lunes, 29 de abril de 2013

La geografía es la memoria de la historia.

Fes tiene el aspecto de una ciudad hermana de Granada. 

Uno sabe, sin duda, cuándo se encuentra en un lugar que podría ser su casa. Es la sensación de sentir que la atmósfera, las caras de la gente, la arquitectura, los aromas, el cielo, la calzada... todo parece formar parte de uno. La ciudad nos abraza como lo hace una madre o una abuela. Al internarse en las calles de la medina de Fes, cualquier granadino, a mí al menos me sucedió así, se ve envuelto por la familiaridad de los colores y la estrechez de las calles, por donde no circulan los vehículos de motor, solo burros y mulas, que inevitablemente me recuerdan a mi Salobreña de la infancia, que ya no es la misma. Fue tan fuerte la familiaridad que creí vivir en el recuerdo de una Andalucía de hace muchas décadas, puede que siglos, aun sabiendo que yo no había vivido en esa época. De aquella ciudad salí lleno de vida, como sus sabrosos zumos de frutas, de naranja por nombrar alguno, o como la vistosidad de las ropas, de los dulces y sus artesanías.

Acabo de ver un documental sobre Fes y ha sido por casualidad, una de esas que te hacen detenerte al cambiar de canal porque has visto algo reconocido. He visto una calle y me he recordado con placer paseando por ella con mi mochila roja. Era una calle de paredes blancas y maderas ocres a modo de túnel. Era un poco de bóveda de Salobreña o Albaicín de Granada. Uno no olvida nunca donde ha estado. Puede pensar que el recuerdo se ha borrado por completo. Puede tratar de rememorar una calle de las muchas que ha visitado y no lograrlo. Sin embargo, la imagen vívida del pasado reactiva cualquier huella impresa en el cerebro al menor estímulo. Yo he visto la calle y he recordado todo. 

De Fes me sorprende mucho las similitudes que tiene con Andalucía. Es ella misma condensada en una medina. Posee algo de cada rincón, pero sobre todo es muy Granada. Está tan conexionada con su pasado. De ella huyeron andaluces y se refugiaron en Fes, donde encontraron hogar, donde impregnaron todo de la cultura de Al-Andalus, que aún queda presente en ese barrio de la medina llamado andaluz. Para cualquier amante de su tierra es emotivo toparse de repente con un barrio que lleva su nombre, que guarda los recuerdos del pasado. Pisar por donde pisaron antepasados de su tierra y oler su aire, tocar sus paredes e imaginar cómo fueron sus vidas. Les arrebataron su hogar, pero hallaron otro que era el mismo. Todavía hoy se me eriza el vello al rememorar Fes. 

La geografía es la memoria de la historia.

lunes, 22 de abril de 2013

Fin de semana

Photo : Mercadillo medieval en Santa Fé
Unas lanzas que recuerdan a la "Rendición de Breda" http://es.wikipedia.org/wiki/La_rendici%C3%B3n_de_Breda


Abrió el libro que vino a buscar
pero no leyó nada,
reposaron sus páginas en sus rodillas,
no deslizó la mirada por sus letras,
ya leían sus ojos cerrados las pupilas
del viaje de ondulados campos verdes.
Tumbado en la cama dormía,
el libro seguía entre sus piernas,
pero no lo leía nadie,
porque no vino a leer el libro aquel,
solo quería creer que le narraban esa historia
que era aroma de memoria, voz
de un ayer que es hoy y mañana,
una obra que conforma las páginas del día,
unas lanzas que defienden Santa Fe,
cuatro puertas que fueron protección
de un campamento construido en sigilo,
un sello y una carta entre cuadros de colores
transportados por un túnel infinito hacia el pasado.
Las páginas las ojea aun estando cerradas,
pero las alamedas de la vega verdean el horizonte,
son la vida, que resurge al roce de sus ortigas bajas.
Ay, olor y sabor de la buena comida,
ya tiemble la tierra, ya esté calmada,
no hay nada como la buena gastronomía                              
del recuerdo de las patatas.
Tantos libros en esa plaza,
tantas risas entre sus páginas.
Oír canciones bellas en esa voz desafinada.
Escuchar la historia, que pasa
pasaba entre las letras,
entre las lágrimas.
Abrió el libro pero no leyó nada,
pero vio la historia del fin de semana.

miércoles, 17 de abril de 2013

Conciencia mortal de Baudelaire

A Baudelaire lo conocí un día tan caluroso como el de hoy. Recuerdo que venía volando en un albatros solitario y que su poema salía escupido de la boca de mi profesor de literatura universal. Descendió herido de aquel ave, juguete desplumado de unos marineros, y su carne se consumía en mi hoja de papel como el gas de un refresco. 

Desde aquel día Baudelaire ha aparecido en muchas ocasiones en mi vida. Por alguna razón muchas veces he sentido que él y yo somos parecidos. Como es evidente yo no soy él. Ahora bien, él sí es yo. Él fue yo y será yo, porque es universal, porque fue objeto de la muerte, de la tristeza, de la angustia, de la soledad, al igual que lo somos todos nosotros, tú que me lees y yo que lo escribo. A nuestro ilustre albatros le aterraba la idea de morir y al mismo tiempo era presa del miedo cuando imaginaba que la vida pudiera alargarse demasiado. ¿Quién no ha padecido esa enfermedad que es el tiempo? ¿Nunca has temido morir repentinamente o imaginarte viejo y vasija perenne de enfermedades y achaques? Yo ahora mismo no pienso demasiado en esos asuntos, pero sé que algún día, como en este post estoy haciendo, regresaré a la reflexión eterna de la vida y la muerte: la dureza de una y la obsesión desesperante de la otra y viceversa. 

¡Cuántas veces coqueteó Baudelaire con la muerte! 

Estando en Bélgica, cuando la enfermedad lo compungía, concluyó que tenía serias razones para tener lastima de aquellos que no amaban la muerte. Es lógico que un hombre que ve las fauces afiladas de la muerte en sus narices crea que estas sean en realidad algo digno de amor, porque ha de hacerse a la idea de que lo que le espera es mejor que lo que ya tiene. Y no se conforma Baudelaire con eso, además añade en su panfleto inacabado Pobre Bélgica: «L'amour excessif de la vie est une descente vers l'animalité», lo que equivale a que es mejor despojarse del instinto de supervivencia que nos lleva a amar la vida, porque si no lo hacemos estaremos dejando que nuestra parte animal se imponga a nosotros mismos. ¿Amar en exceso la vida es un descenso a la animalidad? No lo creo. Tal vez debamos aceptar con naturalidad que la vida y la muerte son la misma cosa, caras de una moneda que rueda por unas escaleras que llamamos tiempo. Amor por la vida, como por la muerte. Sin muerte no hay vida y sin vida no hay muerte. Es así de simple. La muerte está presente en nosotros y no somos conscientes de ello, a pesar de que espera sigilosamente en nuestro interior. Es una emboscada en un desfiladero.

"Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons 
Descend, fleuve invisible, avec de sourdes plaintes." 

(Y, cuando respiramos, la Muerte a nuestros pulmones
desciende, río invisible, con sordos quejidos.)

De todos modos lo que le ocurre a Baudelaire es lo que nos ocurre a todos con determinadas entidades, por denominarlo de alguna forma. Él se obsesiona en algún punto impreciso de su vida con la muerte y, desde entonces, esta se convierte en una semilla que se nutre de él, del mundo y de las circunstancias para florecer en su conciencia como una voz que resuena hasta la desesperación. De hecho, nuestro querido Charles trató de llegar a la muerte, de forzarla en varias ocasiones. A su madre se lo explica como "una idea fija que vuelve con periodicidad"  (aquí un enlace a la carta escrita a su madre http://www.lamaquinadeltiempo.com/Baudelaire/cartaasu.htm ).

Tras episodios de este tipo, constata y dictamina que el ser humano tiene derechos que no habían sido recogidos (ni lo son todavía) en la declaración de los derechos humanos: el derecho al suicidio. Lo curioso es percibir esa paradoja de la que hablaba hace unos días: contradicciones que nos hacen humanos. Baudelaire en esa carta a su madre insiste una y otra vez en que está exhausto, sin energías, sin ganas de vivir y, sin embargo, le ruega a  que venga a socorrerlo, que le dé el aliento que le falta, que le ayude y, en definitiva, que lo mantenga vivo. Es la paradoja del ser humano. En la carta surge por momentos la duda de si Baudelaire intentó suicidarse de verdad o son solo llamadas de atención, intentos falsos. Parece que resalta más esta última idea.

Al fin y al cabo, si la vida y la muerte son dos caras de una misma moneda, no ha de sorprendernos que la vida pueda ser nuestro propio ataúd y que la muerte sea la liberación del mismo. Para Baudelaire el cuerpo es una tumba de cadáveres. ¡Idea escalofriante y muy exacta! ¿Quién no te dice que los gusanos que aparecen al morir no seamos nosotros mismos liberados de esta prisión que es el cuerpo y la vida? 

No quiero explayarme demasiado en esta idea, porque sé que sueno repetitivo a menudo. Baudelaire en vida anotó dos títulos para dos poemas en prosa que no llegó a escribir y que, a mi parecer, son claros ejemplos de lo que es la muerte: la muerte como verdugo y la muerte como amiga. ¿No os parece una gran visión de la muerte? 

No soy experto en Baudelaire, pero, como ya dije, Baudelaire soy yo y sois vosotros, porque es universal. Leer su carta es contemplar la naturaleza misma del ser humano y de la vida. Vivir en él es morir, como morir en sus escritos es vivir. ¿Una chorrada, digo? No. He muerto en él muchas veces. He deseado que el alud de su poema me arrastrara en su caída cuando estuve mal. Ahora vivo en él, sabiendo que hay cosas que merecen la pena. En su carta vemos que él tenía sus motivos para vivir, aunque en algunos fragmentos lo niegue: su madre, su desorden, sus obras sin terminar... 

La vida tiene pilares que sujetan a cualquiera; no obstante, uno puede lanzarse desde uno de ellos siempre que lo vea oportuno. Ese derecho se lo debemos a Baudelaire.


miércoles, 10 de abril de 2013

Cada uno es su propio país

"A veces estoy lejos de mi tierra", canta Claude Nougaro en su célebre "Toulouse", donde recuerda su tierra, la ciudad rosa, la mochila, las iglesias de la ciudad, los lugares más importantes, su aeropuerto... 


¿Uno puede estar lejos de su tierra? Me lo pregunto ahora, mientras escucho esta maravillosa canción. Yo que he conocido la distancia de vivir en el extranjero, con esa morriña que no es patrimonio de los gallegos ni de los portugueses. Todos tenemos el mal du pays que dicen los franceses. Todos sufrimos la pena que nos embarga cuando alrededor todo es extraño, distinto, diferente, donde la lengua nunca es la tuya, el aroma de la comida, los paisajes del entorno, la arquitectura, el trato social, la música, las costumbres, los horarios, los valores siempre cambian, nos son ajenos. ¿En esas circunstancias uno puede confirmar que está lejos de su país? 

No. 

El país propio se desarrolla en nosotros mismos. No es una nación separada por fronteras políticas ni una lengua ni costumbres diferentes. El país nace a cada segundo, en cada parto. Mi país nunca será el tuyo ni viceversa. El país es un espacio íntimo, un tiempo concreto, un acervo individual. Es mi idioma, que es mío, por más que me comunique con los demás que hablan ese mismo idioma. Es mío, como tú tienes el tuyo. Es esa manera única de cada persona de comunicarse, una voz particular, un tono variable, una entonación especial. Mi España particular no es la misma que la de mi hermano, mi vecina, mi madre, mi profe, mi jefe, mis abuelos. No es la misma. Mi país viene conmigo allá donde voy y permite que los demás me reconozcan como extranjero, como forastero, como otra persona. Por eso, uno no está nunca lejos de su país. Si acaso puede notar que su país se metarmofosea y parece lejano por el cambio. Si acaso se mezcla con un país más contrario que el que contagia día a día con su propia pareja, con sus cercanos.

Soy mi tierra. Mis capacidades perceptivas son las raíces que succionan los minerales de los demás países. Creced conscientes de vuestra realidad. Prestad atención a vuestro propio país, procurando al mismo tiempo cuidar el país del otro y de conservar ese terreno intermedio donde se desarrollan los países. Si los vecinos desarrollan buenos países es probable que tu país se enriquezca a su vez. Mira por el otro como miras por ti mismo y algún día tendrás la recompensa. 

Nougaro no ha estado lejos de su tierra nunca por más que haya viajado al fin del mundo. En esta canción no hace otra cosa más allá que recuperar su propio país, su infancia.

martes, 9 de abril de 2013

Carmen de Lana del Rey y el tiempo.

El que piensa en el tiempo entra en un vórtice aturdidor y sale de él dañado, sin apoyo, cae lastimado, confuso, sin saber dónde está ahora, dónde estaba, ¿Acaso está en algún sitio? 

Cada vez que escucho a Lana del Rey hay un alud de sentimientos, de recuerdos, de confusiones temporales que se apoderan de mí. Entonces me transformo en carro, que la melodía transporta cual caballos y auriga a un mundo pasado. Se despliega un camino de tierra, hace calor, las flores pintan las laderas de los límites del camino y oigo las voces de los alumnos de primero del instituto de Vélez-Málaga. ¿Qué fue de aquello?¿Quién me lo quitó? ¿En qué momento ha pasado el tiempo?¿Un año se escurre con tanta velocidad?¿Tan feroz puede ser su apisonadora? Carmen se repite en la voz de Lana de la radio del coche de hace un año o en tus labios y el humo del cigarrillo sale de tu boca, mientras llueve fuera. ¿Dónde está ese tiempo feliz de la docencia?¿Por qué desaparecieron los alumnos y dejé de ser maestro de algo?

Maestro, ¡Qué palabra tan bonita! Otros profesores se quejaban de ese apelativo y enseguida corregían a los alumnos para que los llamaran "profe". "Soy tu profesor, no tu maestro." ¡Con lo grato que es que te llamen maestro y te vean como alguien del que se puede aprender algo! Ahora mismo extraño esa sensación que se siente al abrir la cancela del instituto con tu llave y que los alumnos se te acerquen y te pregunten si ya has corregido su examen o qué haremos hoy en clase. Echo de menos al bromista de clase que me sacaba carcajadas a cada segundo; no podría haber contenido la risa en ningún momento, porque he nacido para reír, del mismo modo que también estoy hecho para la tristeza, la melancolía, la memoria, la observación del mundo, la enseñanza. Soy hijo de la narración, de las palabras, la música (del mundo, de la vida, de la muerte, del cambio, de la voz humana y la animal, acaso sea la misma una y otra.). Soy Lana del Rey al final de este videoclip que muestro abajo, cuando salta como Heidi en un paisaje en blanco y negro y se pierde en el futuro. ¿Quién no se pierde en el nebuloso futuro? ¿Quién no lo hace en el pasado que parece fugazmente perdido? ¿Dónde se marchó ese mes veleño con la chupipandi? Se fue con la celeridad de la estrella que raya el firmamento de la noche. Y la canción me trae recuerdos. Sigue aportándome felicidad transitoria. Me trae tu presencia, la belleza del paisaje variable, la primavera. 

El tiempo es asesino, como la vida. I'm dying, I'm dying, canta Lana del Rey. La vida mata; la muerte rememora la vida. La memoria daña porque nos recuerda que un día moriremos y no nos daremos cuenta. Puede que suframos, que la sintamos como astillas clavadas en el nacimiento de las uñas o como un ataque al corazón, pero en el momento justo de morir no seremos conscientes de ello, solo se irá el tiempo, que fue, como se va a cada segundo que pasa, a cada recuerdo, a cada espacio que recorre la línea parpadeante que arrastra las letras de la pantalla líquida del ordenador. Y en cambio seguiremos vivos. Seremos materia que siempre será; partículas que nunca desaparecen, por más que se elimine la consciencia que palpita en nosotros, sin ser consciente de cómo ha llegado ahí, a ese lugar en el que se esparce inquieta, dentro de nosotros no se sabe bien dónde. Tiempo que huye, tiempo mortal para el cuerpo, inmortal en el tránsito de la esencia misma del tiempo.

A pesar de todo, ¿no es maravilloso poder decir "aquí estoy vivo, viendo todo lo que veo, notando la cuchilla de los años en mi ser, viviendo la vida, sobreviviendo a las circunstancias, amando a todas esas personas que me aman, ganando partidas, perdiendo otras"? ¿Acaso volverán las aulas, los alumnos y el apelativo de maestro refiriéndose a mí? Fui hace un año eso. Siempre seré maestro de mí mismo. Algo es algo. Y algo es motivo ya de lucha contra la nada.

Carmen, ese mito romántico de la belleza, de la pulsión por la vida, es justo lo que debe guiarnos. Ella reía como una diosa. Riamos en frente del espejo, porque eso tan simple devuelve la alegría a nuestras pupilas. Pensar en el tiempo es inevitable. Salir mal parado de su potencia es imposible. Resucitar de la vorágine es placentero.

Seamos una rosa. Todas las rosas de mi vida resucitan cada día y se abren como en la flor de este videoclip. Que siga escapando el tiempo; siempre su fugacidad me arrastrará hasta ti. Hay un mar de luciérnagas en el oscuro bosque del futuro. Brillan. ¡Ese brillo es la vida!

Gozad de esta hipnótica canción, como disfruto yo. Viajad conmigo al tiempo. Bienvenidos al recuerdo.




lunes, 8 de abril de 2013

Inspiración

Cuánto espero que la inspiración me llegue en el momento en que yo decido ponerme a escribir y nunca aparece. Ella siempre me susurra palabras y transpira perlas de ideas cuando no puedo prestarle atención. Si supierais la rabia que me produce... Así que ahora estoy aquí con ganas de escribir y sin saber muy bien sobre qué hacerlo. Y me siento entonces como el hambriento que va a la despensa y descubre que allí hay más aire que alimento y que por tanto no le queda otra opción que seguir notando el vacío que se genera en su estómago, el rugir de los jugos gástricos y la explosión de un nuevo bing-bang. 

Escribo tonterías, dejándome arrastrar por el tintineo de las teclas, por la pesadez del pensamiento que no fluye y por esa sensación de creer que no volverán las nieves a estas altas montañas por mucho que el invierno ha de regresar, así como la canícula ha de diezmar los campos hasta el fin de los tiempos. No sé qué escribir, a pesar de haberme recordado mil veces cada día que la inspiración no es una bocanada de aire nuevo que entra en nosotros por casualidad, sino la vida misma. Las ideas están ahí, en el sofá, en aquel árbol que se balancea por la brisa que sopla, en el timbre del vecino, en la olla exprés a plena presión, en el batir de un huevo que pronto será tortilla, en la transformación multicolor del cielo, en la hormiga que busca azúcar en una gota de coca-cola, en los pájaros que cantan con dulzura ahora que la primavera viste el ambiente de flores y aromas... La inspiración está tan omnipresente que no prestamos atención a su multitudinario paso. ¡Y eso que nos pisa a cada segundo! 

Esta mañana brotó transportada por la radio. Los locutores se burlaban de los políticos, de los errores gramaticales de la gente, de un borracho que desea delinquir para regresar a la cárcel porque allí vive mejor que en la calle; todo era motivo de broma. El que bromea no percibe la broma propia que él mismo está haciendo al mismo tiempo que se ríe de otro. Su tono era de pena. Él hablaba como si estuviera en otro escalón, en la cúspide, a salvo de las necedades, de los errores, de las faltas, de los fallos del sistema. No somos capaces de ver que la burla y la crítica lanzada a base de tacos no es burla ni es crítica, sino algo muy distinto; es síntoma de estulticia. Todos podemos ser ese borracho que da pena, porque parece ausente de sí mismo, y acabar deseando cometer un crimen para que nos lleven de vuelta al jardín de las frutas, que no doradas ni de plata, pero que alimentan más que el vino rancio de la calle. Y sí que hay algo que falla en este sistema que da mejor vida al que priva de la libertad por delito. Pero una cosa es esto y algo muy distinto es creer que uno mismo podría hacerlo mejor cuando en realidad no hace nada por mejorar a situación. O pensar que uno está a salvo de toda adversidad ajena.

La inspiración es algo que ni la cárcel puede robar ni el vino tampoco.

Lavado de cara del blog.

Después de unos meses con el anterior aspecto del blog en modo dinámico he podido comprobar que la página daba muchos problemas a la hora de cargar, así que he decidido regresar a un modo más tradicional.
Me parece que este nuevo aspecto permanecerá más tiempo, porque espero que no produzca tantos errores como el anterior. ¿Os gusta la nueva cara?

  

domingo, 7 de abril de 2013

Parmentier, la patata y yo.





¿Qué habría sido de la humanidad sin la introducción de la patata en la alimentación?


Este alimento que está tan presente en la gastronomía no siempre tuvo tanta importancia. Es más, hasta el siglo XVIII se le consideraba indigesto y causa de varias enfermedades. Para nuestra fortuna, llegó el agrónomo francés Antoine de Parmentier y cambió toda idea al respecto. Demostró que su fácil cultivo y su gran valor nutritivo podría ser la panacea a las constantes hambrunas que diezmaban la población desde tiempos inmemoriales. A pesar de las múltiples negativas y del sinfín de obstáculos, el curioso nutricionista fue capaz de convencer a las autoridades de la época y, tras ganar un importante premio, le concedieron terrenos donde cultivar el tubérculo y experimentar con él. Lo interesante fue que de todo esto salieron importantes recetas y una fama popular por la patata impensable; desde ese momento pasó a llamarse "Parmentière", en honor a su más relevante defensor.

A día de hoy, su nombre sigue empleándose en recetas que llevan patata.


Aquí ponían ese kiosko de patatas.
¿Por qué os hablo hoy de este asunto? Como ya me conocéis, aquellos que me soléis leer, muchas de mis entradas en el blog se desarrollan en función de un mecanismo de relación, por el que una cosa me lleva a otra y se interrelaciona con otra más, de tal modo que se crea una especie de telaraña temática. Es el mecanismo de Proust. Esta mañana he visto en la televisión un documental sobre la patata frita, que por cierto me ha abierto el apetito sobremanera, y mientras disfrutaba del espectáculo visual y de las curiosidades que iban narrando me he acordado de un momento especial de Toulouse: las patatas fritas con mayonesa (des frites mayo, como se dice en francés) de la Place du Capitole, en pleno centro de la ciudad. Cuando salía de fiesta, siempre al regresar a casa mi amiga Maripi y yo hacíamos parada en el kiosko de patatas fritas que por arte de magia aparecía en la plaza al marcar la hora del contrahechizo de Cenicienta. Aquellas patatas sabían a gloria. Hechas en el punto exacto de aceite y cortadas con el grosor perfecto, morder cada una de esas patatas era tocar el paraíso y rozar el infierno. Recuerdo que las servían en un cucurucho de papel de estraza, que al mismo tiempo me traía gratos recuerdos de la infancia cuando en los puestos de la feria mi madre me compraba cucuruchos de garrapiñada. Otras veces, cuando ya de vuelta en España salía de fiesta, siempre me asaltada la morriña por aquellas patatas fritas. 

A la vez que escribo este post rememoro las palabras de mi abuela: "Con un saco de papas vive un pobre." Y tiene razón, sin Parmentier las hambrunas habrían seguido arrasando con miles de vidas; en cambio, descubrir que la patata podía entrar en la alimentación trajo alimento a estómagos habituados más al aire que  a la nutrición. Con una patata se puede cocinar desde un puré de patatas, una tortilla de patatas, unas papas a lo pobre (papas a lo desgraciao, en términos de mi abuelo), una patata asada, una ensaladilla de patata con mayonesa, maíz, atún y aceitunas (ensalada rusa), patatas con puerro, nata y pimienta, patatas con queso... hasta las deliciosas y no tan sanas patatas fritas. 

Patatas baratas, patatas nutritivas.

Gracias, Monsieur Parmentier. Sin ti, la vida habría sido muy distinta. 

jueves, 4 de abril de 2013

Taller de escritura de Bernard Werber


No hay escritor que de una forma u otra no tenga su propio método de escritura. Como este tema me interesa mucho, el otro día estuve navegando por la red y descubrí por azar que uno de mis escritores preferidos había impartido un taller de escritura y lo habían subido a Youtube. Así que en este post voy a resumiros su método y adjuntaré el enlace a dicho vídeo por si alguien estuviera interesado en verlo. Está en francés como es evidente.

En primer lugar, Bernard nos presenta el plan de escritura:

-Ganas de escribir
-La historia
-La estructura
-El suspense
- Los personajes
-El desenlace
-La vida del libro

Qué nos hace perder las ganas de escribir es la primera pregunta que el escritor se plantea.

A lo que explica que es el miedo la principal causa. El miedo de ser juzgado por los demás, de hacer un mal libro, de no ser publicado, de no llegar hasta el final. 

¿Cómo superar estos miedos? Con el plan anteriormente expuesto se intenta lograr.

Normalmente cuando alguien se pone a escribir lo hace porque en realidad quiere hablar de sí mismo sin hacerlo de un modo directo. Así empieza la escritura de uno mismo y desplega poco a poco un abanico de creatividad, al mismo tiempo que descubre de súbito que en su interior hay una voz, un profesor del idioma que renace y nos cuestiona cada frase, cada escrito; que nos intenta detener, que nos pone de los nervios y nos hace dudar.

Cuando escribimos, sin darnos cuenta, estamos expresándonos y liberando una presión interior que nos asfixia. El autor comenta a este respecto que es una manera de ahorrarnos multitud de psicoanalistas. A mi juicio excelente ejemplificación.

En el momento de la escritura debemos tratar de buscar el yo interno que todos tenemos, ese que permanece encerrado y que jamás asoma la cabeza al mundo; por tanto se trata del yo que no es social, sino privado. Es un método necesario para romper el círculo vicioso que nos lleva a dar bienestar al otro, a nuestros padres, a nuestra pareja, a nuestros hijos, a los demás, y comenzar a darnos bienestar a nosotros mismos. Solo por este motivo ya merece la pena escribir un libro, sea cual sea su índole, sin pensar en que sea publicable. Ha de ser, sin duda, honesto con uno mismo. Ese es el primer fin que conlleva la escritura: demostrar lo que hay dentro de nosotros y colmarnos de placer. Nuestro manuscrito deberá, por consiguiente, ser considerado como un ser vivo, nuestro yo interno expuesto a la página. Como ser vivo, amigo nuestro, deberemos situarnos en frente de él y dedicarle cada día el tiempo de una conversación. Escribiremos en él avanzando cada día un poco, siendo capaz de arriesgarnos a escribir una mala novela. Con toda seguridad ese primer libro será nefasto y no apto para la publicación; pero con total certeza seremos nosotros mismos en ese escrito, nuestro reflejo fiel, auténtico. Será la primera lección: a veces hay que renunciar a complacer a los otros.

Para llegar a la historia es precisa la conjunción de dos elementos básicos: el sueño y la observación del mundo. Ser capaz de soñar e imaginar, pero al mismo tiempo de descomponer la realidad. Un escritor debe conocer el mundo, viajar, hablar con los demás, preguntar, interesarse por las personas. Interesarse por los demás es plantearse una pregunta simple en forma, difícil en contenido: ¿Quién es él o ella? Lo que nos llevará a preguntarnos por su pasado, sus sufrimientos, su talento, sus debilidades, su evolución futura. Es en definitiva conocer al otro. De esta manera iremos suministrando nuestro depósito de materia viva, que será importante para la creación de personajes, de la que hablaremos más abajo.

Todo novela, como ser vivo que es, posee un esqueleto, que venimos a llamar estructura. Este esqueleto será la parte más importante de la novela, porque será a partir de su modelaje como se explotará nuestra originalidad. El esqueleto está formado por una cabeza (arranque de la historia), un torso (el desarrollo) y los pies (el desenlace). Este cuerpo puede organizarse de una manera geométrica, siguiendo un método estadounidense. En un primer momento se presenta al "héroe", que se va encontrando con adversidades y que debe hacer frente a un enemigo (persona o ente de otra naturaleza, por ejemplo una hipoteca que es incapaz de pagar). Nuestro héroe es como nosotros. Tiene una bomba interior, una presión que debe eliminar. Para lograrlo, va a tener que sobreponerse a determinadas pruebas. De cada obstáculo saldrá con el descubrimiento de una nueva faceta suya que desconocía, positiva o negativa. Se trata por tanto de una iniciación que evoluciona poco a poco. Las pruebas se irán endureciendo de tal modo que la última prueba sea explosiva. Es lo que se denomina como el "clímax" de la novela. Tras este último escalón el héroe habrá alcanzado la meta o, tal vez, no. Según  Bernard Werber, no hay mejor estructura que la utilizada en "El conde de Montecristo". Imitar esta novela es asegurarse la aceptación general. Ahora bien, yo no sé si imitar es lo que queremos en realidad. El autor de este taller tampoco lo desea. Lo que él propone es la alteración de esa estructura dada, puesto que ello provoca la originalidad de la misma. En cualquier caso, es preferible trazar una estructura previa que dejarse llevar por el personaje y correr el riesgo de perderse, como me ha pasado a mí ya más de una vez. Utilizar esta estructura garantiza la emoción en el lector y elimina la sucesión de frases poéticas sin sentido. Una vez que tenemos el esqueleto (héroe, adversidad, enemigo, iniciación, pruebas, búsqueda, clímax, desenlace) vamos a añadir la carne. Werber empieza por los órganos. Los órganos son esas escenas inesperadas, llenas de artificios, de originalidad, de sorpresa, de efectos. Sorprender es la prioridad que todo escritor tiene con respecto a su lector. Es el llamado suspense. A continuación continúa con los músculos de la estructura, que son los planos que realiza, donde especifica cuándo va a describir, cuándo va a introducir diálogos, etc. Al abrir un libro publicado los músculos perceptibles a primera vista son los capítulos. Estos, Monsieur Werber dice, "deben ser cada uno una novela en sí misma". En otras palabras, cada capítulo debe contener una situación que se inicia, un desarrollo y un pequeño desenlace sorprendente que abre el apetito para el siguiente capítulo. Seguimos hablando del suspense.

El suspense se mantiene de la siguiente manera: frustación- tensión- límite de tomadura de pelo (término de Werber)-recompensa. Hay que evitar usar la intuición del héroe. El escritor siempre debe explicar cómo ha llegado a esa conclusión. Otra aspecto que debemos evitar es dar al lector lo que solicita. Jamás hay que dar lo que pidan. Si esto se hiciera estaríamos derrumbando el edificio del suspense y nos quedaríamos sin el tejado que pone punto y final de manera original.

Tenemos ya la motivación para escribir. Disponemos de ideas obtenidas de la observación y el sueño. Así mismo hemos dispuesto los planos del esqueleto, la carne y el músculo de la historia y le hemos añadido la tensión como se hace necesario. Ahora debemos plantearnos cómo construir un personaje. 

El personaje suele ser una paradoja en sí mismo. Se presenta de una manera y luego es lo contrario de lo que dice. El mundo está lleno de personajes. ¿Acaso no conoces a alguien que dice ser una cosa y se comporta completamente distinto? Es el típico refrán que dice que del dicho al hecho hay un buen trecho. La coherencia en este sentido es pésima. Es lo que se denomina paradoja del personaje. Esta paradoja nos va a permitir transformarlo. Werber lo llama la creación del arco. Al inicio el personaje es de una forma y al final ha cambiado por completo. Así pues la novela sirve de revelador del personaje, quien, gracias a la narración, pasa del dicho al hecho y se encuentra consigo mismo. Otro aspecto importante en la creación de personajes consiste en inventarle un lenguaje propio al personaje, unas características diferenciadoras, un gesto, una manía.

Con esto, casi está el trabajo previo realizado. Pero faltaría pensar en el desenlace. Es imprescindible que, antes de comenzar la escritura, sepamos el final de la novela. El desenlace debe ser una revelación, un momento de placer del lector, un soltar "¡Ah, era eso lo que pasaba!".

Ya tenemos la novela escrita. ¿Ahora qué pasa?

Hemos terminado la novela; pero el libro no termina aquí. Ahora toca darle vida, ir hasta el final. No dejarlo por la mitad nunca. No pedir opinión hasta que se haya puesto el punto final. Después de ello, buscar un lector de referencia. Un lector de referencia es alguien que lee el texto y propone críticas, así como soluciones técnicas. 

Finalmente se envía el libro a editores que publiquen libros semejantes al tuyo. Esto es elemental. En caso contrario no se tomarán la molestia ni de leer la primera página. Hay que cuidar la primera línea, la primera página, el inicio. En ello irá la vida de la novela. De ello dependerá que la editorial decida dedicarle más tiempo y la lean por completo.

Así acaba el método descrito por Bernard Werber en este taller de escritura. Espero que os ayude en algo. A mí me ha aclarado ciertos aspectos. Espero que a vosotros también. 


Atelier d'écriture de Bernard Werber





martes, 2 de abril de 2013

Amapola



Cada mañana cuando voy al trabajo, cruzo dos pequeños terrenos cubiertos de un espeso manto de amapolas e, inevitablemente, recuerdo el viaje a Nerja que hice con Ingrid y Eva, dos amigas. Me veo entonces dentro del coche blanco de Ingrid, cruzando un viaducto que se encuentra a la altura de Dúrcal (Granada) y aprendiendo que las amapolas en Francia se llaman coquelicot. Junto al arcén acabábamos de ver una de estas flores, que destacaba por su rojo intenso en contraste la aridez marrón de la tierra, casi inerte, yerma. No sé si aquel viaje lo hicimos por estas fechas, porque no soy bueno con las fechas; lo que sí sé es que hacía tanto viento como hace hoy y que ese año fue seco, que durante el viaje solo nos cayeron unas gotas escasas breves minutos y que la carretera estaba vacía, sin coches, como en un desierto o en una carretera de California, donde desaparece la vida humana y restalla el sol perenne contra la calzada abrasada. 


De este viaje mental la amapola me lleva a la infancia. Estoy en el cortijo de mis abuelos y voy a coger una de estas flores de fuego delicado, pero mi abuela me dice que no, que es mejor no tocarlas, que no son buenas. Días posteriores, mi madre me aclara que de ahí sacan droga. ¿Droga? En mi mente infantil se dibujaron señales de peligro y, yo que soy muy miedica desde siempre, jamás de los jamases he rozado una de esas flores que tan bellas me parecen. Las veo tan frágiles, como bailarinas de falda roja haciendo el pino y tambaleándose con la sutileza del aire de marzo o como paraguas de seda volteados por la voracidad del viento desgarrado de la época. 


Cada mañana las observo en la fugacidad del trayecto y me pregunto si mañana seguirán allí o habrán desaparecido. Por alguna razón siempre he tenido la sensación de que las flores son efímeras y sorprendentes: lo mismo que salen de repente, también se evaporan de un día para otro. Así mismo, todas las mañanas, transportado por los recuerdos, me embriaga el efecto mental que me producen, como si esa droga que nunca que he tocado ni tomado actuara en mí por telepatía. Es la magia de los objetos, de la realidad, de la vida. Es la red ilusoria que la propia existencia va tejiendo conforme transcurren los años, de una cosa a otra, otorgándole el poder de enlace de recuerdos, de almacén de vida, de misterio; ese misterio que toda entidad animada o inanimada posee. Al igual que lo que se nombra adquiere consistencia, lo que la mente asimila como parte de su vida pasa a ser un asidero memorial, algo tan vivo como uno mismo en el momento que escribe este texto. Es misteriosa la vida. Aunque no hay mayor misterio que la página en blanco que acaba siendo rellenada con tinta como por arte de magia, como materialización de la memoria, de la mente, de uno mismo y de todo lo demás.