domingo, 11 de mayo de 2014

Tiempos aceleradamente fugaces

No sé bien dónde leí hace poco que la mente de las personas de hoy en día tiende a lo rápido, lo seco, lo fugaz. Tendemos a perder el hilo de la lectura en cuanto esta se hace larga y compleja y no nos queda más remedio que leer y releer muchas veces un párrafo porque a mitad de la frase ya estamos divagando y pensando en otras cosas; parece como si el placer de masticar palabras con tranquilidad y deleite fuera una enfermedad contra la que nos han ido vacunando y ya se ha vuelto imposible. 

Intento imaginar cómo eran las gentes del siglo XIX; tan capaces para leer obras colosales, donde uno se pierde ahora en los detalles, en las tramas, en el devenir tan lento de la narración, de los acontecimientos de los personajes. Me pregunto cómo hemos llegado a esta situación de fugacidad extrema. ¿Somos ahora más tontos que antes? ¿Tenemos menos capacidad? ¿Tendemos a ir perdiendo cualidades con la evolución? ¿Hemos llegado ya a la declinación? 

Como siempre no sé nada, salvo lo que expongo, que es bien poco. Sea como sea, estoy completamente de acuerdo con esta idea de estultización. Observo a mis abuelos y, a pesar de sus escasos estudios, son mucho más inteligentes que yo mismo. Poseen una verdad ante la vida que difícilmente tengo yo. Son más tenaces. Esa es la palabra correcta. Antes era la gente más tenaz, más luchadora, más resistente; la vida para los europeos se ha ido haciendo más y más confortable y, con ello, nuestras pieles y seguro que nuestro cerebro han perdido los callos que deberían seguir teniendo, que deberían haber desarrollado, porque es gracias a ellos que uno puede caminar descalzo sin temor a dejarse la piel en las piedras; siendo en este caso las piedras una imagen de la vida, del desarrollo, de las habilidades para ser tenaz. En definitiva, es esa tenacidad la que permite el disfrute tranquilo de una novela decimonónica; el poder de concentración en una única tarea. 

Ahora somos menos eficientes; seguro que ello se debe a esa necesidad imperiosa que nos lleva el ritmo acelerado de los tiempos actuales a partirnos en miles para afrontar diversas tareas y acabar perdidos y sin terminar correctamente ninguna. Todo corriendo y con prisas. Todo muy al contrario de la naturaleza, donde los cambios son lentos, donde la montaña se moldea con dulzura y sin detenimiento. Nos estamos volviendo antinaturales, si eso existe.

¿Podremos salvarnos del acelerado ritmo de lo fugaz? Espero. Yo, al menos, intentaré luchar contra esa digresión tan constante que me asalta a cada lectura compleja. Seré tenaz e imitaré a los antiguos, porque de ellos siempre se aprende más que de los modernos. Será cosa de la edad...

sábado, 10 de mayo de 2014

Carmina, una filosofía de vida.

Las comedias por naturaleza son críticas directas de la sociedad del momento camufladas en una carcajada continua. En este sentido, Carmina y amén, la última película de Paco León, cumple con la definición por completo.
 
En Carmina y amén, se habla de la vida misma, de Carmina ante la muerte de su marido.
 
Carmina, esa señora que fuma como un cosaco, que es capaz de hacer frente a la muerte de un familiar (¿repentinamente?¿Causada por alguien?) de la manera más natural posible y haciendo uso de su natural instinto a la supervivencia (mantenedlo en secreto dos días para poder cobrar la paga extraordinaria). Esa mujer, a pesar de su mala versación, es una luchadora, una leona criada en la sabana de la vida dura y una tragedia en sí misma. Es una madre que mira por el futuro de sus hijos, por su marido, por sus vecinas, por todo, en realidad. Carmina es el ejemplo de una filosofía de vida que más de uno debería copiar.
 
Ayer mientras veía la película en el cine tuve sentimientos encontrados: por una parte, tenía ansiedad, una ansiedad de las que aplastan el estómago, debido a que su marido está muerto en su casa, tumbado en el sillón, y no paran de llegar vecinas para contarle algo; por otra parte, reía sin parar y me sentía a gusto, feliz, al ver una tía tan luchadora, con tanta picardía, con esa valentía ante la vida, con su humor serio, con esa habilidad para tranquilizar cualquier alarma, cualquier motivo de desesperación. En definitiva, salí del cine con un maravilloso sabor a vida y con unas ganas tremendas de que salga una tercera parte que me permita ver cómo termina todo.
 
Con los años soy cada vez más consciente del significado del buen humor, que, cuanto más serio es, mejor efecto produce. Me gusta esa broma inesperada del humorista improvisado, ese que cuenta todo con un gesto casi enfadado. Quizás sea porque es sorprendente por inesperado.
 
En cualquier caso, hay películas que son pequeñas obras de arte. Esta es una de ellas, al estilo del teatro de Molière. Los detalles están cuidados, la música es idónea, las perspectivas adecuadas, los diáologos perfectos, naturales, incluso profundos en ocasiones. Los personajes son peculiares y la crítica es aplastante: la crisis, los desahucios y las tragedias que desencadenan, la muerte, el tabaco, la corrupción política, etc. Una película que bien merece ser vista, porque uno sale diferente de ella.

jueves, 8 de mayo de 2014

Renuncia

Hay cosas que no deberían ocurrir. Hoy me ha sucedido una de ellas. ¿Puede haber algo más doloroso que tener que renunciar a algo que deseabas con todas tus fuerzas y esperabas con ansiedad? Sin duda la muerte de un ser querido o algo así por el estilo es superior a cualquier cosa; pero lo de hoy ha sido muy doloroso para mí.
 
Hoy me han llamado para hacer una sustitución de profe y he tenido que renunciar. Quien me conoce sabe que era algo con lo que he soñado que pasara. Qué mal me he sentido al decir ese terrible monosílabo: "No. Desgraciadamente debo renunciar." La chica al otro lado del teléfono ha entendido de inmediato mi pena con un "¡qué mala suerte! ¡Qué mala sombra!" Eso mismo he pensado yo. Tener que renunciar a algo porque necesito dinero, porque necesito que no me falte el trabajo, es tan lamentable... pero no puedo quejarme, no debo hacerlo; en el fondo soy un privilegiado. Tengo un contrato de trabajo de cinco meses. ¡Cuánta gente daría lo que fuera por tenerlo!
 
Mi sueño.
 
Pero yo tengo un sueño que no se evapora con ese "no". I have a dream. J'ai un rêve. Tantos sueños condensados en uno mismo. Hoy me he visto de nuevo en una aula. He imaginado por un momento esos alumnos que iban a ser mis alumnos... Otra vez será. Tengo la esperanza, l'espoir, de que otro curso será mi curso. Lo bueno siempre se ha hecho esperar. 
 
En cambio mi visión no es más que un vaso quebrado a la fuerza.
 
Congelado en la bolsa y, a pesar de todo, siento calor, el quejumbroso calor de los mediodías de agosto. Ojalá otro año sea mejor. Ojalá otro curso empiece de nuevo el sueño y este se vuelva realidad, materia tangible en correcciones de exámenes, en alumnos que me llamen "maestro", en compañeros que te miren con alegría, en una sirena que suena anunciando el recreo, el inicio de las clases y el final y así volver cada día al hogar con la sensación de ser útil, de saberse realizado.
 
Un jour le rêve sera réalisé, mon rêve,
un jour les nuits seront fraîches,
un jour tout sera comme il faut,
un jour, oui, un jour pas si loin.