sábado, 27 de septiembre de 2014

Una vez me ahogué

Una vez me ahogué. ¿Sabéis lo incomprensible que es ahogarse? Menos entendimiento cabe en el hecho de que estaba rodeada de gente, de muchas miradas bailando a mi alrededor. Se ve que una mirada no basta para ver. Parece que en realidad nadie miraba. Me pregunto cómo debe ser eso de mirar como lo hace superman, así con su rayo láser rojo incandescente. Lo mismo si alguien hubiera mirado como él hacia mí habría evaporado toda el agua de la piscina y yo no me habría ahogado.

Pero me ahogué.

En cambio aquí sigo. Por alguna razón aquí sigo como viva, una mosca atrapada en la superficie del agua, viva boca arriba con las alas atrapadas por la materia acuosa. 

Mi madre solía decirme que el agua es un tesoro tan difícil de encontrar que con toda probabilidad jamás lo conocería en grandes cantidades. Siempre tan burlesca la vida. ¿Quién iba a decirme que mi muerte llegaría a través de ese tesoro? Menudo tesoro azul...

Azul.

Donde yo nací y me crié, el azul es un color abundante. Lo hay por todas partes, sobre todas las personas, extendido como un inmenso manto, un velo poblado solo por estrellas durante las noches. Mi madre dice a menudo que esas estrellas eran antes nuestras. Dice que antaño la tierra nuestra estaba repleta de dulces lagunas donde la vida era muy distinta a la que hay hoy. Me cuenta siempre que en esas lagunas había seres extraordinarios, salpicados de colores increíbles. Dice que había ranas amarillas y que estas venían del sol. Yo por entonces no sabía lo que era una rana. Nunca había visto una. Hasta que vine aquí. Según me dice madre, esas lagunas desaparecieron una noche de extremo calor, se evaporaron y el cielo nos robó su agua. Ella siempre dice que esas estrellas son aquellas lagunas con sus ranas, sus zapateros, sus peces y su fina hierba verde. Hasta que no vine aquí no supe lo que era todo aquello que ella cuenta. Para mí lo único posible era el cielo azul inmenso y la inmensa llanura ocre, el desierto. Todo lo demás era invento de mi madre. Era lo único que me sacaba de aquella realidad. Ella narraba y yo trataba de imaginar. 

"Cuando caía el sol, un millar de florecillas coloreaban la tierra, Aza. Te habría gustado verlo, como a mí también. Tu abuela tampoco lo vio ni tu tatarabuela ni tampoco la abuela de tu tatarabuela. Pero tuvo que ser así, porque todas lo han contado como yo te lo cuento y como tú se lo contarás a tus hijas y así hasta el infinito, como el cielo que nunca se termina."

Mi madre era mi mayor entretenimiento. Era mi laguna de paz y tranquilidad. El hambre que nos acechaba todos los días, ella lo apagaba con sus historias. Ay, si ella supiera que me he ahogado en ese tesoro que tantas veces ha añorado encontrar. Si ella fuera consciente por un solo instante de la terrible suerte de su hija, su propio cuerpo sería tesoro puro derramado por sus enormes ojos de lechuza. 

¿Qué le habrán contado de mí? 

Me ahogué una vez y no he vuelto a vivir nunca más. Mi madre se equivocaba, se equivocaba, se equivocaba... "Cuando cierres los ojos en el sueño eterno, no desesperes, hija mía, porque allí me verás tarde o temprano, yo estaré al final del desierto. Sigue las rocas que tintineen y si se te cruza un lagarto por el camino esquívalo siempre, que no son buenos guías. Ellos van al calor, donde hay fuego para sus frías pieles; el calor es el infierno, la morada de los que no han padecido, de los malos, todos esos que nos tienen aquí encerrados en pleno desierto. Siempre ve en línea recta y cuando llegues a los árboles gigantes trepa uno de sus troncos, pues desde sus copas verás el camino de vuelta, porque, hija mía, vivir es para lo que estamos destinadas, tú y yo, siempre juntas, siempre vivas." Madre se equivocaba, yo estoy muerta y no veo ni caminos ni lagartos ni nada de lo que ella me decía. Estoy sola, en un cuerpo que no es cuerpo. No soy nada, pero pienso y siento la extraña sensación de atadura. Me noto fija en un espacio donde no transcurre el tiempo, donde no hay lugar físico y, sin embargo, veo a todos tal como estaban cuando me ahogué. 

Me ahogué una vez y no me gusta. Todos nos ahogamos al final de todo.

Me despedí de mi madre y con muchos otros niños hicimos un largo viaje. Luego, cuando llegamos a nuestro destino, un lugar azul, ocre y repleto de otros colores a los que era incapaz de poner nombre, nos separamos. Yo fui con una familia tan blanca como la leche de cabra. Me enseñaron muchas cosas. Todo era tan diferente de mi hogar. Y había tesoros por todas partes: agua que salía de mágicos tubos. La tierra de los hechizos y encantamientos. Mi madre me dijo que no me asustara, que iba a ver tesoros, los mismos que ella siempre me había narrado. "No tengas miedo nunca y recuerda que deberás volver para contarme tú a mí lo que yo nunca he visto."

Pero, nunca pude regresar. Nunca podré volver con ella, porque una vez me ahogué y sigo muerta.  

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Hija de Thor o la locura

"Qué rugoso es el tronco de esta palmera. En realidad de todas. Rugosas y blandas. Flexibles tanto que soportan bien el viento y sus fuertes rachas aquí. Así deberíamos ser en la vida: flexibles." Eso piensa ella, al mismo tiempo que fuma un cigarrillo con nombre que suena a español, Fortuna. "Hasta en esto es curiosa la vida. Fumarse la fortuna que en estos momentos no me acompaña. Aspirar el humo en estos duros momentos que me acaba de designar la vida."

Hoy sopla el viento, como suele ser habitual en estas tierras a la entrada del otoño. El mar se ha enfriado de un día para otro. De repente el color azul claro se ha vestido de una oscuridad que anuncia la frialdad. Esa frialdad que parece mostrar la reina de las nieves nórdicas mientras fuma y mira el tronco de una palmera. A su alrededor todo es normal. Hay parejas tomando el sol. A su lado una mujer joven baña en protector solar a su bebé de pocos meses de edad. Ese bebé que es pura vida, flexible y delicado, con una piel blanca como la leche y una mirada que no cesa de proyectar en todas direcciones. Incluso parece que la mira a ella, que lo ha observado dos segundos entre calada y calada. Observar es un verbo que indica una acción voluntaria y atenta. "Quizás no sería el verbo adecuado", piensa ella, "tal vez sea mejor decir que he acariciado con los ojos la ternura de esa criaturita, solo un vistazo fugaz; pero yo no estoy aquí ahora. Estoy ida, en otra parte, en el sofá de mi casa, con los pies en el cálido parqué. Los niños corretean por la casa y yo me cabreo siempre con ellos. Me enfadaba. Ahora me gustaría poder enfadarme con ellos de nuevo. No por el hecho de regañarles. No. Por el tiempo que hace de eso. Por lo que eso significaría. Tenerte aquí." 

Sus pensamientos no se detienen y se balancean entre el presente que mira sin mirar las hendiduras del tronco de esa palmera y las imágenes superpuestas del pasado lejano y cercano. No mueve los labios, solo cuando expulsa el humo y cuando sorbe el café cuya taza reposa azarosamente sobre la hamaca de la piscina. Ayer mismo daba otro uso a ese mismo asiento. Hoy ya no. 

Hoy no. 

"Recuerda dónde estás. No olvides que estás fuera. En casa, estar fuera significa pasar frío, tener cuidado para no resbalar con las placas de hielo. Es extraño todo. Aquí estás apenas vestida. La ropa es muy ligera y puedes llevar la corta melena suelta, sin necesidad de ponerte un gorro protector. Es raro el mundo. Ayer mi único calor necesario venía de ti. Solo ese calor necesitaba. El calor que desprenden tus abrazos en Oslo. Recuerdas que soy muy friolera y que al momento estaba tiritando. Pero qué alegría saber que enseguida me abrigabas con tu abrazo. Ahora el calor viene del sol. Qué burlesca es la vida, Oslo era estar contigo. Oslo suena a solo. Y sola es como estoy ahora bajo este sol de justicia. Y debo agradecer al menos esta suerte que es estar aquí en estas tierras de cielo azul despejado. Gracias a ello por lo menos siento el calor del sol, que no el de la familia." Se habla a sí misma, pero a veces no sabe si se habla a sí mismo o a otra persona que ve en su cabeza, a él. Se siente un poco enloquecida. Cualquiera lo estaría en su situación. 

Había venido acompañada. Eran sus vacaciones en España. Acompañada. Hermosa palabra. La soledad no buscada es un infierno terrible, como todos los infiernos. Como el de ahora. La gente a su alrededor es feliz. Eso no es lo que le molesta más. Lo que en realidad le indigna es que ella es objetivo de todas las miradas. Ella es la protagonista silenciosa de esta historia. Ella es consciente de que alguien incluso se mete en su cabeza. Tú, por ejemplo, que lees sus pensamientos en este momento. Tú, que la estás imaginando perfectamente sentada con las piernas cruzadas con elegancia, su pelo blanco con corte juvenil y su perfilada nariz. Ella es protagonista de esta tragedia. Ella sola que se siente sola porque está muy sola de verdad. Vino acompañada. Vino. Eso es pasado. Ahora está sola y conforme pasa el tiempo se ha fumado su café y lo que antes era taza ahora es una copa de vino. Ha sido magia o el impacto de lo acontecido lo que ha hecho que ella esté actuando como manipulada por el aire. Se mueve, va a la barra del bar, pide una copa de vino, paga, nunca mira a los ojos del camarero y vuelve a su hamaca. Todo ello en una danza hipnótica involuntaria. No sabe ni lo que hace en cada momento. Solo sabe que está sola. 

En su habitación todo está desordenado. Hay dos maletas. Colocarlo todo en ellas es su pesadilla. Venir acompañada y ahora regresar sola y con las mismas dos maletas. Triste. Es triste saber que en lugar de felicidad, ella vuelve cargada de melancolía, de malestar, de incertidumbres y desorientaciones. Está perdida. 

Pero eso será mañana. Ahora solo fuma y bebe vino, porque es lo que más en sintonía con ella está. El alcohol la evade. El humo le recuerda la muerte aletargada. Las imágenes se suceden en su cabeza sin fin. Siempre igual de caóticas. Un buffet repleto de bollería, embutidos, fruta, café, zumos, mantequilla y mermelada. Ella levantándose a coger dos copas de zumo de naranja. "El zumo estaba frío. Tan frío como estarías tú después." Ella corriendo hacia su acompañante. Él tirado en el suelo. Todos a su alrededor alterados. Ella rodeada de personas que solo conoce de vista. El mundo paralizado. El zumo perenne en esas copas que sigue sujetando. La sirena de la ambulancia. Voces hablando en un idioma que no conoce. Ella tumbada en la cama, recogida sobre su propio cuerpo, sin ganas de nada, ni siquiera de llorar. 

Ella. Él. Mucha gente y, sin embargo, sola. 

Pero tendrá que hacer las maletas y regresar sola. "Sola con mi maleta y la tuya, con tus cosas, tu ropa, tu olor congelado en la camisa sucia que dejaste en la cama. Sola, con un sufrimiento que nadie percibe porque lo oculto. Soy nórdica, hija de Thor y princesa del hielo. ¿Recuerdas que me llamabas así? Lo mismo tenías razón. Ahora que ya no estás, creo que tenías toda la razón, porque me siento extraña en este mundo. Quizás necesitaba perderte y no poder recuperarte en este mundo para ser consciente de que yo pertenezco desde siempre a otro mundo. No debería ser humana. Debería ser hija de Thor y vivir en otro mundo, donde tú siguieras conmigo como alguien inmortal. Pero no es así. ¿Adónde te has marchado que no te encuentro? Ese frío que te invade te es ajeno. Tú siempre has sido calor puro. Déjame que vaya contigo..."

Pero no irá con él. Un pensamiento no basta para que algo sea realidad. Ahora debe ser fuerte. La tragedia no ha hecho más que empezar. Hacer la maleta, volver a casa y saber que, por muy incomprensible que todo sea, ella es capaz de resistir, como siempre ha hecho, porque ella es hija de Thor y ahora lo sabe más que nunca; ahora que la tragedia la hace parte de una mitología que creía ficticia. 

Apaga el cigarrillo y deja de mirar el tronco acolchado de la palmera. Debe ser palmera y soportar los vientos que le han tocado vivir. Se levanta, sale del hotel, para al primer taxi que pasa por la calle y va hacia su marido. Allí, con su cuerpo delante, le besa la fría frente, firma unos documentos y regresa al hotel. 

Al entrar en su desordenada habitación, ya no duda de nada. Es hora de volver a casa y afrontar la vida con todo lo que venga. 

"Tenías razón. Yo enfermiza siempre sería tu supérstite. Lo que no esperaba es que mi padre te partiera el corazón con sus truenos. Eso jamás lo habría imaginado. Te voy a extrañar mucho. Pero no te preocupes, porque algún día volveré a estar contigo. El día que abandone este cuerpo, rogaré a Thor porque nos dé de nuevo una oportunidad para demostrarle que estamos hechos el uno para la otra. Juro que la próxima vez lo conseguiremos, ¿me oyes? Entretanto, vuelvo a casa, a Oslo, donde escribiré toda nuestra vida, para revivirla mientras llega la hora, para mantenerte vivo conmigo mientras tanto. No olvidaré ni un detalle y si lo olvido, te pido que en sueños vengas a recordármelos. Analizaré todo en busca de nuestro error. La próxima vez será la nuestra, la definitiva."


(Oslo, 10 años más tarde de estos acontecimientos.)

Ella cierra su cuaderno y mira por la ventana la niebla. Cree ver a alguien. Se gira sobre sí misma. Es el reflejo de un señor con bata blanca que se reflejaba en el cristal de la ventana. 

-- Buenos días, Señora Thun. Veo que sigues escribiendo tus cuadernos. ¿Me dejas leer lo último que has escrito? 

-- Sí, Dr. Klavis. 

-- Gracias -contesta el doctor, que a cambio del cuaderno le da un vasito de plástico a ella y añade-, No olvides beber abundante agua. Ya te daré mi opinión. Hasta mañana, Señora Thun.






viernes, 12 de septiembre de 2014

Infancia, uno mismo.

No sé cómo he llegado hasta aquí. 

Todo me es familiar pero no es lo familiar que yo conozco. El mar es igual de azul, el viento sopla con la misma intensidad y el calor es el mismo, un rebaño de ovejas de fuego que antes fueron blanca espuma danzando sobre las olas embravecidas. Soy yo en un lugar familiar que no es el mío. Son los rostros, sobre todo el color de la piel, la ropa tan ligera que cubre la piel tan poco, y es el bullicio de gente rara; gente a la que ya me he acostumbrado, pero no del todo.

Por muchos años que pasen. 

Me pregunto cómo he llegado a este lugar. Fue producto de un viaje, me parece. Ya no recuerdo demasiado bien. Hace tanto de eso. Tantas apisonadoras han pasado ya por mi cuerpo, tanta mano de obra barata en labores duras como las rocas de mi infancia.

Ay, mi infancia. Una vez fui joven. Tan joven como los mozos que corretean por aquí. Hasta me podía subir a los árboles y mirar la lejanía como un halcón. Rozaba el cielo y sentía la brisa sobre mi piel de canela. En cambio ahora no sirvo tres perrillas. Eso decimos ahora los de mi edad. No servir tres perrillas. Eso digo yo ahora, por haber crecido finalmente en estas tierras. Mi expresión sería otra, si no huebiran cambiado los vientos de mi vida. Anclado al pasado en todo, en los recuerdos, en las expresiones, en una infancia que una vez muerta todos tratamos de resucitar, como resucitó vuestro dios. Yo creía en el dios del comino, de la miel, de la hierbabuena y del cuscús. Creía en la luna llena que bañaba las oscuras noches de mi tierra, donde el aroma del zumo de naranja se mezclaba con las boñigas de los burros. Digamos que esta imagen es la que mejor define la vida misma. "Creía", he dicho, sigue siendo pasado, quizás porque mi presente se disuelve y ya no puedo apoyarme en él, salvo en determinados momentos, como el de esta noche. Ya no creo en nada, por creer no creo ni en el suelo que piso, es tan literario, tan extraño todo, un maremágnum de letras y tintas disueltas en la red de redes, en un terreno que asemeja más a lo virtual que a la rugosidad del papel.  El asfalto es duro y feo, todo tan uniforme, tan distinto a mi piel, tan poco natural. Solo la montaña que veo a lo lejos parece más real, sobre todo cuando el sol muere tras sus contornos femeninos. Es tan vivo ese momento, tan bello que me incito a creer en él, en la existencia de mi realidad.

Pero el resto es solo pasado. Solo existe mi pasado, solo eso está en mí en realidad. La juventud, los recuerdos, la infancia perenne, todo ello quiere salir a flote al paso de los años que revientan mis huesos y mis venas y surcan mi piel canela haciéndome cada vez más parecido a un árbol. Sí, a esos árboles que yo trepaba, rígidos como minares. Era hora de oración y el aire se henchía de cantos y oraciones. Uno se plegaba sobre sí mismo y en ese momento no había nada más. 

En cambio eso ya ha terminado. 

Vine aquí y me inundó otro sentimiento. Ahora hasta comía huesos de santo y manitas de cerdo. Qué más me daba ya. Cuando uno choca con otra civilización ya la suya ha quedado fulminada a polvo. De esa colisión nace el intento de recuperación. Yo jamás pude recuperar lo perdido. Crucé el mar. Arribé a estas costas tan secas como la mía. Tuve la sensación de estar en casa. En cambio, mi casa era otra, dejó de ser la anterior y esta al mismo tiempo. Mi hogar fui yo mismo. Noches de penurias en lo que eran esperanzas. Días de arduas búsquedas. Tiempos de dolor, de pena, de lucha. Asediado cada día por un techo de plástico y el fuerte olor a pimiento verde. Levantando el morrillo para volver a bajarlo, así en una danza que terminó hace poco, cuando ya no podía más. Ahora no soy nada. Solo un viejo que ha perdido la carne y el hueso en el camino. 

Un despojo de la nada.

Solo me queda el atardecer que estalla en esta bahía de Almería hacia Sierra Nevada. Sin embargo esta noche algo ha cambiado. Mientras paseaba por el paseo marítimo he entrado en un bar atestado de juventud y al mirar el cielo desde la terraza he visto una aurora boreal. Qué belleza inusual en estas tierras de secano. La aurora era falsa, solo un panel de cristal azul de neón que dejaba pasar el cielo nocturno y crear poesía. Ha sido tan emocionante que por un instante he vuelto a ser aquel joven que miraba el cielo desde lo alto de un almendro. 

Cómo llegué aquí ya no me importa. Tampoco cómo me iré. Total, ¿qué más da todo ya? 

martes, 9 de septiembre de 2014

Mis pequeñas estaciones

Pregunta César M. cuál es la estación del año que más nos gusta. Tengo una extraña desazón cuando trato de buscar una respuesta. De pequeño adoraba el verano. No había clase ni obligaciones. Íbamos a menudo al cortijo de mis abuelos y nos bañábamos en la alberca de mi abuelo. Allí rodeado de cañaveras y hojas de plátano y en un entorno poblado de hormigas, zapateros, helicópteros (libélulas), avispas dichosas e incluso ranas. A pesar de la suciedad del agua, nos lo pasábamos muy bien. Antes uno se remojaba en barro y basura y nadie enfermaba; ahora parece que hasta el aire envenena. La cuestión es que amaba los veranos y las siestas con mi madre en el sofá, siempre tan protegido por su brazo.

Pero los veranos empezaron a ser un horror. Llegó la adolescencia, la edad de trabajar en los hoteles, de saber lo que cuesta ganarse un sueldo, del valor del esfuerzo, de las obligaciones. El verano ya no sería nunca igual. Desde entonces detesto los veranos, su calor asqueroso, su humedad sudorosa y el peso del estrés. El verano ya no es sinónimo de vacaciones.

El invierno en Granada sí me gustaba mucho. Pasear por sus calles frías, serpenteando entre el aroma a café con tostadas y las estrechas callejuelas, me rejuvenecía. En cambio el tiempo era estresante, menos que en la época de hoteles pero igual de angustioso. Tenía un horario en la universidad agobiante, con clases todo el día, muchos trabajos, traducciones... Poco tiempo para mí. Las navidades se volvieron malditas, siempre con deberes, pendiente de estudiar porque en enero llegaban los duros parciales, con lo cual no podía disfrutar de las vacaciones con mi familia. Desde entonces odio las navidades.

Pero no solo eso.

La semana santa me gustaba mucho de pequeño. Eran místicas, idóneas para la espiritualidad, la filosofía, el pensamiento. Había ricos dulces, olor a incienso, calma en las calles, inundadas por música de tambor y clarinetes, gente callada de negro y esos capuchones (nazarenos) que tanto enigma provocan. Pero con la madurez, llegó la incredulidad. De creer en algo superior llamado dios o como quiera que se llame pasé a no creer en nada sobrenatural. La religión dejó de tener sentido para mí. Entonces la semana santa dejó de ser atractiva. Perdió todo su encanto y como la navidad quedó relegada a convertirse en tiempo para trabajos y deberes. Ya no eran vacaciones. 

¿Soy raro por no poder determinar mi estación preferida? ¿Por no ver en las fiestas algo que ilusiona? Quizás porque me he vuelto más dios de las pequeñas cosas. No me gustan los tiempos prefijados. Prefiero ver lo bueno que tiene cada momento. Me quedaré en esta afirmación: Mi estación del año es cada pequeña estación dentro de cada una de ellas.

Pensamiento matutino

Hay muchas palabras. Todas designan algo. No todas las designan por completo. Si yo tuviera que definirme con una palabra, creo que sin equivocarme mucho, podría definirme como sensible. 

Estando de erasmus, tumbado en el césped a la orilla de la Garona, en Toulouse, bajo un sol de justicia de pleno mes de mayo, conversaba con Ele y Maripi sobre la familia, lo mucho que se extraña a los seres queridos cuando están lejos. La muerte es la mayor de las lejanías. Después está la lejanía física que puede ser muy dura también. En aquel caso hablábamos de esta última. Es evidente que motivados por estar en el extranjero. Pensaba en mi hermano y en el poco tiempo que podía pasar con él debido a estar estudiando lejos. Me daba mucho pena. También me dolía no poder enseñarle a mi madre aquella Francia que a mí me fascinaba tanto, el verde intenso de la hierba y los árboles que vigilan las calles como soldados que solo el viento balancea. Cada dulce que me comía era un recuerdo hacia mi madre. ¡Hay tantas pastelerías en Francia y tanta variedad! Somos muy dulceros mi madre y yo. Un pastelico con un café por la tarde es lo más.

La semana que viene se va mi hermano a Italia de erasmus. Ahora me toca vivir desde la otra perspectiva. Sé que va a ser muy bueno para él. Lo sé por propia experiencia. Se irá de una forma y volverá siendo algo distinto, modificado por lo diferente, por el contraste con otra cultura, que aunque similiar siempre es diferente. Aprenderá una entonación, palabras de otro idioma y con ello el mundo lo verá un poco diferente. Se conocerá más y mejor a sí mismo. Pero sobre todo volverá deseoso de vernos, de estar con nosotros. Y aunque sus noches se pueblen de fiestas y diversión, su mente siempre estará un poco lejana, cerca de nosotros. Así es el erasmus.  

Eso estaba pensando esta mañana en la cama y no podía dormirme de nuevo. Estoy nervioso. Necesito que ya está allí instalado. Lo transitorio me tensa. Prefiero lo estabilizado.

Soy sensible. Lo sé. ¿Qué le vamos a hacer?