lunes, 22 de diciembre de 2014

Feliz Navidad

Estoy sorprendido de mí mismo. Hace años que no me gusta la navidad ni su falso espíritu navideño. Y fijaos por dónde, voy y me paso más de dos semanas haciendo cosas navideñas en el instituto. Incluso he vuelto a escribir un cuento más de Navidad. Este tipo de acciones es el que me hace extraño a mí mismo, a mi forma de actuar a veces. 

Tal vez lo único que me lleva a escribir el cuento de Navidad sea el hecho de que hay cierta magia en la temática. No sé.

El otro día en clase me hicieron leer el cuento de este año que encontráis en el post anterior. Me vi poseído por Papá Noel y Mamá Noel, pero no solo eso, también me poseyó mi propio espíritu infantil, ese de un niño que adoraba la Navidad, que se acostaba temprano para que llegara con rapidez la mañana del 25 y bajaba las escaleras deseoso de ver lo que le habían dejado debajo del árbol. Ese niño está tan vivo en mí que puedo ver y sentir lo que ocurría hace ya tanto tiempo. Noto el frío del suelo, porque siempre iba descalzo por la casa, descubro el ruido que producían mis pasos por las escaleras o el tintineo de las barras de las escaleras que resonaban al tacto de los dedos, y hasta incluso puedo verme cruzando el arco que daba acceso al salón y aquella luz anaranjada que iluminaba con suavidad la estancia. La memoria en esto no me falla nunca. He sido un niño feliz. 

Homer Simpson es un representante del espíritu realmente importante: el eterno niño.

La Navidad para un niño occidental es un momento ideal. Parece como si estuviera hecho a su medida. Por eso me sorprende tanto que en mí haya desaparecido casi por completo ese amor a esta época. Saber que no existía Papá Noel ni los Reyes Magos no fue realmente perjudicial para mi ilusión navideña; fue un hecho más sin importancia. Lo que de verdad mató mis Navidades fue la acumulación de deberes y trabajos que me impedían disfrutar y descansar. De hecho cuando pienso en Navidad lo normal no es que me asalte, de primeras, esa imagen de mi yo infantil bajando al salón para ver los regalos con ilusión, sino muy al contrario me veo a mí mismo haciendo deberes o trabajos en casa de mi abuela mientras el resto disfrutaba. Por eso cuando me decían madres o alumnos si les iba a mandar deberes para esta Navidad les dije que no. La Navidad es momento de descanso y relax. No hay que mezclar el trabajo con las vacaciones, si no se acaban envenenando mutuamente. Y no quiero que luego me recuerden como un causante más de la muerte de su espíritu navideño o simplemente de sus vacaciones.

Sabéis, lo bueno es que he conseguido salvar a mi yo pequeño gracias a la lectura. Creo que esa es la razón de que siga escribiendo cuentos navideños o cante villancicos o incluso me guste hacer postales navideñas con los alumnos. 

Ay, cuánto le debo yo a la literatura. Cuánto.

Feliz Navidad, lectores.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Mamá Noel también reparte regalos

Aquella noche la fábrica estaba en pleno funcionamiento y la chimenea calentaba gracias a su fuego bien alimentado. Falta hacía, porque el invierno parecía haberse adelantado y fuera de la fábrica el marrón otoñal había tornado blanco puro de tanta nieve que había caído las últimas semanas. Todos iban acelerados, unos empaquetaban videoconsolas, otros peluches y muñecas, alguno, de tanto juguete que había, ya no sabía muy bien lo que hacía, simplemente se dejaba llevar por la costumbre de meter regalos en bonitas cajas de cartón o de envolverlo todo en colorido papel. Todos, en definitiva, sabían lo que hacían porque sus manos funcionaban solas, al ritmo de canciones cargadas de dulces melodías y mensajes agradables.

Entró en la sala un señor mayor con cierta obesidad y una barba blanca destacable. Cualquiera podría reconocerlo. Era Papá Noel, un ser entrañable, con una energía poco propia de alguien con su edad. Se movía con soltura entre sus duendes y comprobaba que todo estaba como debía estar. Miraba los juguetes y todo parecía estar en orden. Se sentía feliz. Cada año a estas alturas estaba contento porque al fin llegaba su noche, que aunque muy trabajadora e incluso estresante porque debía repartir tantos regalos en tan poco tiempo que ni sus poderes sobrenaturales hacían del trabajo algo ameno. De hecho, lo que hacía que aquello mereciera cualquier esfuerzo era el resultado, esa sensación de hacer feliz a los demás, a adultos y pequeños. 

- Muy bien, chicos. ¡Qué orgulloso estoy de vuestro excelente trabajo! Con vosotros no hay duda de que todo va a salir perfecto -los animaba con bonitas palabras que le salían del corazón.

Papá Noel llegó a la parte superior de la fábrica, donde se encontraba su despacho. Allí abrió las puertas del balcón que daba al mundo y se asomó respirando profundamente el frío aire. Aquello lo rejuvenecía. A sus ojos veía un manto de luces que no eran estrellas sino las luces de las ciudades tan variadas y luminosas en estas fechas. Alguna vez había pensado en aquellos tiempos en que no existía la luz artificial, cuando las ciudades eran oscuras y sentía cierta tristeza porque aquello le recordaba a su infancia. Porque no olvidemos que Papá Noel fue también niño una vez. Ocurre que ya nadie lo recuerda y él trata de no hablar demasiado de eso porque solo quiere aportar felicidad y no perder el tiempo recordando su pasado. 

Por alguna razón ahora Papá Noel se veía inundado de malos sentimientos: ansiedad, pena, tristeza. No era el recuerdo; eran aquellos sentimientos que flotaban en el mundo y que estaba aspirando. Volvió a entrar en su despacho y cerró las puertas. Acto seguido se dejó caer en su sillón enfrente de la chimenea, dejando que el calor positivo producido por aquellos troncos especiales le reconfortara. Papá Noel no podía dejarse vencer por los tiempos de tristeza que desbordaban el mundo de hoy en día. La crisis, los conflictos armados, los desahucios, los abusos, los malos tratos, las enfermedades, pero sobre todo, el tedio habían alcanzado niveles preocupantes. Él debería tratar de remediar tanta negatividad con su espíritu navideño, que desde siempre le había dado tan buenos resultados, aunque solo fueran temporales. En cambio, ahora por alguna razón había algo que se había roto en su interior.

Papá Noel estaba mal y el calor de su chimenea no le devolvía su felicidad. Esto no había sucedido nunca. Tocaron en su puerta y una señora de enormes ojos azules asomó la cabeza por la ranura de la puerta. Era Mamá Noel, la mujer de Papá Noel. Entró con una bandeja de suculentas magdalenas. Las había de todos los colores y sabores. Tarareaba una canción muy melodiosa y, al ver la mirada apagada de su marido, se calló. 

- Cariño, ¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? -preguntó ella preocupada. Por primera vez en su vida veía así a su marido. 

Papá Noel no contestó. Estaba cansado. Su blanca piel palideció y su cuerpo permanecía extendido como una piel de oso en el sillón. Mamá Noel llamó a los duendecillos para que lo llevaran a su cama. Aquello no era normal. 

Tumbado en su camastro, Papá Noel cayó en un profundo e inexplicable sueño. Mamá Noel asustada trataba de devolver a su marido el color y animarlo. Le pasaba paños de agua templada por la cara y le daba besos en la frente, como hace una madre a sus hijos recién dormidos. Pero no parecía cambiar la situación.

Como la fábrica tenía que seguir funcionando para que diera tiempo a preparar todo para la noche siguiente, Mamá Noel salió de la habitación y, a pesar de su estado de sorpresa y desorientación, empezó a poner aquello en marcha.

- Vamos, duendes míos, luces de esperanza, no podemos dejar que el mundo se hunda. Hay que ponerse manos a la obra para que todo esté listo. Nos esperan horas difíciles, pero podemos y vamos a conseguirlo. Por Papá Noel debemos lograrlo. 

Todos dejaron de mirar la habitación de Papá Noel y, bajo el influjo de la dulce y vivaracha voz de Mamá Noel, se pusieron manos a la obra. Tras comprobar que todo estaba de nuevo en funcionamiento, volvió con su marido. ¿Qué podía haber desatado ese estado en él? Era normal que a su edad aparecieran ciertos achaques. Era normal a lo largo del año. Pero nunca jamás había pasado en Navidad. El espíritu navideño lo protegía de todo. ¿Qué estaría pasando? Esa pregunta no la dejaba pensar.

¿Qué pasaba? ¿Qué pasaba?¿Qué pasaba?

Pasaron las horas y no había cambiado nada. No había mejoría. Mamá Noel se tumbó con su marido y lo apretó contra ella. Cerró los ojos y descansó un poco. Necesitaba recuperarse de la sorpresa y, aunque el sueño rara vez llega tras un momento de choque, ella logró dormir unas horas.

Fuera el trabajo de los inagotables duendes siguió a ritmo acelerado. Encendieron las velas de los buenos sentimientos antes de tiempo, con la esperanza de que quizás Papá Noel mejorara con su aroma revitalizante. Nada sucedió. Solo lo que tenía que ocurrir, como cada año. La felicidad se expandió por el mundo como la ola de un tsunami. Todos esperaban que llegara la noche.

Y la noche llegó, con su estrella fugaz, las cenas copiosas y el maravilloso sentimiento que bloquea todos los problemas del mundo.

Pero Papá Noel no despertaba de su sueño. Ni nada presagiaba que lo hiciera.

- Yo repartiré los regalos -decidió Mamá Noel.- No podemos cargarnos la Navidad nosotros. Papá Noel no se lo perdonaría a sí mismo. Si él no puede repartir felicidad, seré yo. Duendes míos, criaturas de la bondad, preparadme el trineo y el saco mágico. Esta noche Mamá Noel reparte espíritu navideño. 

Y con esto pronto salía del porche de la fábrica de Pandora un trineo cargado de regalos, de buenos sentimientos, con una tripulante nueva. 

La noche fue corta, como todas las noches del 24 de diciembre. Aunque costó mucho alegrar todos los corazones, atenazados y destrozados de tanto tedio, Mamá Noel hizo un trabajo impecable y aquella noche todos durmieron henchidos de alegría.

Cuando salían los primeros rayos de sol, Mamá Noel ya había regresado a casa. Tenía el estómago lleno de tanto mantecado y, aunque no quería admitirlo, algo borrachilla estaba, producto de sus sorbitos a vasos de anís que reposaban bajo todos los árboles de Navidad. 

Nada más bajar de su trineo, se dirigió con ayuda de los duendes al dormitorio. Allí Papá Noel estaba ya despierto bostezando. Tenía cara de no saber muy bien lo que pasaba. Le sorprendió ver a su mujer en ese estado de borrachera. 

Cuando le contaron su repentino mal estado y que la noche de Navidad había ya pasado, Papá Noel lloró, porque por primera vez en toda su existencia había perdido la noche que le daba sentido a su vida. No obstante, se alegró de que su mujer hubiera actuado como lo hizo. Sin ella, la Navidad no habría sido posible. 

Desde entonces la Navidad nunca volvió a ser igual. El trabajo del reparto mejoró mucho, porque desde aquella noche Papá Noel ya no repartía los regalos solo, sino que siempre iba acompañado de su mujer. Juntos el camino se hizo más sencillo, como suele suceder cuando se comparten las tareas. Papá Noel no enfermó más, pero siempre se preguntaría sobre la causa que se cernió sobre él aquella Navidad. La única respuesta que se le ocurría era la inmensa pena que abarcaba el mundo. Tantas penurias le sobrepasaron y por una vez no pudo soportarlo. Debió ser eso. Nunca se sabrá con seguridad. Lo que sí se sabrá es que su mujer era tan válida como él o incluso más. Eso le reconfortó. Ahora era más feliz.

Y cada noche de Navidad sería distinta. Una noche mágica.


sábado, 13 de diciembre de 2014

Todo lo malo tiene correspondiente bueno

"Hallaré cobijo donde me halle la tormenta." Horacio

Tomada esta sentencia al pie de la letra es muy real. ¿Cuántas veces no nos hemos encontrado por la calle sin paraguas y el cielo ha desplegado sobre nosotros un mar de lluvia? ¿Y cuántas veces igualmente hemos hallado un techo donde guarecernos de la lluvia? Es impresionante que por instinto siempre buscamos un sitio donde cubrirnos de las inclemencias del tiempo. ¿Supervivencia? Debe ser eso. 

Tengo un defecto o una virtud y es que soy incapaz de concentrarme en un único asunto. Esto ya lo sabía pero lo olvido a menudo. El otro día me di cuenta de nuevo de que tal vez debería mejorar este aspecto. En cualquier caso, más de una vez me he sorprendido a mí mismo huyendo de la lluvia y tratando de buscar un lugar donde no mojarme y, curiosamente, a la vez estaba reflexionando sobre el porqué de esa huída, por qué no quedarse bajo la lluvia y disfrutar de la relajación, de la naturaleza viva, de la calma y la tranquilidad que la lluvia cual ducha natural proporciona. Es evidente que la razón se encuentra en el hecho de que mojarse bajo la lluvia y con el frío que la acompaña equivale a resfriarse al poco tiempo. Es por tanto supervivencia. Quizás sea remediar un posible resfriado lo que vale para nuestro instinto más que el estrés que produce buscar un lugar donde refugiarse.

En fin, matices sin más de lo puramente enigmático de la naturaleza, la humana también.

Desde un punto metafórico es, por igual, una idea muy cierta. ¿Qué sucede cuando vienen los problemas, las tormentas humanas, los efectos de decisiones propias o ajenas? Ocurre lo que ha de ocurrir, que todo se desestabiliza, resbalamos, nos llevamos un golpe más o menos potente y nos quedamos perdidos y sin saber muy bien cómo actuar, analizando todo cuanto nos pasa por delante. Esa tormenta es repetitiva, como cualquier tormenta, y de ella siempre salimos más o menos vivos, porque nuestro instinto nos lleva a buscar una solución, algo que nos guía hacia adelante, más que nada porque hacia atrás temporalmente no podemos ir, al menos hasta que no inventen una máquina del tiempo; cosa que dudo mucho. La única máquina del tiempo es la memoria y su poder es limitado y en muchas ocasiones falso poder, porque ese pasado rara vez es completo y tal cual ocurrió.

Como deducimos de la sentencia de Horacio, tenemos que mantener una cierta esperanza frente a los malos momentos y a los problemas, siempre hallaremos un cobijo físico o abstracto. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

El mar del olvido

Hoy ha fallecido un mito, la duquesa de Alba. A pesar de su edad, no me esperaba tal acontecimiento, quizás porque era una mujer muy fuerte y con unas ganas de vivir dignas de admiración; algo normal si uno posee todo lo que desea, como le ocurría a ella. Tenía todo menos la juventud y en esto entramos en los tópicos literarios de la amada juventud y de la fugacidad del tiempo. Toda su fortuna, todos sus títulos nobiliarios y todas sus tierras no le han servido de nada, porque la muerte llega a todos por muy Grande de España que seas. Porque "allegados son iguales los que viven por sus manos y los ricos..."

Qué poca cosa somos. 

Llego de nuevo a esta conclusión, como tantas otras veces, pero no solo por la muerte que nos acecha en cada esquina, sino también y sobre todo por la exposición de momias que he tenido la suerte de ver en el Parque de las ciencias de Granada. Cuando uno se encuentra enfrente de momias siente escalofríos y un mar de dudas le inunda y revuelve toda la realidad. Cuando uno ve momias ve muertos que han quedado detenidos un poco en el tiempo; digo un poco porque no escapan del todo, pues se ve el deterioro en cada poro acartonado. En esas momias vi decrepitud, piel que parecía de pata de jamón o de tocino ahumado y vi piel que parecía corteza de árbol y arena de desierto. Somos polvo. Tenían razón. ¡Qué terror! En ese momento estaba mirando con detenimiento a seres humanos que una vez tuvieron una historia, tuvieron voz, seres queridos y seres odiados, miedos, tragedias. En ellos había peinados paralizados en el tiempo, poses detenidas. ¿Qué somos? 

Somos nada.

Tengo que reconocer que en mi vida hay dos momentos muy relevantes relacionados con la fractura que produce incomprensión de la realidad: uno fue cuando miré a los ojos a un chimpancé, como ya relaté una vez en un post de este blog, y otro es esa exposición de momias. Desde entonces no soy el mismo por dentro. Me noto desorientado. 

Sin brújula más allá de la certeza de que no somos nada. Tampoco tenemos que serlo, ¿no? 

En cualquier caso, os recomiendo visitar esta exposición de momias del mundo. De la duquesa solo decir que ojalá más de uno tuviera la suerte que ella ha tenido, a pesar de sus tragedias personales.

Otra cuestión que sale a la superficie es ¿de qué sirve tanto esfuerzo, tanto trabajo para lograr algo en la vida? No es más que un simple velo tupido que ha corrido la humanidad para tenernos entretenidos con algo. Llegar a ser alguien, dicen, y lo que realmente quieren decir es que te entretengas jugando al juego de la vida que nos hemos montado los humanos, perdidos con misterios de la vida, reglas absurdas a veces, diversiones varias, rituales, política, dinero, guerra, paz, nacionalismos sin sentido y demás hechos de origen humano. A fin de cuentas nos vamos a morir todos, como suelen decir los enganchados al tabaco cuando le dicen que el tabaco mata. "Total, de algo hay que morirse."

Como profesor, me planteo los motivos de peso que puedo blandir para convencer a mis alumnos de que hay que aprender a trabajar para llegar a ser alguien, para alcanzar unos objetivos que los hagan más felices, y no encuentro nada realmente importante, puesto que al final acabo desembocando en la idea de que el mar del olvido nos va a ahogar a todos en un momento dado, más o menos cercano o lejano. Y, no obstante, sé que debo convencerlos, porque la vida al menos tiene cosas bonitas y hay que vivirlas todas. No hay que ser alguien, eso ya viene dado al nacer y se nos roba al morir por completo cuando ya nadie nos recuerda.

Así pues, vivid, no queda otra.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Exclusión

No sé si lo he dicho, pero en el instituto en que trabajo la mayoría del alumnado es gitano o marroquí. Desde que estoy con ellos cada vez los comprendo mejor. No porque ellos se hayan quejado de algo en concreto, salvo de que tienen que venir al instituto, cosa que no me sorprende, quizás porque eso mismo ocurre en cualquier centro de nuestro país, si acaso no de todos. Los comprendo porque cada vez conozco mejor su contexto, los conozco a ellos y descubro el cariño y la humanidad que hay bajo el escudo de callosidades de unos niños que se enfrentan a diario a una realidad más dura que la de otros. Lo que no entiendo es cómo después de seis años en el sistema escolar no han adquirido ciertos hábitos básicos. Sin duda la educación primaria es un fracaso en este caso concreto; en el resto de lugares no puedo aseverarlo. 

Cambiando un poco de tema. Concretemos.

Además de francés y sociales, imparto la asignatura de Atención Educativa.

En Atención educativa, lo que antes era alternativa a la religión, al principio no sabía muy bien qué hacer, porque no es una asignatura evaluable ni tiene un contenido concreto. Manejar a los alumnos en ese contexto es muy complicado, por lo que decidí que lo mejor era utilizar esa asignatura para ver películas entretenidas y con cierta reflexión. Las distopías están siendo todo un éxito; se callan, miran la pantalla con atención y me preguntan a menudo porque la realidad que ven en la pantalla es chocante, por distinta a nuestro mundo. Siento que al menos algo está calando en ellos, como el agua que penetra la roca y acaba formando magníficas cuevas. Explicaciones aparte, ayer mientras veíamos una de estas películas me vi de repente mirando la pantalla y mirándolos a ellos, como un disco que se queda atascado en una palabra de la canción. Me quedé pensando lo difícil que tiene que ser no encontrar en esas películas ningún personaje gitano, ningún personaje que me represente, ningún modelo; en definitiva, carecer de un personaje con el que identificarme. Solo recuerdo personajes gitanos en series españolas y siempre estereotipados por completo. ¿No es esto un reflejo de la sociedad? Si no hay inclusión real no se puede cambiar el mundo. Cuando algo está excluido los problemas no se arreglan y el aceite sigue separado del agua sin remedio. Esta metáfora no es apropiada, porque el aceite nunca podrá mezclarse con el agua y los excluidos siempre pueden incluirse. ¿Lo conseguiremos alguna vez? En cualquier caso, cualquiera de nosotros puede verse reflejado porque hay semejantes a nosotros y, de todos esos modelos, podemos llegar a imitarlos.

No sé muy bien lo que digo. Parece que es una tontería, pero yo creo que es un asunto relevante que deberíamos solucionar. Todos alguna vez queremos ser protagonistas de una historia con final feliz.


martes, 11 de noviembre de 2014

Todo sirve para algo

Dicen que el francés no sirve para nada. Pues mira por dónde ahora mismo acabo de leer que una amiga mía sin estudios, que lleva dos años en situación de desempleo, ha recibido una oferta de trabajo con un buen sueldo para trabajar de limpiadora y ama de llaves en Quebec, donde la lengua principal hablada es el francés, y resulta que esta chica tiene que rechazarla porque no sabe francés. Ahora se lamenta porque cuando estaba en el instituto siempre prefirió elegir otro tipo de asignaturas, en las que era más sencillo aprobar. 

No me alegro en absoluto de esta situación de mi amiga. Para nada. De hecho me gustaría que fuera capaz de lanzarse a la aventura y que, a pesar de su miedo a las alturas y al avión, el idioma no fuera un obstáculo, puesto que a fin de cuentas si rechaza el trabajo por no saber francés sigue cayendo en el error de no ser capaz de enfrentarse a aprender un nuevo idioma. 

Hoy mismo cuando mis alumnos me preguntaban por la utilidad del francés, les respondí que no hay saber que no sea útil y, por supuesto, aprender un idioma es dotarse de un puente hacia mayores posibilidades. Alguno quiso llevarme la contraria pero al final no lo hizo. Me habría gustado que lo hubiera hecho, porque de ello se habría desatado un pequeño debate interesante. El caso es que precisamente hoy he querido demostrarles lo cercano que es el francés. Hemos hecho unos ejercicios de comprensión auditiva muy interactivos y atractivos y se han sorprendido muy gratamente al comprobar que eran capaces de comprender y responder muy bien. Han visto que no llevan razón cuando me dicen que el inglés es más sencillo, porque llevan estudiándolo muchos años y son incapaces de entender un listening; en cambio en francés entendían bien, a pesar de haber estudiado solo 8 horas en su vida.

Con todo, solo quiero recalcar que aprender es un ejercicio duro pero a la vez muy gratificante y necesario para los tiempos que corren. Cuando soplan malos tiempos no hay nada mejor que adquirir saber y hacerse con material oportuno para luego construir una buena fortaleza que ayude a resistir. 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Asuntos variados

Parece que por fin ha llegado el frío.  Tenía ya ganas. No era normal este calor tan entrado ya el otoño. Al final va a ser verdad el cambio climático y casi nadie es todavía consciente de lo que nos espera. Somos caperucitas que hablan con cualquier lobo y le da todos los detalles que necesita para localizarnos y asesinarnos. En nuestro caso no significa que el lobo nos aceche y le ayudemos, pero no está muy lejos de la realidad.  Sabemos que se aproximan cambios, grandes modificaciones de lo que ha sido hasta no hace mucho normal. Los casquetes polares se derriten y el tiempo se ha vuelto más loco que nunca y con una virulencia destacable. Pero nosotros seguimos igual, sin preocuparnos demasiado.

Qué más da todo, ¿no? (Esto me recuerda a aquellas personas que dan todo por perdido sin haber intentado rescatar nada, sin haber buscado la aguja en el pajar.)

Inciso: Qué maravilloso es el idioma, con una sola palabra estalla todo un mensaje.  Ese "¿no?" tiene un potencial relevante. Es difícil traducirlo porque en español es muy poderoso.

Inciso aparte y dejando atrás el cambio climático, ayer me pasó una cosa de esas que te dejan con la boca abierta. Estaba tomando un café durante el recreo y se acercó el mismo hombre de cada día tratando de vender colonias. Normalmente nos pregunta si queremos comprarle algo, en cambio ayer nos dio una charla sobre la bondad, el arte, la capacidad de saber disfrutar de lo bello, la necesidad de poder dormir bien porque no se ha actuado con mala intención... Era todo un maestro de la oratoria. Os aseguro que me tuvo enganchado a su discurso todo el tiempo. Era un ejemplo de saber ir contracorriente.  El señor en cuestión vive en un barrio en el que no se valora demasiado el esfuerzo, porque parece que todo el mundo da por perdido todo. Ahí hay mucho que prefiere vivir vendiendo droga. De hecho no hay familia que no tenga algún pariente en la cárcel.  Es triste, porque son buenas personas. Podrían hacer mucho más.  Creo que no se valoran lo suficiente.  Ese hombre es la antítesis de los valores que rigen el barrio. Es un señor con ganas de ganarse el sustento dentro de la legalidad.  Dice que pinta, así que me anoto mentalmente que debo pedirle que me enseñe sus cuadros. Tal vez perfumes no compre, por muy asqueroso que huela todo en el mundo, pero nunca se sabe si un cuadro sí le podría comprar. También estuve pensando en que quizás podría dar una charla a los niños de mi tutoría. No sé. Ya se verá. 

jueves, 23 de octubre de 2014

Un pequeño recuerdo

Cuando era pequeño en Salobreña, mi pueblo natal, llovía ceniza del cielo. Tengo grabado en la memoria la imagen de copos de ceniza negra posándose sobre mi antebrazo. Curiosa imagen que al mudarme de pueblo nunca más se ha vuelto a repetir, porque en ningún otro sitio existe esa lluvia de ceniza, ni siquiera en la misma Salobreña ahora. La ceniza provenía de la zafra de la caña de azúcar que antes cubría toda la vega de la costa tropical de Granada. Cañas que vinieron a manos de los árabes y que luego fue llevada a Cuba. Caña de azúcar que después de tantos siglos dejó de ser interesante a nivel económico y la Unión Europea decidió eliminar de la zona. 

Mi infancia es un mar de espuma blanca y un mar de caña de azúcar verde brillante. Mi infancia era una lluvia de ceniza.

Otra imagen que no se me ha borrado es la primera vez que vi nevar. Es exactamente igual que la de la primera vez que vi llover ceniza, a saber un copo de nieva posándose sobre mi antebrazo. 

Me dicen que le doy mucha importancia a los recuerdos y al pasado. Recuerdos como estos forman parte del pilar que justifica esa pasión que tengo por el pasado y por los recuerdos. Hay gente que es de pasado, gente que solo valora el presente (que yo califico de continuo pasado) y personas que miran más hacia el futuro (que yo valoro menos porque es hipotético y siempre está pendiente de ser construido). En cualquier caso, cada uno debe buscar los pequeños placeres, vengan estos del pasado, el presente, el futuro o cualquiera de ellos. 


martes, 21 de octubre de 2014

Coñazo de marcas

Otra vez más. Esto ya parece una broma. Esta mañana de nuevo tenía una rueda del coche desinflada. Este año es la cuarta vez que me ocurre. Las ruedas son Michelin, lo que se supone es una marca importante en neumáticos. Durante todos estos años son los terceros neumáticos que he tenido. Las ruedas que venían de fábrica eran buenas y tuve que cambiarlas por el desgaste, algo que es lógico. Luego tuve unos neumáticos baratos, que no me dieron ningún problema; jamás se pincharon ni me los encontré desinflados. El único inconveniente era que no agarraban a la calzada tanto como los primeros o los de ahora. Hace dos años decidí cambiarlos por otros mejores que no deslizaran cuando caían cuatro gotas. 

Y qué mala elección.

Escribo para desahogarme un poco. Me parece increíble que unos neumáticos más caros y mejores me estén dando tantos problemas. A este paso voy a desarrollar algún tipo de locura relacionada con el temor a encontrarme las ruedas mal y tener que llegar tarde a cualquier sitio. 

De esto extraigo de nuevo la misma conclusión: las marcas registradas no son mejores que las marcas blancas. Lo único que estás pagando es una marca, una supuesta calidad. A la larga esa marca sale de pésima calidad y tu dinero toma más valor todavía, porque lo has malgastado.

Me ha pasado lo mismo con unas gafas que me compré hace unos años. Calvin Klein se supone que es buena marca. Buscaba calidad en unas gafas, puesto que es algo que utilizo a diario y que necesito por salud, por tanto es una inversión lógica. Bueno, pues me gasté una suma importante para mí, más aún cuando hay gafas que te las puedes comprar por menos de 70 euros, y me han durado las gafas muy poco tiempo, se les ha ido todo el color a la montura, se ensuciaban muchísimo y cada vez eran menos cómodas. En definitiva, otro chasco con las marcas. 

Mejor gastarse menos y al menos si se rompe no duele tanto.


sábado, 18 de octubre de 2014

¡Maestro!

Hay una especie de suerte en los acontecimientos a veces. Con los años me he vuelto un descreído en casi todo. ¿Existen las casualidades? ¿Son producto de algo lógico? Hace dos semanas, cuando ya no podía más soportar el estrés de estar en el hotel y con la posible llamada de la delegación decidí que necesitaba que me pararan mi contrato. Por una vez pudo más mi impulso salvaje que mi mente y por una vez me salió la cosa mejor de lo que yo podría haber esperado. A la mañana siguiente y casi sin poder dormir, después de haber trabajo por la noche el día anterior, entre los ladridos de mi perrita y el ruido de la vida cotidiana, me llamaron para una sustitución voluntaria que, por puro instinto, rechacé y ¡qué fortuna la mía haberlo hecho! Al día siguiente, mientras conducía, sonó mi teléfono, me aparqué con fugacidad en el andén de la carretera y aquella voz femenina me daba el mensaje que tanto he esperado durante años. 

Una vacante para todo el curso por una jubilación.

Sí, amigos, he vuelto a pisar las aulas y ser llamado "maestro". ¿Soy maestro de algo? Ahora que han pasado dos semanas me siento raro porque no me hago a la idea de que soy profe de nuevo, tutor de un grupo de demonios y aprendiz de un nuevo oficio que me nace por pura naturaleza. 

Trabajo en un instituto de difícil desempeño, lo que significa que se hace muy dura la enseñanza. Ya he empezado a tener dolores de garganta, porque tengo que elevar mucho el tono de voz, y me cuesta mucho esfuerzo mantener el orden en las clases. Son inquietos, malhablados, chillan, escupen, no traen el material, faltan mucho a clase, no quieren nunca trabajar. Tengo mucho trabajo por delante en cuanto a disciplina, pero lo más importante es que estoy feliz. Estoy ante un reto importante. Si al menos consigo que aprendan algo, si logro instalar en ellos un poco de entusiasmo, ya me daré por satisfecho. Por lo pronto, hay ya niños que empiezan a ver el francés como una asignatura divertida y muestran interés. Tienen muy buen oído, casi todos cantan bien, tienen un sentido del ritmo del que yo carezco, hablan gesticulando mucho. Son criaturas nacidas con arte y salero. Mis clases deben tener su mismo arte para que vayamos en una misma senda. 

Estoy muy contento. Estoy feliz. En dos semanas he aprendido mucho y ya llevo un sinfín de experiencias y anécdotas. 

Llevaba mucho sin pasar por aquí precisamente por este motivo. Estoy adaptándome a esta nueva etapa. Por si fuera poco, me ofrecieron unirme a un grupo de profesores que tratan de reflexionar y poner a prueba un método de pedagogía por proyectos. Espero que pueda aportar alguna idea nueva y que con trabajo y empeño entre todos logremos hacer que las criaturas del contoneo y el cante hondo pongan sus pies en una vía un poco más adecentada.

Sé que a muchos no os interesa esto que estoy contando. Me hacía ilusión poneros al día de mi situación actual. 

Me dijeron que este instituto es muy duro. Tenían razón. Me dijeron que los profesores serían únicos y llenos de alegría. No se equivocaban. Me siento en una pequeña familia que me cuida y me ayuda mucho. Eso es muy positivo. 

Mis dudas diarias sobre mis clases son las siguientes, quizás podáis aportarme alguna idea:

- Los niños no muestran ningún interés por nada y las familias son unas despreocupadas. ¿Cómo atraigo su atención y les ayudo a encontrar motivación?

- No saben lo que es disciplina. Cuando trato de educarlos y enseñarles modales hacen oídos sordos. No se mantienen sentados, hablan a gritos, no hacen caso de mis instrucciones... ¿Cómo combato este problema? Dicen que es importante mantenerlos distraídos con mucho trabajo, ser rígidos... He pensado en establecer un cuadro donde semanalmente se exponga el alumno de la semana o hacer un cuadro donde se establezca cómo ha sido el comportamiento de cada alumno con los puntos que tienen que mejorar, etc. Me da que estas ideas no van a servir de nada, como tampoco el hecho de que intento hacerme con el líder de la clase, porque hay demasiados. Intento ser duro pero por naturaleza soy blando y amable. Hasta ahora en la vida me ha ido relativamente bien porque soy comprensivo y simpático, pero sobre todo porque soy muy natural y espontáneo. con ellos lo intento ser pero parece que no da el resultado esperado.

- ¿Qué actividades puedo plantearles para hacer ciencias sociales más atractiva, más amena? Sí, habéis leído bien, imparto también clases de ciencias sociales en 1º de ESO. No soy especialista en sociales y nunca he enseñado sociales, lo único que sé es que hasta el momento no he conseguido casi nada en esta asignatura. Les he intentado explicar conceptos, poniéndoles ejemplos reales para atraer su interés. Es una asignatura que a mí me gusta, porque es interesante, pero es muy complicado explicarla porque a casi nadie le interesa cómo se llaman las provincias de España o que hay diferentes tipos de mapas. A mí con su edad tampoco me gustaba eso. Lo gracioso es que yo nunca tuve buenos profesores de sociales en la ESO y este hecho hace que carezca de un referente bueno en cuanto a la buena praxis en esta asignatura. Es más, yo mismo estoy siendo un mal profesor, pues los imito y actúo como no me gustaba que ellos actuaran. ¿Cómo hago para hacerlo mejor? Esta pregunta me va a asaltar mucho. Lo intuyo. Eso sí, voy a intentar sacar provecho de la pizarra electrónica. Quizás eso sea útil. Ya os contaré.

Como veis, me encuentro inmerso en un mar de dudas y reflexiones. Perdonadme por este post, pero necesitaba exponer mis sensaciones en algún lugar. 

Un saludo.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Una vez me ahogué

Una vez me ahogué. ¿Sabéis lo incomprensible que es ahogarse? Menos entendimiento cabe en el hecho de que estaba rodeada de gente, de muchas miradas bailando a mi alrededor. Se ve que una mirada no basta para ver. Parece que en realidad nadie miraba. Me pregunto cómo debe ser eso de mirar como lo hace superman, así con su rayo láser rojo incandescente. Lo mismo si alguien hubiera mirado como él hacia mí habría evaporado toda el agua de la piscina y yo no me habría ahogado.

Pero me ahogué.

En cambio aquí sigo. Por alguna razón aquí sigo como viva, una mosca atrapada en la superficie del agua, viva boca arriba con las alas atrapadas por la materia acuosa. 

Mi madre solía decirme que el agua es un tesoro tan difícil de encontrar que con toda probabilidad jamás lo conocería en grandes cantidades. Siempre tan burlesca la vida. ¿Quién iba a decirme que mi muerte llegaría a través de ese tesoro? Menudo tesoro azul...

Azul.

Donde yo nací y me crié, el azul es un color abundante. Lo hay por todas partes, sobre todas las personas, extendido como un inmenso manto, un velo poblado solo por estrellas durante las noches. Mi madre dice a menudo que esas estrellas eran antes nuestras. Dice que antaño la tierra nuestra estaba repleta de dulces lagunas donde la vida era muy distinta a la que hay hoy. Me cuenta siempre que en esas lagunas había seres extraordinarios, salpicados de colores increíbles. Dice que había ranas amarillas y que estas venían del sol. Yo por entonces no sabía lo que era una rana. Nunca había visto una. Hasta que vine aquí. Según me dice madre, esas lagunas desaparecieron una noche de extremo calor, se evaporaron y el cielo nos robó su agua. Ella siempre dice que esas estrellas son aquellas lagunas con sus ranas, sus zapateros, sus peces y su fina hierba verde. Hasta que no vine aquí no supe lo que era todo aquello que ella cuenta. Para mí lo único posible era el cielo azul inmenso y la inmensa llanura ocre, el desierto. Todo lo demás era invento de mi madre. Era lo único que me sacaba de aquella realidad. Ella narraba y yo trataba de imaginar. 

"Cuando caía el sol, un millar de florecillas coloreaban la tierra, Aza. Te habría gustado verlo, como a mí también. Tu abuela tampoco lo vio ni tu tatarabuela ni tampoco la abuela de tu tatarabuela. Pero tuvo que ser así, porque todas lo han contado como yo te lo cuento y como tú se lo contarás a tus hijas y así hasta el infinito, como el cielo que nunca se termina."

Mi madre era mi mayor entretenimiento. Era mi laguna de paz y tranquilidad. El hambre que nos acechaba todos los días, ella lo apagaba con sus historias. Ay, si ella supiera que me he ahogado en ese tesoro que tantas veces ha añorado encontrar. Si ella fuera consciente por un solo instante de la terrible suerte de su hija, su propio cuerpo sería tesoro puro derramado por sus enormes ojos de lechuza. 

¿Qué le habrán contado de mí? 

Me ahogué una vez y no he vuelto a vivir nunca más. Mi madre se equivocaba, se equivocaba, se equivocaba... "Cuando cierres los ojos en el sueño eterno, no desesperes, hija mía, porque allí me verás tarde o temprano, yo estaré al final del desierto. Sigue las rocas que tintineen y si se te cruza un lagarto por el camino esquívalo siempre, que no son buenos guías. Ellos van al calor, donde hay fuego para sus frías pieles; el calor es el infierno, la morada de los que no han padecido, de los malos, todos esos que nos tienen aquí encerrados en pleno desierto. Siempre ve en línea recta y cuando llegues a los árboles gigantes trepa uno de sus troncos, pues desde sus copas verás el camino de vuelta, porque, hija mía, vivir es para lo que estamos destinadas, tú y yo, siempre juntas, siempre vivas." Madre se equivocaba, yo estoy muerta y no veo ni caminos ni lagartos ni nada de lo que ella me decía. Estoy sola, en un cuerpo que no es cuerpo. No soy nada, pero pienso y siento la extraña sensación de atadura. Me noto fija en un espacio donde no transcurre el tiempo, donde no hay lugar físico y, sin embargo, veo a todos tal como estaban cuando me ahogué. 

Me ahogué una vez y no me gusta. Todos nos ahogamos al final de todo.

Me despedí de mi madre y con muchos otros niños hicimos un largo viaje. Luego, cuando llegamos a nuestro destino, un lugar azul, ocre y repleto de otros colores a los que era incapaz de poner nombre, nos separamos. Yo fui con una familia tan blanca como la leche de cabra. Me enseñaron muchas cosas. Todo era tan diferente de mi hogar. Y había tesoros por todas partes: agua que salía de mágicos tubos. La tierra de los hechizos y encantamientos. Mi madre me dijo que no me asustara, que iba a ver tesoros, los mismos que ella siempre me había narrado. "No tengas miedo nunca y recuerda que deberás volver para contarme tú a mí lo que yo nunca he visto."

Pero, nunca pude regresar. Nunca podré volver con ella, porque una vez me ahogué y sigo muerta.  

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Hija de Thor o la locura

"Qué rugoso es el tronco de esta palmera. En realidad de todas. Rugosas y blandas. Flexibles tanto que soportan bien el viento y sus fuertes rachas aquí. Así deberíamos ser en la vida: flexibles." Eso piensa ella, al mismo tiempo que fuma un cigarrillo con nombre que suena a español, Fortuna. "Hasta en esto es curiosa la vida. Fumarse la fortuna que en estos momentos no me acompaña. Aspirar el humo en estos duros momentos que me acaba de designar la vida."

Hoy sopla el viento, como suele ser habitual en estas tierras a la entrada del otoño. El mar se ha enfriado de un día para otro. De repente el color azul claro se ha vestido de una oscuridad que anuncia la frialdad. Esa frialdad que parece mostrar la reina de las nieves nórdicas mientras fuma y mira el tronco de una palmera. A su alrededor todo es normal. Hay parejas tomando el sol. A su lado una mujer joven baña en protector solar a su bebé de pocos meses de edad. Ese bebé que es pura vida, flexible y delicado, con una piel blanca como la leche y una mirada que no cesa de proyectar en todas direcciones. Incluso parece que la mira a ella, que lo ha observado dos segundos entre calada y calada. Observar es un verbo que indica una acción voluntaria y atenta. "Quizás no sería el verbo adecuado", piensa ella, "tal vez sea mejor decir que he acariciado con los ojos la ternura de esa criaturita, solo un vistazo fugaz; pero yo no estoy aquí ahora. Estoy ida, en otra parte, en el sofá de mi casa, con los pies en el cálido parqué. Los niños corretean por la casa y yo me cabreo siempre con ellos. Me enfadaba. Ahora me gustaría poder enfadarme con ellos de nuevo. No por el hecho de regañarles. No. Por el tiempo que hace de eso. Por lo que eso significaría. Tenerte aquí." 

Sus pensamientos no se detienen y se balancean entre el presente que mira sin mirar las hendiduras del tronco de esa palmera y las imágenes superpuestas del pasado lejano y cercano. No mueve los labios, solo cuando expulsa el humo y cuando sorbe el café cuya taza reposa azarosamente sobre la hamaca de la piscina. Ayer mismo daba otro uso a ese mismo asiento. Hoy ya no. 

Hoy no. 

"Recuerda dónde estás. No olvides que estás fuera. En casa, estar fuera significa pasar frío, tener cuidado para no resbalar con las placas de hielo. Es extraño todo. Aquí estás apenas vestida. La ropa es muy ligera y puedes llevar la corta melena suelta, sin necesidad de ponerte un gorro protector. Es raro el mundo. Ayer mi único calor necesario venía de ti. Solo ese calor necesitaba. El calor que desprenden tus abrazos en Oslo. Recuerdas que soy muy friolera y que al momento estaba tiritando. Pero qué alegría saber que enseguida me abrigabas con tu abrazo. Ahora el calor viene del sol. Qué burlesca es la vida, Oslo era estar contigo. Oslo suena a solo. Y sola es como estoy ahora bajo este sol de justicia. Y debo agradecer al menos esta suerte que es estar aquí en estas tierras de cielo azul despejado. Gracias a ello por lo menos siento el calor del sol, que no el de la familia." Se habla a sí misma, pero a veces no sabe si se habla a sí mismo o a otra persona que ve en su cabeza, a él. Se siente un poco enloquecida. Cualquiera lo estaría en su situación. 

Había venido acompañada. Eran sus vacaciones en España. Acompañada. Hermosa palabra. La soledad no buscada es un infierno terrible, como todos los infiernos. Como el de ahora. La gente a su alrededor es feliz. Eso no es lo que le molesta más. Lo que en realidad le indigna es que ella es objetivo de todas las miradas. Ella es la protagonista silenciosa de esta historia. Ella es consciente de que alguien incluso se mete en su cabeza. Tú, por ejemplo, que lees sus pensamientos en este momento. Tú, que la estás imaginando perfectamente sentada con las piernas cruzadas con elegancia, su pelo blanco con corte juvenil y su perfilada nariz. Ella es protagonista de esta tragedia. Ella sola que se siente sola porque está muy sola de verdad. Vino acompañada. Vino. Eso es pasado. Ahora está sola y conforme pasa el tiempo se ha fumado su café y lo que antes era taza ahora es una copa de vino. Ha sido magia o el impacto de lo acontecido lo que ha hecho que ella esté actuando como manipulada por el aire. Se mueve, va a la barra del bar, pide una copa de vino, paga, nunca mira a los ojos del camarero y vuelve a su hamaca. Todo ello en una danza hipnótica involuntaria. No sabe ni lo que hace en cada momento. Solo sabe que está sola. 

En su habitación todo está desordenado. Hay dos maletas. Colocarlo todo en ellas es su pesadilla. Venir acompañada y ahora regresar sola y con las mismas dos maletas. Triste. Es triste saber que en lugar de felicidad, ella vuelve cargada de melancolía, de malestar, de incertidumbres y desorientaciones. Está perdida. 

Pero eso será mañana. Ahora solo fuma y bebe vino, porque es lo que más en sintonía con ella está. El alcohol la evade. El humo le recuerda la muerte aletargada. Las imágenes se suceden en su cabeza sin fin. Siempre igual de caóticas. Un buffet repleto de bollería, embutidos, fruta, café, zumos, mantequilla y mermelada. Ella levantándose a coger dos copas de zumo de naranja. "El zumo estaba frío. Tan frío como estarías tú después." Ella corriendo hacia su acompañante. Él tirado en el suelo. Todos a su alrededor alterados. Ella rodeada de personas que solo conoce de vista. El mundo paralizado. El zumo perenne en esas copas que sigue sujetando. La sirena de la ambulancia. Voces hablando en un idioma que no conoce. Ella tumbada en la cama, recogida sobre su propio cuerpo, sin ganas de nada, ni siquiera de llorar. 

Ella. Él. Mucha gente y, sin embargo, sola. 

Pero tendrá que hacer las maletas y regresar sola. "Sola con mi maleta y la tuya, con tus cosas, tu ropa, tu olor congelado en la camisa sucia que dejaste en la cama. Sola, con un sufrimiento que nadie percibe porque lo oculto. Soy nórdica, hija de Thor y princesa del hielo. ¿Recuerdas que me llamabas así? Lo mismo tenías razón. Ahora que ya no estás, creo que tenías toda la razón, porque me siento extraña en este mundo. Quizás necesitaba perderte y no poder recuperarte en este mundo para ser consciente de que yo pertenezco desde siempre a otro mundo. No debería ser humana. Debería ser hija de Thor y vivir en otro mundo, donde tú siguieras conmigo como alguien inmortal. Pero no es así. ¿Adónde te has marchado que no te encuentro? Ese frío que te invade te es ajeno. Tú siempre has sido calor puro. Déjame que vaya contigo..."

Pero no irá con él. Un pensamiento no basta para que algo sea realidad. Ahora debe ser fuerte. La tragedia no ha hecho más que empezar. Hacer la maleta, volver a casa y saber que, por muy incomprensible que todo sea, ella es capaz de resistir, como siempre ha hecho, porque ella es hija de Thor y ahora lo sabe más que nunca; ahora que la tragedia la hace parte de una mitología que creía ficticia. 

Apaga el cigarrillo y deja de mirar el tronco acolchado de la palmera. Debe ser palmera y soportar los vientos que le han tocado vivir. Se levanta, sale del hotel, para al primer taxi que pasa por la calle y va hacia su marido. Allí, con su cuerpo delante, le besa la fría frente, firma unos documentos y regresa al hotel. 

Al entrar en su desordenada habitación, ya no duda de nada. Es hora de volver a casa y afrontar la vida con todo lo que venga. 

"Tenías razón. Yo enfermiza siempre sería tu supérstite. Lo que no esperaba es que mi padre te partiera el corazón con sus truenos. Eso jamás lo habría imaginado. Te voy a extrañar mucho. Pero no te preocupes, porque algún día volveré a estar contigo. El día que abandone este cuerpo, rogaré a Thor porque nos dé de nuevo una oportunidad para demostrarle que estamos hechos el uno para la otra. Juro que la próxima vez lo conseguiremos, ¿me oyes? Entretanto, vuelvo a casa, a Oslo, donde escribiré toda nuestra vida, para revivirla mientras llega la hora, para mantenerte vivo conmigo mientras tanto. No olvidaré ni un detalle y si lo olvido, te pido que en sueños vengas a recordármelos. Analizaré todo en busca de nuestro error. La próxima vez será la nuestra, la definitiva."


(Oslo, 10 años más tarde de estos acontecimientos.)

Ella cierra su cuaderno y mira por la ventana la niebla. Cree ver a alguien. Se gira sobre sí misma. Es el reflejo de un señor con bata blanca que se reflejaba en el cristal de la ventana. 

-- Buenos días, Señora Thun. Veo que sigues escribiendo tus cuadernos. ¿Me dejas leer lo último que has escrito? 

-- Sí, Dr. Klavis. 

-- Gracias -contesta el doctor, que a cambio del cuaderno le da un vasito de plástico a ella y añade-, No olvides beber abundante agua. Ya te daré mi opinión. Hasta mañana, Señora Thun.






viernes, 12 de septiembre de 2014

Infancia, uno mismo.

No sé cómo he llegado hasta aquí. 

Todo me es familiar pero no es lo familiar que yo conozco. El mar es igual de azul, el viento sopla con la misma intensidad y el calor es el mismo, un rebaño de ovejas de fuego que antes fueron blanca espuma danzando sobre las olas embravecidas. Soy yo en un lugar familiar que no es el mío. Son los rostros, sobre todo el color de la piel, la ropa tan ligera que cubre la piel tan poco, y es el bullicio de gente rara; gente a la que ya me he acostumbrado, pero no del todo.

Por muchos años que pasen. 

Me pregunto cómo he llegado a este lugar. Fue producto de un viaje, me parece. Ya no recuerdo demasiado bien. Hace tanto de eso. Tantas apisonadoras han pasado ya por mi cuerpo, tanta mano de obra barata en labores duras como las rocas de mi infancia.

Ay, mi infancia. Una vez fui joven. Tan joven como los mozos que corretean por aquí. Hasta me podía subir a los árboles y mirar la lejanía como un halcón. Rozaba el cielo y sentía la brisa sobre mi piel de canela. En cambio ahora no sirvo tres perrillas. Eso decimos ahora los de mi edad. No servir tres perrillas. Eso digo yo ahora, por haber crecido finalmente en estas tierras. Mi expresión sería otra, si no huebiran cambiado los vientos de mi vida. Anclado al pasado en todo, en los recuerdos, en las expresiones, en una infancia que una vez muerta todos tratamos de resucitar, como resucitó vuestro dios. Yo creía en el dios del comino, de la miel, de la hierbabuena y del cuscús. Creía en la luna llena que bañaba las oscuras noches de mi tierra, donde el aroma del zumo de naranja se mezclaba con las boñigas de los burros. Digamos que esta imagen es la que mejor define la vida misma. "Creía", he dicho, sigue siendo pasado, quizás porque mi presente se disuelve y ya no puedo apoyarme en él, salvo en determinados momentos, como el de esta noche. Ya no creo en nada, por creer no creo ni en el suelo que piso, es tan literario, tan extraño todo, un maremágnum de letras y tintas disueltas en la red de redes, en un terreno que asemeja más a lo virtual que a la rugosidad del papel.  El asfalto es duro y feo, todo tan uniforme, tan distinto a mi piel, tan poco natural. Solo la montaña que veo a lo lejos parece más real, sobre todo cuando el sol muere tras sus contornos femeninos. Es tan vivo ese momento, tan bello que me incito a creer en él, en la existencia de mi realidad.

Pero el resto es solo pasado. Solo existe mi pasado, solo eso está en mí en realidad. La juventud, los recuerdos, la infancia perenne, todo ello quiere salir a flote al paso de los años que revientan mis huesos y mis venas y surcan mi piel canela haciéndome cada vez más parecido a un árbol. Sí, a esos árboles que yo trepaba, rígidos como minares. Era hora de oración y el aire se henchía de cantos y oraciones. Uno se plegaba sobre sí mismo y en ese momento no había nada más. 

En cambio eso ya ha terminado. 

Vine aquí y me inundó otro sentimiento. Ahora hasta comía huesos de santo y manitas de cerdo. Qué más me daba ya. Cuando uno choca con otra civilización ya la suya ha quedado fulminada a polvo. De esa colisión nace el intento de recuperación. Yo jamás pude recuperar lo perdido. Crucé el mar. Arribé a estas costas tan secas como la mía. Tuve la sensación de estar en casa. En cambio, mi casa era otra, dejó de ser la anterior y esta al mismo tiempo. Mi hogar fui yo mismo. Noches de penurias en lo que eran esperanzas. Días de arduas búsquedas. Tiempos de dolor, de pena, de lucha. Asediado cada día por un techo de plástico y el fuerte olor a pimiento verde. Levantando el morrillo para volver a bajarlo, así en una danza que terminó hace poco, cuando ya no podía más. Ahora no soy nada. Solo un viejo que ha perdido la carne y el hueso en el camino. 

Un despojo de la nada.

Solo me queda el atardecer que estalla en esta bahía de Almería hacia Sierra Nevada. Sin embargo esta noche algo ha cambiado. Mientras paseaba por el paseo marítimo he entrado en un bar atestado de juventud y al mirar el cielo desde la terraza he visto una aurora boreal. Qué belleza inusual en estas tierras de secano. La aurora era falsa, solo un panel de cristal azul de neón que dejaba pasar el cielo nocturno y crear poesía. Ha sido tan emocionante que por un instante he vuelto a ser aquel joven que miraba el cielo desde lo alto de un almendro. 

Cómo llegué aquí ya no me importa. Tampoco cómo me iré. Total, ¿qué más da todo ya? 

martes, 9 de septiembre de 2014

Mis pequeñas estaciones

Pregunta César M. cuál es la estación del año que más nos gusta. Tengo una extraña desazón cuando trato de buscar una respuesta. De pequeño adoraba el verano. No había clase ni obligaciones. Íbamos a menudo al cortijo de mis abuelos y nos bañábamos en la alberca de mi abuelo. Allí rodeado de cañaveras y hojas de plátano y en un entorno poblado de hormigas, zapateros, helicópteros (libélulas), avispas dichosas e incluso ranas. A pesar de la suciedad del agua, nos lo pasábamos muy bien. Antes uno se remojaba en barro y basura y nadie enfermaba; ahora parece que hasta el aire envenena. La cuestión es que amaba los veranos y las siestas con mi madre en el sofá, siempre tan protegido por su brazo.

Pero los veranos empezaron a ser un horror. Llegó la adolescencia, la edad de trabajar en los hoteles, de saber lo que cuesta ganarse un sueldo, del valor del esfuerzo, de las obligaciones. El verano ya no sería nunca igual. Desde entonces detesto los veranos, su calor asqueroso, su humedad sudorosa y el peso del estrés. El verano ya no es sinónimo de vacaciones.

El invierno en Granada sí me gustaba mucho. Pasear por sus calles frías, serpenteando entre el aroma a café con tostadas y las estrechas callejuelas, me rejuvenecía. En cambio el tiempo era estresante, menos que en la época de hoteles pero igual de angustioso. Tenía un horario en la universidad agobiante, con clases todo el día, muchos trabajos, traducciones... Poco tiempo para mí. Las navidades se volvieron malditas, siempre con deberes, pendiente de estudiar porque en enero llegaban los duros parciales, con lo cual no podía disfrutar de las vacaciones con mi familia. Desde entonces odio las navidades.

Pero no solo eso.

La semana santa me gustaba mucho de pequeño. Eran místicas, idóneas para la espiritualidad, la filosofía, el pensamiento. Había ricos dulces, olor a incienso, calma en las calles, inundadas por música de tambor y clarinetes, gente callada de negro y esos capuchones (nazarenos) que tanto enigma provocan. Pero con la madurez, llegó la incredulidad. De creer en algo superior llamado dios o como quiera que se llame pasé a no creer en nada sobrenatural. La religión dejó de tener sentido para mí. Entonces la semana santa dejó de ser atractiva. Perdió todo su encanto y como la navidad quedó relegada a convertirse en tiempo para trabajos y deberes. Ya no eran vacaciones. 

¿Soy raro por no poder determinar mi estación preferida? ¿Por no ver en las fiestas algo que ilusiona? Quizás porque me he vuelto más dios de las pequeñas cosas. No me gustan los tiempos prefijados. Prefiero ver lo bueno que tiene cada momento. Me quedaré en esta afirmación: Mi estación del año es cada pequeña estación dentro de cada una de ellas.

Pensamiento matutino

Hay muchas palabras. Todas designan algo. No todas las designan por completo. Si yo tuviera que definirme con una palabra, creo que sin equivocarme mucho, podría definirme como sensible. 

Estando de erasmus, tumbado en el césped a la orilla de la Garona, en Toulouse, bajo un sol de justicia de pleno mes de mayo, conversaba con Ele y Maripi sobre la familia, lo mucho que se extraña a los seres queridos cuando están lejos. La muerte es la mayor de las lejanías. Después está la lejanía física que puede ser muy dura también. En aquel caso hablábamos de esta última. Es evidente que motivados por estar en el extranjero. Pensaba en mi hermano y en el poco tiempo que podía pasar con él debido a estar estudiando lejos. Me daba mucho pena. También me dolía no poder enseñarle a mi madre aquella Francia que a mí me fascinaba tanto, el verde intenso de la hierba y los árboles que vigilan las calles como soldados que solo el viento balancea. Cada dulce que me comía era un recuerdo hacia mi madre. ¡Hay tantas pastelerías en Francia y tanta variedad! Somos muy dulceros mi madre y yo. Un pastelico con un café por la tarde es lo más.

La semana que viene se va mi hermano a Italia de erasmus. Ahora me toca vivir desde la otra perspectiva. Sé que va a ser muy bueno para él. Lo sé por propia experiencia. Se irá de una forma y volverá siendo algo distinto, modificado por lo diferente, por el contraste con otra cultura, que aunque similiar siempre es diferente. Aprenderá una entonación, palabras de otro idioma y con ello el mundo lo verá un poco diferente. Se conocerá más y mejor a sí mismo. Pero sobre todo volverá deseoso de vernos, de estar con nosotros. Y aunque sus noches se pueblen de fiestas y diversión, su mente siempre estará un poco lejana, cerca de nosotros. Así es el erasmus.  

Eso estaba pensando esta mañana en la cama y no podía dormirme de nuevo. Estoy nervioso. Necesito que ya está allí instalado. Lo transitorio me tensa. Prefiero lo estabilizado.

Soy sensible. Lo sé. ¿Qué le vamos a hacer?

sábado, 2 de agosto de 2014

Palabras tristes de una vida que acaba

Justo después de comer me meto un poco aquí. César Mallorquí ha escrito en su blog. Lo que imaginaba ha sucedido. Su hermano ha fallecido. Solo puedo dejaros enlace a su post y que os emocionéis como yo con palabras que no pretenden causar pena ni tristeza, pero que están cargadas de bombas sentimentales que afectan a cualquier corazón sensible. Por eso admiro tanto a César, por su inagotable capacidad para contar la cosas atrapando el corazón y sacándole tanto jugo que ahoga. Y eso que a simple vista no parece que esa sea su intención. En este caso, estoy seguro que no pretendía emocionar a nadie, sino más bien liberarse un poco, sacar el dolor que acontece a todo aquel que pierde a gente importante. De repente se ha quedado solo.

Aquí su relato. Yo he llorado como un crío. No sé vosotros.



Porque ser el último de su familia original debe ser muy duro.


viernes, 1 de agosto de 2014

Como las Leónidas

De repente estoy en ese estado extraño que me lleva a escribir. Se trata de un momento en que mi cuerpo y mi mente parecen un poco alejados de todo, como si el mundo continuara su paso sin mí o al menos con un yo que va ralentizado. Parece un estado en el que, a pesar de la lentitud de la realidad, se disparan los sentidos y se perciben ruidos a los que por norma general no les prestamos atención. 

He apagado la tele. El vaso de leche permanece en la mesa enfrente de mi cara. Está vacío. El sofá está mullido. Qué cómodo es. Es una suerte poder tener un sofá cómodo, ¿verdad? Es una fortuna poder hacer tantas cosas de las que no somos conscientes. Cuando vivía en Francia, tenía una ducha en la que nunca era posible regular bien la temperatura del agua. Hacía un frío del carajo en pleno mes de enero y la calefacción no funcionaba a la perfección. Además vivía yo en un viejo edificio junto al húmedo río. Aquel viejo edificio del siglo XIX tampoco era una madriguera calentita y tenía suelos de parquet ondulados que seguramente más de un noble habrá pisado. Recuerdo lo mal que lo pasaba para ducharme, porque o me achicharraba o se me congelaban hasta las pestañas con aquella agua. En momentos como esos era consciente de lo afortunado que era aquél que podía disfrutar de una buena ducha templada o aquél que podía relajarse en una enorme bañera con espuma, una copa de buen vino y música clásica de fondo. (Me estoy poniendo un poco chic, ¿no?) La cuestión es que imaginaba con recelo el placer de una ducha tranquila y, al mismo tiempo, me acordaba de la inmensa mayoría de la humanidad que a veces no tiene ni agua para beber o que simplemente carece de toda posibilidad de conocer y disfrutar una buena ducha, una cama confortable...  y, aunque con todo lo que ocurre, yo soy un afortunado por tener estos pequeños placeres, no me siento bien. Me duele pensar que hay tanta gente peor. Me destruye saber que es algo que no puedo cambiar, que siempre será así, porque siempre ha sido así. Y sí, sé que ahora podemos decirnos que todo es posible, que se puede cambiar todo, que es cuestión de lucha y de constancia, pero nos estaremos engañando. 

Proclives a la destrucción.

No entiendo cómo siendo tan corta la vida y tan bello el mundo, debemos estar destruyendo sin remedio. ¿Por qué tantos conflictos? La tele está mejor apagada, pero no porque así desaparece la realidad que me eriza el pelo. No. Apagada como cerrados los periódicos, porque así, por puro egoísmo, no padezco más mal que el que yo mismo soy capaz de reconocer en mi realidad. Apago la tele y cierro los periódicos. Desconecto las redes sociales. Enciendo la cafetera. Preparo tostadas. Y escribo o leo o miro el cielo azul para desconectar. Escribir para ser otro en mundos ajenos aunque similares al nuestro, mi mundo interior. Leer para vivir vidas inventadas donde todo forma parte de algo volátil, necesariamente virtual, como un juego donde uno muere y sigue jugando si así lo desea. Mirar el cielo azul, porque nos lanza hacia la lejanía, hacia algo inalcanzable pero próspero, repleto de calma, como esa charca que funciona de claro espejo.

Pero esto no puede durar toda la eternidad. La charca está bien para evadirse con la mirada. Apagar la televisión y cerrar los periódicos no debe ser una costumbre. La realidad va a seguir ahí. Alejarse de ella es solo ocultar con una gasa la sangre que discurre por tu mano. A fin de cuentas todos somos asesinos de nosotros mismos como mínimo. 

¿Parará la desolación de Gaza?¿La política absurda del dinero?¿La religión?¿La destrucción perenne?

Qué iluso. A veces me gusta ser un iluso, como hacerme el tonto. Es bueno sentir que uno puede ser distinto a sí mismo de vez en cuando, porque de lo contrario se corre el peligro de la gorgona, la petrificación. La vida es una medusa con melena de serpiente que se pasea ante nosotros sin demora y siempre con máscaras infinitas. ¿No lo veis?

Me diluyo en la realidad.

Ver el hecho de que ahora mismo, en este estado de escritura transitoria, lo único que hago es lanzar la mente y la palabra bien lejos, porque así me relajo, así dejo de reflexionar sobre el mundo absurdo. 

Porque otra cosa no, pero estoy completamente seguro de que este mundo es absurdo a más no poder, empezando por mi propio yo y terminando por los confines del universo o de los universos, porque ya no sé si hay uno o millones, como las estrellas, las leónidas que nunca veo pero que cada agosto rajan nuestros cielos.


miércoles, 9 de julio de 2014

Cosas que no son ni tan buenas ni tan malas: faltas e internet

No soporto las faltas de ortografía. Seguramente esto se deba a que a mí me ha costado mucho esfuerzo no cometerlas. La cuestión es que voy a tener que empezar a no repudiarlas con tanto ímpetu y darles el cierto valor que tienen. 

Ayer supe que, sin las faltas de ortografía que cometieron algunos escritores latinos, no sabríamos en absoluto cómo pronunciaban ellos su lengua y nos habríamos quedado en las pautas dictaminadas por el latín usado por la iglesia. 

Saber esto me lleva a darle una mayor importancia a las faltas; a fin de cuentas son un casi fiel reflejo del habla y, por consiguiente, muestran la vida de las palabras en su momento concreto. Digamos que podríamos verlas como un testimonio similar al que producen las fotos antiguas o los restos de un edificio griego. Son una pasarela directa al pasado.

La buena grafía no es más que un intento de retener algo que está muy vivo, como es el caso de los idiomas. 

Los españoles de toda la vida no hemos diferenciado sonidos como la b y la v y, en cambio, tenemos que seguir diferenciándolas por escrito, cuando lo más lógico sería eliminar ese obstáculo arcaico. Ya en tiempos romanos se decía de nosotros que
                                        Beati hispanii quibus bibere vivere est.
                                ‘Dichosos los hispanos, para quienes vivir es beber’

Algo que me hace mucho gracia. No por el simple hecho de que nos acerca a nuestros antepasados con especial ímpetu, sino que también refleja una realidad muy irónica de nosotros mismos: un pueblo que trata de vivir y además de hacerlo con diversión.

Es cierto que nosotros somos bastante fieles a la lengua oral cuando escribimos. Peor caso es el de los franceses y los ingleses, que poseen una absurda ortografía basada en la escritura original. Es una obsesión de los que fijan y dan esplendor al idioma de esas lenguas; una necesidad absurda de dificultar la lengua, no sé si por mero patriotismo o por el simple hecho de ser complicados, de tener un idioma difícil de escribir, como un arte más que es preciso aprender con esmero. Yo no estoy a favor de semejante tontería. Es verdad que sirve para conocer el origen de cada palabra, pero ¿eso en realidad tiene algún beneficio? 

Prefiero dejar el interrogante y que cada cual piense lo que quiera. Mi opinión al respecto es clara, quizás porque en esta mi lengua han sido más prácticos a nivel ortográfico. Todavía podrían serlo mucho más, pero tiempo al tiempo, que este siempre impone sus leyes. 

Por internet, cambiando un poco de tema, he tratado de buscar textos que hagan referencia a dichas faltas ortográficas en latín, pero no he encontrado nada. Al final va a tener razón una amiga mía al decir que con internet nos creemos más listos pero en realidad somos más estúpidos, pues vertemos todas nuestras inseguridades en busca de una seguridad informativa en internet que muchas veces es falsa o que ni aparece por ningún recoveco de la red. Internet no es una panacea, sino más bien un laberinto más obtuso que el diseñado por Dédalo, puesto que de aquel al menos se pudo escapar, pero de este cibernético no nos salva ya ni la más ínfima bobina de hilo. Ay, Ariadna, cuántas entidades semejantes a ti necesitaríamos en estos tiempos de oscura ignorancia. Si vieras la cantidad de minotauros que pueblan estas tierras enloquecerías por no poder salvarnos con tu hilo dorado.

En cualquier caso, no voy a menospreciar la correcta ortografía ni los beneficios de la red que ahora mismo me permiten expresarme en este pequeño espacio dedicado a mi liberación imaginativa y escritora. Simplemente trato de quitar parte de la idealización que estas poseen.