lunes, 30 de septiembre de 2013

Escribir sin previo aviso

Voy a hacer lo de siempre, escribir sin consciencia, sin previa reflexión, solo por el hecho de combatir el óxido que recubre toda mi materia gris, para reparar las compuertas del cerebro y recoger toda su materia derretida por el calor del verano. Escribir como medicina contra el catarro de los miedos que me acechan a menudo. El pavor de no saber si la senda que se ilumina a mis pies sigue el buen camino hacia el porvenir que nunca viene, siempre extendiéndose hacia el infinito. En ese miedo que me ata cuando tengo turno de noche y veo sombras que se convierten en hombres con pasamontañas y el ruido aterrador de unos pasos que no suenan. Escribir cada día de nuevo para volver a ser quien era antes del verano, antes de perder el ánimo en el estrés de las horas desaprovechadas. Sobre todo, tengo que escribir para recordarme lo bueno que ha sido en realidad el verano, las cosas buenas que se sobreponen a las negativas. Porque este verano he tenido a S. conmigo muchas semanas, aunque no hayamos podido compartir mucho tiempo porque mis horas se perdían en el clamor de la guerra que es el trabajo que no gusta. A pesar de esto, notar su calor en la alcoba, mirar sus ojos de cerca son motivo de felicidad. También he tenido cerca a Eva y eso es otra recompensa del verano maldito. O aquellos días de visita de Elena que tanto beneficio me aportan. Mi madre estaba como siempre conmigo y mi hermano siempre ha estado en el dormitorio contiguo. ¿Se puede pedir más? Tener ahí a la gente que quieres siempre ha de ser motivo de lucha contra el hastío, compañía que el día de la noche eterna ya no estarán. He engrosado mi lista de amigos y Agu o David estuvieron unos días, que fueron maravillosos, por estos lares. 

Pero escribir no solo lo necesito como arma de batalla, sino más bien como la voz que el catarro me ha robado, como el motor que me impulsa cuando estoy solo, cuando solo me acompaña mi perrita, que ya se va haciendo mayor. ¿Mayor? ¿Acaso no nos hacemos mayores todos? Yo mismo voy cumpliendo años y cada vez me doy menos cuenta de ello. Y me surge ahora una duda: ¿mi escritura envejece conmigo? ¡Qué importa! 

Ahora me interesa más el documental que estoy viendo en la 2. Ver que los grillos cantan con las alas es un misterio desvelado que nunca me había planteado. Misteriosos insectos, misteriosa realidad. Hasta se hacen regalos entre sí. Una araña macho que captura un saltamontes y lo envuelve en seda para ofrecérselo a una bonita araña hembra. ¿Somos tan distintos como creemos? ¿Nos hace diferentes el hecho de escribir? ¿de crear arte? Ahí queda la pregunta sin respuesta.

Seguiría escribiendo este post, pero ya me he desconcentrado y estoy embelesado con las imágenes del documental, de los insectos que se crean muros de pompas o casas de telaraña. Los colores vivos de sus cuerpos y el verde intenso de la vegetación me atraen sin vuelta atrás. Ahora la tinta negra que me sirve para escribir se hace aburrida de repente. Otro día sigo escribiendo. Ya pensaré sobre qué lo haré. Escribiré, eso es cierto.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Sin escribir escribiendo

Estoy perdido de la red, pero pronto estaré de vuelta por aquí. Estoy acumulando energías y cada vez me noto con más ganas de volver, escribir, contaros mis conclusiones, mis tonterías varias o simplemente comunicarme con los pocos que me leéis. Por lo pronto me apetece escribir un poco ahora, sin guion previo, como a mí me gusta tanto, como la imitación de la naturaleza, dentro de un orden que no sigue orden, de un caos que no es en realidad caos.

Este verano ha sido muy duro en muchos sentidos y agosto, en especial, me ha dejado como dentro de un agujero negro, pero aquí estoy vivo y coleando, como el pez que a pesar de haber sido pescado a veces vuelve al mar y nada como ya lo hacía antes de caer en el anzuelo. Me han pescado este verano los overbookings, los descuadres, las cuentas no ajustadas, las broncas, los papeleos y los clientes estúpidos. Sí, he dicho estúpidos, porque también los hay, aunque por suerte no es la norma general. Para mi sorpresa, no he escrito ni una sola línea ni aquí ni en un cuaderno en todo el mes octavo del año, lo que en buena medida me ha servido para descongestionar la mente de palabras bonitas y de ritmos de musa que ya me aturdían demasiado; en cambio y al mismo tiempo me he dado cuenta de que necesito escribir. Muchas veces mientras iba en el coche de camino al trabajo o de vuelta del mismo narraba historias en silencio, miraba la rutina de la gente con la que me cruzaba, los veía tan normales y pensaba en sus vidas. Todos tenemos historias llenas de tinta, solo nos falta el papel. En alguna ocasión una rima me ha asaltado sin mucho éxito; no le prestaba la menor atención y se evaporaba en las calenturas de mi cerebro, harto del estrés, infectado de inseguridades, hipocondrías y soledades. La mayoría del tiempo no había más que un vacío mental. Atolondrado.

Ahora está acabando el estrés y creo que ha llegado la hora de regresar a este recinto abierto, a esta plaza de toros sin toros, con un cielo circular donde reptan las nubes blancas y rueda el sol y la luna a distinto ritmo. Estoy aquí, pero ahora mismo dejo de escribir, porque aprieta el hambre y el bocadillo de tortilla y tomate me está tentando. No me puedo resistir. ¡Qué grandes beneficios traen pequeñas cosas! Escribir me ilusiona de nuevo. Este bocadillo nunca ha dejado de hacerlo. A comer pues. Mal no me viene, dicho sea de paso. Tengo un largo camino para recuperar el peso que he perdido y la salud que he dejado esparcida por el camino estival. Un saludo a todos. 

Se reabre la sala. Rellenemos las hojas que se caen ya de los árboles y que empiezan a acumularse en la puerta de esta estancia. ¿Os gusta la idea? Buen otoño a todos.