martes, 18 de octubre de 2011

Un Ulises en Federico

"Que nadie renuncie a utilizar sus buenas cualidades", pone Ovidio en boca de Ulises en sus conocidísimas Metamorfosis.

Todos tenemos cualidades, malas y buenas.

¿Pueden ser las cualidades malas? Porque si habla de buenas cualidades, damos por hecho que hay malas cualidades. O quizás ocurra aquí lo que ocurre en todo, que las cualidades sean como las monedas, donde hay una cara A aparece enseguida una cara B, una cara y su cruz.

Cuando he leído esto me he planteado una cuestión sencilla, pero de difícil respuesta.

¿Cuáles son mis cualidades?

Podría enumerarlas. Al menos, las que los años me han ido demostrando. Primero, las que yo veo de mí mismo. Después, las que intuyo que los demás pueden ver en mí. Pero, ¿son realmente mis cualidades unas y otras? No. Mis cualidades, como las de los demás, dependen en gran medida del entorno, de los valores predefinidos y asignados en nuestra realidad, en nuestro ámbito, en nuestra cultura. Las cualidades entran en el plano de los valores y, en consecuencia, forman parte de la invención, del mundo subjetivo (Ya sé que no hay nada objetivo, que todo pasa por un sujeto y, como tal, es subjetivo; al menos desde el mismo momento en que atraviesa el cerebro). Y, por lo tanto, ¿podemos hablar de cualidades reales? Si Ulises esgrime las palabras con maestría e ingenio, ¿podemos hablar de que él posee esa cualidad? ¿O tal vez no pueda ser considerada como una cualidad? ¿Preguntad, si no, a los troyanos? Es evidente que para él era la mayor de las cualidades, pues su vida dependió en mucho de su dialéctica. Pero, para los troyanos no creo que las palabritas del Laertiada ni sus ingenios sean recordados en el Hades como una cualidad, sino más bien como la peor de sus pesadillas; y una pesadilla no es una cualidad. Al menos, no una buena cualidad. En cualquier caso, una "mala" cualidad, si esto es posible.

Imaginemos el viaje instantáneo en la línea espacio-temporal y plantemos nuestros ojos en la mano que escribe con celeridad las palabras que salen de la boca de una muchacha incapaz de tener hijos y que, acto seguido, esa misma mano cambia de papel para dar música a la naturaleza con palabras bien rimadas. ¿Me seguís? Sin duda. Este hombre de inusual maestría, también dominaba las palabras. Digamos que era una especie de Ulises contemporáneo. El marco es bien diferente. Ulises se encontraba con un obstáculo de murallas; García Lorca, aparece dentro de las murallas sin escapatoria y, al instante, cae sobre él la guadaña salida de un fusil. Su dialéctica, antes cualidad en Ulises, se vuelve contra él y lo lleva al precipicio oscuro de una fosa desaparecida; en este caso, sus palabras dejan de ser una cualidad, para convertirse en un infierno. 

Dos caras de una misma moneda.

Así que mejor no hablaré de mis cualidades ni de las de nadie; tan solo recordaré que no debo renunciar a usarlas, siempre que lo haga en mi beneficio, ¿no?

No hay comentarios:

Publicar un comentario