lunes, 28 de febrero de 2011

Dadme un punto de apoyo...

"Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo", decía Arquímedes en relación a la palanca. ¡Qué gran acierto! Porque no solo se aplica en ese sentido. Un punto de apoyo es necesario para todo en la vida; nuestro cerebro funciona gracias a él.

Quien encuentra un apoyo sobre el que reposar, caminar, mantenerse, descubre la panacea de la existencia, esa energía que lo impulsará a vivir. Ahora bien, ¿qué sucede cuando nuestros apoyos son débiles o inexistentes? ¡Qué no somos nadie! El cuerpo se cansa, se siente vagando por un espacio vacío, carente de sustento. La realidad es uniforme, plana, monocolor; no posee un mero detalle escondido ni nada que incite a caminar. El cuerpo se siente flotando y bajo sus pies surge una especie de vorágine succionadora que atenta contra su bienestar relativo. Y, amigos, no tener energía para caminar implicará verse arrastrado por la realidad, por la vida, hasta que, después de chocar con todo lo que las corrientes pongan frente a ti, caigas rendido y mueras.

¿Qué sentido, pues, tendría la vida sin ese apoyo? Dadme un apoyo y viviré el mundo.

viernes, 25 de febrero de 2011

Tesoro

El fin de semana pasado tuve la suerte de tener en mis manos una foto maravillosa y, a la vez, extraña. La foto debió ser tomada en los años 20, años antes o años después. No estoy muy seguro.

En ella aparece un señor vestido de militar, sentado en una silla de mimbre, junto a una mesa que parece de costura. Al fondo se ve claramente un falso jardin de decoración. El hombre regordete tiene apoyado un pie sobre la rodilla y en la mano izquierda sostiene un puro medio fumado. Lo curioso son las dos insignias que cuelgan a la altura de pecho y esa pose tan, digamos, sospechosamente militar.

¡Qué extraño!

El señor es mi bisabuelo José: un señor pacífico, inteligente y delgado (al menos así era hasta que he visto esta foto); un ser entrañable, lleno de amor; alguien para quien sus hijos y su esposa eran sus seres más queridos; una persona trabajadora, que conoció los mejores años de la fábrica de azúcar de Salobreña y que evitaba cualquier tipo de enfrentamiento.

¡Qué curioso!

Este hombre no parece, en absoluto, el mismo que he visto en otras fotos; ni siquiera coincide con su personalidad. Me pregunto si no sería una persona distinta: me refiero a si no sería de ese tipo de personas que conforme van creciendo van cambiando hasta mutar en seres completamente diferentes.  No lo sé.

A pesar de todo, soy incapaz de ver en él a mi bisabuelo. ¡Si odiaba los conflictos y la guerra! ¿Cómo era posible que estuviera vestido de militar, con ese habano en la mano, mostrando dos insignias de guerra y una pose tan "conservadora" y déspota?

Según mi abuela, se trata de una foto falsa, es decir, mi abuelo debió retratarse de militar para regalarle la foto a su novia. En palabras suyas: ¡Niño, pues como se hace en el parque temático Oasis de Tabernas! Claro, así se esclarecen las dudas. Parezco tonto.

Así sí.

Esa explicación reduce las incógnitas y añade una nueva faceta que desconocía por completo: habría sido un  buen actor con esa mirada penetrante y la fantástica capacidad, que demuestra, para adquirir una personalidad ajena. 

¿Por qué os cuento todo esto?

He decidido hablar de la foto porque me sorprendió muchísimo y, sobre todo, porque acabo de hacerle una copia restaurada gracias a photoshop. ¡Cuántas horas de trabajo me han costado hacerme mínimamente con el programa para una tarea tan simple!

Por cierto, jamás lo conocí y, sin embargo, parece como si supiera cómo pensaba en cada momento.

jueves, 24 de febrero de 2011

El bebé dromedario es peligroso

Esta historia la leí ayer en el libro que os comenté (Le rire du cyclope). La traduzco de memoria aquí abajo.


Están juntos una mamá dromedario y su hijito. El niño, como cualquier hijo de vecino, empieza a preguntar y encadenar una secuencia de porqués inacabable:

- Mamá, ¿Por qué tenemos estas pestañas tan largas?

- Hijo, para qué va a ser; pues para que no nos entre en los ojos la seca arena del desierto.

La madre suspira al ver que ha podido responder a la pregunta de su pequeño. Pero pronto se le acaba la relajación, porque el dromedario pequeño formula una nueva pregunta:

-Ya veo. ¿Y por qué tenemos esta joroba ahí arriba? He visto que los caballos no la tienen.

- Muy sencillo; en el desierto el agua escasea y el sol evapora la poca que pueda caer de las nubes, así que para evitar que nos muramos de sed guardamos mucha agua en esa joroba. ¿Es útil, eh, hijito?

- Muy útil, sí, sí. Y ¿por qué tenemos esas almohadillas en los pies?

La madre se calma de nuevo. Ha podido responder otra vez. A pesar de todo, sabe que cuando las preguntas empiezan ya no hay quien las pare. Mira a su hijito y ha de reconocerse a sí misma que un nuevo proyectil cuestinador se le viene encima:

- Pues, para qué va a ser. Hijo, tienes unas cosas a veces... pues, porque la arena del desierto es blanda y está muy muy caliente. Esas almohadillas nos protegen del calor y nos permiten caminar con firmeza por la arena.

El pequeño dromedario se queda callado durante unos segundos. Mira en derredor y sonríe. Sabe que la siguiente pregunta va a ser infalible. Al fin va a conseguir desquiciar a su madre, como todo hijo pequeño busca. Ahora, la va a dejar sin respuestas. Estalla en risas y pregunta con brillo en los ojos:

- Si tenemos una joroba para tener agua con nosotros, unos pies perfectos para la arena del desierto y unas pestañas largas y finas para que no nos entre nada en los ojos, ¿Qué se supone que hacemos aquí?

                              Conversación mantenida en el zoo de Barcelona.

Los niños nacen con el instinto del porqué; y cuando este se activa no hay quien lo detenga: en ello le va su supervivencia; puesto que debe aprehender el mundo lo antes posible.


miércoles, 23 de febrero de 2011

23-f

Hoy es 23-f un día especial para la democracia.

En el Parlamento de los diputados entra una banda de insurrectos poco organizados, el jefecillo dispara al techo como símbolo de su poder, la mayoría de los allí presentes se esconde detrás de la madera que separa los escaños y un hombre, conocedor de la importancia de no someterse al instinto que lo incita a guarecerse de los posibles disparos, se mantiene firme y se niega a arrodillarse ante la basura humana que pretende apestar de nuevo el país. Si alguien pintara en un cuadro a ese hombre obcecado en luchar doblemente contra la gravedad, todos lo veríamos como la clara representación de la democracia, del pueblo.

Eso es lo que he visto mil veces en el video que grabaron las cámaras. El resto no me lo creo. No puedo saber exactamente si el rey fue una pieza clave. Está claro que todo el pueblo español estaba desgastado por el anterior sometimiento forzado y no iba a permitir que se repitiese la historia; menos aún después de haber respirado los aires de la libertad.

Cuando el pájaro sale de la jaula y vuela en plena libertad, jamás regresa a ella.

martes, 22 de febrero de 2011

Resistencia de Rosa Aneiros en español

Hoy vengo a hablar de un libro que me regaló una estupenda amiga hace un par de meses y que me sorprendió mucho: Resistencia de Rosa Aneiros en español o en castellano, como prefiráis.



Rosa Aneiros cuenta en un lenguaje poético, fresco y renovador una difícil historia de amor entre Dinís y Filipa en el Portugal del siglo pasado; explica y narra, además, la atmósfera que rodea a dicho romance: la historia de unos personajes secundarios, que bien podrían ser tratados por principales. Expresa con soltura la velocidad con que pasa el tiempo y deja al final el corazón repleto de salitre.

Esta historia nos narra las dificultades de un amor en una época y unas circunstancias determinadas, donde las leyes de la vida lo rigen todo y la resistencia es lo único que puede hacerle frente. En ella encontraremos personajes hechos de salitre y agujas de pino, que deberán afrontar una lucha con la vida y con los personajes que obstaculizan su felicidad, mediante tesón y una acérrima resistencia. En la novela confluyen momentos, pues, históricos, sociales y sentimentales que muestran una terrible realidad acontecida en el Portugal de la dictadura salazarista, en la prisión de Peniche y en la Marinha Grande. La trama es trepidante y está hilada con hilo fino: parece tan real que, al llegar al último punto, el lector se queda con la sensación y la duda de si la historia ocurrió tal cual está contada o se trata de una simple historia de ficción.

El estilo, por cierto, recuerda en mucho a Gabriel García Márquez: poesía, repeticiones, militarismo, situaciones curiosas, reivindicaciones, excelentes descripciones...

Quizás le pondría un pero al libro: tiene demasiadas descripciones y pocos diálogos. Lo bueno es que, como he dicho antes, las descripciones son excelentes y mágicas.

La versión en español de la mano de Eva María Carrión es maravillosa. La traductora consigue transmitir a la perfección el estilo de la autora y las sensaciones del libro demostrando la frescura que se puede llegar a alcanzar en una novela bien traducida; de hecho no se nota que esté traducida. Esta versión me ha gustado, además, por la cuidada maquetación, el uso de una letra legible y el amplio espaciado de los márgenes aayudando así al lector a no naufragar en la oscuridad de la tinta; a no caer abatido por la fuerza de una alentía. La cubierta en gallego es violeta y en absoluto llamativa; todo lo contrario del caso de la portada en castellano que es de un atractivo (por atrayente) color fucsia, con fondo blanco y un pequeño dibujo, que, aunque no muy bien, refleja una escena importante en la historia. Hay algo de esta cubierta que no me parece lógico: la mitad superior está ocupada por el nombre de la autora en tamaño gigante. Eso me echa un poco para atrás.


No me cabe la menor duda de que este libro tiene todos los ingredientes para convertirse en todo un clásico. Y ahora, gracias a la traductora Eva Carrión y a la editorial Faktoria K, podemos disfrutar todos los hispanohablantes de esta obra de arte.  

"Nunca llegué a creer que me quisieras lo suficiente"

viernes, 18 de febrero de 2011

Morir de risa

Hace dos días empecé a leer el último libro de Bernard Werber. Si no lo conocéis, os recomiendo que leáis algo suyo; mezcla ciencias, ciencia-ficción y buenas dosis de originalidad con facilidad. El problema que tenéis es que de sus libros solo se tradujeron la trilogía de las hormigas y el primero del ciclo de los ángeles (Los Tanatonáutas, o viajeros de la muerte), que creo ya han sido descatalogados. Es un escritor francés al que le debo grandes experiencias y una buena compañia en los trayectos de bus y metro que realizaba en Toulouse. Así que ya sabéis, para conocer sus obras tendréis que aprender francés.

A lo que iba, hace un par de días empecé su nuevo libro "Le rire du cyclope" (La risa del cíclope) y ya en las primeras páginas me sorprendió: un famoso cómico tuerto (cíclope) muere en su camerino después de una función de sketch. Lo último que escuchan de él es una estruendosa risotada. ¿Muerto de risa? ¿Por la risa? La periodista Lucrèce se ocupará de descubrir si realmente murió de risa.

Por lo pronto me está gustando; pero no escribía esta entrada solo por hablar del autor y de este libro. Escribo porque me he quedado sorprendido de la idea: morir de risa debe ser extraño. Hay muertes de todo tipo: asesinatos brutales, por pistola, a puñaladas traperas (en la mayoría de este tipo de casos), a causa de enfermedades perniciosas y crueles, por suicidio, en accidente. Las hay para dar y regalar, por desgracia y por fortuna.

Por desgracia, porque las consecuencias para la familia son dolorosas: perder un ser querido sean cuales sean las causas siempre es un golpe duro, que a veces acaba arrastrando a otros.

Por fortuna, porque sin la muerte seríamos tantos que no podríamos vivir. ¡Un mundo de rebosante vida debe ser escalofriante!

La muerte como digo y pienso es una circunstancia necesaria, pero dolorosa. ¡Pero morirse de risa debe ser lo más! Te mueres tan feliz... La campanilla sonando y vibrando hasta que la vida se escapa. Los ojos colmados de una charca lacrimosa. Un dolor fuerte de estómago. La respiración cortada. Feliz.

lunes, 14 de febrero de 2011

Santa Soledad de todos los 14 de febrero

Hoy es San Valentín para algunos. Un día lleno de flores, sentimientos escritos y amor a raudales. Es el día que los comercios (todos sabemos cuál) dispusieron como el día de Cupido o Eros, como prefiramos.

Según la mitología romana, Cupido era hijo de la diosa Venus y del dios Marte. Al parecer, el niño se comportaba de un modo demasiado infantil y ni siquiera el paso del tiempo le hacía madurar. Ante tal situación, Venus, tremendamente preocupada, consultó el oráculo de Temis, cuya respuesta fue concisa y en absoluto clara: "El amor no puede crecer sin pasión".  La madre poco entendió, como suele sucecer con este tipo sentencias. Tan solo, una vez hubo nacido su segundo hijo, Anteros o el amor correspondido, ella entendió lo que el Oráculo quiso decir. Su segundo hijo, cuando se unía al  primero hacía refulgir los corazones; pero no siempre van de la mano.

Cupido, que como todo dios romano que se precie, acabó enamorándose ni más ni menos que de Psique, a quien quiso enamorar con sus flechas del ser más feo que existiera. Sin embargo, dirigió las flechas en direcciones equivocadas; vamos que le salió el tiro por la culata y acabó enamorándose él de la hermosa Psique. Esta que no quería amar a un dios, como el Oráculo de Delfos le había anunciado, se vio engañada a acostarse con Cupido en las profundidades de una cueva, donde el joven dios la incitaba a no encender ninguna vela, para que no lo reconociera por sus alas. Pero, como sabemos que los celos y las envidias corrompen los corazones, las hermanas de Psique le metieron en la cabeza dudas sobre el jovencito con quien se divertía las noches en aquella gruta de las maravillas ocultas y después en un palacio repleto de riquezas; de modo que la chica se atrevió a encender una vela cuando el chico dormía y lo descubrió. Según cuentan, Cupido la dejó allí y se marchó diciéndole que no puede haber amor sin confianza.

Sin embargo, después de pasar grandes dificultades y superar complicadas pruebas, la chica, justo en el momento que parecía morir, fue salvada por Cupido y encerrada en una caja, que sería luego entregada a las deidades de la tristeza y la soledad.  Finalmente, la joven demostró el amor que sentía por Cupido y fue convertida en su esposa, como inmortal.

 Dicen que cupido vuela por el mundo lanzando flechas con los ojos vendados, porque el amor siempre es ciego y no entiende de lo que es conveniente o no para los amantes.

La historia es bonita, sin duda; pero llevo toda la vida pensando que debe haber un dios que se encargue de hacer todo lo contrario. ¿No creéis? Un ser alado, que se pasea por el mundo lanzando flechas envenenadas de soledad y que, como también es ciego, van a parar en los corazones equivocados o endurecidos por el desamor. Si no existe tal dios, hay un fallo en toda la trama. Un dios que reparte amor debe tener un contrincante que se ocupe de llevarle la contraria. Eso explicaría que haya seres en el mundo que no llegan a conocer el amor o que tal vez no lo conocen con la intensidad que siente el que alguna vez fue tocado por una de esas flechas de Cupido.

En cualquier caso, a mí todavía no me ha tocado ninguna flecha; pero sé que si Cupido se olvida de mí, mi corazón se hará tan duro que sus flechas no podrán atravesarlo y que, entonces, me haré más adecuado para recibir las flechas de Soledad, su contricante, que con sus duras flechas atraviesa hasta el diamante.

Así que, ¡Feliz día de San Valentín, de Cupido! Para los que hayáis tenido el honor de recibir tan tierna flecha. Y un inmenso pésame para los que como yo, hoy celebran el día de Santa Soledad de todos los 14 de febrero.

sábado, 12 de febrero de 2011

Relato 1

Voy a inaugurar una sección en mi blog, cuyo contenido estará compuesto por pequeños relatos que escribí hace años. El primero lo imaginé en Granada; una de esas terribles mañanas de ciudad en las que la contaminación se vuelve visible en forma de nube grisácea para cubrir nuestras miradas de un escalofriante velo. Me pasó que, de repente, me vi transportado a un futuro no muy lejano, pero tremendamente triste. 

Este es el relato:
                  Imagen extraída de la web ecoclimático.com

Año 2050

¡Ojalá pudiera cambiar el mundo y seguir el paso de los cangrejos en la línea del tiempo! Quizás así, todo habría sido diferente. Quizás, Gea no se habría enfadado y nuestros actos no habrían acabado desquiciando a su propio ser. Quizás no se habría transformado en aquel planeta en fase terminal.

Recuerdo los pétalos de aquella margarita podrida arrancados uno a uno por mi abuela, mientras me contaba aquellas historias de su juventud, cuando todavía el mundo era bello. Con toda seguridad, lo habría seguido siendo si no fuera por nuestra culpa. ¡Ojalá el cielo siguiera siendo aquel retal donde el sol y la luna pintaban a su antojo! Un lugar donde los sonidos fueran susurrados y acompasados por mil y una melodías de tonalidades infinitas. Un espacio lleno de vida...

Soñé y soñé con todas aquellas palabras procesando por el tendido vocal que salía de la garganta de mi abuela: el sonido de los pájaros, el verdor de las praderas, el infinito azul del cielo, animales de lustrosa piel pastando en un inmenso mar de árboles milenarios y coloridas flores aromáticas. Quise ver en mis recuerdos aquel mundo que mi abuela había podido observar. Aquella realidad que las fotos y los cuadros mostraban tan viva; una realidad a la que ahora parecía que le habían vertido un cántaro de estiércol. 

Soñé con poder cambiar ese mundo que me rodeaba con su pestilencial atmósfera y deseé acabar con los sufrimientos de Gea, con esos llantos que se sentían al palpar la corteza de los ennegrecidos árboles, cuyas copas se habían desvestido de toda envoltura.

Todo era destrucción. Tan solo nos quedaría siempre la belleza que nuestra imaginación era capaz de crear al cerrar los ojos. Por eso, los cerré con intensidad y grité con todas mis fuerzas a la humanidad de hace cuatro décadas, intentando que me escuchasen:
  • ¡Cuida a Gea antes de que sea tarde!
 No podría naufragar en el mar del pasado, pero mi mensaje tal vez sí.


 

lunes, 7 de febrero de 2011

Curiosidades

La vida está llena de curiosidades. 

Aprendes a escribir una palabra que jamás habías visto escrita y a los pocos días aparece la palabra en el libro que estés leyendo en ese momento. Descubres un tema excepcional, de lo emocionante que es, y oyes hablar del tema por todas partes. Conoces a alguien que, además, conoce a gente de tu entorno y te emocionas; descubres que el mundo es un pañuelo de tejidos variados. Caminas atento por el campo y crees ver ruinas e historias ocultas por el paso del tiempo: ramas caídas sobre rocas, piedras de formas sorprendentes, montículos de tierra con pequeños intersticios, etc. El mundo es todo un enigma que ofrece una amplia gama de detalles y curiosidades insospechables. Ante estos hechos las preguntas me inundan: ¿Será que al descubrir una pequeña franja nueva de la realidad vemos muchas otras? ¿O tendrá más que ver el hecho de que al cambiar de óptica escudriñas la realidad y sus detalles de manera diferente? ¿Quizás sea que nuestro cerebro sea una excelente máquina del engaño y la ficción?

A mí me ocurría que en los primeros pasos que daba cuando aprendí francés, iba adquiriendo y redescubriendo una realidad y una manera de pensar que me hacía levantarme cada día con unas ganas voraces por aprender cosas nuevas. Leía libros de ciencia ficción francesa y me quedaba perplejo al observar estructuras gramaticales que para mí eran insólitas. Conversaba con gente nueva todos los días y, a la vez que captaba el suave ritmo del francés, mi cerebro se modificaba lentamente hacia una nueva óptica que me ofrecía nuevas perspectivas: una realidad tan conocida como innovadora. Descubrí que cada lengua tiene una intensidad sonora y que o tu oído y tus cuerdas vocales se adapataban a ella o la crispación recorre toda la epidermis; sentirse sordo en Francia es fácil. Todas son curiosidades. Percibir que la gente de otra cultura mantiene una distancia distinta a la que establece tu propia cultura es incluso chocante.

El mundo está repleto de curisodades encantadoras, ¿no lo crees?

viernes, 4 de febrero de 2011

Sol refulgente, reflexión saliente

Febrero de 2011. Días y más días de buen tiempo. Ausencia de viento. Carencia de lluvia.



Según dijo ayer el meteorólogo, en esta época del año es habitual que se instale sobre la península un fuerte anticiclón capaz de repeler todo tipo de lluvia. Si lo dice el entendido en la materia, será cierto, pero ¿qué dice la memoria colectiva? "¡Qué tiempo tan espectacular! ¡Parece primavera!" En cualquier caso me sorprende y, como supongo que ocurre siempre, la sorpresa incita a la reflexión: ¿cambio climático? ¿meteorología normalizada? Yo no lo sé. Mi reflexión empezó por ahí y terminó por los habituales derroteros. 

El hombre es un animal de costumbres.

Si hace buen tiempo y además no tengo nada qué hacer ¿por qué demonios no salgo de esta puñetera casa? Cuando puedes no lo haces y cuando no puedes lo quieres hacer. Esa es mi premisa diaria. Ese es el derrotero de la mayoría de mis pensamientos. Querer es poder, pero ¿poder es querer? En mi caso ninguna de estas sentencias es correcta. Por un lado, la realización de los deseos de una persona no depende del esfuerzo que aplique en la realización de dicho deseo. Si fuera así, conseguiríamos todo lo que quisiéramos; cosa que no sucede. Vivimos en una realidad entretejida por un centenar de redes y relaciones sociales y ambientales (con el mundo) que difícilmente podríamos esquivar y remendar hacia nuestra voluntad. Por otro lado, cuando esa compleja estructura real nos permite caminar hacia la dirección que nos interesa, surge la duda o no aparece la voluntad ni las fuerzas necesarias para aprovechar ese sendero abierto casi por casualidad.

Cuando quiero no puedo y cuando puedo no quiero: mi realidad.