viernes, 1 de agosto de 2014

Como las Leónidas

De repente estoy en ese estado extraño que me lleva a escribir. Se trata de un momento en que mi cuerpo y mi mente parecen un poco alejados de todo, como si el mundo continuara su paso sin mí o al menos con un yo que va ralentizado. Parece un estado en el que, a pesar de la lentitud de la realidad, se disparan los sentidos y se perciben ruidos a los que por norma general no les prestamos atención. 

He apagado la tele. El vaso de leche permanece en la mesa enfrente de mi cara. Está vacío. El sofá está mullido. Qué cómodo es. Es una suerte poder tener un sofá cómodo, ¿verdad? Es una fortuna poder hacer tantas cosas de las que no somos conscientes. Cuando vivía en Francia, tenía una ducha en la que nunca era posible regular bien la temperatura del agua. Hacía un frío del carajo en pleno mes de enero y la calefacción no funcionaba a la perfección. Además vivía yo en un viejo edificio junto al húmedo río. Aquel viejo edificio del siglo XIX tampoco era una madriguera calentita y tenía suelos de parquet ondulados que seguramente más de un noble habrá pisado. Recuerdo lo mal que lo pasaba para ducharme, porque o me achicharraba o se me congelaban hasta las pestañas con aquella agua. En momentos como esos era consciente de lo afortunado que era aquél que podía disfrutar de una buena ducha templada o aquél que podía relajarse en una enorme bañera con espuma, una copa de buen vino y música clásica de fondo. (Me estoy poniendo un poco chic, ¿no?) La cuestión es que imaginaba con recelo el placer de una ducha tranquila y, al mismo tiempo, me acordaba de la inmensa mayoría de la humanidad que a veces no tiene ni agua para beber o que simplemente carece de toda posibilidad de conocer y disfrutar una buena ducha, una cama confortable...  y, aunque con todo lo que ocurre, yo soy un afortunado por tener estos pequeños placeres, no me siento bien. Me duele pensar que hay tanta gente peor. Me destruye saber que es algo que no puedo cambiar, que siempre será así, porque siempre ha sido así. Y sí, sé que ahora podemos decirnos que todo es posible, que se puede cambiar todo, que es cuestión de lucha y de constancia, pero nos estaremos engañando. 

Proclives a la destrucción.

No entiendo cómo siendo tan corta la vida y tan bello el mundo, debemos estar destruyendo sin remedio. ¿Por qué tantos conflictos? La tele está mejor apagada, pero no porque así desaparece la realidad que me eriza el pelo. No. Apagada como cerrados los periódicos, porque así, por puro egoísmo, no padezco más mal que el que yo mismo soy capaz de reconocer en mi realidad. Apago la tele y cierro los periódicos. Desconecto las redes sociales. Enciendo la cafetera. Preparo tostadas. Y escribo o leo o miro el cielo azul para desconectar. Escribir para ser otro en mundos ajenos aunque similares al nuestro, mi mundo interior. Leer para vivir vidas inventadas donde todo forma parte de algo volátil, necesariamente virtual, como un juego donde uno muere y sigue jugando si así lo desea. Mirar el cielo azul, porque nos lanza hacia la lejanía, hacia algo inalcanzable pero próspero, repleto de calma, como esa charca que funciona de claro espejo.

Pero esto no puede durar toda la eternidad. La charca está bien para evadirse con la mirada. Apagar la televisión y cerrar los periódicos no debe ser una costumbre. La realidad va a seguir ahí. Alejarse de ella es solo ocultar con una gasa la sangre que discurre por tu mano. A fin de cuentas todos somos asesinos de nosotros mismos como mínimo. 

¿Parará la desolación de Gaza?¿La política absurda del dinero?¿La religión?¿La destrucción perenne?

Qué iluso. A veces me gusta ser un iluso, como hacerme el tonto. Es bueno sentir que uno puede ser distinto a sí mismo de vez en cuando, porque de lo contrario se corre el peligro de la gorgona, la petrificación. La vida es una medusa con melena de serpiente que se pasea ante nosotros sin demora y siempre con máscaras infinitas. ¿No lo veis?

Me diluyo en la realidad.

Ver el hecho de que ahora mismo, en este estado de escritura transitoria, lo único que hago es lanzar la mente y la palabra bien lejos, porque así me relajo, así dejo de reflexionar sobre el mundo absurdo. 

Porque otra cosa no, pero estoy completamente seguro de que este mundo es absurdo a más no poder, empezando por mi propio yo y terminando por los confines del universo o de los universos, porque ya no sé si hay uno o millones, como las estrellas, las leónidas que nunca veo pero que cada agosto rajan nuestros cielos.


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