jueves, 1 de agosto de 2013

La piedra de Sísifo y una pastilla

Ayer, por primera vez en mi vida, me tomé un tranquilizante. Esa miserable pastillita me dejó atontado, con los ojos cerrados herméticamente y un sueño atroz que me llevó a tumbarme en la cama durante muchas horas. Desapareció el estrés temporalmente, pero solo superficialmente. Mientras dormía soñé con el hotel. Solo había problemas y aparecían amigos que me hacían daño. Era uno de estos sueños ilógicos, donde se mezcla parte de la realidad y una deformación de esta. En apariencia estaba calmado, tenía el pulso tranquilo y el corazón latía sin el ansioso ritmo de antes; en el fondo todo era una fachada. Ayer no fue un buen día. Al perro pulgoso todo son pulgas, dicen con razón. Nunca he comprendido por qué cuando todo va mal solo vienen cosas peores y viceversa. ¿Qué hace que lo bueno se acumule por temporadas y lo malo haga lo mismo? ¿Es tal vez solo una percepción nuestra que nos lleva a aceptar solo lo bueno durante una temporada y elimina todo lo negativo y otras temporadas solo destaca lo malo y elimina lo bueno? 

Poco importa en realidad. Hoy tiene que ser mejor día que ayer. El ayer ya se ha evaporado y no voy a recordarlo más de lo que ya he hecho. Esa pastilla me la recetaron porque, según mi doctora, todos mis problemas estomacales tienen un origen nervioso y cree que con esa pastilla se me van a quitar. ¿Será esa la razón de mi pérdida de peso descomunal? Nunca he creído en ese tipo de medicación. A la caja le falta una pastilla y no le faltará ni una más. Tomar esas pastillas lo único que hace es mermarnos y provocar una cierta dependencia. No son útiles. 

Si todo se debe a una causa nerviosa, de estrés, quizás debería prestar atención a los consejos de mi amigo Agu y practicar más deporte. Nunca se equivoca. Tengo suerte de tener gente inteligente junto a mí. Gente que me cuida como mi madre, que me quiere como S. o como mi hermano, amigos de verdad como Eva, David, Elena... Soy afortunado. No puedo permitir que la presión me pueda. No voy a permitirlo, a pesar de que el verano se me está haciendo cuesta arriba y de que me siento como Sísifo arrastrando una piedra que nunca llega a la cúspide de la montaña.