viernes, 11 de noviembre de 2011

Un viaje inesperado

Llego a la biblioteca y me detengo en las vitrinas vacías, huecas, carentes de viejos huesos, de libros de otros tiempos. Entonces por un momento veo renacer el recuerdo de una exposición habida por lo menos hace un año, donde esas viejas cajas de cristal contenían la belleza misma plasmada en hojas amarillentas, antiguas, hasta salvajes, me atrevería a decir.

Libros medievales.

Los había de todos los tamaños y contenidos, pero sin duda el más destacable de todos era el que representaba un colorido mapamundi medieval, con sus correspondientes "Terra incognita" y sus ilustraciones de bestias mitológicas. En aquellos momentos de exposición pude transladarme en nave por aquellos parajes antes salvajes, ahora destruidos por el velo levantado, por la mano de un ser avasallador, ambicioso, destructor, humano, descubridor. Navegué por aquellos mares y realicé un periplo, cual Ulises, por aquellas costas andaluzas deformes, mal dibujadas, distintas. Incluso creí percibir el brillo de unas manzanas doradas que seguramente Hércules supo enseguida que no eran tal cosa, sino jugosas naranjas del Jardín de las Hespérides y que el traductor confundió al no saber que las manzanas doradas son ricas naranjas.

Entre sus brillantes colores, desplegados sobre el papel acartonado por una mano desconocida, me senté junto al mástil de una calavera y escuché no solo el aullido del mar al cruce del barco, sino que también oí un "tierra a la vista" exultante, sorprendente por imprevisto; mi estómago gritó en ese momento después de meses en la mar, al imaginar el festín de carne que aquellas tierras de frondosos bosques le ofrecería con su exuberancia. Y justo cuando la nave arribaba a tierra firme, la belleza de un mundo nuevo se tornó en mar de vídrio o cristal.

De nuevo los expositores vacíos. Los libros ya no estaban porque el recuerdo se acababa de esfumar, lejos entre conexiones neuronales estrámboticas.

Me doy media vuelta. Subo las escaleras y abro mis apuntes de tinta negra, monocolor... y tras un suspiro, surge cierta morriña por aquella visión antigua, medieval, lejana.

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