viernes, 29 de junio de 2012

Llueve sol

Llueve sol
                llovía aquel día.
Una montaña lejana
                 una fortaleza prevalecía a la vista.
La vega llana agita su hierba al viento
                 no soplaba brisa alguna, sonreías.


Fue una tarde de alterada espera.
Caen las horas,
Caen siempre,
caen, se precipitan.

                   Caían,
                   

                   caían.

Vi tu paso inquieto,
la maleta esperaba en el borde del arcén,
sabías que llegaría,
sabías que lo deseaba.
Crujió la puerta, sonó la amortiguación,
                                   descendía el esperado.
Días lejanos, fuertes recuerdos de antaño,
un pasado que es presente,
un futuro ansioso de ser presente,
algo que llegue ya, que es potencia de placer,
la luz que un día estuvo en Venus y con el tiempo volverá
a ser la misma en los confines del universo.

Hay melenas oscuras, una mirada viva,
el movimiento rítmico de tu cuerpo,
tu presencia.

Llueve sol, 
cae la luz,
se extienden las nubes
el humo de tu cigarro desde el balcón.
Cenizas sobre el plato blanco del mueble
y el cielo llora de pena
de no saber cuándo,
                   cuándo volverá a llover sobre tu seno.

Llueve sol, llovía,
yo era feliz aquel lejano día.
Cada vez que cierro los ojos,
es melodía la voz, un susurro,
la brisa suave, tu mano delicada.

sábado, 23 de junio de 2012

El poder de un objeto

Observo ese abanico sobre la mesa. Lo agarro porque me resulta familiar. Tiene las varillas verdes y la tela blanca con dibujos verdes. Veo que en los dibujitos hay algo escrito. No hace falta más para recordar de qué me sonaba tanto: las oposiciones.

Era todavía de noche, corría algo de brisa, cuando bajé con mis padres, cogimos el coche y nos dirigimos hacia Jaén. Estaba cansado, muy cansado, dos escasas horas de sueño no habían calmado la necesidad básica de dormir que todos tenemos. Me dolía la barriga, estaba nervioso, tenía ansiedad, por lo que no me dormí en todo el trayecto. Observaba el paisaje tan cambiante desde la costa almeriense hasta los olivares jienenses, paisajes desérticos con montañas de canela y capas de esparto, picos altos de Sierra Nevada con frondosos bosques. Era un paisaje conocido a mis ojos, pero al mismo tiempo era metamórfico, estaba vivo, como todo paisaje; a simple vista los árboles están en el mismo sitio, pero el color ha cambiado, las hojas son distintas, el grosor del tronco ha aumentado, aunque no sea perceptible, la arena se ha desplazado, ahora un montículo de aquí aparece un poco más hacia allá. Miré de vez en cuando los papeles que llevaba en aquel clasificador, listas bibliográficas inexpugnables, barrizales memoriosos. 

Jaén.

Jaén aparece de repente, desconocida y en ese momento las puertas del infierno, un fuego imperecedero que arde en el fondo de mi estómago. Tomamos un café y tostadas; digo tomamos, porque creo que yo también tomé eso, pero no lo recuerdo. Recuerdo muchas caras de jóvenes estresados o una larga cola de muchachos que espera su turno para acceder al aseo. 

Puerta de aquel edificio cuarto; creo que era el cuarto.

Veo caras tan conocidas y mientras hablamos del pasado, de las oposiciones y de cómo cambian las cosas en la vida, se me acerca una muchacha que me da unos bolígrafos, muchos folletos de sindicatos y, al final, aquel abanico. Aquel abanico que es este. Este abanico olvidado y que ahora mi madre ha rescatado de algún cajón del mueble del salón. 

Abanico.

Se abre con rapidez, con arte. En su movimiento condensa la belleza visual del movimiento. Se abre y se cierra, produce fresco. Es tan rudimentario y a la vez tan maravilloso. Abarca en sus movimientos todo un lenguaje codificado. Pero lo más importante es la cantidad de manos que recuerdo en una onírica ilusión. Hay sujetando el fino mango manos arrugadas de abuelas, la delicada y larga mano de mi amiga Eva, la torpe mano de un niño pequeño o la poca maestría de un extranjero incapaz de dominar con soltura un elemento tan español. Cierro el abanico, cuando cierro los ojos y llevándomelo al pecho todo son recuerdos y reflexiones. 

Aquellas oposiciones, preámbulo de lo que 2011 ya no volvería a ser igual. 

Abro el abanico, lo sitúo delante de mi cara, ocultando con él la nariz y la boca. Parpadeo. Eres tú a quien entonces veo. 

Oscuros ojos,
brillante mirada,
que el aire del abanico
me traiga aquí el reflejo de tu pupila,
una lágrima callada.

miércoles, 20 de junio de 2012

Érase una vez...

'Erase una vez..."

Es oír estas tres palabras y mi cuerpo se colma de magia, ilusión, recuerdos. 

Érase una vez una princesa, nacida en un lejano reino, blanca cual nieve recién caída, labios rojos cual pétalos de rosa y cabellos negros cual ala de cuervo... y una bruja que permanecía joven y poderosa gracias a la juventud ajena, robada de bellas muchachas raptadas... y un valiente caballero dispuesto a todo por salvar a su doncella...

Érase una vez un tiempo en que había países prósperos, donde gobernaban los sentimientos de paz, amor, felicidad, reconocimiento de valores, sinceridad, respeto. Un reino donde las doncellas no necesitaban ser rescatadas, ni los príncipes debían armarse de metal ni valor porque no era necesario. Érase una vez un reino donde no eran necesarios los secretos ni las tramas amorosas ocultas; donde un príncipe podía amar a otro príncipe o una doncella podía enamorarse de una esclava; o quién sabe, un tiempo donde el amor era libre, donde nadie pertenecía a ninguna otra persona, donde los posesivos dejaran de existir por falta de necesidad o que los ciudadanos olvidaran el subjuntivo y dieran importancia al indicativo, donde la probabilidad y las dudas ya no tuvieran cabida. Érase que se era un tiempo y un reino inexistente, donde todos eran iguales y a la vez distintos, donde la magia se veía día a día en las pupilas de la gente; un lugar llamado lugar porque no necesitaba nombre alguno... 

Ayer vi la película de "Blancanieves y la leyenda del cazador" y sentí esa magia de algunos cuentos. Los intensos colores, la música, las perspectivas de la cámara, la continuidad de la historia, los personajes... y esos temas tan atemporales como la belleza y el precio que cualquiera pagaría por mantenerla viva. 

"Espejito, espejito, dime quién es la más bella de este reino".

Y el espejo siempre se equivocó y se equivocará, 
porque la belleza no es universal.




martes, 12 de junio de 2012

Cosas de la vida: padres

Hoy me limitaré a copiar lo que un gran escritor y excelente persona (y eso que no lo conozco personalmente) ha escrito en su blog. 

"Vuelvo la vista atrás y recuerdo a mi padre en 1972, cuando tenía 59 años, la edad que ahora tengo yo, y veo a un hombre destruido, acabado, una sombra, un fantasma; un hombre con una depresión de caballo (mucho antes del Prozac), un hombre sin futuro, un anciano prematuro, un pasajero al final de la línea. Y me digo, eh, yo no soy así, yo no tengo los traumas de mi padre (aunque sí otros, imagino), yo superé mi timidez y no necesito a nadie para relacionarme con el mundo, yo no he perdido a mi mujer, yo sigo teniendo cierto éxito en mi profesión, yo sigo vivo y no quiero morir, yo no soy como él."



César Mallorquí habla de algo que yo mismo he pensado en variadas ocasiones: ¿Soy como mi padre? ¿Los hijos están destinados a seguir el camino que los padres han iniciado? ¿Debo ser como mi padre? 

Tras plantearme estas y muchas otras preguntas, veo ante mí las imágenes de un pasado ya muy lejano, tan ajeno al presente, tan distinto, que no logro ver como recuerdos de mi pasado. ¿Dónde está el niño inquieto, que yo era? ¿Aquel que juega junto a un balate, mientras su padre limpia el coche? ¿Aquel que circula en su bici naranja, detrás de su padre, por los caminos arenosos de la vega? ¿Dónde está aquel niño que una vez admiró a su padre? ¿Qué queda de aquel pasado? 


"¿Cuántas arrobas me quieres?", me pregunta mi padre en el sillón del salón de mi casa de Salobreña, después de que todo el mundo abandonara mi casa tras la celebración de cumpleaños. Aquel niño no entendía lo que su padre le preguntaba y repetía con insistencia: "¿Qué robas?" "¿Hay un ladrón?" Aquel niño que casi no presta atención a las explicaciones de su padre, que más bien se distrae mirando la cara de su progenitor o el suelo pegajoso del salón.   

¿Soy como mi padre? 

A simple vista, se ve que soy su hijo. Comparto gestos, incluso expresiones y reacciones; pero no soy como él. Hace tiempo quise ser como él, pero el tiempo ha ido diluyendo esas ansias y el modelo de barro se ha deshecho en un charco cenagoso. 

¿Los hijos están destinados a seguir el camino que los padres han iniciado? 

Tanto como seguirlo no, pero sí hay una clara relación entre el camino que hace el hijo con el que el padre hacía y hace a su vez. Uno por mucho caudal que tenga o posea no puede escapar del cauce que alguien ya había construido. Aunque eso no evita que el río pueda llegar a sobrepasar los muros de contención. Es cuestión de encontrar el impulso imparable de una riada.

¿Debo ser como mi padre?

No. Debo ser como yo mismo sea; encontrar el hilo musical propio y ofrecerle el altavoz necesario para que todos lo oigan, porque todos tenemos una sintonía única, aunque semejante a otras. Mi padre tiene su música y yo tengo la mía. Mi melodía es distinta y debe seguir siéndolo, si quiere alcanzar la felicidad.

"¿Cuántas arrobas me quieres?" Muchas te he querido, padre, muchas.  

domingo, 10 de junio de 2012

viernes, 8 de junio de 2012

Las salvaciones pasajeras

Tras haber pasado por una depresión y un fuerte tambaleo de los pilares de mi vida, recibí la llamada que me salvaría de volver a resbalar en la fosa del bajo estado anímico. Dicen que soy gracioso, que doy alegría allá donde voy. Eso me da energía y me alegra, porque no pretendo otra cosa. 

Lo que no se sabe es que tras la máscara de sonrisa esbozada, hay un corazón triturado.

Me llamaron y me salvaron. Trabajé en lo que me gustaba y conocí a gente fabulosa, sean profesores o alumnos. En Lucena hasta Semana Santa. Después, tras una semana de incertidumbre, recibí otra llamada. Esta vez vino de Málaga. Me dieron a elegir y, aunque al principio no supe si había acertado o no en la elección, ahora sé que el IES Almenara fue lo mejor que me podía pasar después del IES Juan de Aréjula.

Era una mañana soleada, de cielo puro, azul, sin nubes. Había un edificio negro, un ligero dolor estomacal, fotocopias entregadas, papeles rellenados y firmados. Subí en el pequeño C3 azul metálico, me perdí por las calles malagueñas, tanta obra me tenía desorientado; por fortuna, solo debía dirigirme hacia donde nace el sol. Llegué a Vélez-Málaga. ¡Era tan familiar! Pareciera incluso que me encontrara en casa, en Salobreña.

Aparqué junto al centro, leí el cartel de bilingüe y entré. ¡Dios mío! Parecía una cárcel. Rejas verdes en mitad de los pasillos, paredes amarillas y tristes y en la sala de profesores tuve la impresión de que no sería lo mismo que en Lucena. Pero las apariencias no son lo que pudieran parecer.

Me dieron una excelente bienvenida en el departamento de francés. Enseguida tuve el material necesario. Recibí un trato cercano y pronto les he cogido una inmenso cariño. ¡Y he aprendido tanto de ellos en tan poco tiempo!

A los pocos días, "Vente, que nos vamos al tour de la tapa de Torre", me dijo Rocío. Fue el inicio de la Chupipandi. ¡Me he reído tanto con ellos! En poco tiempo todo sucede y no por menos la amistad es inferior. Risas, buen humor, charlas inteligentes, reflexiones, paseos, deporte, comida, manifestaciones, experiencias compartidas, amor. Podría escribir todo lo que me han aportado y me aportarán en los tiempos que han de venir. Las imágenes ya están fijadas en la memoria; son recuerdos de incalculable valor, que ni la crisis podrá quitarme. 

El 31 del pasado mes terminó mi estancia veleña. Ha llegado el calor roquetero de nuevo y con su sofoco se ha mermado la brisa vital que un buen día de enero comenzó a inflar mi vida. Por suerte, siempre me quedará la amistad de todos ellos y el cariño inmenso de los que fueron mis alumnos. Me quedará el brillo negro de tus ojos de molinero.