miércoles, 12 de febrero de 2014

En un segundo, el cambio.

En un segundo, el cambio.

"Yo puedo con todo. Tengo fuerza para afrontar cualquier cosa", podemos decirnos a menudo; sin embargo la realidad es que podemos hasta cierto punto. Lo digo no siendo pesimista ni tremendista, simplemente como una constatación tranquila y pausada sin mayor consecuencia en mi vida o en la de cualquiera. En un segundo llega la enfermedad, se instala, te roba el hambre, te cose la garganta y ni el agua es bienvenida, sino más bien una especie de agente dañino que tratas de evitar. Además sube la fiebre y ya entonces en cuestión de horas has dejado de ser tú para ser un monigote sin energía de movimiento, solo con energía para calentar, con capacidad para freír huevos en tu propia barriga. Eso mismo. Tu cuerpo se vuelve una plancha viva y, si aprieta más el calorcico, hasta eres una secadora y un calientaplatos. Pero no se queda en eso, luego te derrites, se te secan la boca, los labios, los ojos, el cerebro y deliras, se disparan los sueños, las fantasías, a la par que te retuerces de dolor. Y mientras te conviertes en charco frío eres una serpiente que repta por las sábanas que te cobijan y cambias de piel. Así un día y otro y otro y los misiles de antibióticos, ibuprofeno, paracetamol, omeoprazol te taladran el estómago, porque además lo tienes más vacío que las cuentas bancarias de muchos españoles y llega un momento en que no sabes si se te pasará ese terrible estado, si tanto medicamento armamentístico sirve de algo o si lo tomas solo para sufrir al tragar y tratar de evitar la arcada, el vómito, el asco, la repugnancia de notar que comes mierda. Y te levantas como un muerto viviente, vas al baño, enciendes la luz del espejo, te acercas y allí siguen las malditas metrópolis de bacterias, trasladando sus sedes de un lado al otro de la garganta como si se burlaran de mí y de todo el arsenal que no le afecta apenas. Y yo las insulto mentalmente. Me siento país en guerra en mi propio territorio. 

En un segundo, el cambio.

Somos torres de madera firmes hasta que llegan las termitas y el vendaval y te sostienes con dificultad. Torres de madera que se reconstruyen por fortuna, porque las termitas muchas veces se vencen por muy organizadas que estas estén.

Por alguna razón tengo muy presente "Hablar solos", el libro de Neuman. Sigo con amigdalitis, pero ya mucho mejor. Ahora en el espejo las ciudades de bacterias han sido destruidas, han desaparecido los dos botones blancos que decoraban mi glotis. Enfermo hablaba solo más que nunca, sobre todo porque hablar en voz alta con mi madre era doloroso. Mi madre hablaba sola y me hablaba a mí, se preocupaba, trataba de hacer que bebiera muchos líquidos, que comiera yogures, cosas blanditas. Y ha sufrido las fiebres prolongadas de casi 40 grados como si ella misma las tuviera. Una madre es la mejor enfermera. ¡Qué haría yo sin mi madre! Y lo hemos comentado alguna vez: debe ser muy triste estar enfermo solo. 

Hace un mes, cuando operaron a mi tío, en su misma habitación había un señor mayor solo y muy mal. Un hombre que solo había visitado al médico una vez en toda su vida, algo así como unos 83 años o más. El señor necesitaba oxígeno, era inquieto y no dejaba de moverse (sin poder) de un lado de la cama al otro y balbuceaba sonidos extraños la mayoría de las veces. Solo en algún momento de lucidez era capaz de contar algo. Pues el hermano del señor pagaba a una pareja para que cuidaran al hombre y la pareja en lugar de estar con el señor como correspondía solo hacían el paripé de estar cuidándolo. Iban allí durante el día. Decían al hermano que se quedaban por la noche, pero todos sabíamos que no. Al final, una enfermera destapó el pastel. Ese hombre no se merecía ese trato. Sufrir solo. Qué mal más cruel. Abusar de alguien así sin escrúpulos. Qué asco. Me produce tanto asco como los dos pastillones de amoxicilina que me tenía que tomar estos días atrás. Por suerte alguien habló y al menos ese hombre murió acompañado a los pocos días, o eso quiero creer.

En un segundo, el cambio. Yo pasé de estar bien a estar fatal y derrumbado en una cama que me absorbía. El hombre pasó de estar siendo estafado y solo a estar acompañado. Del todo a la nada o viceversa. O sencillamente del algo al poco o viceversa, gradualmente.


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