miércoles, 9 de julio de 2014

Cosas que no son ni tan buenas ni tan malas: faltas e internet

No soporto las faltas de ortografía. Seguramente esto se deba a que a mí me ha costado mucho esfuerzo no cometerlas. La cuestión es que voy a tener que empezar a no repudiarlas con tanto ímpetu y darles el cierto valor que tienen. 

Ayer supe que, sin las faltas de ortografía que cometieron algunos escritores latinos, no sabríamos en absoluto cómo pronunciaban ellos su lengua y nos habríamos quedado en las pautas dictaminadas por el latín usado por la iglesia. 

Saber esto me lleva a darle una mayor importancia a las faltas; a fin de cuentas son un casi fiel reflejo del habla y, por consiguiente, muestran la vida de las palabras en su momento concreto. Digamos que podríamos verlas como un testimonio similar al que producen las fotos antiguas o los restos de un edificio griego. Son una pasarela directa al pasado.

La buena grafía no es más que un intento de retener algo que está muy vivo, como es el caso de los idiomas. 

Los españoles de toda la vida no hemos diferenciado sonidos como la b y la v y, en cambio, tenemos que seguir diferenciándolas por escrito, cuando lo más lógico sería eliminar ese obstáculo arcaico. Ya en tiempos romanos se decía de nosotros que
                                        Beati hispanii quibus bibere vivere est.
                                ‘Dichosos los hispanos, para quienes vivir es beber’

Algo que me hace mucho gracia. No por el simple hecho de que nos acerca a nuestros antepasados con especial ímpetu, sino que también refleja una realidad muy irónica de nosotros mismos: un pueblo que trata de vivir y además de hacerlo con diversión.

Es cierto que nosotros somos bastante fieles a la lengua oral cuando escribimos. Peor caso es el de los franceses y los ingleses, que poseen una absurda ortografía basada en la escritura original. Es una obsesión de los que fijan y dan esplendor al idioma de esas lenguas; una necesidad absurda de dificultar la lengua, no sé si por mero patriotismo o por el simple hecho de ser complicados, de tener un idioma difícil de escribir, como un arte más que es preciso aprender con esmero. Yo no estoy a favor de semejante tontería. Es verdad que sirve para conocer el origen de cada palabra, pero ¿eso en realidad tiene algún beneficio? 

Prefiero dejar el interrogante y que cada cual piense lo que quiera. Mi opinión al respecto es clara, quizás porque en esta mi lengua han sido más prácticos a nivel ortográfico. Todavía podrían serlo mucho más, pero tiempo al tiempo, que este siempre impone sus leyes. 

Por internet, cambiando un poco de tema, he tratado de buscar textos que hagan referencia a dichas faltas ortográficas en latín, pero no he encontrado nada. Al final va a tener razón una amiga mía al decir que con internet nos creemos más listos pero en realidad somos más estúpidos, pues vertemos todas nuestras inseguridades en busca de una seguridad informativa en internet que muchas veces es falsa o que ni aparece por ningún recoveco de la red. Internet no es una panacea, sino más bien un laberinto más obtuso que el diseñado por Dédalo, puesto que de aquel al menos se pudo escapar, pero de este cibernético no nos salva ya ni la más ínfima bobina de hilo. Ay, Ariadna, cuántas entidades semejantes a ti necesitaríamos en estos tiempos de oscura ignorancia. Si vieras la cantidad de minotauros que pueblan estas tierras enloquecerías por no poder salvarnos con tu hilo dorado.

En cualquier caso, no voy a menospreciar la correcta ortografía ni los beneficios de la red que ahora mismo me permiten expresarme en este pequeño espacio dedicado a mi liberación imaginativa y escritora. Simplemente trato de quitar parte de la idealización que estas poseen. 

domingo, 6 de julio de 2014

Molesta sensibilidad

No sé si os pasa a vosotros también. A mí me ocurre que o alimento la sensibilidad o la sensibilidad explota en mí. Es una necesidad. Necesito sentirme frágil, localizar belleza en lo más mínimo y derramar algunas lágrimas.

Últimamente estoy muy sensible. Lo malo de esto es que si se excede el nivel de sensibilidad el mundo me devora y, lo que es peor aún, me destruye desde mi propio interior. Se condensa tal grado de destrucción en el centro del cuerpo mismo y estalla en expansión por todos los órganos internos... Estoy mal. Intento negármelo, pero no es normal que anteayer se incendiaria mi garganta de lágrimas cuando me despedí de mi abuela. Ya debería estar acostumbrado. Vivimos separados desde hace demasiados años, 19 o veinte. Ya no me emocionaba tanto despedirme de ella. O sí. A veces no nos damos cuenta de cómo suceden los acontecimientos de lo inmiscuidos que estamos en la historia que estamos viviendo; algo así como cuando uno sale del trabajo y llega a casa en coche sin saber muy bien cómo ha llegado a casa.

Esas subconsciencias automáticas me aterran. 

Esto de tener a gente que quiero lejos no me está haciendo ningún bien. Si tuviera a mi madre y a mi hermano lejos también no sé cómo me mantendría en pie. Dependo demasiado del cariño de mi gente. Me duele mucho. 

Por eso lo escribo, como terapia para relajar la tensión. Siempre que escribo me siento liberado. Me abro demasiado y quizás en el fondo no sea bueno, pero me importa un bledo, un comino, bien poco. ¿Dónde está la tecla que pone todo en su sitio? Se supone que la existencia es como una partida de ajedrez, pero yo no veo realmente esa metáfora en la vida. En una partida uno empieza y si se aburre guarda el ajedrez y continúa en otro momento. Si uno pierde siempre puede colocar las piezas en su posición de inicio y comenzar de nuevo. Sin embargo en la vida uno pierde y parece que no deja de perder. Por muchas fichas que te comas siempre te acaban ganando. La felicidad no se alcanza precisamente por ello. 

¿Quién demonios nos ha dejado en herencia esas ideas tan dañinas de felicidad? ¿Les debemos a los antiguos tantos comederos de cabeza? 

¿Les debemos la sensibilidad? 

¿Por qué soy tan sensible? 

No tengo respuestas. ¡Qué asco no saber responder a nada con seguridad! 

La vida me va a ahogar. Helmanticae dice que soy un ave fénix. Trato de recordarlo cada día. Agu también me lo ha dicho alguna vez. Me hundo en las cenizas pero regreso una y otra vez. Lo malo es que nunca resucito con un sentido claro de la vida, con una esperanza firme. Es todo tan absurdo. Tan molesto. 

Me molesta ver a la gente envejecer. ¿Qué haré el día que desaparezcan mis abuelos, mi madre, mi gente amada, mi hermano? Voy a enloquecer ese día.

Mal. Pensar mal en lugar de pensar bien. Eso acabo de hacer en todo lo que he escrito arriba. No aprendo la lección. No detengo los malos pensamientos. No pienso bien. Los hoteles que me dan de comer me están envenenando. La vida me está pudriendo. 

Crecer es experimentar un millón de veces la vida y a muerte, es tropezar constantemente, no aprender ninguna lección, porque no hay lección que aprender.

Sensible nací, sensible moriré: un pegote de mantequilla al sol del duro verano.

jueves, 3 de julio de 2014

Bagatelas de la sociedad vacía

Está el tiempo tan loco como siempre. Acabo de leer que ayer granizó en Madrid. Anoche hizo mucho frío en Almería, estuvo nublado y sopló mucho viento. Parecía octubre. Yo no sé si esto es por el apocalíptico cambio climático o porque la Tierra siempre ha tenido un clima cambiante. No tengo la menor idea. Lo que sí sé es que me gusta este frío veraniego, esta contradicción que provoca un día otoñal en época estival. Esto da un poco más de juego a la vida, porque rompe la normalidad. Lo normal en Almería a estas alturas del año debería ser un calor aplastante y un bochorno húmedo que asfixia y al mismo tiempo hace sudar. No creo que sea una situación que dure demasiado; aquí el calor se va a imponer enseguida: las puertas del infierno están en esta provincia o, mejor dicho, en casi toda España.

La gente, en lugar de disfrutar para hacer cosas que el calor no permite, lo único que hizo fue quejarse y maldecir el "mal tiempo". Nuestra sociedad tiene un grave problema. Lo veo cada día. Nunca estamos conformes con nada. Deseamos algo que siempre es lo contrario de lo que tenemos. Si hace sol, nos quejamos porque hace demasiado sol. Si llueve, nos quejamos porque llueve demasiado. Todo son quejas. Esta sociedad nuestra está trastornada. Todos tenemos una enfermedad existencial. En vez de quejarnos por cosas que realmente son importantes, vemos malestar en asuntos menores, en bagatelas. ¡Qué más da si hace buen o mal tiempo, si no me han cambiado las toallas de la habitación, si el pan de la panadería de abajo de casa hoy no está tan rico o si no hay una buena peli en la tele! 

Hay cosas más importantes.

Sigo aguardando la verdadera revolución, esa en la que se busque conseguir una vida mejor, realmente mejor. ¿Por qué no luchamos por tener una jornada laboral menor? ¿Por qué no tratamos de conseguir una vida digna? Lo digno no es lo moral. Lo digno es lo que te permite sentirte útil, darle un sentido a la vida, pero al mismo tiempo poseer las herramientas necesarias para que la corta existencia parezca más larga, más fructífera. Lo digno es poder vivir bien y no ser esclavo de la vida. Actualmente somos siervos miserables de la vida, del sistema, del dinero, del malestar. Vivimos en la queja barata. No sabemos disfrutar. 

Palabras, palabras... No va a cambiar nada. A mí me seguirán llegando clientes que se quejan por tonterías, pero que permiten que los ahoguen con impuestos (como yo mismo lo permito también) y que cada día la soga que cierne todos nuestros cuellos esté más estrecha.

Yo, mientras tanto, disfrutaré del fresquito que hace. Qué placer.