martes, 10 de noviembre de 2015

Running, porque correr es vivir

Unas veces hay que forzar la acción, pulsar las ganas de escribir, hacer que se haga; otras, en cambio, las ganas salen de repente, de la nada, de la inspiración, de la necesidad... qué sé yo de dónde viene el instinto de escribir. Solo sé que cuando aparece es tan placentero y tan vivo, un querer queriendo, un fulgor en una noche oscura, sin luna, sin estrellas, un flechazo quizás.

Al fin vuelvo a sentir eso realmente. Y eso ha llegado enseguida nada más escuchar canciones francesas, la sonoridad casi de blues del francés abrazado por las notas de un piano cuyas teclas tocan con dulzura unas manos de las que no sabemos el dueño. 

Yo sé que mi escritura nace de la melancolía, del reconocimiento del paso del tiempo, de la muerte, del pasado, de saberme vivo y delicado. Para mí, el núcleo de todo está en la sensibilidad, en la fragilidad de las alas de una mariposa, de todas. 

Nace así mi escritura, pero también mi forma de actuar, el ambiente de mis clases, la manera en que trato de ser con la gente, con el resto del mundo, con el entorno donde vivo, con delicadeza, con sentimientos ante todo. Eso no quita que a veces deba ser duro como el acero y desate en mi interior revoluciones industriales cargadas de maquinarias de vapor, pero eso rara vez ocurre. Vivir es la cuestión; pero vivir bien. 

Vivir bien es vivir como cada cual crea oportuno. Vivir bien no es vivir al límite, para mí, ni vivir en el desenfreno de fiestas infinitas y alcohol a raudales. Vivir bien es derretirse en la luz explosiva de un atardecer de otoño, como el que veo desde Martos, entre el horizonte bombeado de Jaén y las copas bajas de los olivos. Vivir bien es fundirme con las palabras y pactar con el reloj para que mis alumnos fluyan en mis clases. Vivir bien es vivir simplemente.

Escuchar esta canción, por ejemplo, es para mí vivir, sentirme vivo, viajar al pasado, a un tiempo y una Francia que ya no existe y puede que jamás existiera, porque es un recuerdo y como tal es fluctuante, inventado, cargado del poder que produce el pasado, lo que una vez se vivió de una u otra forma y ahora no puede volver a vivirse, salvo en el recuerdo. 


Una canción que jamás escuché en Francia y que curiosamente me traslada a mi Francia, a un lugar mezclado por imágenes de diferentes lugares, pero sobre todo de sentimientos que por muy abstractos que sean parecen realidades tangibles, figuras que se observan y describen a la perfección, ríos que pasean dulcemente por la montaña entre arboledas frondosas y viejos puentes de otro tiempo. 

Hasta que no llega cierto momento no somos conscientes de lo importante de vivir. Algo así como dice la canción de Vanessa Paradis:


Tant qu'on n'a pas vu brûler son nid 

en quelques minutes à peine fini 
tant qu'on croit en toutes ces conneries 
qui finissent toutes par "Pour la vie"



Pero como la vida es en parte música, uno descubre que en la bajada luego está la subida. Yo llevo tiempo en esa subida, en realidad, no porque todo me vaya fenomenal, sino porque hace tiempo cambié la manera de ver la vida. Por eso cierro este post con una canción llena de energía que invita no a caminar, sino a correr, a sentir las notas como se siente el viento en la cara, en el cuerpo, como esa brisa que nos abraza al correr por la playa con las olas como testigo y la arena como juramento, como soporte sobre el que escribimos con nuestros pasos veloces el devenir de poder vivir. 




Running, running, running...


domingo, 1 de noviembre de 2015

El chico Apple

Os dejo una historia que escribí justo hace un año. Si mañana me apetece escribiré la historia para este Halloween. Todo dependerá de la inspiración, que últimamente me tiene abandonado. La enseñanza tiene encadenada a mi inspiración. En cualquiera caso, espero que os guste este relato.

     El chico Apple

     



          Cuando cae la noche despiertan los muertos o eso dicen. Nunca presté atención a semejantes bobadas, hasta que ocurrió lo que no debía haber ocurrido jamás. Hace poco tiempo se me rompió el ordenador y decidí por razones obvias comprarme uno nuevo. Lo cierto es que adquirir cualquier objeto nuevo, que suponga un gasto importante de dinero, merece su cierta reflexión. Estuve barajando muchas opciones y al final no pude resistirme al encanto de los ordenadores de la manzanita. Marc me dijo: "Compra un mac y habrás triunfado." Y así fue, triunfé. Lo que no esperaba en absoluto era que aquello me iba a deparar extrañas situaciones. Las manzanas desde siempre han sido relacionadas con lo malo. 


Todo iba bien hasta que llegó la noche de Halloween. Entonces sucedió algo raro. Aquella noche estaba un poco estresado porque tenía que entregar un importante trabajo para la universidad y, por alguna razón, no conseguía concentrarme del todo, así que decidí salir a dar un paseo. Antes de salir, me metí en el bolsillo caramelos, necesarios para no sufrir un alud de huevos podridos, ya sabéis, el famoso ¿truco o trato? Siempre me han sentado muy bien las largas caminatas solitarias. No sé si es el aire fresco que da alas a las ideas muertas o si es el simple hecho de que dejo de pensar en todo, lo que me permite luego avanzar a una velocidad de trueno. La cuestión es que esa noche el paseo no fue todo lo sensacional que esperaba. Las calles estaban llenas de huevos podridos, caramelos, gente disfrazada... Había todo lo que uno puede imaginar una noche de halloween. Absorto en mis pensamientos, iba yo por la ribera cuando algo me sorprendió.
¿Un niño con una manzana iluminada?
Os preguntaréis qué tiene de especial eso. Me resultó raro. El niño llevaba una máscara de muerto y una gabardina como las que llevan los detectives en las películas antiguas. Y con ese atuendo sucio y repleto de telarañas lo suyo y lo normal habría sido que en la mano llevara un cuchillo falso, excelente imitación de uno de carnicero, y una calabaza con su respectiva vela. 
Pero no. No tenía ni falso cuchillo ni calabaza. Llevaba un móvil en una mano y en la otra, una manzana brillante, que tenía ojos triangulares diminutos y una pequeña sonrisa un tanto terrorífica. 
Aquella imagen inusual me sacó de mis ensimismamientos y me vi arrastrado a acercarme al muchacho. 
- Hola, chaval. ¿Quieres unos caramelos? 
El niño enmascarado se detuvo, me miró directo a los ojos y un escalofrío me recorrió por completo. Aquella mirada me pareció extraña. No había brillo, solo una negrura profunda. Sentí miedo, pero me forcé a tranquilizarme. Aquello debía ser una tontería mía; seguro que era el efecto del trabajo, mezclado con aquella noche fantasmal. Dicen que no hay nada más poderoso que la mente. No sabría concluir si eso es verdad o no, lo que sí puedo dictaminar es que cuando la cabeza se pone en funcionamiento uno se vuelve esclavo de sus designios. Sin duda los dioses habitan el cerebro. Mi cabeza podría haber sido el Olimpo, pero terminó siendo el Hades, porque, después de ver aquellos ojos carentes de luz, solo veía muertos por todas partes. No esperé a escuchar la respuesta del muchacho de la manzana, me di media vuelta y me dirigí en dirección hacia mi casa. Ya no quería seguir mi paseo nocturno. Quería solo escapar de las garras de las sombras, escapar de lo que estaba estimulando mi imaginación. Halloween es la noche de la imaginación. Por el camino me crucé con todo tipo de criaturas. ¡Eran tan reales! El maquillaje hace milagros; es la magia que desapareció. Hace cosas que nada más puede hacer. Metamorfosea a quien conoce la ejecución de sus polvos mágicos y el conjuro de su correcta aplicación. 
Aquella noche vi muertos. Eran muertos de verdad, recién salidos de la tumba, tenían barro en las articulaciones y los huesos chirriaban como las bisagras de una puerta de castillo que no ha sido engrasada durante siglos. 
Al llegar a casa me tomé una tila doble. Necesitaba relajarme. Tenía que terminar aquel dichoso trabajo y dormir, descansar lo antes posible, marcharme al mundo de los sueños, donde podrían desaparecer todas aquellas imágenes de muertos que ahora me perseguían por todas partes. Necesitaba dejar de pensar en aquel niño de la manzana iluminada y el móvil. 
Tras varios intentos logré concentrarme. Tenía el ordenador encendido y justo cuando seleccioné la opción de guardar el documento apareció la manzana. 
La manzana iluminada.
La pantalla se puso negra por completo. Volvió a aparecer la manzana con los ojos triangulares diminutos y la sonrisa etrusca. Noté una presencia detrás de mí. Me giré y ahí estaba. El niño del parque estaba ahí. Se abrió la gabardina y un mar de gusanos se desprendió de su torso. Quise huir. Aquello no podía estar pasando. Y sin embargo pasaba. En un arranque de desesperación, grité, fui a la cocina y, cuchillo en mano, regresé al salón, donde no encontré a nadie más. No había rastro de gusanos ni niño con manzana. Lo único que había allí era mi mac con la pantalla destrozada. 
Los días han discurrido, después de aquella noche, en total normalidad. No sé si aquello fue producto de mi imaginación ni si fui yo mismo quien rompió la pantalla del ordenador. No pude entregar el trabajo. Me he quedado sin ordenador. Y tengo terror a las manzanas. Ahora a veces tengo la sensación de verlas por todos lados. 
Esta mañana sin más en la mesita de noche había una manzana roja podrida. Lo peor de todo es que tenía un gusano. Me estoy obsesionando o no. "Tengo algo aquí."
¿Qué es esto?, grito. 
No sirve de nada gritar cuando tu propia mano se deshace en gusanos, cuando la pesadilla se vuelve realidad.