lunes, 31 de diciembre de 2012

Felicidades.

feliz 2013 para todos y que los deseos y las metas que fijeis se os realicen. Un abrazo. Pronto vuelvo por el blog, porque las palabras siguen discurriendo en mi presa.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El primer paso hace caminos

Hace algo más de un año, una tía mía hacía punto de cruz en su casa y yo la observaba con cierta envidia y asombro; envidia porque aquello me parecía útil y tremendamente complejo. Ella hacía una manta con cuadrados de color morado, rosa y gris  que posteriormente cosía. Era muy bonita, suave al tacto, cálida, duradera. También sentía asombro, porque yo quería dominar ese arte, pero creía que jamás podría hacer una simple línea de punto y mucho menos comprender el proceso por el que dos agujas y lana crean bufandas con distintos dibujos, mantas, abrigos, calcetines o gorros.

Cuando terminé la carrera, un compañero de carrera, César, organizó un viaje alternativo a Turquía. En una de las excursiones estuvimos en un taller de alfombras donde nos enseñaron cómo trabajaban. Nos mostraron cómo extraían la seda. Un trabajo mágico nos pareció, rutinario pero magistral. Allí había una veintena de mujeres con ropas de colores y pañuelos que les tapaban el pelo negro. Acostumbradas a las visitas de turistas europeos que vienen a sus instalaciones, estas mujeres de manos hábiles y miradas atentas, deslizan los ojos al compás de la mano. Observan las plantillas y deslizan la madera del telar arrastrando los distintos hilos de color. De allí salían alfombras y tapices dignos de los suelos del salón de los embajadores de la Alhambra.

En el verano de 2009 vi un documental donde hablaban del encaje de bolillos que estaba desapareciendo. Hablaban de una asociación sexitana que se había propuesto salvar esa tradición y mantenerla viva. Aquellas mujeres me dejaron con la boca abierta y raro fue que no me entrara ninguna mosca. Movían las manos con elegancia y los bolillos bailaban en el aire. El golpeteo de la madera producía una sonoridad artística, como el tacón que choca contra el escenario y con naturalidad inunda de melodía rítmica los oídos de los presentes. Aquello era un espectáculo.

Te preguntarás por qué hablo de esto hoy. La razón es sencilla. En marzo empecé a aprender a hacer punto de cruz. Al principio era torpe, las agujas temblaban, la lana se me liaba entre los dedos, la punta no entraba por donde debía y la lentitud era semejante al pie que intenta salir de un lodazal donde ha quedado atrapado por descuido. Yo, en cambio, era persistente y, a pesar de tener el tiempo escaso para ninguna actividad añadida, por alguna razón las agujas me atraían y nada más almorzar les dedicaba una hora. Los minutos volaban enseguida y yo no mejoraba en la técnica. Seguía siendo torpe. Entonces un día terminé mi primera bufanda. No puedo explicar lo feliz que me sentía al ver que había conseguido lo que buscaba. ¡Qué suavidad! Y luego hice otra (gris), otra (verde y morada), otra (azul marino) y otras más. Todas las hice simples, con el punto bobo -así lo llaman- hasta que hace un mes mi abuela me enseñó el punto del revés, el que con más práctica he aprendido con agilidad. Soy capaz de hacer el punto de granito de trigo y el de canalillo -este lo llama así yo, porque no sé su nombre- y mis últimas bufandas son mucho mejores visualmente. 

Lo que parecía imposible hace un año ha dejado de serlo con esfuerzo. Podemos hacer todo lo que queramos. Somos dueños de nuestros deseos. Es evidente que el deseo se materializa con persistencia y constancia; pero con algo más que eso, con oportunidad, con valentía. Si no nos atrevemos a dar el primer paso nunca se sabrá cuándo se alcanzará y, por supuesto, jamás se iniciará el proceso. 

Los ejemplos que he puesto antes me permiten valorar las iniciativas por rescate de tradiciones útiles. Mantener el toreo no es relevante, aunque muchos se empeñen en verlo como una metáfora de la lucha del hombre contra la naturaleza y como un arte español inigualable. Estamos en tiempos de crisis. ¿Estamos en crisis? ¿En serio? ¡Uy! No me había dado cuenta... Aprender a tejer y zurcir es importante en esta época. No solo porque nos permite tener ropa a precios muy económicos, sino también porque es saludable; las agujas absorben la ansiedad, el estrés, el tiempo vacuo, la pesadez de la existencia carente de entretenimiento, de función. Tejer es fabuloso. Sin haber aprendido a hacer punto de cruz, mi vida de desempleado sería más terrible. ¡Qué curioso que todo lo que tiene que ver con tejer me dé la vida! Leer, escribir (textos, que es tejer palabras), hacer punto de cruz, conversar (tejer pensamientos, los propios con los ajenos) son elementales en mi camino. El barro está en este tramo de la senda, pero siempre llevo una margarita en la mano, para no dejar de oler su aroma ni de perder de vista la luminosidad de sus pétalos.

Y termino con las sabias y archiconocidas palabras de A. Machado


Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Siempre estamos en el camino, pero solo poniendo en marcha nuestro paso podremos llegar a los distintos árboles frutales que nos esperan en el camino. Andemos. El primer paso siempre hace caminos.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Protección de la memoria

He sabido por puro azar que en agosto encontraron, también por casualidad, los restos de lo que parece un templo romano en Granada.

Me puedo imaginar a esos obreros que excavan la zona de Camino de Ronda en la ciudad nazarí con el objetivo de realizar un metro por la ciudad y se topan con restos arqueológicos. La mayoría de ellos lo verán como meras piedras sin importancia, ruinas que no aportan nada. Mirarán los restos y pensarán "Joder, otra vez a esperar" y, envueltos en sudor, más aún en Granada en plena estación estival con el abrazo asfixiante del calor insoportable, se detendrán, beberán agua y mantendrán la mirada perdida en pensamientos muy dispares.

Templo romano hallado

Pero seguro que hay alguien, aunque solo sea uno de esos obreros, que observa las piedras con cierta intriga, tal vez admiración o emoción por algo que a sus ojos es mágico. Tiene que haber alguno que mire embelesado, como yo estaba mientras no quitaba ojo a las imágenes del ordenador, que se imagine a otros obreros vestidos con otras ropas, con peinados diferentes a ellos; puede que con un olor corporal semejante o no al de ellos, que acarrean piedras y, con esfuerzo, las colocan donde les ordenan. Entonces a uno, en este caso yo, se le viene a la cabeza la imagen de una iglesia, de una mezquita, de una construcción megalítica o de una necrópolis fenicia, por nombrar casos parecidos, y llega a la conclusión de que todas esas producciones humanas fueron realizadas por alguien con creencias ultraterrenales. La muerte tuvo nombre en el momento en que aquellas personas edificaron en su honor y justo cuando vieron en la realidad un transito que los llevaría a otro lugar inmaterial. Pensaron en seres supreterrenales, inmortales, a los que había que alabar. Ese templo romano, del que solo quedan restos: parte del suelo, retazos de muros, ¿columnas? ¿altares? ¿Objetos religiosos? Váyase usted a saber qué se ha hallado; pues ese templo es para mí algo más mágico que todo en lo que pudieran creer sus constructores.

El templo ha sobrevivido en cierta manera. Con él pervive la mano de quien lo construyó: esos obreros ¿esclavos?, las personas que lo idearon, los que pusieron el dinero necesario para su ejecución. Asimismo nos transpasa saberes y recuerdos, al menos ficciones que mi mente pronto crea. Se me compunge el corazón con la simple visión de aquellos ladrillos fijados con argamasa, tal vez porque sueño demasiado.

Estuve buscando más información al respecto y no he hallado nada. ¿Habrán determinado que carece de relevancia y lo habrán eliminado?¿Habrán decidido salvarlo y adaptarlo de algún modo a la construcción del metro? ¿Lo habrán integrado?

Integración es justo la palabra que yo aplicaría a todo resto arqueológico que pudiera aparecer en el tramo de una obra urbana. ¿Por qué destruir algo que forma parte de nuestro pasado y que nos enriquece, cuando es mucho más práctico conservarlo? No creo que haya mayor interés en la destrucción que en la integración. La primera supone eliminar atractivos turísticos; en cambio la segunda implica añadirlo, rescatarlo del olvido, embellezar la ciudad.

Soy un soñador.

Vivo de recuerdos. Me alimento de ficciones, de pasado, de unas piedras que hinchan mi mundo con historias.

Muero cuando desaparece nuestra memoria. La demencia colectiva es un mal colosal. Triturar ruinas es perder apoyos para que eso no ocurra, para que los recuerdos no mueran. Es condenarnos al olvido.

Con la invasión católica en Al-Andalus ardieron libros y, con ellos, el saber de nuestros antepasados. En Córdoba, cuentan que existía una biblioteca gigantesca, que acabó siendo destruída, eliminada para siempre. Me aterroriza la idea de imaginar la magnitud de aquella quema. Es más, veo mentalmente colosales piras de las que sale un humo negro que transporta letras y desaparecen en las alturas. ¡Cuánto se perdió entonces! ¡Cuánto se seguirá perdiendo!

Porque estamos hechos para perder.

Pero también llevamos en los genes el impulso de ganar. Queremos vivir más allá de nuestras vidas. Ansiamos transitar por la memoria de los vivos que nos suceden. Unos imprimen en la pared rocosa de una cueva el perfil de los arqueros de la tribu o sus manos. Otros edifican un templo dedicado a una divinidad. Algunos escriben, pintan, inventan. Los hay igualmente aquellos que dirigen sus vidas al escándalo. La cuestión es eternizarse. ¿Quiénes somos nosotros para acabar con ese proceso divinificador? Si se hallan restos de antepasados o un ajuar tarteso, por poner dos ejemplos, ¿por qué eliminarlo?

Hay que darles continuidad. El azar, las casualidades, el esfuerzo de aquellas personas, ese cúmulo de circunstancias ha de servir para proteger lo dado.

Soy un soñador. ¿Por qué no soñamos todos? Es muy gratificante. Ojalá se salve ese templo, todo nuestro sustento memorial.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Vaporoso

¿Alguien me sabe explicar el motivo de que sea tan disperso? ¿Por qué soy incapaz de centrarme en una única cosa y condensar todas mis energías y atenciones en el cometido de una exclusiva acción? Es algo que no entiendo y que solo puedo nominalizar: personalidad vaporosa.

Dentro del género humano, se pueden realizar diversos -por no decir infinitos- cuadros y divisiones esquemáticas, ramificaciones que aclaran y estructuran la diversidad humana en no solo hombres y mujeres, infantes, niños, jóvenes y ancianos, sino también en infinidad de categorías que sería incapaz de incluir en esta entrada que escribo con cierta celeridad y sin perder demasiado tiempo de reflexión. No porque el tema sea interesante hay que dedicarle toda una vida; por ello voy al grano y me dejo de circunspecciones: hay personalidades vaporosas y personalidades  férreas.

¿De dónde extraigo esta terminología? De la nada, de mi cabeza -dicho sea de paso, habitáculo vacuo cerebral-, de la experiencia. 

Las personas vaporosas son aquellas que parecen estar conformadas por humo. Su mente inicia una acción y sin terminarla comienza otra y así sucesivamente hasta que vuelve alguna de esas acciones empezadas para rematarla y, sin embargo, no lo logra, porque tiene tantas acciones puestas en marcha que es incapaz de concentrarse en una solo; son personas que carecen de la disposición necesaria para organizar, estructurar lo que hay que hacer y priorizar.

Las personas férreas son, como es evidente, justo lo contrario de las anteriores. Se trata de un tipo de personas obsesionadas con un tema. Inician una acción y nunca salen de ella, porque conforme avanzan en su desarrollo estas se hacen más y más profundas, cada vez más complejas.

Yo soy una personalidad vaporosa. Antes era más del tipo férreo, aunque nunca a esos extremos. Era alguien capaz de abrir y cerrar acciones, como cualquier persona normal. Ya no.

Humo soy,
aire vaporoso con olor a carne,
fuego fatuo que incendia un árbol
salta a otro y quema el bosque,
llama falsa que no quema en realidad.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Un cortijo familiar



Sierra Nevada desde el Postigo de Salobreña

El cortijo encalado mira al mar, a Salobreña y a su vega, pero también a Sierra Nevada y a los cultivos tropicales que escalan la montaña que lo rodea. Posee un porche grande a la sombra de una techumbre de hierro ondulado y de una vieja parra que se sostiene colgada de cilindros de hierro oxidado, seguramente tan antiguas como la edificación. En el interior el aire permanece congelado y viciado por un tiempo que ya no existe, fruto de algo que fue y sigue siendo, pero solo en ese lugar, porque fuera ya todo es distinto, ha cambiado a lo largo de más de 30 años, cuando falleció una de las mayores bestias que se ha criado en estas tierras ibéricas, el asquerosísimo. Quedan vigas de madera y las paredes son irregulares. Hay camas con más de setenta años y la chimenea de ladrillo colorado muestra en su interior el negro de los múltiples fuegos que han ardido en su interior.


Lo miro con fijeza e imagino a los hermanos y hermanas de mi abuela y a sus padres y a sus tías; los niños están sentados viendo el crepitar del fuego de la chimenea, asombrados por ese movimiento. Unos juegan; otros extienden las palmas de las manos hacia el calor de la hoguera. Se sienten reconfortados. Fuera hace frío, los dedos árticos de la sierra se escurren por las laderas de las altas montañas y viajan sobre la superficie del Guadalfeo, ese río que fue bravo y destructor en momentos puntuales de su historia, pero también creador y algo demiurgo. 



Salobreña desde el cortijo de mi abuela.
Desde el porche observo el mar. Está abombado. Me preguntó cómo cabe la posibilidad de imaginar la tierra plana. No hay más que otear esa línea del horizonte sobre el mar, que se curva ligeramente. Se ve el peñón, esa roca repleta de recovecos, con la espuma de las olas golpeando sus contornos. Cuánta importancia puede tener esa roca con forma de ballena. No hay salobreñero que no sienta cierto orgullo y emoción al mirarla. Y yo la observo desde mi imaginación. 

El peñón.

Las civilizaciones se suceden.




No es complicado ver un grupo de fenicios que arriba a la costa, pierden la mirada en la belleza del lugar y se alegran por haber encontrado un sitio perfecto para vivir. Quién sabe si no fueron ellos los que edificaron en lo alto del pueblo una fortificación que hoy es castillo y presintieron la importancia del enclave. Y no solo eso. Los fenicios desaparecen de la visión. 

También veo desde el cortijo un grupo de romanos que construyen un edificio en el lomo del peñón y mueren. O tres princesas de cuento aprisionadas por su padre para evitar amoríos inadecuados.

Hay una mujer vestida de luto. Tiene el pelo recogido en un moño. Aún así, el fuerte viento ondula un mechón que se suelta del peinado y su vestido se adhiere a su cuerpo, mostrando su silueta deslumbrante, al tiempo que el resto del vestido parece volar. La mujer mira al mar. Su mirada está vacía. Salta a las fauces de la roca, de las olas, de las corrientes que le quitaran el dolor con dolor. 

Porque el peñón es lugar de muertos, puertas del averno. Allí saltan los jóvenes. Buscan diversión, a veces encuentran un atajo hacia la vida que no es vida, hacia el fin de la vida. "Sé de dónde saltar", es una frase repetida y manida. No siempre es así, por desgracia.

BOOM.

Todo desaparece. Junto al peñón sale un humo gris y negro. Estallan los cañones de enormes barcos. Atacan el pueblo. El cielo de intenso azul ha mutado en cenizas. Los vivos son cada vez menos. Mi familia ha huido a ese cortijo y se alimentan de lo poco que pueden cultivar. 

Y el tiempo discurre hasta el presente de nuevo. Ahora está la hermana de mi abuela ahí, sentada en su silla, con las piernas apoyadas en un vieja silla de mimbre, a la que le han cortado las patas para que sea más baja. Su piel ha palidecido. Creo que se apaga su llama. 

La pena me acecha, cuando menos lo espero. 

Entretanto, otros desean que ocurra lo que nadie puede evitar, aquello de lo que nadie puede escapar. Y el día que acontezca se desmoronará esa edificación. 

Ya no habrá cortijo, porque lo viejo casi no se valora. Los recuerdos pierden relevancia en las mentes de la gente. ¡Qué triste! Un recuerdo es un tesoro único. Extraviarlo es eliminar una pieza de nosotros mismos.

Y con ella perecerán los recuerdos y parte de la historia de mi familia. Caerán los higos y se secará la parra. Ya no habrán cenizas en la chimenea, porque no habrá chimenea. Y las vigas de madera formarán parte del pasado. El cortijo se despeñará desde las alturas del peñón. No habrá nada, salvo el recuerdo. 

Un recuerdo que morirá con los familiares de mi generación. Y cuando sea viejo y el cartón pase a ocupar mi ahora tersa piel, yo contaré a quien me escuche todas las historias que una vez tuvieron lugar en ese cortijo.

Hasta entonces las contaré en silencio, para que no mueran arrastrados por los años.

El cortijo del que hablo sale en la parte derecha de esta foto.