jueves, 13 de diciembre de 2012

Protección de la memoria

He sabido por puro azar que en agosto encontraron, también por casualidad, los restos de lo que parece un templo romano en Granada.

Me puedo imaginar a esos obreros que excavan la zona de Camino de Ronda en la ciudad nazarí con el objetivo de realizar un metro por la ciudad y se topan con restos arqueológicos. La mayoría de ellos lo verán como meras piedras sin importancia, ruinas que no aportan nada. Mirarán los restos y pensarán "Joder, otra vez a esperar" y, envueltos en sudor, más aún en Granada en plena estación estival con el abrazo asfixiante del calor insoportable, se detendrán, beberán agua y mantendrán la mirada perdida en pensamientos muy dispares.

Templo romano hallado

Pero seguro que hay alguien, aunque solo sea uno de esos obreros, que observa las piedras con cierta intriga, tal vez admiración o emoción por algo que a sus ojos es mágico. Tiene que haber alguno que mire embelesado, como yo estaba mientras no quitaba ojo a las imágenes del ordenador, que se imagine a otros obreros vestidos con otras ropas, con peinados diferentes a ellos; puede que con un olor corporal semejante o no al de ellos, que acarrean piedras y, con esfuerzo, las colocan donde les ordenan. Entonces a uno, en este caso yo, se le viene a la cabeza la imagen de una iglesia, de una mezquita, de una construcción megalítica o de una necrópolis fenicia, por nombrar casos parecidos, y llega a la conclusión de que todas esas producciones humanas fueron realizadas por alguien con creencias ultraterrenales. La muerte tuvo nombre en el momento en que aquellas personas edificaron en su honor y justo cuando vieron en la realidad un transito que los llevaría a otro lugar inmaterial. Pensaron en seres supreterrenales, inmortales, a los que había que alabar. Ese templo romano, del que solo quedan restos: parte del suelo, retazos de muros, ¿columnas? ¿altares? ¿Objetos religiosos? Váyase usted a saber qué se ha hallado; pues ese templo es para mí algo más mágico que todo en lo que pudieran creer sus constructores.

El templo ha sobrevivido en cierta manera. Con él pervive la mano de quien lo construyó: esos obreros ¿esclavos?, las personas que lo idearon, los que pusieron el dinero necesario para su ejecución. Asimismo nos transpasa saberes y recuerdos, al menos ficciones que mi mente pronto crea. Se me compunge el corazón con la simple visión de aquellos ladrillos fijados con argamasa, tal vez porque sueño demasiado.

Estuve buscando más información al respecto y no he hallado nada. ¿Habrán determinado que carece de relevancia y lo habrán eliminado?¿Habrán decidido salvarlo y adaptarlo de algún modo a la construcción del metro? ¿Lo habrán integrado?

Integración es justo la palabra que yo aplicaría a todo resto arqueológico que pudiera aparecer en el tramo de una obra urbana. ¿Por qué destruir algo que forma parte de nuestro pasado y que nos enriquece, cuando es mucho más práctico conservarlo? No creo que haya mayor interés en la destrucción que en la integración. La primera supone eliminar atractivos turísticos; en cambio la segunda implica añadirlo, rescatarlo del olvido, embellezar la ciudad.

Soy un soñador.

Vivo de recuerdos. Me alimento de ficciones, de pasado, de unas piedras que hinchan mi mundo con historias.

Muero cuando desaparece nuestra memoria. La demencia colectiva es un mal colosal. Triturar ruinas es perder apoyos para que eso no ocurra, para que los recuerdos no mueran. Es condenarnos al olvido.

Con la invasión católica en Al-Andalus ardieron libros y, con ellos, el saber de nuestros antepasados. En Córdoba, cuentan que existía una biblioteca gigantesca, que acabó siendo destruída, eliminada para siempre. Me aterroriza la idea de imaginar la magnitud de aquella quema. Es más, veo mentalmente colosales piras de las que sale un humo negro que transporta letras y desaparecen en las alturas. ¡Cuánto se perdió entonces! ¡Cuánto se seguirá perdiendo!

Porque estamos hechos para perder.

Pero también llevamos en los genes el impulso de ganar. Queremos vivir más allá de nuestras vidas. Ansiamos transitar por la memoria de los vivos que nos suceden. Unos imprimen en la pared rocosa de una cueva el perfil de los arqueros de la tribu o sus manos. Otros edifican un templo dedicado a una divinidad. Algunos escriben, pintan, inventan. Los hay igualmente aquellos que dirigen sus vidas al escándalo. La cuestión es eternizarse. ¿Quiénes somos nosotros para acabar con ese proceso divinificador? Si se hallan restos de antepasados o un ajuar tarteso, por poner dos ejemplos, ¿por qué eliminarlo?

Hay que darles continuidad. El azar, las casualidades, el esfuerzo de aquellas personas, ese cúmulo de circunstancias ha de servir para proteger lo dado.

Soy un soñador. ¿Por qué no soñamos todos? Es muy gratificante. Ojalá se salve ese templo, todo nuestro sustento memorial.

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