miércoles, 31 de octubre de 2012

Un sueño complicado

Oscuridad.

Me despierto todos los días y todas las noches a la misma hora. Y solo hay oscuridad. El recuerdo del sol, de la luna y de las estrellas se va difuminando en cada despertar. La memoria se derrite y con ella mueren los árboles que vi y su concepto; las hojas que los coronan y sus ramas; el sapo, el pájaro, el caballo, la gallina, el cerdo, la zorra; los animales son ya en mi cabeza una masa enorme y deforme, con los colores mezclados y aromas y sonidos incomprensibles; el cielo. 

¿Qué es el cielo? 

Ya no es casi nada. Solo veo oscuridad. Esa profunda falta de luz me abraza y constriñe con voracidad.

Lo peor de todo no es ese olvido. El verdadero horror se halla en el hecho de que ya no sé cómo son mis ojos ni mis orejas, ni mi barbilla ni mis manos o piernas, casi no recuerdo mi voz o algún rasgo de mi cuerpo característico. ¡Ah, espera! Me ha venido a la cabeza una idea, un recuerdo tal vez o una invención; pero algo es algo. Recuerdo de repente lo que es un ombligo. Veo mi ombligo y en él hay una pequeña pelusa. ¿Es azul? ¿Roja? ¿Verde? Ya no lo sé. Esas palabras representan matices que soy incapaz de diferenciar. 

He olvidado casi todo. Solo sé que el negro es un color distinto; es el único que recuerdo, porque lo veo a diario en mis dos despertares. Noto las garras de la negrura y los pequeños matices que distinguen unas manos de oscuridad de otras. 

¿Qué pasa aquí? ¿dónde estoy? 

Cada día las preguntas me atenazan más y más. Son cadáveres que se extienden debajo de mi piel. Son los muertos de mi vida, cada segundo fallecido en mí, ahogado por el oxígeno y por el tiempo. Y hablan. Reconozco lo que es una voz gracias a ellos. No estoy seguro de que todas las voces juntas de esos muertos compongan la melodía, el tono y el timbre de mi voz. 

Ay. Huele a algo. Un momento. Esto... ese olor es tan... familiar. Me muevo en este agujero negro, como los gusanos que me acompañan. ¿Esto qué es? ¡Anda, qué curioso! ¿Un palo? Lo estoy tocando, creo. Tengo hormigueos. ¡La mano! El hormigueo está en mi dedo y, gracias al roce con la rama, estoy convencido de que esto es mi mano y de lo que es una mano. Vuelve un poco el recuerdo y la imagen. Aunque esto es muy fino para ser una rama, para ser esa parte de... de un árbol. ¡¿Árbol?!

¡Ay! ¡Sangre!

Sangre que está fría. ¿Esto es el frío? Una espina en mi dedo. ¿Un tallo?

¿Qué tenía un tallo y espinas? 

Me invaden recuerdos y perfumes. Soy yo hace mucho tiempo. No me veo, pues veo a través de mí. Voy corriendo por una ladera y, al poco, tropiezo con una piedra, me golpeo y me hago magulladuras. Voy rodando por la hierbas hasta que, al fin, se detiene la caída. Estoy rodeado de rosas. Miles de millones de rosas. Las abejas pululan por el aire, no muy lejos de mí. 

Hay una rosa sobre mi cabeza, aquí en la oscuridad. El rojo inunda mi visión.

Un segundo. ¿Una rosa? ¿Oscuridad?

No pienso ya. Estoy cansado; dormiré de nuevo a la espera de la próxima hora, que siempre llega.

Estoy precipitándome en el sueño, cuando un estruendoso golpe me saca del trance.

La oscuridad se atenúa. Se oye algo.

"Arriba, arriba todo el mundo. Menos dormir y más despertar. Se acabó eso de ocupar la tierra común."

Es un hombre. Me duele todo. Se abre el cielo oscuro, veo lo que es la luz, dicen. Hay un hombre. Me mira de hito en hito. Tiene una pala con la que golpea la tierra y dice sin cesar que nos levantemos. Seguiré sus instrucciones, creo que es lo más oportuno. Salgo del agujero y me giro.

¡Qué demonios! ¡Estoy muerto!

Recupero la memoria y me palpo todo el cuerpo, al mismo tiempo que pretendo pegar de nuevo el pellejo que cuelga por mis carnes; mejor dicho por mis huesos. Tengo gusanos en mí. ¡Qué asco! Odio los gusanos. Salto y bailo para que se desprendan todos de mi cuerpo. Me produce cosquillas una lombriz que trata de no zafarse de mi tibia internándose en una oquedad que hay en la parte superior. Sin embargo sus esfuerzos no tienen sentido, porque agarro un extremo y la extraigo del hueso para tirarla lejos de mí. 

Me repugno. Me doy asco. Tengo hueso y pellejos nada más. Solo han quedado intactos mi pelo y estas uñas gruesas que perfilan todavía mis dedos huesudos. Sé qué debo hacer antes que nada. Mi prioridad es tintarme el pelo y cortarme las uñas. Hay que mantener lo poco que queda de mí. No puedo dejar que el hueso sea ceniza y polvo. 

"Arriba, arriba. Todo el mundo arriba. Tanto dormir... No se puede dormir, poniendo la excusa de que estáis muertos. Me colocáis esas lápidas en vuestras cabezas y pretendéis callarme con vuestras excusas. Me importa un bledo que estéis muertos por una flatulencia contenida, por una enfermedad natural o por un accidente inesperado. ¡Que fue culpa de otro! Eso decís siempre. Menos excusas y más despertar. Vuestros familiares y amigos no os olvidan. Os lo han escrito. ¿Sabéis lo atrevido que es poner sobre piedra una palabra? Queda petrificado en el tiempo y el viento es incapaz de transportar y robar lo que dice el autor. Así que arriba todos."

Ese hombre me ha despertado de las sombras. Estimo oportuno agradecerle el servicio, pero me avergüenza la idea de hacerlo. Mejor me voy.

Al salir, descubro que todo está muy cambiado. Han talado el bosque que rodeaba el cementerio. Está todo lleno de cenizas. El cielo también se ha transformado en una extensión marrón extraña. No comprendo nada. Hay perros babosos que corren en manadas de un sitio para otro. No sé adónde ir ni qué hacer. No tengo familia. No tengo nada. Puedo subirme a ese poste y otear el horizonte. Sí. Me parece buena idea.

Estoy subiendo el palo. Se oye un piar. Pío, pío, pío. Me sacude el aire. Caigo al suelo. Vienen los perros. Me miran. Uno me pone una flor en la cara y, a continuación, vuelve la oscuridad y, con ella, la oxidación de la memoria. 

Tengo sueño. 

No quiero salir del agujero. Quizás en otro momento, cuando vuelva la hora y el hombre enérgico me saque a la fuerza del sueño oscuro. Puede que entonces consiga subir a lo alto del poste y ver dónde está el pueblo y la peluquería; arreglarme el pelo y cortarme la uñas y quién sabe qué más. Eso ya lo pensaré cuando llegue la hora. 

Por el momento vuelvo a estar muerto y duermo... ¿De nue...?

Ruido. Mucho ruido. Saco la cabeza del agujero y veo gente de negro y muchos colores en sus manos. ¿Son lirios, rosas, azucenas? ¡Yo qué sé! Aquí nadie me permite dormir como quiero. 

Dormir. Ese es mi deseo, pero tendré que esperar a que se vayan de aquí los escandalosos vivos y a que apaguen la luz de sus velas, si con la cera no me han quemado antes lo poco vivo que conservo. 

Cierro los ojos. Ya me avisáis vosotros, humanos, cuando ya no estéis incordiando por aquí, ¿Vale? Pues eso. RIP. 

martes, 30 de octubre de 2012

La búsqueda. La quête de Brel. La mía.



Nunca subo vídeos ni canciones. Hago hoy una excepción para compartir a uno de los grandes de la música, al último trovador. Y esta canción en concreto me da energía, porque es la exaltación de la esperanza, del sueño. Necesitamos soñar hasta la saciedad, si no queremos morir en el fango que inunda cada día más nuestras realidades.


Rêver un impossible rêve                                                               Soñar un sueño imposible
Porter le chagrin des départs                                                         Llevar la pena de las despedidas
Brûler d'une possible fièvre                                                             Quemar por una posible fiebre
Partir où personne ne part                                                             Marcharse donde nadie se marche

Aimer jusqu'à la déchirure                                                              Amar hasta el desgarro
Aimer, même trop, même mal,                                                       Amar, incluso demasiado, incluso mal,
Tenter, sans force et sans armure,                                                  Intentar, sin fuerzas y sin armadura,
D'atteindre l'inaccessible étoile                                                        Alcanzar la inaccesible estrella.

Telle est ma quête,                                                                     Tal es mi búsqueda,
Suivre l'étoile                                                                              Seguir la estrella
Peu m'importent mes chances                                                       Sin importar mis posibilidades
Peu m'importe le temps                                                                Sin importar el tiempo
Ou ma désespérance                                                                    ni mi desesperanza
Et puis lutter toujours                                                                   Y luego luchar siempre
Sans questions ni repos                                                                 sin preguntas ni descanso
Se damner                                                                                  Darlo todo
Pour l'or d'un mot d'amour                                                            Por el oro de una palabra de amor
Je ne sais si je serai ce héros                                                         No sé si seré ese héroe
Mais mon coeœur serait tranquille                                                      Pero mi corazón estaría tranquilo
Et les villes s'éclabousseraient de bleu                                             Y las ciudades se salpicarían de azul
Parce qu'un malheureux                                                               porque un desdichado

Brûle encore, bien qu'ayant tout brûlé                                           Sigue quemando, aunque haya quemado todo
Brûle encore, même trop, même mal                                             Sigue quemando, incluso demasiado, incluso mal
Pour atteindre à s'en écarteler                                                      Para lograr dividirse
Pour atteindre l'inaccessible étoile                                                  Para alcanzar la inaccesible estrella.




Porque, a pesar de todo, a pesar de poseer un cementerio debajo de nuestra epidermis, a pesar de estar más cerca de las cenizas y del estado cadavérico, no podemos permitir que el tedio, la soledad, la oscuridad del camino, la falta de esperanzas o la incapacidad de ver salida a los caminos del infierno, ahora extendido sobre nuestra vida, hay que recordarse siempre que arriba hay innumerables estrellas brillando y nos están esperando. Tenemos que seguir soñando, construyendo esa escalera que nos lleve a tocar con las yemas de los dedos esas estrellas; y ver las flores que sobresalen a menudo del barro, o escuchar esa voz de niño que canta detrás de un arbusto quemado. 

Hay que tener esperanza y trabajar para que esa esperanza llegue y no quede esperando eternamente. 

Con ello, no quiero decir que haya que ser optimistas hasta el infinito ni que todo sea un camino de flores, pero tampoco es un valle de lágrimas. Como decía Séneca, "Praemeditatio malorum", ser capaz de adelantarse a los males que nos llegarán, porque seguirán llegando. Y tenemos que estar preparados para todo y aplicarnos estas palabras de Horacio "Mejor será aceptar lo que venga, ya sean muchos los inviernos que Júpiter te conceda, o sea éste el último, ". 

Me hundo con demasiada frecuencia en estos últimos tiempos. Rozo la depresión demasiadas veces en el día, pero sé que no caeré en sus terribles garras, porque es mi eterna enemiga; la conozco demasiado bien, más por las miles de batallas acontecidas que por las victorias o las derrotas recibidas. Y continuaré. 

Continuaremos luchando. 

Porque la estrella brilla todavía. Y brillará más allá de nuestras existencias. 

domingo, 28 de octubre de 2012

A curumbillo



Cuando uno está melancólico irremediablemente viaja al pasado, a momentos que pasaron una vez y que marcaron nuestra existencia. 

Era un día soleado, no había nubes ni niebla alta, el cielo azul se extendía sobre la cabeza de aquel niño que sube al patio de su casa encalada, mira hacia arriba donde ve un castillo árabe y se imagina historias de princesas encarceladas en la habitación de la torre principal y, tras agarrar su pequeña bici de cross, sale a la calle con su padre. Hacía frío, era el aliento helado de la montaña, cuando se lanza hacia la costa, hechizado por el mar y un río bravo que serpentea por un valle arado por su travesía milenaria. 

La fuerza del recuerdo crece conforme avanza la melancolía.

El niño se monta en la bici y empieza a pedalear. Su estabilidad aún no es demasiado firme. Se percibe en él más una agitación que lo lleva a dibujar en el camino de arena huellas de serpiente, que la línea recta que deberían trazar las ruedas de su bici; semejante a la rectitud del deslizamiento de su padre. 

El chico está, a pesar de todo, feliz. 

Mirad la sonrisa que se esboza en su rostro o el brillo que expenden sus ojos. Observad el resultado de su esfuerzo en esas gotas que, ya no perlan su frente, recorren su piel o el rubor de las mejillas. ¿Veis el momento en que ocurre la situación? Es mágico para él, aunque solo sea un acto más en la cotidianidad de la humanidad. 

Un hijo que disfruta de un momento con su padre.

Y no solo está pletórico. Está absorbiendo la belleza del entorno. El mar de cañas de azúcar endulza sus pupilas y abanica su respiración en las olas de verdor que produce el viento que se acaba de levantar. La rueda levanta polvo, como el humo que expulsa el tubo de escape de una moto con la que se ha cruzado su padre hace apenas unos minutos. Al poco se moja la cubierta de la rueda, con el agua de un pequeño charco que sobrevive tras las lluvias caídas días antes, y la espalda de su camiseta se llena de lunares de barro. 

El recuerdo es nítido sobremanera y provoca un cambio de perspectiva.



Su padre va rápido. Gira la cabeza y observa a su hijo.

Este niño es reflejo de mi infancia, piensa. Ahora recorre los caminos que yo recorrí con su edad. No monté en bici hasta más tarde. Pero sí caminé por estos campos, caí en ese balate, bebí agua de esa fuente que nace de la roca, escalé por esa escarpada pared y entré en la cueva de los murciélagos. Aún permanecen en aquellas rocas objetos que me sirvieron de fantasía infantil; quedan congelados en el tiempo, como los recuerdos vivos de algo que fue y ya no es ni será, como la gota que cruza bajo el puente de ese río que fue y desapareció en el mar para siempre.

El niño esquiva un sapo que salta en su camino y cae. Tiene sangre en la rodilla y una herida; algún rasguño se perfila en sus codos y cara. El padre se detiene, se acerca con precipitación al lugar donde ha caído el hijo. Lo tranquiliza, antes de que el llanto, que se inicia apenas, no derive en torrente lagrimal y griterío innecesario. 

"No pasa nada. Estoy aquí. No ha sido nada. Esto se cura enseguida. Eres un chico fuerte."  

Se acerca la hora de regresar. Entran en casa y, después de colocar las bicicletas en su lugar, el padre agarra al hijo, le da un beso en la frente, lo abraza y lo sube a curumbillo. 


A curumbillo. Esa expresión con sabor salobreñero, con aroma a infancia, de recuerdos asociados  extrañamente a un día de romería de mi infancia. Estaba cansado, no quería caminar ya y mi padre me subió en sus hombros y me llevó durante un buen trecho. Ese instante no se me olvida; del mismo modo que no puedo olvidar la expresión "a curumbillo" ni muchas otras que demuestran la existencia de un lenguaje propio de la zona y los resquicios de algo que se perdió en el trajín de la historia de invasiones de esta tierra. 

De esta expresión ha nacido la historia de arriba, un resquicio de mi memoria alterado; unas sensaciones reales, el secreto del placer cotidiano; mi capacidad para vivir, ahora algo destartalada. Tal vez necesite que alguien me suba a curumbillo y me lleve un pequeño trecho; estoy cansado y desde estas alturas no oteo bien el horizonte. Necesito que me eleven un metro y, sentado en sus hombros, ver el mundo desde otra perspectiva.


miércoles, 24 de octubre de 2012

Un pájaro con sueños libertarios.

Esa gota que cae de la nube y se escurre por la superficie blanca del huevo será pronto el fin de la sed de un pajarillo, que golpea ahora con insistencia el cascarón. Primero rompe una parte; luego consigue sacar la cabeza y destroza el resto de la que ha sido su casa, su lugar de nacimiento. 


Pasa el tiempo.



La piel negra y rosácea va cubriéndose poco a poco con pequeñas plumas que se agrandan cada vez más. De pequeño y rechoncho pajarillo se convierte con dulzura en un esbelto pájaro fino y elegante. Ya no abre la boca exigiendo la comida que le proporciona su madre. 



Ahora canta. Es ágil y puede volar. 



La comida le espera. El mundo es colosal: un cielo enorme, azul, de fuego rojizo y anaranjado en ocasiones; una yema de huevo candente que se derrite en las comisuras del horizonte.



Quiere volar y abandonar ya el nido. 



Extiende las alas. Nota el aire acariciando las oquedades de las plumas. Agita las alas. Va a volar. Se impulsa con las patas. Parpadea y vislumbra el mundo que le espera. Tendrá mil aventuras.



...Mil aventuras.



Está volando ya; levita como una hoja impulsada por el viento.



Pero choca, PLUF, de repente con algo. Hay barras de metal y cristal entre esos filamentos. 



El ilustre pájaro vuelve a intentar volar mil veces y en cada intento cae la ilusión de una aventura quebrada por el fracaso. No hay comprensión en su cabeza, solo caos. Llora la gota que bebió de pequeño; ahora es salada.



Está preso y no sabe cómo escapar de esa prisión que siempre tuvo delante y no fue capaz de percibir.



Pero algún día logrará encontrar una salida, porque el pájaro está seguro de que el vasto mundo merece la pena esas mil millones de aventuras quebradas antes de ser conocido.

sábado, 20 de octubre de 2012

Mirada introspectiva mortal

Georges de La Tour, la Madeleine à la veilleuse


Quién no se ha visto alguna vez reflejado en la pose de esa persona que mira con tristeza el baile deslumbrante de la llama de una vela en la quietud de la noches, casi como muerta y despojada de su cuerpo, que ha quedado inmóvil, aunque en apariencia vivo. La carne sigue ardiente, el pelo mantiene su brillo negro y en sus mejillas se dibuja todavía el rubor de la energía vital.

Sin embargo, hay algo que se ha roto, se ve en su mirada, en la pose relajada y en esa sensación que produce la mano sobre su regazo; acaricia una calavera sin ojos ni envoltura, símbolo de sus preocupaciones, de sus ansias nuevas de abandonar ese cuerpo y, con él, toda una realidad tediosa, aplastante, demasiado oscura, como la noche, ya sin estrellas ni luna, como aspiradas por un agujero aparecido de repente y de repente desaparecido.

Pero ya no es nada igual.

Esa persona mira la llama, pero a veces, en su miseria, descubre, al otro lado del candor hipnótico, la cubierta de unos libros. Surgen, en esos momentos, brillos incandescentes en sus pupilas, algo de vida, hasta que alguien mueve la mano que acaricia la calavera y esta cae estrepitosamente al suelo, sacándola de su triste introspección mortal. 

Un niño empieza a cantar y a gritar. Y corretea a su alrededor y de un salto destroza la calavera. Y deposita un suave beso en la mejilla de la mujer. Se marcha y vuelve con muchas velas.

La sala se ilumina con una suavidad confortable.

-Mamá, mamá. Léeme esa historia que tanto me gusta. La de la mujer que perdió al hijo y lo encontró mientras soñaba. Por favor, léeme esa historia.

La mujer esboza una sonrisa y una lágrima surca su mejilla derecha. Sin dilación, comienza su relato:

"Hubo una vez una madre y un niño..."

lunes, 15 de octubre de 2012

Sorolla y ese atardecer serrano





Hay hojas en el sueño y los árboles aledaños al Genil a su paso por Granada muestran la vida en la variedad de colores de sus hojas, que mudan a cada segundo, sin ser nunca una hoja igual a otra. Hay luz en ellas y oscuridad; el ojo capta ambas y la mano del pintor realza la intensidad de la luminosidad con colores muy vivos, desde lejos forma la figura deseada, de cerca no es más que un simple trazo.

Accedemos por una de las puertas principales al recinto de la Alhambra y, observando el almohadillado rocoso de la fachada del palacio de Carlos V (Caesar Carolus Regi), me pregunto si la construcción de esta maravilla geométrica causaría el mismo revuelo que la pirámide de cristal de París, como sucede cuando surge un grano en la suave tez de una muchacha o cuando aparece una mosca dibujada en una página de un libro del renacimiento, algo que es ajeno y sorprende. 

Lo nuevo siempre molesta.

En el interior del edificio los turistas se arremolinan y ascienden por la escalinata curvada en un ángulo complicado pero suave a la vista. La muchacha uniformada que da la entrada a la muestra nos pregunta nuestro lugar de origen y nos proporciona un folleto pequeño. Nada más acceder a la exposición, los colores de Sorolla atraen las miradas. Las paredes son grises y resaltan la belleza de los trazos del pintor. En las obras destacan los brochazos de multitud de colores, los contrastes de luz, el reflejo de las columnas y las puertas de la Alhambra en una alberca, la belleza real de la naturaleza, de las flores, de los peces naranjas de los arrayanes, los cipreses. 



Y aparece un cuadro que muestra algarrobos, pero que según el pintor eran higueras. Nos planteamos si Sorolla ha confundido los nombres. A mi juicio eran algarrobos y Sorolla no sabía mucho de botánica, pero decir algo así puede acarrearme muchos enemigos. Un amigo piensa igual que yo o yo igual que él. Otros amigos dicen que es una higuera. No lo sabremos nunca, salvo que mirando la zona que refleja siguen los mismos árboles. En cualquier caso, él ha dibujado algarrobos, eso es una realidad. 

Sierra Nevada por Sorolla. No es el atardecer del que hablo.

Y finalmente me quedo enamorado y hechizado por la verosimilitud de un cuadro que refleja un atardecer de Sierra Nevada. Es otoño y los bosques abrigan un manto marrón pardo, el cielo es un poco gris, no hay colores vivos salvo un enorme trazo de un rosa intenso que atraviesa la nieve de la sierra. ¡Ilusión! Es hipnótico el efecto producido. Ahí descubro que Sorolla ha sido capaz de mostrar la vida y su belleza como solo un artista es capaz; desde ese momento ha pasado a ser un genio desde mi perspectiva y ha penetrado en mi cabeza para impresionarme y hacer que ahora vea la importancia de la luz y de los colores vivos en contraste.

Sorolla y ese atardecer serrano merecen el Olimpo.

jueves, 11 de octubre de 2012

Una tradición muy andaluza: el agareo



En Andalucía, por lo menos en la zona de Granada costa y Almería, todo niño pequeño sabe que puede llegar algún familiar o adulto que al grito de un "El agareo" se te lance y con otros niños, los primos o amigos, te agarren el cuerpo, te bajen el pantalón y, tras muchos forcejeos e intentos de no dejar tus partes pudendas al descubierto, acaba quedando semidesnudo de cadera para abajo y recibir un escupitajo en el susodicho pene. 

Yo he sufrido muchas veces el agareo por parte de mi tía la más joven, aunque nunca me escupía. A simple vista puede parecer un horror, pero en el fondo todos se ríen muchísimo. Yo con el forcejeo me lo pasaba de escándalo, envuelto en risas. 

Castillo de Salobreña y cruz cristiana a sus pies.
Hace unos años descubrí por casualidad el origen de esta tradición andaluza. Se trata de un juego nacido en tiempos de la conversión de los moriscos. No creo que sea necesario situar los hechos, porque todos sabemos lo que ocurrió tras la caída de Granada y la expulsión de los andalusíes que no aceptaron una conversión al cristianismo. Los que sí se convirtieron a la ideología eclesiástica católica, tenían el privilegio de permanecer en su tierra. (No olvidemos que Al-Andalus era SU hogar, su tierra y que fueron víctimas de unos conquistadores    déspota dirigidos por Isabelita.) 

¿Cómo podían asegurarse los cristianos de que los convertidos no seguían la fe de Mahoma en secreto? Simplemente comprobando que no estaban circuncidados. Qué mejor modo de hacerlo que con un juego. Los niños juegan, gritan al agareo, le bajan el pantalón y ven si hay circuncisión practicada o no. Según tengo entendido, si había circuncisión escupían y si no hacían el amago y solo escupían aire.

Desde entonces hasta nuestros días se conserva la tradición, aunque ya nadie o casi nadie sepa de dónde viene. Y visto lo visto acabará desapareciendo porque en muchos sitios donde se hacía ya ha quedado en desuso. 

En cuanto a la etimología de la palabra no tengo la menor idea. Sé que se asemeja mucho a la palabra "agareno", que es sinónimo de mahometano. Puede que tenga algo que ver.

martes, 9 de octubre de 2012

Flor, mujer o niña sobre una piscina.

Hadas que son flores o viceversa.

Hubo una vez, no hace mucho, apenas un mes escaso, una flor que con los últimos trazos del verano explotó en color y fuego. De su rojo intenso, la luz del sol extrajo una visión insospechada. Surgió de las sombras de un naranjo una figura elegante, que se deslizaba por el borde de la hierba húmeda. No brillaba ni cantaba ni tenía voz cantarina, solo una mirada refulgente, ajena al mundo, a la realidad; todo un universo atrapado en las pupilas doradas. 

Era una mujer solitaria.

Se acercó a la flor, como quien se mira en el espejo a diario en busca de una seguridad, de una prueba de su existencia, de la normalidad de seguir vivo. Absorbió un poco de su aroma y, con el pecho hinchado de la gracia de una flor como aquella, me miró y esbozó una sonrisa. 

Fue un instante fugaz.

Acto seguido, se giró sobre su cuerpo y continuó su camino sin destino, corría, saltaba y, al llegar a un banco de madera, se sentó allí, posó sus zapatos carmín sobre el asiento y se envolvió en una cálida manta violeta. Los niños jugaban y reproducían la diversión de un delfín en una piscina. Eran felices, sin conciencia de pasado ni futuro, solo atentos al momento presente; sin necesidad de buscar respuestas ni extraer conclusiones de lo que sucede a cada segundo. Concentrados en saltar al agua de cabeza como un alfiler en un trozo de mantequilla, no requieren nada más para vivir.

Atraída por la filosofía inconsciente de aquellos niños, se quedó asombrada y ya no pudo quitarles la mirada. Dio la espalda a la flor y al sol. La manta se aflojó un poco de sus hombros. Ausente, quiso aprender de ellos. 

La noche llegó con precipitación y los niños se fueron corriendo a casa. Ella miró cómo se marchaban. Entonces me dirigió de nuevo una mirada. El oro había desaparecido de sus pupilas. La flor se había marchitado. Ahora quería ser una niña y vivir como tal. Fue a la piscina, se lanzó con efusión y, tras zambullirse en el agua, flotaron pétalos en la superficie.

La piscina se cubrió de un manto de pétalos rojos de fuego y atardecer. 


martes, 2 de octubre de 2012

Microcuento 1 versión 3: Soledad y deformación real.


Con enorme precisión, un hombre realiza una incisión en la piel tersa y, al tiempo que la sangre emulsiona, la muchacha grita y las lágrimas bañan su rostro.

No muy lejos, perciben el taconeo de botas sobre el barro y el castañeo del metal. Del vientre abierto de la muchacha nace un niño.

No tiene rostro.

Está infectado de vida.

Un disparo mata al hombre. El bebé cae sobre el pecho de su madre, que expira.

Está solo, sin ojos ni boca; solo un orificio para respirar. El asesino lo observa asqueado; lo sitúa en un cesto, junto a una corona.

Microcuento 1 versión 2: Infección de vida


Con gran precisión el filo cortante de una hoja de papel atraviesa el vientre de la mujer. Esta grita sin reparos. Se oyen a lo lejos pasos, el taconeo de caballos y el ruido del metal. Las nubes han engullido por completo la luz del sol. Ahora todo está gris y el aire está cargado de humo negro, de olor a azufre.

- Vienen.

Llora el niño que sufre al notar la vida en su cuerpo. Está infectado. Cae al suelo; una bala traspasa la piel del hombre que lo sostiene.

Microcuento 1 versión 1: Vidas belicosas



Con precisión dibuja una línea recta sobre la piel abombada y tersa. La tinta se diluye un poco; cae una lluvia ligera y sucia. A lo lejos suena una especie de tormenta artificial y la tierra sufre sacudidas. Agarra con firmeza la hoja de papel y desliza el filo en el camino que había trazado la estilográfica. Grita ella, tras soltar el paño que sujetaba con los dientes.

-Ya está aquí.

La sangre baña el mugriento cuerpo. Alguien llora y su llanto resuena por encima de la bala que cruza el pecho del hombre.