martes, 30 de julio de 2013

Gente que agrada sin razón aparente.

Hay personas que nos producen un estado de alegría y nos provocan risas con cada frase que dicen. Puede que no estén diciendo nada fuera de lo común, pero hay una especie de química que nos transmite ese sentimiento. 

Con la madre de Paco León, el actor, me sucede eso mismo. Es verla en la tele y me dan ataques de risa tontos. No sé si es el tono de su voz, la forma que tiene de expresarse, su cara, sus gestos, el conjunto o qué demonios me lleva a desternillarme. A este mujer la conocí en la película que le dedicó su hijo: "Carmina o revienta". No se trata de una gran película ni mucho menos, pero yo veo a esa mujer tan de barrio sevillano, con ese humor tan andaluz, su desparpajo y la facilidad para reírse de ella misma que hace de la película algo extraordinario. El argumento no es nada del otro mundo: una mujer que se las ingenia para sacar su vida y su negocio adelante, frente a las adversidades que acechan lo cotidiano, con sonrisa y buen humor.  

Así pues, tenemos a las personas que nos producen estados maravillosos. 

Además, hay gente que produce desazón, tristeza, malhumor, odio... Lo mismo ni conoces realmente a esa persona y ya de antemano no la soportamos y no tenemos ganas de perder nuestro tiempo con ella. Podría nombrar a alguien pero sería desperdiciar minutos en alguien que ni conocéis.

Finalmente, hay personas cambiantes: en un principio nos producen felicidad o tristeza y con el paso del tiempo la primera impresión se trunca y pasamos al sentimiento contrario.

A veces parece que estoy descubriendo algo que no sepáis. En realidad, solo quería hablar un poco de la madre de Paco León, porque la acabo de ver en la tele y me he reído tanto en tan poco tiempo que quería dedicarle unas palabras a ella, así como a todas esas personas que aportan momentos de felicidad en mi vida. Tenemos que aprender a valorar esos minutos o segundos u horas en que reímos tanto que nos duele la barriga. Las risas siempre superarán el efecto que puede producir el sonido del dinero, que tanto se idolatra en estos tiempos de crisis que corren.

¡Riamos! No hay mejor medicina.

domingo, 28 de julio de 2013

Egocentrismo humano

He comprobado en mis 27 años que lo que nosotros hacemos es siempre lo correcto, siempre llevamos la razón, juzgamos al resto dependiendo de lo que nosotros consideramos que haríamos o no haríamos, tenemos la lengua muy larga y la afilamos enseguida contra el otro. Somos, en definitiva, seres deleznables avivados por el fuego interno: todo depende de nosotros mismos, todo gira sobre nosotros. Si hay un error nunca somos nosotros los culpables. Si hay problemas o enfermedades los nuestros son siempre más importantes que los del resto. 

Esta mañana, mientras trabajaba, una mujer ha empezado a chillar como una desesperada loca. He levantado la cabeza y estaba corriendo hacia la puerta giratoria de la entrada. Allí un niño pequeño estaba dentro de la puerta, esta seguía girando y la madre decía que la seguridad de esa puerta era una mierda. Hasta donde yo sé una puerta giratoria automática debe girar cuando alguien se aproxima a ella. La señora decía que la puerta le iba a arrancar el brazo. Esas puertas al mínimo movimiento se bloquean y jamás arrancarían un brazo. "Vaya puta mierda seguridad", gritaba. Somos animales desbocados, carentes de sentido, de calma y tranquilidad. Lo curioso de todo y lo más importante es que en la puerta hay una pegatina muy grande y llamativa informando de que el uso de la puerta está prohibido para niños no acompañados por un adulto. Si el niño ha llegado hasta la puerta solo es evidentemente un error de la madre, que ha bajado la guardia, ha preferido charlar, cotillear, tomarse un refresco o cualquier otra cosa antes que dedicar toda su atención a un niño de apenas 2 o 3 años. 

Los padres en este país son muy extremistas: unos sobreprotegen a sus hijos y otros se despreocupan. Eso sí, todos se ponen de acuerdo en determinar que son excelentes progenitores y educadores. Todos valoran mal a sus propios hijos que o son tan listos, tan buenos, tan fantásticos -de hecho más que el resto-, o bien son demasiado nerviosos, tímidos... Tenemos un problema los humanos: nuestro ombliguismo. Por desgracia, esto no va a solucionarse nunca. Parece que esa fractura de nacimiento (el ombligo) marcará siempre nuestra vida.