domingo, 7 de abril de 2013

Parmentier, la patata y yo.





¿Qué habría sido de la humanidad sin la introducción de la patata en la alimentación?


Este alimento que está tan presente en la gastronomía no siempre tuvo tanta importancia. Es más, hasta el siglo XVIII se le consideraba indigesto y causa de varias enfermedades. Para nuestra fortuna, llegó el agrónomo francés Antoine de Parmentier y cambió toda idea al respecto. Demostró que su fácil cultivo y su gran valor nutritivo podría ser la panacea a las constantes hambrunas que diezmaban la población desde tiempos inmemoriales. A pesar de las múltiples negativas y del sinfín de obstáculos, el curioso nutricionista fue capaz de convencer a las autoridades de la época y, tras ganar un importante premio, le concedieron terrenos donde cultivar el tubérculo y experimentar con él. Lo interesante fue que de todo esto salieron importantes recetas y una fama popular por la patata impensable; desde ese momento pasó a llamarse "Parmentière", en honor a su más relevante defensor.

A día de hoy, su nombre sigue empleándose en recetas que llevan patata.


Aquí ponían ese kiosko de patatas.
¿Por qué os hablo hoy de este asunto? Como ya me conocéis, aquellos que me soléis leer, muchas de mis entradas en el blog se desarrollan en función de un mecanismo de relación, por el que una cosa me lleva a otra y se interrelaciona con otra más, de tal modo que se crea una especie de telaraña temática. Es el mecanismo de Proust. Esta mañana he visto en la televisión un documental sobre la patata frita, que por cierto me ha abierto el apetito sobremanera, y mientras disfrutaba del espectáculo visual y de las curiosidades que iban narrando me he acordado de un momento especial de Toulouse: las patatas fritas con mayonesa (des frites mayo, como se dice en francés) de la Place du Capitole, en pleno centro de la ciudad. Cuando salía de fiesta, siempre al regresar a casa mi amiga Maripi y yo hacíamos parada en el kiosko de patatas fritas que por arte de magia aparecía en la plaza al marcar la hora del contrahechizo de Cenicienta. Aquellas patatas sabían a gloria. Hechas en el punto exacto de aceite y cortadas con el grosor perfecto, morder cada una de esas patatas era tocar el paraíso y rozar el infierno. Recuerdo que las servían en un cucurucho de papel de estraza, que al mismo tiempo me traía gratos recuerdos de la infancia cuando en los puestos de la feria mi madre me compraba cucuruchos de garrapiñada. Otras veces, cuando ya de vuelta en España salía de fiesta, siempre me asaltada la morriña por aquellas patatas fritas. 

A la vez que escribo este post rememoro las palabras de mi abuela: "Con un saco de papas vive un pobre." Y tiene razón, sin Parmentier las hambrunas habrían seguido arrasando con miles de vidas; en cambio, descubrir que la patata podía entrar en la alimentación trajo alimento a estómagos habituados más al aire que  a la nutrición. Con una patata se puede cocinar desde un puré de patatas, una tortilla de patatas, unas papas a lo pobre (papas a lo desgraciao, en términos de mi abuelo), una patata asada, una ensaladilla de patata con mayonesa, maíz, atún y aceitunas (ensalada rusa), patatas con puerro, nata y pimienta, patatas con queso... hasta las deliciosas y no tan sanas patatas fritas. 

Patatas baratas, patatas nutritivas.

Gracias, Monsieur Parmentier. Sin ti, la vida habría sido muy distinta. 

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