lunes, 14 de noviembre de 2011

Un gato-tigre de esfuerzo y respiración

Entre palabras volcadas a través del micrófono del móvil, cuando la noche ya ha tomado su reino, aparece bajo las sombras de los coches un gato. Su tamaño es descomunal. Su color gris, triste. Bien podría ser un tigre callejero. 

Pero no. 

El gato sube guareciéndose entre las cortas sombras que las farolas proyectan bajo los coches aparcados en fila en una cuesta muy empinada. yo sigo hablando y comentando. Las risas rebotan en la solitaria calle. La luna fantasea en el cielo. Eva, al otro lado del auricular, habla conmigo de muchas cosas. Parece que la tranquilidad ha llegado. 

Pero no.

Era solo una terrible ilusión. 

De repente, la tranquilidad se quiebra. El motor de una moto de cross estremece el ambiente. Su ruido se intensifica rebotado por la estrechez de la callejuela. Su impacto se desparrama por la cuesta. Un susto. El gato quiere cruzar. Salta. El susto se intensifica. La moto aparece a la vista. Surge como un demonio con guadaña de sierra. Moto(rizada). El ruido tropieza. Gato y moto se encuentran en una misma coordenada de tiempo-espacio. El granuja que la manipula hace zig-zag con la rueda delantera. El Gato se queda momentáneamente paralizado. La moto, que no ha llegado a caer, continúa su despavorido recorrido. Su avalancha mortal.

El gato.

El tigre.

La moto.

Yo.

Eva al otro lado del auricular.

La luna en el cielo.

Las paredes blancas.

Las sombras.

Todos hemos sido testigos de un atropello. Cada uno desde su propia perspectiva.

Me acerco al gato-tigre. Tiene sangre en la boca. Se revuelve frenéticamente. La vida lo impulsa a levantarse. 

Pero no.

Hay algo que se lo impide. Se esfuerza por ponerse de pie, por vivir, por continuar su sigiloso camino. Se retuerce. Jadea. Su respiración se vuelve ruidosa, cansada, estremecedora. En ella escapa la vida, aunque no lo haga tan rápido como pareciera. En sus violentas sacudidas se esconde un espíritu salvaje. Me aterra la idea de no poder hacer nada. Si lo toco sé que me arriesgo a un mordisco, ¿rabioso? Nunca se sabe.

La noche se extiende. En otro lugar no muy cercano la vida ya ha escapado de un cuerpo, mientras el gato se retuerce. Unas horas después, el gato ya está junto a mi puerta; repta como una serpiente; no ha conseguido ponerse de pie. Parece que el centro de su columna hubiera sido anclado al suelo. 

Horas y horas más tarde, el gato ya está casi al final de la calle, entre sus respiraciones fugaces y sus esfuerzos interminables y, para cuando quiero volver a mirar, la magia ha hecho que desaparezca. 

Ya no estaba. 

Se había esfumado.

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