miércoles, 19 de abril de 2017

Calma, recuerdos y música

Viendo Got Talent ha empezado a sonar una canción a piano de Yiruma y por esa magia que ocurre con la música me ha invadido un alud de sensaciones e imágenes, entre muchas de ellas estoy yo escuchando ese tipo de canciones, solo en mi habitación, tecleando palabras guiadas por las notas y la abstracción que tantas veces me ha alejado del mundo. Digamos, pues, que me he trasladado a un mundo pasado que ya no existe, un lugar ya inexistente, un sitio temporal donde yo pensaba que algún día tendría mis libros escritos y publicados, mis sueños realizados... ¡Qué ilusos podemos llegar a ser cuando somos jóvenes! Ahora años después, siendo joven todavía pero no tanto me doy cuenta y soy plenamente consciente de que todo aquello era simple humo creado por mi capacidad de volar. 

Os dejo enlace a la canción para que podáis disfrutarla en calma, sintiendo las notas del piano como gotas suaves que caen sobre vuestros tímpanos y se expanden como al tocar la superficie de un lago en quietud. Cerrad los ojos, apagad un rato la televisión, abrid las ventanas y, tumbados en el sofá, calmad la celeridad del mundo, la dureza del tiempo en su tempestad cotidiana, simplemente reconfortaos con la música, caminad de puntillas sobre las aguas que se irán formando en el transcurso de la canción y, al fin, volved al mundo preparados para seguir viviendo y soñando, porque, aunque antes haya dicho que los jóvenes crean castillos en el aire y son ilusos, nunca está de más construir lo que sea en las nubes y querer volar de vez en cuando. 



CALMA

A Luis Buñuel


¿Dónde se acaba el mar? 
¿Dónde comienza el cielo? 
¿Los barcos van flotando
o remontan el vuelo? 
Se perdió el horizonte, 
en el juego mimético 
del cielo y de las aguas. 
Se fundió el movimiento, 
en un solo color 
azul, el azul quieto. 
Se funden los colores; 
se apaga el movimiento. 
Un solo color queda; 
no existe barlovento. 
¿Dónde se acaba el mar? 
¿Dónde comienza el cielo? 

sábado, 4 de marzo de 2017

Prisiones naturales

Ahora no es el tiempo el que me impide escribir.

Ahora es la necesidad de permanecer ausente, distraído, entretenido en todo aquello que no tenga que ver con la mente, con esa voz que nos susurra cuando todo es silencio, cuando nos comunicamos con nosotros mismos en ese apartado particular de nuestra cabeza, zona de descanso, con decoración adecuada a nuestro estado de ánimo.

Ahora, precisamente ahora, cuando el silencio de otra nevada paraliza la actividad externa y, por tanto, las vías de escape, no puedo resistir la tentación de conversar conmigo mismo, con mi vocecita interna, con las palabras y el teclado de mi ordenador. Regresar aquí, al papiro de mi vida.

Y no es que no quiera venir aquí. Pues volver siempre vuelvo, aunque no siempre escriba. 
Hace un par de días, vine de nuevo a este pueblo, tras un largo puente de Andalucía que me ha sabido a mucho, si hablamos de buenos momentos, y a poco, si nos referimos a lo breve que me ha parecido. Santiago puede ser un arma de doble filo para el que no es de aquí. Primero te sorprende por su silencio, por sus tradiciones añejas, por el carácter de sus habitantes, por las intransitables carreteras repletas de curvas, ascensos, descensos, estrecheces, altos desfiladeros, bosque, mucho bosque, animales salvajes... Luego esto te produce una sensación de cárcel, de asfixia, te falta el aire literalmente, te sientes pesado, agotado y, lo que es aún peor, ves esas montañas que rodean al pueblo como barrotes naturales de una prisión, de la que te parece que nunca vas a poder escapar. Crees que irás a menudo a tu casa, que ese camino no te detendrá, pero al final desistes, porque llega de repente el frío y con él las temibles placas de hielo y la nieve y el temor a quedar aislado... Así que ante esta situación, yo he preferido permanecer alejado de mi mente, salir a pasear, quedar con compañeras del trabajo para tomar té, apuntarme a lo poco que aquí se ofrece (inglés), meterme en toda clase de proyectos, llevar varios blogs, una plataforma con mis alumnos, pensar sin cesar en actividades, ir al club de lectura, visitar aldeas, bares, hacer rutas cortas por la zona... digamos que es la necesidad de huir ,como sea, de aquí. 

Dicen que la patria de cada uno está donde esté el trabajo. Yo difiero. Creo que la patria de cada uno está donde la conversación con uno mismo no sea un peligro vital. No depende del trabajo ni de la salud ni del amor; depende de una simbiosis de esos y de muchos otros aspectos, pero sobre todo de la comodidad, de la libertad, de sentir que nada presiona tu interior. Quien lea esto puede entender que yo estoy mal aquí. No es eso exactamente. En general estoy bien, pero lo que no está bien es esa simbiosis de la que acabo de hablar. Los tres aspectos clásicos de trabajo, salud y amor están bien; si acaso la salud esté peor de lo que debería, pero nada grave, salvo el asma renacido aquí. Ahora que sin duda los otros elementos flaquean, sobre todo el de libertad. Aquí no tengo la libertad verdadera. Aquí mi forma de pensar choca de frente con las ideologías de la zona. Mi concepción del ser humano y de los animales no es la misma que la de ellos. Los roles siguen anclados en el pasado. Los animales son animales sin más, inferiores y por tanto víctimas de la muerte por caza, por pedrada... A diario oigo comentarios racistas entre los más jóvenes, incluso alguna ha alabado figuras de este país, que por fortuna ahora yacen bajo nuestros pies. Es un sinsentido absoluto. 

Ante esta situación, mientras los cielos sigan grises y las temperaturas frías, yo solo puedo soñar con el día en que alcance mi objetivo y pueda por fin no sentir que estoy en un destino que no es el mío, en un lugar en el que la naturaleza juega en mi contra, donde las montañas son muros en lugar de pasarelas y cruces de caminos. 

Por hoy, creo, ya he hablado demasiado con mi voz interna. Ahora mejor que nunca, prefiero partir al mundo de las historias narradas, envuelto en este silencio absoluto.

sábado, 21 de enero de 2017

El silencio de la nieve y la soledad en este reducto

Qué silenciosa es la nieve: cae abundante pero sin ruido. En cambio la lluvia es un zapateo flamenco, un fandango sobre el tejado y un quejío vital. 

Vivir en Santiago de la Espada está siendo un ráfaga de aire que me sacude día a día. Este sitio solo me hace recordar todo lo que añoro, lo que me resulta casi inaccesible, primero por la nieve, segundo por las carreteras de montañas estrechas y serpenteantes, inseguras, salvajes... luego por los valores que aquí distan tanto de los que imperan en mi pueblo. 

La nieve, las montañas, la frondosidad de los pinares, los barrancos, el frío intenso, las humedades, la calefacción necesaria, la rudeza, la opresión del entorno, incluso los buitres danzando sobre mi cabeza, entre tantas y tantas otras cosas, forman parte de este experiencia de este curso escolar. 

Al principio me sorprendió el silencio, interrumpido regularmente por el tañer de la campana de la iglesía. Me fascinó el sabor de la carne y el fulgor con que brillan las estrellas aquí. Mirar el cielo nocturno es hipnótico. El carácter de mis alumnos me trasladó a épocas antiguas. Pero ya lo de estos días ha sido de cuento: estar a -16 grados, ver nevar con intensidad y sin cesar, comprobar que las calles, los tejados, los árboles, todo cubierto por la nieve, resbalar con el hielo, sentir el frío siberiano, todo esto, en definitiva. Aquí es sencillo imaginar el poder de un cuento protagonizado por un lobo y una niña que confía en él. Es fácil creer que la vida es pura ficción. Y sin duda el creador de esta ficción juega a mezclar belleza con angustia, blancura con oscuridad, carreteras cortadas y laderas que sirven de pista de trineos. 

La vida este curso está siendo una prueba: superarla es crecer un poco más. La soledad aquí y la lejanía de las personas importantes de mi vida son equiparables al silencio de la nieve. Ocuparse es la clave.