lunes, 31 de octubre de 2011

La magia de unos versos de Ángel González

"Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho." (Á. González)


Con estas fabulosas palabras de Ángel González me he despertado. 

No despertarse en el sentido de levantarse de la cama, de salir del sueño profundo. No. Del sueño me ha desgajado una voz, con sus murmuraciones, su tono cansado y destrozado. Estas palabras me han despertado en el sentido de que me han traído de vuelta a la realidad.

Me ha puesto los pies en la realidad, en la vida. 
Porque vivir cada día es morir mucho. Solo muriendo tantas veces, uno puede ser consciente de lo que es vivir. Y yo muero a diario. Muero de sentimientos, de soledad, de preguntas, de frío. Muero en las palabras. Muero asestado por "ese viejo hierro: la memoria". La memoria afilada del pasado, de saberse vivo sin quererlo estar, del recuerdo de un árbol de tronco ancho en un patio mallorquín, de aquellos colores del pasado, del gris del presente. 

He despertado. El problema es que volveré a dormir. Y en el trance entre la vigilia y el sueño moriré una y otra vez, pero no la definitiva. Tropezaré con mis cenizas, sin saber que son mías. Observaré la luz y la sombra, sin ser capaz de descubrir lo que hay en medio. 

Releo los versos de Ángel y sufro la vorágine del universo; la sensación de ser incapaz de reflexionar: "Morir muchas veces mucho". 

Morir, efecto de vivir o no vivir.

Muchas veces, cantidad.

Mucho, intensidad.

Y todo "para vivir un año". Aquí se equivoca el poeta. Su error radica en el número. No es necesario morir muchas veces mucho para vivir un año. Es necesario para vivir un solo día morir muchas veces mucho. Un día contiene en sí mismo la duración del mundo, de la existencia, del destino, de lo que queramos.  Incluso, una hora, un minuto, un segundo, una milésima de segundo, etc.

Un día requiere de muchas intensas muertes focalizadas en una sola persona: Tú, como un yo. Un yo que perece. Perecer, fallecer, morir, pasar a otra vida, criar malvas, ir al Más Allá. 

Ir a un Más Allá para descubrir el Más Acá. 

El Más Acá: la riqueza de su existencia.

Solo cuando se visita el Hades, se puede conocer el fuego eterno, las brasas de la vida. Solo cuando uno se quema, nota que está vivo. Vivir un día, un único día, precisa infinitas muertes. La propia muerte. No una muerte penosa. La muerte del aroma del jazmín en el propio olfato. La muerte del chocolate derretido en el paladar. La muerte del mullido colchón bajo el cuerpo. El frío. La luz. La mirada de un ser puro, el infatigable perro que te observa a diario con un brillo en la mirada de completa comprensión.

La muerte para la vida. La vida para la muerte.

El despertar en su eterno sopor.

domingo, 30 de octubre de 2011

Esperanza, vete a tu puta casa

Esperanza, vete a tu puta casa,
de donde no debieras salir.
Respira las lágrimas que cada
noche me nacen aquí.

Esperanza, bruja bastarda,
anoche te escribí,
y en mis poemas te cansa
ver que no termino de sufrir.

Naciste de una garganta
de barro o no llegaste
a salir.

Dijeron que eras un mal,
que del fondo nadie
te vio partir.

Pero a mí ya no me engañas,
te siento demasiado feliz,
donde nace la vida y el latir.

Y si no te quieres marchar,
pronto llamo a la grúa del tiempo,
que sabe de mi malestar
y de mi descontento.

Regresa por el camino
marino y a tu tierra acude,
¿Acaso no escuchas los gritos de tus hijos?

Puerca, traidora, Esperanza,
la cruel y despiada,
juegas con todos y olvidas,
que el día que bajes la cabeza
allí morirás bajo el martillo,
                                        en mi venganza.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Un trozo de pan y un vaso de Montilla

Me he levantado con el extraordinario sabor del pan casero de mi amiga Victoire de Pau y el inconfundible sabor de un Montilla seco y áspero.

Recuerdo su casa rústica, justo debajo del castillo de la citada ciudad francesa, con su maravillosa cocina, tan llena de recuerdos, de elementos españoles, muebles recios, tarros de mermelada casera, pucheros; tenía todo lo que el acogimiento pueda desear, pero yo recuerdo especialmente, aquellos momentos en que llovía en el exterior y nos sentábamos alrededor de una mesa, con tapete amarillo, y conversábamos de todo un poco, como una pequeña familia, donde los rasgos sanguíneos son ciegos, por no tener nada que ver. Allí, una Karina de dulce mirada, una Anja de mejillas sonrojadas o una Eva de fabuloso cabello ondulado nos alegraban la conversación con su alegría. Estado de ánimo bañado por un buen Montilla y un plato lleno de rodajas de pan con pipas o aceitunas o incluso con ajo; un pan exquisito, que la propia Victoire hacía a diario, gracias a esa pequeña panificadora blanca situada bajo una silla. 

Victoire es la victoria misma de la vida encarnada en mujer. La emoción de un recuerdo emergido por momentos del mar del olvido. Nieve, método Bled, punaise, fil del ordenador, abrazos, "franluz" (esa mezcla de andaluz afrancesado), tarta de manzanas, Virgilio, escuela, juventud, Pierre, sopa de cebolla, confit de pato, etc. Una mujer entrañable.

Un vaso de Montilla.

Una rodaja de pan.

Me alegran tantos recuerdos.

Aunque ya no los pueda tocar.

Ajo, ajo, ajito,

entre aquellos ojos tan bonitos.

Dame la candidez de aquel sitio.

lunes, 24 de octubre de 2011

Entre Amélie Nothomb y un tema de oposiciones

Poner dos fuentes semejantes en una misma línea interrumpe todo funcionamiento. correcto del cerebro. 

Mientras leía y subrayaba un tema en francés sobre la comunicación, se me ha ocurrido la fabulosa idea de conectarme a la radio france y escuchar una entrevista que le hicieron hace unos días a Amélie Nothomb (he aprendido que la "b" final en este caso si se pronuncia). Ambas fuentes, escrita y auditiva, en francés me han bloqueado por completo y han  mandado mi concentración a la repisa del descanso. Así que no he visto mejor solución que priorizar mis intereses y aparcar el tema escrito para escuchar con atención las palabras de esta escritora excepcional.

Amélie Nothomb cuenta que sigue una rutina de trabajo muy estricta. Se levanta muy temprano y se expone a la escritura durante cuatro horas diarias. Tras lo cual se ducha; dice que en su proceso de escritura hay más trabajo físico que intelectual. Escribe casi de un tirón, así que en cuestión de semanas ya ha dado a luz a un bebé más (así habla ella de sus libros) y, por consiguiente, al año pare un total de 4 o 5 bebés, de entre los cuales expondrá tan solo uno al público; el resto quedarán relegados al olvido en una caja de zapatos. Ya nos gustaría a más de uno ser capaces de escribir un libro en cuestión de semanas. Esta mujer es una máquina.


Cuando el periodista le pregunta sobre su evolución como escritora, esta responde que no se plantea ese tipo de preguntas, pero que sí se ha percatado de que su obra tiende cada vez más hacia lo simple, lo tajante, dejando de lado el lirismo que podía aparecer en sus primeras obras. Así, compara su primer trabajo "Higiene del asesino" con el útimo, "Tuer le père" (Matar al padre), donde dice se ven dos novelas parecidas escritas de diferente forma: su evolución como autora.

En la entrevista ha hablado de muchos otros asuntos, pero sin duda estos son los que más me han llamado la atención.

También me sorprende, como siempre que la escucho, su voz, la aspereza de las eses o la rapidez de su discurso, donde las palabras pasan de atropellarse a inflarse de silencios; lo que me recuerda al ruido que producían los taquígrafos, tic-tic-tic-tic ... tic-tic-tic-tic ... tic-tic-tic-tic... 

Mientras Amélie hablaba, el tiempo ha seguido su imparable compás, la lluvía se ha tornado más ruidosa y la luz del día ha mermado a simple oscuridad y yo he visto la hora de ir a comer; tras lo cual, he decidido retomar la fuente escrita que había tenido que cortar anteriormente.

Si es que en la vida todo es agua, "los ríos que van a dar a la mar", y si no aprendemos a surtirnos del agua adecuada en cada momento nuestro propio río puede verse enturbiado.



martes, 18 de octubre de 2011

Un Ulises en Federico

"Que nadie renuncie a utilizar sus buenas cualidades", pone Ovidio en boca de Ulises en sus conocidísimas Metamorfosis.

Todos tenemos cualidades, malas y buenas.

¿Pueden ser las cualidades malas? Porque si habla de buenas cualidades, damos por hecho que hay malas cualidades. O quizás ocurra aquí lo que ocurre en todo, que las cualidades sean como las monedas, donde hay una cara A aparece enseguida una cara B, una cara y su cruz.

Cuando he leído esto me he planteado una cuestión sencilla, pero de difícil respuesta.

¿Cuáles son mis cualidades?

Podría enumerarlas. Al menos, las que los años me han ido demostrando. Primero, las que yo veo de mí mismo. Después, las que intuyo que los demás pueden ver en mí. Pero, ¿son realmente mis cualidades unas y otras? No. Mis cualidades, como las de los demás, dependen en gran medida del entorno, de los valores predefinidos y asignados en nuestra realidad, en nuestro ámbito, en nuestra cultura. Las cualidades entran en el plano de los valores y, en consecuencia, forman parte de la invención, del mundo subjetivo (Ya sé que no hay nada objetivo, que todo pasa por un sujeto y, como tal, es subjetivo; al menos desde el mismo momento en que atraviesa el cerebro). Y, por lo tanto, ¿podemos hablar de cualidades reales? Si Ulises esgrime las palabras con maestría e ingenio, ¿podemos hablar de que él posee esa cualidad? ¿O tal vez no pueda ser considerada como una cualidad? ¿Preguntad, si no, a los troyanos? Es evidente que para él era la mayor de las cualidades, pues su vida dependió en mucho de su dialéctica. Pero, para los troyanos no creo que las palabritas del Laertiada ni sus ingenios sean recordados en el Hades como una cualidad, sino más bien como la peor de sus pesadillas; y una pesadilla no es una cualidad. Al menos, no una buena cualidad. En cualquier caso, una "mala" cualidad, si esto es posible.

Imaginemos el viaje instantáneo en la línea espacio-temporal y plantemos nuestros ojos en la mano que escribe con celeridad las palabras que salen de la boca de una muchacha incapaz de tener hijos y que, acto seguido, esa misma mano cambia de papel para dar música a la naturaleza con palabras bien rimadas. ¿Me seguís? Sin duda. Este hombre de inusual maestría, también dominaba las palabras. Digamos que era una especie de Ulises contemporáneo. El marco es bien diferente. Ulises se encontraba con un obstáculo de murallas; García Lorca, aparece dentro de las murallas sin escapatoria y, al instante, cae sobre él la guadaña salida de un fusil. Su dialéctica, antes cualidad en Ulises, se vuelve contra él y lo lleva al precipicio oscuro de una fosa desaparecida; en este caso, sus palabras dejan de ser una cualidad, para convertirse en un infierno. 

Dos caras de una misma moneda.

Así que mejor no hablaré de mis cualidades ni de las de nadie; tan solo recordaré que no debo renunciar a usarlas, siempre que lo haga en mi beneficio, ¿no?

miércoles, 12 de octubre de 2011

Un poema estropeado por errores informáticos

Se ve que los avatares de la red no han querido que se publique un poema que he preparado desde el odio y cuando he cliqueado en publicar el mensaje se ha producido un error informático y he perdido el poema. Si ya se sabe que las palabras se las lleva el viento y más aún si estas son líquidas. Visto lo visto tendré que empezar a acostumbrarme a escribir primero en papel y luego pasarlo a ordenador.

"Odio tener que odiarte,
te odio por traición..."

"todos, todos, todos,
odiamos o ¿acaso no?"


Odio, odias, odia,
odian, odiáis, odiamos.
¿Qué importa el orden?
Si todos odiamos, todos
o ¿acaso no?

Algo así había escrito
con esfuerzo y suspiros
de una musa singular,
la que me ha hincado espinas
y me ha hecho gritar.
                                "¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!"

Un pedazo de zorra
que se quiere aprovechar
del tonto que se "enamora"
sin saber qué es eso de enamorar.

Odio tener que odiarte,
pero solo tú te puedes culpar.

Y ahora me callo,
porque no quiero reventar,
que el odio no trae nada bueno,
solo odio te puede brindar.

Rimas malas, más que rimas,
al fin y al cabo, ¿qué más da?
Si el mensaje quedó claro,
que todos, todos, llegamos a odiar.


Y como existen contrahechizos informáticos, no me he dejado amedrentar por la tecnología y he dado rienda suelta a las palabras, aunque esta vez me ha quedado peor, por ser escritura automática y no prefabricada como antes. Si ya sabemos que del amor y del odio nació el ser humano, como de él nació la poesía y de esta la música, para terminar hablando de lo mismo, de amor y de odio.

martes, 11 de octubre de 2011

Un largo camino

Un mes después de lo previsto comienza de nuevo mi andadura como hidalgo quijotesco, loco y con poco acierto. Los textos de leyes se despliegan en extensa alfombra y me cubren los pies de la tierra para que no me hunda. Leeré miles de rollos escritos por las autoridades. No les veré mayor uso que el que tienen. Me quebraré la cabeza buscando ser original y hacer una programación que me ayude a triunfar. No lograré nada seguro, pero siempre podré decirme que al menos no dejé de intentarlo. Cabalgaré teniendo por montura un enorme temario, que me transportará por la historia francófona, por sus artes, ritmos, gramáticas, sintaxis y hermosuras. Y, entretanto, las pupilas se me contraerán y olvidarán por momentos la realidad para mostrarme algún recuerdo de Francia, de la que no me puedo olvidar. Beberé el "Alcools" de Apollinaire. Seré el "Bel-ami" de Maupassant. Moriré durante una función como Molière en el "Malade imaginaire". Rememoraré la historia de Adriano de la mano de Yourcenar. Participaré en muchas historias ya contadas, pero que serán modificadas por mi pensamiento.

Hoy comienza mi particular era de las oposiciones.

lunes, 10 de octubre de 2011

Unos libritos esperados

A pesar de mis 25, casi 26, años no puedo sacar de mí al niño que se fascina con la fantasía. Creo, de hecho, que en mí hay más de niño que de adulto, solo hay que mirarme un poco y se nota. No puedo sacarlo, porque si lo extrajera de mí no sería nada.

De niño soñaba despierto y de adulto seguí haciéndolo. La diferencia es que los sueños son diferentes. Antes creaba. Ahora recuerdo, rememoro. Pero sigo soñando despierto, con los ojos bien abiertos, con las pupilas contraídas, con el cuerpo paralizado; todo en retrospección y ajeno a la realidad.

"Luis, ya te has quedado embobado de nuevo", me decía mi abuela cada tarde, mientras me enseñaba su cacico de leche caliente con pan migado.

Eso me pasaba cuando veía la televisión. Penetraba la puerta de otra realidad y abandonaba la existencia propiamente dicha, ya me hablaran, ya me tocaran. A veces me sigue ocurriendo.

"Si lo deseo, puedo agitar los vientos en cualquier momento. Y tú, si aprendes, también puedas llamar a la lluvia"

Niño único durante 7 años, para mí mi primo Jose fue un hermano, un cómplice en mis ensoñaciones. Y durante mucho tiempo creyó que podría hacer llover si de voluntad lo deseaba. Demostrarle que manejaba el viento a mi antojo fue una tarea demasiado sencilla: en la zona de Salobreña donde vivía, soplaban las rachas de viento casi todos los días y con una frecuencia inusitada. Solo tenía que adelantarme al viento y aclamarlo con un brazo levantado en el momento preciso. Y, por muy sorprendente que parezca, lo conseguía. Seguro que porque me había criado entre vientos.

Ahora que el viento parece dormido y que el calor no se atreve a abandonarnos, puedo anticipar que mi yo pequeño va a ser feliz temporalmente:

Entre octubre y noviembre salen tres libros que llevo esperando mucho tiempo. Libros fantasiosos y, aguardo, fantásticos.

Primero, "Donde los árboles cantan", de Laura Gallego.

Segundo, "La sombra de la luna" del ciclo de la Luna Roja de José Antonio Cotrina.

Tercero, "El temor de un hombre sabio", de Patrick Rothfuss.

¿De qué van? Pues simplemente son historias llenas de magia. Si queréis leer una sinopsis no hay más que teclear en google y leer una de las miles que hay, todas iguales, por cierto.

Rebosan amor, fantasía, aventuras, poesía, personajes entrañables, originalidad, etc. Son un compendio de magia. Y yo este tipo de magia no me la pierdo por nada del mundo.

Alimentaré el niño adulto que soy. 

miércoles, 5 de octubre de 2011

Un librero de hogaño

Mi librero es un librero de los de hoy en día, es decir, un simple vendedor que ni lee libros. 

A mi modo de ver es algo terrible, porque conozco a más de una persona que ejercería ese oficio con el placer de los libreros de antaño; un amante de las letras que sabía hablar y comportarse como las palabras de los pequeños tesoros que ofrecía; un ser capaz de reconocer en cada persona que entraba en su pequeña librería un tipo de personalidad y, por tanto, podía localizar el autor que le convendría leer, la historia que se amoldaría mejor a sus gustos y preferencias. Un librero lleno de matices, conocedor de sus reliquias.

Ahora ya no son nada. Simples vendedores.

Triste.

domingo, 2 de octubre de 2011

Platos estrellados

Una estantería rebosante de caldos de papel, recetas a las que diste forma y que luego tomaron color y saber y un intenso aroma. Viajaste a lugares inhóspitos, conquistaste menudencias internacionales y, al regresar a tu hogar, aspiraste un olor imprevisto. Palpaste su sabor y te gustó. Cocinaste con los pensamientos más inesperados, vergonzosos incluso. Pero el barco no se hizo esperar y debiste marcharte una vez más, lejos, muy lejos de la materia prima más pura. Con el tiempo, nuevas recetas surgieron. Dos de ellas, fueron tus platos estrella. Te apodaron como alguien conocido, de fama nacional y de poco te ha servido tanto plato sin mirar atrás. Creaste salsas suculentas, cremosas, picantes, sabrosas, sorprendentes. Horneaste pescados y carnes con verduras perfectamente cortadas. ¡Cuántas delicias has elaborado!

¡Cuántas!

Para vomitarlas al final.

                                      Sin más.