domingo, 1 de marzo de 2015

Como la sombra que permanece

Ahora que termino la lectura de Como la sombra que se va, de Antonio Muñoz Molina, y me deja una sensación de desazón, no porque sea una mala novela, más bien al contrario es una novela rica, compleja, llena de profundidad e hilos entrelazados con maestría, la de un tejedor de historias que siempre me deja asombrado y que siempre hunde las agujas y los hilos de sus tramas en los más hondo de mi ser. La desazón de la que hablo es producto de haber estado en la conciencia de un asesino, de una víctima y de un escritor en sus primeros años. 



Dice A. M.M que la novela llegó a ser una verdadera obsesión. Lo creo a pies juntillas, porque yo mismo como lector me he envenenado con esa historia. Está tan bien narrado, tan bien enfocado todo. Dicen muchos lectores que no ven la relación de las historias entrelazadas entre Earl Ray, Martin Luther King y el propio Antonio Muñoz Molina. En cambio yo veo mucha relación: una obsesión. Los tres protagonistas de esta historia viven con una obsesión. Y es esa obsesión la que guía a cada uno. De hecho es esa obsesión primaria la que se convertirá en un camino, en un destino. Uno, el destino de un asesino; el otro, el destino de una víctima que terminará siendo el cambio de una sociedad, de una forma de pensar, expandida como la onda de una bomba atómica y que significará la igualdad de negros y blancos, imposible sin ese heroísmo que produce la muerte del que parece un héroe y que no habría sido posible sin el asesino, curiosamente; y el último que sin un viaje, dejando todo atrás durante unos días, no habría logrado terminar lo que después abriría las puertas del escritor famoso. 

No sé si mi interpretación no es la adecuada. No sé si es demasiado libre mi pensamiento. Lo que sí sé es que esta novela ha dejado un poso en mí que produce cierta ansiedad y cierta angustia. Es una novela a la que volveré en el futuro, pero ya con lápiz y cuaderno de notas, porque tiene entre sus líneas tesoros más allá de los literarios. 

Entretanto solo me queda iniciar otras historias que me saquen el veneno de las grandes obras, el veneno de las reflexiones, de las introspecciones propias y ajenas. Necesito leer ahora algo ligero. Esta novela me ha ocupado muchas horas y se ha alargado su lectura mucho en el tiempo y eso hace que pesen más sus palabras y su historia. Esto es algo que siempre he sentido. Cuando leo un gran libro, de esos que necesitas deglutir cada página con trabajo y paciencia, me siento muy extraño al terminar la lectura. Quizás porque he estado tanto tiempo en un mundo ajeno, que de tanto tiempo se ha vuelto un mundo casi tangible y, por ello, salir de ese mundo produce cierta desazón y estrés y pena y agotamiento.  Esa es la razón por la que suelo leer los libros con rapidez. Quiero terminarlos con la mayor celeridad posible. Necesito vivir historias pero vivirlas con intensidad y en breves espacios de tiempo, para no sufrir. ¡Qué doloroso debe ser cuando una embarazada da a luz y de repente ya no tiene en su vientre feto alguno! Doloroso porque debe sentirse un vacío extraño, aunque es cierto que tener a su bebé en brazos debe suplir mucho ese vacío. Pero, ¿Cómo se llena el vacío que produce una lectura larga? Yo solo puedo hacerlo olvidando el tema durante un tiempo y metiéndome de lleno en otra lectura que no requiera demasiado esfuerzo mental.

Como la sombra que se va, que en el fondo permanece.

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