viernes, 12 de septiembre de 2014

Infancia, uno mismo.

No sé cómo he llegado hasta aquí. 

Todo me es familiar pero no es lo familiar que yo conozco. El mar es igual de azul, el viento sopla con la misma intensidad y el calor es el mismo, un rebaño de ovejas de fuego que antes fueron blanca espuma danzando sobre las olas embravecidas. Soy yo en un lugar familiar que no es el mío. Son los rostros, sobre todo el color de la piel, la ropa tan ligera que cubre la piel tan poco, y es el bullicio de gente rara; gente a la que ya me he acostumbrado, pero no del todo.

Por muchos años que pasen. 

Me pregunto cómo he llegado a este lugar. Fue producto de un viaje, me parece. Ya no recuerdo demasiado bien. Hace tanto de eso. Tantas apisonadoras han pasado ya por mi cuerpo, tanta mano de obra barata en labores duras como las rocas de mi infancia.

Ay, mi infancia. Una vez fui joven. Tan joven como los mozos que corretean por aquí. Hasta me podía subir a los árboles y mirar la lejanía como un halcón. Rozaba el cielo y sentía la brisa sobre mi piel de canela. En cambio ahora no sirvo tres perrillas. Eso decimos ahora los de mi edad. No servir tres perrillas. Eso digo yo ahora, por haber crecido finalmente en estas tierras. Mi expresión sería otra, si no huebiran cambiado los vientos de mi vida. Anclado al pasado en todo, en los recuerdos, en las expresiones, en una infancia que una vez muerta todos tratamos de resucitar, como resucitó vuestro dios. Yo creía en el dios del comino, de la miel, de la hierbabuena y del cuscús. Creía en la luna llena que bañaba las oscuras noches de mi tierra, donde el aroma del zumo de naranja se mezclaba con las boñigas de los burros. Digamos que esta imagen es la que mejor define la vida misma. "Creía", he dicho, sigue siendo pasado, quizás porque mi presente se disuelve y ya no puedo apoyarme en él, salvo en determinados momentos, como el de esta noche. Ya no creo en nada, por creer no creo ni en el suelo que piso, es tan literario, tan extraño todo, un maremágnum de letras y tintas disueltas en la red de redes, en un terreno que asemeja más a lo virtual que a la rugosidad del papel.  El asfalto es duro y feo, todo tan uniforme, tan distinto a mi piel, tan poco natural. Solo la montaña que veo a lo lejos parece más real, sobre todo cuando el sol muere tras sus contornos femeninos. Es tan vivo ese momento, tan bello que me incito a creer en él, en la existencia de mi realidad.

Pero el resto es solo pasado. Solo existe mi pasado, solo eso está en mí en realidad. La juventud, los recuerdos, la infancia perenne, todo ello quiere salir a flote al paso de los años que revientan mis huesos y mis venas y surcan mi piel canela haciéndome cada vez más parecido a un árbol. Sí, a esos árboles que yo trepaba, rígidos como minares. Era hora de oración y el aire se henchía de cantos y oraciones. Uno se plegaba sobre sí mismo y en ese momento no había nada más. 

En cambio eso ya ha terminado. 

Vine aquí y me inundó otro sentimiento. Ahora hasta comía huesos de santo y manitas de cerdo. Qué más me daba ya. Cuando uno choca con otra civilización ya la suya ha quedado fulminada a polvo. De esa colisión nace el intento de recuperación. Yo jamás pude recuperar lo perdido. Crucé el mar. Arribé a estas costas tan secas como la mía. Tuve la sensación de estar en casa. En cambio, mi casa era otra, dejó de ser la anterior y esta al mismo tiempo. Mi hogar fui yo mismo. Noches de penurias en lo que eran esperanzas. Días de arduas búsquedas. Tiempos de dolor, de pena, de lucha. Asediado cada día por un techo de plástico y el fuerte olor a pimiento verde. Levantando el morrillo para volver a bajarlo, así en una danza que terminó hace poco, cuando ya no podía más. Ahora no soy nada. Solo un viejo que ha perdido la carne y el hueso en el camino. 

Un despojo de la nada.

Solo me queda el atardecer que estalla en esta bahía de Almería hacia Sierra Nevada. Sin embargo esta noche algo ha cambiado. Mientras paseaba por el paseo marítimo he entrado en un bar atestado de juventud y al mirar el cielo desde la terraza he visto una aurora boreal. Qué belleza inusual en estas tierras de secano. La aurora era falsa, solo un panel de cristal azul de neón que dejaba pasar el cielo nocturno y crear poesía. Ha sido tan emocionante que por un instante he vuelto a ser aquel joven que miraba el cielo desde lo alto de un almendro. 

Cómo llegué aquí ya no me importa. Tampoco cómo me iré. Total, ¿qué más da todo ya? 

2 comentarios:

  1. Extraordinaria entrada Jose, me ha emocionado. Se nota que llevabas un tiempo sin escribir y tenías un poso que era preciso vaciar. Has madurado mucho en tu estilo y en la calidad de las piezas que escribes. Ya es hora de que te plantees un proyecto más ambicioso, no te parece. Un libro de cuentos, una historia más larga, o quizá un ensayo. Espero que te animes. Te sigo con interés y seré tu más fiero crítico. Un beso.

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  2. Totalmente de acuerdo con Veritas Fulgens. Ya sabes que yo sigo en mi empeño de tenerte cerca, pero por ahora el destino no quiere. No hay que perder las esperanzas. Un abrazo sincero.

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