martes, 3 de marzo de 2015

Lecturas

Estos días que he estado de puente los he pasado prácticamente en casa, casi sin salir, salvo para pasear a mi perrita. Lo primero que he hecho, después de desayunar, ha sido entrar en la red, navegar entre curiosos artículos, noticias asombrosas (para mí hay muchas noticias que son asombrosas y esto es algo que me gusta de mi forma de ser, ese despertar que mantiene la mente despierta y que espero no se me vaya nunca) y he escrito algo en este blog que a veces tengo tan abandonado, cosa que no me gusta tanto, pero qué vamos a hacer. 

Después de terminar la densa lectura de Como la sombra que se va, he empezado otra lectura mucho más ligera, tanto que he necesitado adaptarme de nuevo a las lecturas livianas. Me sorprende lo errático de la mente, la plasticidad de esta y comprobar, cada vez que hago este ejercicio, que cuando la cabeza se moldea a los textos complicados esta se pierde en los textos simples y viceversa. No sé si es algo que me ocurre solo a mí, que soy un ser extraño, tan extraño como el Meursault de Camus. En el fondo la mente no entiende de dificultades y facilidades, creo, sino que se adapta como el agua a su recipiente y nada más.



La novela que ocupa ahora mis tiempos de lectura es Las crónicas de Fortuna. El secreto del trapecista, de Javier Ruescas, un joven que me causa al mismo tiempo envidia e idolatría. Primero porque es más joven que yo y ya tiene ocho o nueve novelas en el mercado; segundo porque es un ejemplo de que el esfuerzo, el trabajo, saber buscarse el camino... llevan, a menudo, al éxito. La susodicha novela que leo pinta bien. Javier ha mejorado mucho en su escritura, desde que escribiera su primer libro, la historia ya me ha enganchado desde el principio. Ya veremos cómo sucede todo y si cumple con las expectativas que ya he depositado en esta novela.

En cualquier caso...

Yo venía al blog a comentaros esta tierna imagen.


Se corresponde con una foto de la madre del escritor Fernando Marías, que sujeta la última novela de este, ganador del Seix Barral Premio Biblioteca Breve 2015, "La isla del padre" cuya temática es autobiográfica y que, por alguna razón desconocida, como todas las que tienen que ver con la atracción, en este caso atracción de un lector por un libro, me ha llamado mucho la atención. No sé casi nada de la novela, no conocía al escritor. Puede que esa atracción lector-novela me haga comprarla y comprobar que esa atracción es realmente efectiva. Ni idea. Lo que sí puedo hacer es aceptar que esta imagen es deliciosa: una mujer anciana, que podría ser mi abuela, con su bata rosa, sentada en su sofá, el cual será con toda probabilidad el lugar donde pasa más tiempo, ella feliz y alegre por ver el triunfo de su hijo y, sobre todo, saber que en esa historia ganadora está su propia historia, la de su marido fallecido y la de su hijo, el escritor mismo. Feliz seguramente por el hilo que se teje alrededor de la memoria, que reavivará los recuerdos, en los que ella era joven, sin dolores, sin achaques, llena de energía. No lo sé. Intuyo, invento, narro hechos que desconozco, solo por el hecho de entretejer ficciones, esas mismas que mantienen viva mi memoria. Al fin y al cabo, la memoria no es más que un cúmulo de recuerdos que se entremezclan con las ficciones. Esta imagen me ha alegrado ya el día. Espero que a vosotros también.


domingo, 1 de marzo de 2015

Como la sombra que permanece

Ahora que termino la lectura de Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina, y me deja una sensación de desazón, no porque sea una mala novela, más bien al contrario es una novela rica, compleja, llena de profundidad e hilos entrelazados con maestría, la de un tejedor de historias que siempre me deja asombrado y que siempre hunde las agujas y los hilos de sus tramas en los más hondo de mi ser. La desazón de la que hablo es producto de haber estado en la conciencia de un asesino, de una víctima y de un escritor en sus primeros años. 



Dice A. M.M que la novela llegó a ser una verdadera obsesión. Lo creo a pies juntillas, porque yo mismo como lector me he envenenado con esa historia. Está tan bien narrado, tan bien enfocado todo. Dicen muchos lectores que no ven la relación de las historias entrelazadas entre Earl Ray, Martin Luther King y el propio Antonio Muñoz Molina. En cambio yo veo mucha relación: una obsesión. Los tres protagonistas de esta historia viven con una obsesión. Y es esa obsesión la que guía a cada uno. De hecho es esa obsesión primaria la que se convertirá en un camino, en un destino. Uno, el destino de un asesino; el otro, el destino de una víctima que terminará siendo el cambio de una sociedad, de una forma de pensar, expandida como la onda de una bomba atómica y que significará la igualdad de negros y blancos, imposible sin ese heroísmo que produce la muerte del que parece un héroe y que no habría sido posible sin el asesino, curiosamente; y el último que sin un viaje, dejando todo atrás durante unos días, no habría logrado terminar lo que después abriría las puertas del escritor famoso. 

No sé si mi interpretación no es la adecuada. No sé si es demasiado libre mi pensamiento. Lo que sí sé es que esta novela ha dejado un poso en mí que produce cierta ansiedad y cierta angustia. Es una novela a la que volveré en el futuro, pero ya con lápiz y cuaderno de notas, porque tiene entre sus líneas tesoros más allá de los literarios. 

Entretanto solo me queda iniciar otras historias que me saquen el veneno de las grandes obras, el veneno de las reflexiones, de las introspecciones propias y ajenas. Necesito leer ahora algo ligero. Esta novela me ha ocupado muchas horas y se ha alargado su lectura mucho en el tiempo y eso hace que pesen más sus palabras y su historia. Esto es algo que siempre he sentido. Cuando leo un gran libro, de esos que necesitas deglutir cada página con trabajo y paciencia, me siento muy extraño al terminar la lectura. Quizás porque he estado tanto tiempo en un mundo ajeno, que de tanto tiempo se ha vuelto un mundo casi tangible y, por ello, salir de ese mundo produce cierta desazón y estrés y pena y agotamiento.  Esa es la razón por la que suelo leer los libros con rapidez. Quiero terminarlos con la mayor celeridad posible. Necesito vivir historias pero vivirlas con intensidad y en breves espacios de tiempo, para no sufrir. ¡Qué doloroso debe ser cuando una embarazada da a luz y de repente ya no tiene en su vientre feto alguno! Doloroso porque debe sentirse un vacío extraño, aunque es cierto que tener a su bebé en brazos debe suplir mucho ese vacío. Pero, ¿Cómo se llena el vacío que produce una lectura larga? Yo solo puedo hacerlo olvidando el tema durante un tiempo y metiéndome de lleno en otra lectura que no requiera demasiado esfuerzo mental.

Como la sombra que se va, que en el fondo permanece.