viernes, 25 de febrero de 2011

Tesoro

El fin de semana pasado tuve la suerte de tener en mis manos una foto maravillosa y, a la vez, extraña. La foto debió ser tomada en los años 20, años antes o años después. No estoy muy seguro.

En ella aparece un señor vestido de militar, sentado en una silla de mimbre, junto a una mesa que parece de costura. Al fondo se ve claramente un falso jardin de decoración. El hombre regordete tiene apoyado un pie sobre la rodilla y en la mano izquierda sostiene un puro medio fumado. Lo curioso son las dos insignias que cuelgan a la altura de pecho y esa pose tan, digamos, sospechosamente militar.

¡Qué extraño!

El señor es mi bisabuelo José: un señor pacífico, inteligente y delgado (al menos así era hasta que he visto esta foto); un ser entrañable, lleno de amor; alguien para quien sus hijos y su esposa eran sus seres más queridos; una persona trabajadora, que conoció los mejores años de la fábrica de azúcar de Salobreña y que evitaba cualquier tipo de enfrentamiento.

¡Qué curioso!

Este hombre no parece, en absoluto, el mismo que he visto en otras fotos; ni siquiera coincide con su personalidad. Me pregunto si no sería una persona distinta: me refiero a si no sería de ese tipo de personas que conforme van creciendo van cambiando hasta mutar en seres completamente diferentes.  No lo sé.

A pesar de todo, soy incapaz de ver en él a mi bisabuelo. ¡Si odiaba los conflictos y la guerra! ¿Cómo era posible que estuviera vestido de militar, con ese habano en la mano, mostrando dos insignias de guerra y una pose tan "conservadora" y déspota?

Según mi abuela, se trata de una foto falsa, es decir, mi abuelo debió retratarse de militar para regalarle la foto a su novia. En palabras suyas: ¡Niño, pues como se hace en el parque temático Oasis de Tabernas! Claro, así se esclarecen las dudas. Parezco tonto.

Así sí.

Esa explicación reduce las incógnitas y añade una nueva faceta que desconocía por completo: habría sido un  buen actor con esa mirada penetrante y la fantástica capacidad, que demuestra, para adquirir una personalidad ajena. 

¿Por qué os cuento todo esto?

He decidido hablar de la foto porque me sorprendió muchísimo y, sobre todo, porque acabo de hacerle una copia restaurada gracias a photoshop. ¡Cuántas horas de trabajo me han costado hacerme mínimamente con el programa para una tarea tan simple!

Por cierto, jamás lo conocí y, sin embargo, parece como si supiera cómo pensaba en cada momento.

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