lunes, 31 de enero de 2011

Mutación cotidiana

Hace un par de días me ocurrió que de la mañana a la noche sufrí una transformación acelerada.

Me levanté con una alegría desbordante, casi infinita. Al mirarme en el espejo, me dije: "Chaval, te hace falta un peladito" y acto seguido, me duché, desayuné un enérgico zumo de naranja recién exprimida -del campo de mi abuelo- y salí a la calle en dirección a la peluquería de la esquina. Me comía la calle, el mundo y a toda aquella persona que se pusiera por delante.

Media hora después de entrar en aquel mundo corta-greñas, me encontré caminando -y por qué no decirlo, observando mi reflejo en cada escaparate por el que pasaba; habituándome a mi nueva imagen-, hacia mi casa. En el camino, pasé por delante de una chica bien bella, que me miró de arriba a abajo. Estaba feliz. Me sentía guapo.

Pero, sucedió lo que siempre sucede, mi estado de ánimo fue decayendo y en cuestión de horas pasé a odiarme, a ver todos los recovecos de mi fisionomía y de mi psicología. ¡Fue tan fuerte la caída emocional! Por la tarde llovió a ratos: rachas fuertes de viento, chaparrones, espadas de sol. Hubo de todo un poco. Leí uno o dos capítulos de "Riña de gatos" y ya por la noche, antes de preparar la cena, cuando me quité las lentillas y me vi en el espejo, mi percepción de mí mismo había cambiado de un modo radical. ¡Me odiaba!

En un solo día pasé de quererme a odiarme; de sentirme parte del mundo a haber perdido todo apoyo; de pisar con fuerza el suelo a levitar; de valorar la existencia a menospreciarla. Me sentí como sentiría un iceberg al transformarse en montaña de hielo flotante: desprenderse de la masa gélida para navegar al son de las mareas hacia cálidas aguas que, un día no concretado, derretirá su bella y frágil estructura.

Del amor al odio en la mutación cotidiana de mi nebulosa existencia.

jueves, 27 de enero de 2011

Asombrado

Hace un rato he visto un documental que me ha dejado asombrado.

¿No podéis reconocer el rostro de alguien que conocistéis ayer? ¿No reconocéis a las personas de tu entorno? ¿Cuándo os miráis en el espejo no sabéis quién es la persona que en él se refleja?

Si, en efecto, os ocurre esto, entonces padecéis una enfermedad, que a mí por lo menos me deja sorprendido: prosopagnosia o ceguera facial.

El tipo del documental, que la sufría, contaba cómo tuvo que dejar de ejercer la abogacía por el simple hecho de que era incapaz de defender a sus clientes, al no reconocerlos. Cuando era pequeño su madre le obligaba a cortarse el pelo y, según explica, con el pelo rapado le resultaba imposible reconocerse en el espejo. Así que ahora luce una larga melena y un rostro de poblada barba. Si lo razonamos con detenimiento, tiene sentido: no detectamos los rasgos de la cara, por lo que somos incapaces de saber quién es; si vemos alrededor del rostro un tipo de cabello y una determinada barba, sí que es posible identificar a la persona. Curioso, ¿no?

Asombrado estoy, sí, porque hay enfermedades y circunstancias tan extrañas como sorprendentes que no dejan a nadia indiferente.

Ahora bien, pensándolo con conciencia, este problema debe ser un verdadero lastre y crea, con seguridad, grandes malestares a la persona afectada. Estar rodeado de desconocidos no debe ser nada agradable. Es más, debe provocar cierta inseguridad. Si me imagino a mí mismo que no puedo percibir las muecas de la gente ni descifrar lo que cada una de ellas aporta, siento cierto temor. Quizás porque yo ya me he acostumbrado a vivir leyendo gestos como si palabras cargadas de enormes significados se tratase. A lo mejro al que nació con este problema no le resulta tan complicado.

Sufre más el ciego que una vez vio las maravillas del mundo que el que solo las conoció por lo que los demás le contaban.

Al terminar el documental me han surgido varias preguntas, ¿Cómo identificas a una persona calva? ¿Y a una mujer? Lo digo porque no tiene barba. ¿Y a un calvo que además es mudo? Ni idea.

Siendo aún más retorcidos, supongamos que sufres prosopagnosia y que estás casado. Tu mujer tiene el pelo largo, se viste con un tipo de ropa muy particular, se perfuma con un olor concreto y posee una voz que se ha hecho muy familiar. Un día inesperado, la mujer se queda calva tras padecer algún tipo de enfermedad, pierde la voz porque la patología que sufría le ha afectado las cuerdas vocales y padece una depresión profunda que la lleva a dejar de arreglarse y de perfumarse. Es terrorífico lo que planteo, pero al mismo tiempo factible. En ese caso, ¿Cómo podrías reconocer a tu propia mujer? Quizás por su simple presencia. No lo sé, ni quiero saberlo. Sin duda, es una situación que produce pena y miedo en mismas dosis.



jueves, 20 de enero de 2011

Operación

Operar es obrar. 

Por consiguiente, acometer una buena operación conlleva ser un buen obrador, un artista. 

Un cirujano que tiene y cuida sus delicadas y precisas manos es un profesional consciente de que su trabajo se diferencia de la labor del artista en la materia que deberá laborar. A saber, un artista tradicional sorprende por la capacidad de crear e insuflar vida propia a un objeto que, inerte, adquiere una energía y originalidad exclusivas e inigualables. Ahora bien, un cirujano es un artista que modifica un órgano para insuflarle una energía nueva, una vida nueva, que por desgaste u otras causas se ha ido deteriorando y liberando, perdiendo, la que antes poseía.
Cirujano, luego artista.

Hoy la rodilla de mi abuelo está en manos de uno de estos artistas. De los resultados dependerá la excelencia o mediocridad de su obra. Espero que sean excelentes. Quien lea esto que le pase todo su ánimo y que salga todo bien.

¿Qué haríamos sin la medicina?

viernes, 14 de enero de 2011

La importancia de los objetos

Cuando era pequeño me regalaron un osito amarillo muy suave. El osito, se podría decir, que fue mi primer amigo, o mejor dicho, el primer objeto que dio voz a mi inconsciente. No recuerdo gran cosa de él, a pesar de haber sido mi primer juguete. De hecho, sé de su existencia casi por las fotos que nos retratan a ambos. Y no obstante, sé que fue mi primer amigo, cuando yo apenas tenía consciencia de existir, de ser un humano diminuto en un inmenso mundo de detalles, sentimientos y dualismos. 

El osito desapareció.

Después tuve de todo lo imaginable: coches, motos, un torno de arcilla, una fábrica de chocolate, un microscopio, miles de muñequitos, soldados, playmobil, libros para colorear, bicicletas, plastilina, cuentos para niños que mi madre me leía, películas... de todo.

El osito desapareció. Todo lo demás se perdió en el tiempo y el espacio. Nada.

Con los años fui adquiriendo una consciencia extraña, enfermiza, que asocia sin distinciones objetos y recuerdos. ¡Ya sabemos lo que ello conlleva! Conforme se tiraban los juguetes y demás objetos a la basura en cada limpieza general, en septiembre, iban disolviéndose en el pasado pensamientos, ideas, sentimientos: mis recuerdos. Por esa razón, me fui haciendo más y más reacio a deshacerme de los objetos, mis objetos. Se acumulaban lápices de colores ya inservibles, libretas de cursos anteriores, postales, libros, ropa desgastada, papeles de publicidad, billetes de autobus, tren, avión. Tantos objetos como puedo salvar del tiempo. Tantos recuerdos como consigo retener. Esa dualidad objeto-recuerdo tan presente en mi vida. Aunque solo los salvase temporalmente, puesto que muchos acabaron siendo tirados a la basura en alguna de las limpiezas generales o arrebatos.

El osito desapareció. Todo lo demás se perdió en el tiempo y el espacio. Nada. En lo posterior, muchos retazos de mi mente en materia.

Ayer me compré una zapatillas nuevas; las anteriores están rotas: el cuero arrugado, la suela gastada y deslizante, las costuras deshilazadas, el color destintado. Necesitaba unas zapatillas nuevas. Ahora me surge un problema: ¿Tiro las zapatillas? Debo, pero no quiero, no puedo. Las compré en Toulouse en una zapatería sita en la Rue Saint-Rome. Me las compré con mi amigo Enrique y con mi amiga Eva. Fue el año que pasé en Pau, trabajando de auxiliar de conversación. Con ellas, pisé los Pirineos, me recorrí las calles de la Provenza framcesa. Con ellas descubrí grandes personas. Pisé charcos y escarcha. Caminé por palacios, institutos, por el parqué de mi casa en Pau, en Granada. Son zapatillas especiales, para mí, para mis recuerdos. Las he limpiado y cuidado con grasa de caballo. Las he mimado, al mismo tiempo que ellas mimaban mis pies. 

Acaso es un simple objeto. ¿Tiro mis zapatillas? Debo, pero no quiero, no puedo. Son demasiados los recuerdos, demasiadas las emociones que se irían con ellas.

No las tiraré. Al menos, no por el momento. El osito desapareció. Todo lo demás se perdió en el tiempo y el espacio. Nada. En lo posterior, muchos retazos de mi mente en materia. Las zapatillas no; haya limpieza general o no la haya.