, tanto que no parecen reconstruidos, con sus grandes calles y esa mezcla de edificaciones modernas y antiguas, que encajan como si hubieran sido diseñadas con ese fin. Berlín o mejor dicho los berlineses tienen la capacidad de adaptar lo antiguo y lo nuevo sin que parezca estrambótico, un collage realizado por manos expertas. Se ve que en Alemania se ha puesto de moda reciclar y, cuanto más reciclado parece todo, más a la última se está. Así estuve en una discoteca que era una antigua fábrica; en un bar que poseía todo el mobiliario reciclado o reutilizado; en un centro comercial con cine que era otro recinto industrial, etc. Absolutamente lo reciclan todo. Pero Berlín es mucho más. Es una ciudad de gente con mentalidad abierta, que no mira mal a nadie, que va a lo suyo y ayuda si se le pide ayuda. Tienen pastelerías por doquier con deliciosos Kuchen (tartas), bebidas gaseosas diferentes (de manzana, por ejemplo) y cervezas de muchos tipos y a buen precio. Es una ciudad barata, asequible para un bolsillo normal. Es multicultural, tanto que allí las típicas mujeres que están en la calle intentando sacar dinero por leer la mano hablan doscientos idiomas y los mercados al aire libre son turcos, los chinos abundan y la comida rápida también. En Berlín hay todo lo que uno pueda soñar y, para ser una ciudad tan grande, no tiene graves problemas de estrés; la gente iba normal, la inmensa mayoría; solo recuerdo una chica con los nervios a flor de piel que me miró con cara de voy a asesinarte porque me di la vuelta de repente en medio de un paso de peatones. Cada vez que he estado en Madrid he visto el estrés de la gran ciudad y un sistema de transporte público ínfimo si se compara con el berlines, donde la espera es corta y la velocidad de desplazamiento rápida. Además había carril de bicis por toda la ciudad, aunque debo remarcar que ese carril es terrible y se confunde con la acera. Ya podrían pintarlo de algún color. La carretera, además, parece un plano de arquitecto repleto de líneas blancas rectas y curvadas que no se sabe bien dónde van a parar y el uso que tienen. 

Los museos berlineses me sorprendieron mucho. ¡Tenían una puerta persa completa y un altar griego entero dentro del museo! Ves allí tantos restos de culturas de todo el mundo y lo primero que piensas es en lo cruel que es el ser humano, que roba el pasado de otros pueblos para exponerlo en un lugar que no corresponde. Ese altar griego debería estar en Turquía que es donde se encontró. Las momias tendrían que permanecer en Egipto. Los sarcófagos etruscos, en Italia, así como todo el arte romano que allí se condensa. Robado, me parecía todo. Sacado del lugar original tras una guerra en la que el pueblo vencedor no solo ganaba la guerra sino que además ganaba la memoria de un pueblo desaparecido tiempos atrás. Ver el rostro de Nefertiti en aquella sala y mirar por la ventana con aquel cielo gris perenne se me antojó inapropiado. Aquel bello rostro tan magistralmente esculpido debía estar en su entorno. Pero la humanidad funciona así, la vida misma funciona así: el vencedor gana todo, hasta lo que no debería ganar por principios. En cualquier caso, grandes visitas en excepcionales museos. Enormes avenidas. Frío gélido constante. Decepcionante puerta de Brandeburgo. Maravillosos y colosales parques. Muro célebre convertido en galería de arte a la intemperie. Exquisita comida. Modernidad contenida. Recuerdos a las víctimas. Surrealismo arquitectónico en que un trozo de torre campanario pende del cielo como testimonio de un bombardeo y que se asemeja a la guarida de un demonio. Frondosos bosques. Colosales catedrales. Noches frías y tempranas. Cementerio con muñeco diabólico incluido. Fotos y más fotos. Risas y alegría infinita. Dolor de estómago. Vitamina C. Película italiana en versión original. Explicación de la elaboración de mermeladas caseras. Retrete extraño. Homeopatía. Panecillos. Hojas amarillas, rojas, caídas. Limusinas. Torre de la radio que roza el cielo y deshilacha las nubes. Mercado navideño. Capitalismo vil. Diversidad. Calor amistoso. Edén selvático. Inmejorable compañía de viaje. 

Berlín es una canción de Jazz en un tablero de ajedrez, con sus ajedrecistas bebiendo birras y comiendo col hervida y patatas casi a lo pobre. Es París, Londres, Madrid, Roma, Ankara y Nueva York, al mismo tiempo que aldea gigantesca. Es una chapita engarzada en mi memoria. Es una semana de noviembre cargada de gran experiencia. Ojalá algún día sea profe de nuevo (ya sé que soy un pesado con el tema) y pueda volver a Berlín con más dinero y sin prisas. Que no tenga que volver en busca de trabajo, porque entonces el sueño berlines se habrá roto como se descompone el estómago y se acaba vomitando tanto pastel y tanta cerveza.

Gran viaje.

Y con esto, vuelvo al blog. Espero que no os hayáis olvidado de mí. Un saludo y ¡Feliz año nuevo!