miércoles, 30 de noviembre de 2011

La autoenvidia

Todos tenemos envidia, pero ya puestos por qué no envidiar nuestras propias vidas. 

Envidiar nuestro aliento, la luz que nos daña el párpado, el frío que nos eriza la piel, ese abrazo cálido de la realidad. Si nos envidiáramos a nosotros mismos el camino se haría más fácil, porque ahí puede estar una de las claves de la felicidad, la brisa que deshilacha nieblas o que vuelve el fango más ligero, el impulso detenido y la pausa acelerada a un mismo tiempo.

La autoenvidia es estar "en vida", aunque solo sea por juego sonoro. 

Así me he levantado, autoenvidiado, aunque parezca que no tengo motivos para ello.

Y voy a envidiarme; he escrito un poema sobre este tema que me ha quedado maravilloso. Me envidio. Envidio mis movimientos, el teclear en este ordenador, la música triste que suena a mi alrededor, los recuerdos de un pequeño viaje ya terminado, hasta envidio esa lista de interinos que no avanza. ¡Qué más da! Es motivo de envidia. 

Envidio la voz rota, las lágrimas propias, el deseo poco fructífero, las gafas adheridas a mi piel, la nueva arruga que me surca ahora la piel, los años aumentados próximamente, la uña mal cortada, el lunar de mi boca, el ojo algo enrojecido, la mente poco despierta, el sueño y la pesadilla. Me envidio en todo, lo bueno y lo malo. Soy esa envidia reconducida. ¿De qué sirve envidiar a los demás? Es doloroso. Envidiarse uno mismo es fabuloso. Que tengo una tos seca que me acompaña desde hace mucho, poco me importa. Envidio esa tos que me mantiene vivo. 

Vivo. 


Envidiaré hasta mi propia agonía, el día que llegue. Porque nada temo de la muerte. Porque sé que es inevitable. Mejor entonces adorar lo que llegará en algún momento. Envidiarse.

¿Esto es vanidad? Poco me importa. Envidiarme, esa va a ser una de mis prioridades. Envidiar todo de mí mismo, tanto mis defectos como mis virtudes. Envidiar mis pulmones encharcados o el corazón rebosante de sentimientos. 

Envídiate. Tienes tantos motivos; tantos como todo lo que sintomatiza la vida. Eres pura envidia. Vida, sin más.  

Eso ya es una razón de peso. 

martes, 29 de noviembre de 2011

Un retazo del viaje (I)

Un coche llegado de Narnia,
con música de Amaral
se asoma tras la curva
de una carretera usual.

Eva viene con su primo
y me sonríen al pasar
se detienen junto a mí
y con fuerza me abrazan ya.

Comemos papas guisadas,
¡qué buenas que están!
Y entre pasodobles y chirigotas
subimos al autobus con su compás.

Charlamos de mil cosas
 y percibimos que nada cambiará.

a a a a a a aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah

El tiempo pasa y nada cambia,
aunque todo se modifique.
Sevilla en su llanura nos acoge con bravura,

Cree que somos unos hambrientos,
y pretende que nos alimentemos de puro aliento,
por eso prefiero Granada,
porque allí la carne siempre viene aliñada.

Llegan las gallegas en el avión
y con María viajamos hasta la pensión,
un apartamento en pleno centro
y, entre callejuelas, descubrimos a un ser tremendo:
de pelo voluminoso y aire distraído
 nos acerca con su acento a un bar perfecto.

Qué gracioso es el destino,
pinta con sus dedos caminos con mucho tino
y con el francés vemos los retazos del sino,
salimos todos de fiesta y acabamos divertidos.

Una torre custodiada
por carros de caballos y turistas armados de flashes
nos enseñan que en Sevilla
no todo es escaparate.

Allí el pasado está presente
y el futuro se respira en el ambiente
de un moderno metro deslumbrante,
aunque allí la gente no lo aparente.

El viaje continuó
mucho más de lo que cuento
pero eso lo dejo
para otro momento.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Incomprensibles amores

"Comme c'est bizarre! Que c'est curieux!"

Leo de nuevo esta obra de Ionesco (La cantante calva) y, por alguna razón desconocida, siento el efecto del amor por un objeto literario. Es como el amor que se siente por alguna persona, aparece de repente o poco a poco, muy sigiloso, y para cuando eres consciente de ello ya no hay marcha atrás, el sentimiento ha echado raíces en algún punto del propio cuerpo y no hay modo de acabar con él. Nacen por alguna razón, pero no se sabe bien cuál y ya se ha instalado para siempre, aunque esas raíces se vayan debilitando por falta de riego.

Es raro y curioso que algo así suceda con un libro, con una canción, una casa, un lugar, con  un objeto o una entidad, en definitiva; pero se ve que las hormonas o el mecanismo que actúa a ciegas en el amor hacia las personas no difiere ni un ápice en el caso de los objetos, las ideas o cualquier cosa que en principio no debería ser tratada con tanto amor; como una persona. 

Lo curioso de esta obra es que es un absoluto absurdo, la incomprensión de las personas, de la realidad, una crítica a la sociedad, al tiempo, a la lógica... una obra maestra de la que no puedo pasar. Y el caso es que me gusta este movimiento del absurdo, será que yo mismo veo todo un poco sin sentido; será por eso que me identifico tanto con este tipo de obras.

Es raro y curioso. Muy curioso. Tan curioso como ilógico. 

domingo, 20 de noviembre de 2011

20-Nooooo

20-N

El cielo está encapotado. Hace frío. Calahonda se ha inundado tras las trombas de agua de ayer por la tarde-noche. Tormentas y rayos. La luz se fue varias veces. Y hoy, el cielo sigue cubierto de una masa gris intangible y yo camino con la seguridad del que alza la cabeza firme porque sabe que está cumpliendo con su deber, aunque sea consciente de que por mucho deber que cumpla su acción apenas tendrá relevancia. 

Camino directo a mi mesa electoral. La busco al entrar en el recinto. ¡Qué casualidad! Es justo la que tengo enfrente. Abro los dos sobres para comprobar que no me he equivocado. "Sí, son las mismas papeletas que había metido esta mañana", me confirmo. 

Un minuto después, los sobres se mezclan en la caja con muchos otros y yo sé que entre ellos la mayoría es de un color que no me gusta; me asusta. No el color en sí, sino las ideas que lo componen, porque descubro entre sus trazos un mecanismo retrógrado; el mecanismo de la máquina del tiempo que retrocede la realidad al pasado, a un momento poco afortunado. Además de eso, veo una "s" que me repugna y que babea ya la victoria del cromañismo, que no ve otra cosa más lejana que unos valores tradicionales que hay que reimplantar. 

Tiemblo.

Me alejo de las urnas con el temor de un hombre ojeroso y apesadumbrado, que escucha música francesa antigua pero que abre cada día más su mente hacia la libertad, hacia los derechos de todos. Soy ese hombre que gusta del pasado, pero solo de lo bueno del pasado, y que mira el presente con una perspectiva de futuro abierta, a veces relativista, donde todo vale, siempre y cuando no se dañe a nadie. Ese hombre que enraiza en el mayor de los pesimismos y que, sin embargo, no deja de creer en las utopías, en su propia utopía. El hombre que lee en el 20-N un "vete nadando", porque es lo que tendrá que hacer para encontrar un sistema que le deje las alas intactas y que no le corte el aire que respira y que impulsa esas alas hacia cumbres elevadas. 

Un 20-N, como un "vete nadando", por no vivir ahogado.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Etimología semi-inventada de "Nostalgia"

Se ve que soy un neurótico de las etimologías; si no es así, entonces quién me puede explicar por qué me he despertado esta mañana al son de esta etimología semi-inventada.

Nostalgia.


Algia significa dolor.

Hasta ahí todo normal. Ahora empieza la parte líquida de la palabra "nost(a)". Si lo leemos en voz alta tenemos algo así como "no está". En otras palabras, que la nostalgia debe ser el "dolor de lo que ya no está", de lo que se fue.

Mi neurosis etimológica no se puede explicar. Lo que sí se puede explicar es la razón de que sea esta palabra y no otra: ayer sufrí una inundación de nostalgia cuando en facebook mi querida Eva subió fotos de hace años y estuvimos comentándolas entre muchos; amigos del pasado, algunos todavía del presente. Y se ve que mi cerebro ha funcionado toda la noche ahogado en esa marea que es el pasado, en el abismo del tiempo, y al sonar el despertador ha erupcionado esta etimología semi-inventada, pero lógica.

Un saludo para todos aquellos que viven su nostalgia con placer, como yo hice ayer.

martes, 15 de noviembre de 2011

Un frío distinto

El frío que viene de dentro,
no el de fuera, 
ateridos cuerpos sin vida
concentrados en el hoyo de la muerte.

El frío que viene de dentro,
no el de fuera,
lluvia que emerge del ojo
porque se ha perdido un amado fuerte.


El frío que viene de dentro,
no el de fuera,
quejidos y lloros tras la caída
al valle de los que ya no caminan.

El frío que viene de dentro,
no el de fuera,
un cristal entre un lado y otro,
donde los abrazos sujetan la tristeza.

El frío,
Cae la lágrima del Ártico,
congela la realidad.

El frío que ya no viene de fuera
y te recuerda la vida;
más bien el frío que viene de dentro
y te recuerda el tiempo.

Muerte, frío, infierno,
eso puede ser el Tiempo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Un gato-tigre de esfuerzo y respiración

Entre palabras volcadas a través del micrófono del móvil, cuando la noche ya ha tomado su reino, aparece bajo las sombras de los coches un gato. Su tamaño es descomunal. Su color gris, triste. Bien podría ser un tigre callejero. 

Pero no. 

El gato sube guareciéndose entre las cortas sombras que las farolas proyectan bajo los coches aparcados en fila en una cuesta muy empinada. yo sigo hablando y comentando. Las risas rebotan en la solitaria calle. La luna fantasea en el cielo. Eva, al otro lado del auricular, habla conmigo de muchas cosas. Parece que la tranquilidad ha llegado. 

Pero no.

Era solo una terrible ilusión. 

De repente, la tranquilidad se quiebra. El motor de una moto de cross estremece el ambiente. Su ruido se intensifica rebotado por la estrechez de la callejuela. Su impacto se desparrama por la cuesta. Un susto. El gato quiere cruzar. Salta. El susto se intensifica. La moto aparece a la vista. Surge como un demonio con guadaña de sierra. Moto(rizada). El ruido tropieza. Gato y moto se encuentran en una misma coordenada de tiempo-espacio. El granuja que la manipula hace zig-zag con la rueda delantera. El Gato se queda momentáneamente paralizado. La moto, que no ha llegado a caer, continúa su despavorido recorrido. Su avalancha mortal.

El gato.

El tigre.

La moto.

Yo.

Eva al otro lado del auricular.

La luna en el cielo.

Las paredes blancas.

Las sombras.

Todos hemos sido testigos de un atropello. Cada uno desde su propia perspectiva.

Me acerco al gato-tigre. Tiene sangre en la boca. Se revuelve frenéticamente. La vida lo impulsa a levantarse. 

Pero no.

Hay algo que se lo impide. Se esfuerza por ponerse de pie, por vivir, por continuar su sigiloso camino. Se retuerce. Jadea. Su respiración se vuelve ruidosa, cansada, estremecedora. En ella escapa la vida, aunque no lo haga tan rápido como pareciera. En sus violentas sacudidas se esconde un espíritu salvaje. Me aterra la idea de no poder hacer nada. Si lo toco sé que me arriesgo a un mordisco, ¿rabioso? Nunca se sabe.

La noche se extiende. En otro lugar no muy cercano la vida ya ha escapado de un cuerpo, mientras el gato se retuerce. Unas horas después, el gato ya está junto a mi puerta; repta como una serpiente; no ha conseguido ponerse de pie. Parece que el centro de su columna hubiera sido anclado al suelo. 

Horas y horas más tarde, el gato ya está casi al final de la calle, entre sus respiraciones fugaces y sus esfuerzos interminables y, para cuando quiero volver a mirar, la magia ha hecho que desaparezca. 

Ya no estaba. 

Se había esfumado.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Un viaje inesperado

Llego a la biblioteca y me detengo en las vitrinas vacías, huecas, carentes de viejos huesos, de libros de otros tiempos. Entonces por un momento veo renacer el recuerdo de una exposición habida por lo menos hace un año, donde esas viejas cajas de cristal contenían la belleza misma plasmada en hojas amarillentas, antiguas, hasta salvajes, me atrevería a decir.

Libros medievales.

Los había de todos los tamaños y contenidos, pero sin duda el más destacable de todos era el que representaba un colorido mapamundi medieval, con sus correspondientes "Terra incognita" y sus ilustraciones de bestias mitológicas. En aquellos momentos de exposición pude transladarme en nave por aquellos parajes antes salvajes, ahora destruidos por el velo levantado, por la mano de un ser avasallador, ambicioso, destructor, humano, descubridor. Navegué por aquellos mares y realicé un periplo, cual Ulises, por aquellas costas andaluzas deformes, mal dibujadas, distintas. Incluso creí percibir el brillo de unas manzanas doradas que seguramente Hércules supo enseguida que no eran tal cosa, sino jugosas naranjas del Jardín de las Hespérides y que el traductor confundió al no saber que las manzanas doradas son ricas naranjas.

Entre sus brillantes colores, desplegados sobre el papel acartonado por una mano desconocida, me senté junto al mástil de una calavera y escuché no solo el aullido del mar al cruce del barco, sino que también oí un "tierra a la vista" exultante, sorprendente por imprevisto; mi estómago gritó en ese momento después de meses en la mar, al imaginar el festín de carne que aquellas tierras de frondosos bosques le ofrecería con su exuberancia. Y justo cuando la nave arribaba a tierra firme, la belleza de un mundo nuevo se tornó en mar de vídrio o cristal.

De nuevo los expositores vacíos. Los libros ya no estaban porque el recuerdo se acababa de esfumar, lejos entre conexiones neuronales estrámboticas.

Me doy media vuelta. Subo las escaleras y abro mis apuntes de tinta negra, monocolor... y tras un suspiro, surge cierta morriña por aquella visión antigua, medieval, lejana.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Político bien sentado derecho

El diálogo del miserable,
que lame y lame
las palabras del barbudo,
de un ruín pedazo de capullo.

La despótica demagogia
del chulo chulo,
que amasa una fortuna
sin tener un duro.

El bastardo sibilante,
un político pusilánime
que regresa hacia el pasado
en su bien preciado yate.

Sus falacias son de ácido,
de una podredumbre sin igual,
se cree el rey del partido
porque no sabe que va a acabar muy mal.

El papel les da la victoria,
confiados sonríen al pasar,
y los pueblerinos, con su derrota,
no saben dónde mirar.

Hambrientos de nuevo,
observan al barbudo con su disfraz
sentado bien derecho en su pedestal,
mientras come el pastel, el pelotudo .

Ingredientes de primera
que todos habíamos podido disfrutar,
que el pepero sibilante se carga
en un pispás.

Pobres y mal parados,
libres hasta hace poco, 
                                 cagados,
la derecha irrumpe solo

con el arma destructiva.
Caemos despavoridos
de las alturas de la libertad,
Adiós, políticas sociales.

Adiós, estado del bienestar.






domingo, 6 de noviembre de 2011

Lloros

Escucho los lloros de alguien que quiero y se me cae el alma a los pies, diluida en una melodía deprimente. No me cabe la menor duda de que si hay algo que puede lastimar más que el sufrimiento propio eso es el sufrimiento ajeno de alguien que quieres. Ves su mirada dirigida hacia el interior, ajena a la realidad, ausente. Oyes los quejidos dolorosos, el crujido de su corazón quebrado, agrietado. Es terrible presenciar tal dolor. Pero tienes que presenciarlo para ayudar si acaso es posible. 

¿Pudo alguien detener la espada que la propia Dido insertó en su cuerpo desde la atalaya desde donde vio alejarse la nave de Eneas? 

No.

Solo ella misma habría sido capaz de sobreponerse al filo del metal y lanzar la espada lejos de su alcance. Ella era la única con la capacidad suficiente para cerrar aquella puerta y abrir una nueva, hacia un mundo mejor, donde otro hombre la podría haber hecho feliz. Pero si Virgilio hubiera cambiado la trama, ¿quién sería Dido? ¿Una simple reina, un personaje tan humano como secundario? Porque si algo nos hace convertirnos en personajes principales de la trama de la Historia eso solo puede ser nuestro distintivo, algo que nos eleve por encima de la misma Historia. 

Pero no es fácil. 

Lo que tengo muy claro es que el tiempo pondrá en su sitio al personaje que ahora llora oculto tras el manto de una melodía triste y atormentadora. Del mismo modo que comprendo que algún día yo mismo seré ese personaje dubitativo y dolido y que otros oirán mis lágrimas con notas musicales y que sufrirán lo mismo que ahora puedo llegar a sufrir yo mismo. 

Tenemos que aprender a vivir libremente. Cuando la libertad ocupa todos los poros de la vida, los palos se frenan en su densidad liberatoria y todo se hace más simple. Vive y deja vivir. Vive sin juicios propios ni ajenos. Y deja de llorar. Espera, pero no demasiado. Actúa, olvida las lágrimas, muévete, pues es el movimiento el que te salvará. Así habla este humilde artífice de palabras líquidas. Así trata de conducir su vida. Así lo intenta, aunque no lo logra. Pero llegará el momento. Y cuando llegue no quiero estar preparado. Ocupar mi lugar y explotar mi distintivo, porque solo así seré Alguien con mayúsculas. Si no una Dido, sí un Eneas o un Áyax o un Ulises o su puta madre. 

Pero querida alma envuelta en lágrimas, sécate esas gotas saladas que brotan de tus ojos, ponte de pie, en pie, y no te detengas, porque no estás sola. Tan solo estás sola si tú olvidas que estás acompañada.

Palabras líquidas en un recipiente virtual, inútiles, porque no han servido de nada, salvo para salarse.

Y sus lágrimas siguieron rodando por sus mejillas. Para mi desgracia.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

En el cementerio de los vivos

Es mañana temprana, soleada y hasta calurosa. Los coches transportan a la gente a través de un camino de eucaliptos hasta que ya inmersos en plena naturaleza, allí donde empieza la montaña, llegan a un lugar destacado: aparece con un blanco reluciente el cementerio de Salobreña. Canalizaciones de agua fresca circundan el recinto, al igual que los abetos dan sombra en el portón de entrada o los cipreses dan vida a los pasillos de lo que parece más un dédalo que un cementerio, con callejas, pasajes sin salida, escaleras, altas y bajas. 

Ayer el bullicio de la vida llenó el cementerio de energía, sobrepasando en cantidad a los eternos durmientes. Los vivos acudieron con flores, al menos la mayoría. Las abispas sobrevolaron los nichos de mis bisabuelos maternos, como siempre. Miré los ojos paralizados de mis antepasados. Me planté largo y tendido delante del nicho de mis abuelos paternos, esos que tan pronto me abandonaron; los que casi no vi porque la ventisca apagó con rapidez sus vidas. Quise mantener una conversación imposible con los muertos, con ellos. Un diálogo conmigo mismo, en una voz enclaustrada en mi propio cerebro. No fue nada del otro mundo. No más que una serie de deseos, de recuerdos y esperanzas pasadas. 
Dialéctica de vivos para muertos, pero sin ellos.

Mientras esto ocurría, me vino a la cabeza una imagen terrible. Demasiado terrible para plasmarla aquí. 

Por la tarde volvimos al cementerio y no pude parar de pensar, mientras visitábamos a los familiares fallecidos, en la magia de aquel lugar, donde la blancura ilumina el ingenio; el silencio llama a la tranquilidad, la calma del que desea encontrarse consigo mismo. Uno, al internarse en el alma del cementerio, descubre que si pudiera dar rienda suelta a los sentimientos-pensamientos que nacen en aquel lugar, podría plasmar sobre el blanco del papel la esencia misma de la vida.

Ayer el cementerio dejó de ser el lugar donde descansan los muertos y fue por momentos el reposo de los vivos: un cementerio de vivos, de flores, luces, limpieza, reencuentros, historias comunes, sentidos... un territorio bello.

En el cementerio de los vivos...