sábado, 15 de febrero de 2014

En attendant...

La eterna espera.

Es desesperante esperar que algo ocurra, que el destino cambie y dé un giro en tu vida y que todo empiece a sonreír, si es que eso es posible, porque las cosas y mucho menos la vida no tienen sonrisas ni ojos ni expresión, solo efectos en nosotros. 

Llevo desde enero esperando que baje la bolsa. Estoy tan cerca, tanto que tengo la cabeza todo el día puesta en eso, en aquello, en lo otro, en lo que me incumbe, en lo que no, en ese caos que puede llegar a ser el pensamiento, una vorágine que no cesa. Y no se mueve. Y el destino no me salva de la futura depresión. 

En mi vida he tenido siempre momentos en los que era yo el que llevaba las riendas de mi vida, de mi destino. Yo era el que forzaba y pisaba con fuerza y, aunque con miedos, afrontaba lo que deseaba. Tenía la voluntad como arma y la juventud como motor. Tenía un colchón siempre también, un lugar donde resguardarme.Sin embargo también ha habido y habrá momentos en que dependo del destino, de algo ajeno a mí para emerger, para no hundirme en las aguas oscuras y profundas de la humanidad, como ahora. Y eso me agobia mucho. Me estresa no ser quien lleva las riendas y ver que el carro no se mueve por el camino correcto y que se queda huella de mis ruedas en el barro. El carro se descontrola y parece que se percibe no muy lejos el destino. Lo miras como yo lo miro allá no lejos, tras un túnel, al cruzar un largo y blanco puente. Pero es ilusión, una neblina que se levanta de repente y oculta el pueblo del presente, del futuro. Y las aulas que ya olían a tiza o a rotulador borrable y que sonaba a gritos de niños y al movimiento de las sillas, todo eso parece falso. Tan falso como mi cartera que se vacía y nada parece llenarla, salvo el sufrimiento de soportar estúpidos clientes y medidas absurdas de jefes que dejan mucho que desear, incapaces de cuidar de sus empleados.

Que no, que estoy destinado a eso. Que el destino no me lleva, que me arrastra y me hace heridas en las rodillas y siento que la cabeza, de tanto golpe, va a acabar cediendo y descoyuntándose. La vida es una inquisición maldita. ¿Estamos malditos?

Bah. Mamarrachadas. Solo digo chorradas, tonterías. 

¿Qué más da? No voy a cambiar nada. Esa bolsa no se va a mover. Los políticos van a seguir con sus abusos. Nosotros sin poder hacer nada. Estamos perdidos. Si sobrevivimos es puro azar. No estoy de bajón, que conste. Hace tiempo que eso carece de sentido en mí. Solo pienso en voz alta aquí. Yo sigo sonriendo por estar vivo. Saboreo la comida, que es deliciosa y respiro con la tranquilidad de poder respirar. El resto me da igual. Me la trae floja, esa expresión que dice mucho a pesar de ser fea y burda, grosera. Da igual.

La bolsa no se moverá. Mi destino es una vez más lo que no parecía que fuera de nuevo. Qué más da. Paso.

Escribo y ya he dejado de desesperar. Que haga lo que tenga que hacer. Si se mueve mejor. Si no, pues a fastidiarse y esperar un trabajo para no morir de inanición en un momento dado. Arg.


miércoles, 12 de febrero de 2014

En un segundo, el cambio.

En un segundo, el cambio.

"Yo puedo con todo. Tengo fuerza para afrontar cualquier cosa", podemos decirnos a menudo; sin embargo la realidad es que podemos hasta cierto punto. Lo digo no siendo pesimista ni tremendista, simplemente como una constatación tranquila y pausada sin mayor consecuencia en mi vida o en la de cualquiera. En un segundo llega la enfermedad, se instala, te roba el hambre, te cose la garganta y ni el agua es bienvenida, sino más bien una especie de agente dañino que tratas de evitar. Además sube la fiebre y ya entonces en cuestión de horas has dejado de ser tú para ser un monigote sin energía de movimiento, solo con energía para calentar, con capacidad para freír huevos en tu propia barriga. Eso mismo. Tu cuerpo se vuelve una plancha viva y, si aprieta más el calorcico, hasta eres una secadora y un calientaplatos. Pero no se queda en eso, luego te derrites, se te secan la boca, los labios, los ojos, el cerebro y deliras, se disparan los sueños, las fantasías, a la par que te retuerces de dolor. Y mientras te conviertes en charco frío eres una serpiente que repta por las sábanas que te cobijan y cambias de piel. Así un día y otro y otro y los misiles de antibióticos, ibuprofeno, paracetamol, omeoprazol te taladran el estómago, porque además lo tienes más vacío que las cuentas bancarias de muchos españoles y llega un momento en que no sabes si se te pasará ese terrible estado, si tanto medicamento armamentístico sirve de algo o si lo tomas solo para sufrir al tragar y tratar de evitar la arcada, el vómito, el asco, la repugnancia de notar que comes mierda. Y te levantas como un muerto viviente, vas al baño, enciendes la luz del espejo, te acercas y allí siguen las malditas metrópolis de bacterias, trasladando sus sedes de un lado al otro de la garganta como si se burlaran de mí y de todo el arsenal que no le afecta apenas. Y yo las insulto mentalmente. Me siento país en guerra en mi propio territorio. 

En un segundo, el cambio.

Somos torres de madera firmes hasta que llegan las termitas y el vendaval y te sostienes con dificultad. Torres de madera que se reconstruyen por fortuna, porque las termitas muchas veces se vencen por muy organizadas que estas estén.

Por alguna razón tengo muy presente "Hablar solos", el libro de Neuman. Sigo con amigdalitis, pero ya mucho mejor. Ahora en el espejo las ciudades de bacterias han sido destruidas, han desaparecido los dos botones blancos que decoraban mi glotis. Enfermo hablaba solo más que nunca, sobre todo porque hablar en voz alta con mi madre era doloroso. Mi madre hablaba sola y me hablaba a mí, se preocupaba, trataba de hacer que bebiera muchos líquidos, que comiera yogures, cosas blanditas. Y ha sufrido las fiebres prolongadas de casi 40 grados como si ella misma las tuviera. Una madre es la mejor enfermera. ¡Qué haría yo sin mi madre! Y lo hemos comentado alguna vez: debe ser muy triste estar enfermo solo. 

Hace un mes, cuando operaron a mi tío, en su misma habitación había un señor mayor solo y muy mal. Un hombre que solo había visitado al médico una vez en toda su vida, algo así como unos 83 años o más. El señor necesitaba oxígeno, era inquieto y no dejaba de moverse (sin poder) de un lado de la cama al otro y balbuceaba sonidos extraños la mayoría de las veces. Solo en algún momento de lucidez era capaz de contar algo. Pues el hermano del señor pagaba a una pareja para que cuidaran al hombre y la pareja en lugar de estar con el señor como correspondía solo hacían el paripé de estar cuidándolo. Iban allí durante el día. Decían al hermano que se quedaban por la noche, pero todos sabíamos que no. Al final, una enfermera destapó el pastel. Ese hombre no se merecía ese trato. Sufrir solo. Qué mal más cruel. Abusar de alguien así sin escrúpulos. Qué asco. Me produce tanto asco como los dos pastillones de amoxicilina que me tenía que tomar estos días atrás. Por suerte alguien habló y al menos ese hombre murió acompañado a los pocos días, o eso quiero creer.

En un segundo, el cambio. Yo pasé de estar bien a estar fatal y derrumbado en una cama que me absorbía. El hombre pasó de estar siendo estafado y solo a estar acompañado. Del todo a la nada o viceversa. O sencillamente del algo al poco o viceversa, gradualmente.