miércoles, 31 de octubre de 2012

Un sueño complicado

Oscuridad.

Me despierto todos los días y todas las noches a la misma hora. Y solo hay oscuridad. El recuerdo del sol, de la luna y de las estrellas se va difuminando en cada despertar. La memoria se derrite y con ella mueren los árboles que vi y su concepto; las hojas que los coronan y sus ramas; el sapo, el pájaro, el caballo, la gallina, el cerdo, la zorra; los animales son ya en mi cabeza una masa enorme y deforme, con los colores mezclados y aromas y sonidos incomprensibles; el cielo. 

¿Qué es el cielo? 

Ya no es casi nada. Solo veo oscuridad. Esa profunda falta de luz me abraza y constriñe con voracidad.

Lo peor de todo no es ese olvido. El verdadero horror se halla en el hecho de que ya no sé cómo son mis ojos ni mis orejas, ni mi barbilla ni mis manos o piernas, casi no recuerdo mi voz o algún rasgo de mi cuerpo característico. ¡Ah, espera! Me ha venido a la cabeza una idea, un recuerdo tal vez o una invención; pero algo es algo. Recuerdo de repente lo que es un ombligo. Veo mi ombligo y en él hay una pequeña pelusa. ¿Es azul? ¿Roja? ¿Verde? Ya no lo sé. Esas palabras representan matices que soy incapaz de diferenciar. 

He olvidado casi todo. Solo sé que el negro es un color distinto; es el único que recuerdo, porque lo veo a diario en mis dos despertares. Noto las garras de la negrura y los pequeños matices que distinguen unas manos de oscuridad de otras. 

¿Qué pasa aquí? ¿dónde estoy? 

Cada día las preguntas me atenazan más y más. Son cadáveres que se extienden debajo de mi piel. Son los muertos de mi vida, cada segundo fallecido en mí, ahogado por el oxígeno y por el tiempo. Y hablan. Reconozco lo que es una voz gracias a ellos. No estoy seguro de que todas las voces juntas de esos muertos compongan la melodía, el tono y el timbre de mi voz. 

Ay. Huele a algo. Un momento. Esto... ese olor es tan... familiar. Me muevo en este agujero negro, como los gusanos que me acompañan. ¿Esto qué es? ¡Anda, qué curioso! ¿Un palo? Lo estoy tocando, creo. Tengo hormigueos. ¡La mano! El hormigueo está en mi dedo y, gracias al roce con la rama, estoy convencido de que esto es mi mano y de lo que es una mano. Vuelve un poco el recuerdo y la imagen. Aunque esto es muy fino para ser una rama, para ser esa parte de... de un árbol. ¡¿Árbol?!

¡Ay! ¡Sangre!

Sangre que está fría. ¿Esto es el frío? Una espina en mi dedo. ¿Un tallo?

¿Qué tenía un tallo y espinas? 

Me invaden recuerdos y perfumes. Soy yo hace mucho tiempo. No me veo, pues veo a través de mí. Voy corriendo por una ladera y, al poco, tropiezo con una piedra, me golpeo y me hago magulladuras. Voy rodando por la hierbas hasta que, al fin, se detiene la caída. Estoy rodeado de rosas. Miles de millones de rosas. Las abejas pululan por el aire, no muy lejos de mí. 

Hay una rosa sobre mi cabeza, aquí en la oscuridad. El rojo inunda mi visión.

Un segundo. ¿Una rosa? ¿Oscuridad?

No pienso ya. Estoy cansado; dormiré de nuevo a la espera de la próxima hora, que siempre llega.

Estoy precipitándome en el sueño, cuando un estruendoso golpe me saca del trance.

La oscuridad se atenúa. Se oye algo.

"Arriba, arriba todo el mundo. Menos dormir y más despertar. Se acabó eso de ocupar la tierra común."

Es un hombre. Me duele todo. Se abre el cielo oscuro, veo lo que es la luz, dicen. Hay un hombre. Me mira de hito en hito. Tiene una pala con la que golpea la tierra y dice sin cesar que nos levantemos. Seguiré sus instrucciones, creo que es lo más oportuno. Salgo del agujero y me giro.

¡Qué demonios! ¡Estoy muerto!

Recupero la memoria y me palpo todo el cuerpo, al mismo tiempo que pretendo pegar de nuevo el pellejo que cuelga por mis carnes; mejor dicho por mis huesos. Tengo gusanos en mí. ¡Qué asco! Odio los gusanos. Salto y bailo para que se desprendan todos de mi cuerpo. Me produce cosquillas una lombriz que trata de no zafarse de mi tibia internándose en una oquedad que hay en la parte superior. Sin embargo sus esfuerzos no tienen sentido, porque agarro un extremo y la extraigo del hueso para tirarla lejos de mí. 

Me repugno. Me doy asco. Tengo hueso y pellejos nada más. Solo han quedado intactos mi pelo y estas uñas gruesas que perfilan todavía mis dedos huesudos. Sé qué debo hacer antes que nada. Mi prioridad es tintarme el pelo y cortarme las uñas. Hay que mantener lo poco que queda de mí. No puedo dejar que el hueso sea ceniza y polvo. 

"Arriba, arriba. Todo el mundo arriba. Tanto dormir... No se puede dormir, poniendo la excusa de que estáis muertos. Me colocáis esas lápidas en vuestras cabezas y pretendéis callarme con vuestras excusas. Me importa un bledo que estéis muertos por una flatulencia contenida, por una enfermedad natural o por un accidente inesperado. ¡Que fue culpa de otro! Eso decís siempre. Menos excusas y más despertar. Vuestros familiares y amigos no os olvidan. Os lo han escrito. ¿Sabéis lo atrevido que es poner sobre piedra una palabra? Queda petrificado en el tiempo y el viento es incapaz de transportar y robar lo que dice el autor. Así que arriba todos."

Ese hombre me ha despertado de las sombras. Estimo oportuno agradecerle el servicio, pero me avergüenza la idea de hacerlo. Mejor me voy.

Al salir, descubro que todo está muy cambiado. Han talado el bosque que rodeaba el cementerio. Está todo lleno de cenizas. El cielo también se ha transformado en una extensión marrón extraña. No comprendo nada. Hay perros babosos que corren en manadas de un sitio para otro. No sé adónde ir ni qué hacer. No tengo familia. No tengo nada. Puedo subirme a ese poste y otear el horizonte. Sí. Me parece buena idea.

Estoy subiendo el palo. Se oye un piar. Pío, pío, pío. Me sacude el aire. Caigo al suelo. Vienen los perros. Me miran. Uno me pone una flor en la cara y, a continuación, vuelve la oscuridad y, con ella, la oxidación de la memoria. 

Tengo sueño. 

No quiero salir del agujero. Quizás en otro momento, cuando vuelva la hora y el hombre enérgico me saque a la fuerza del sueño oscuro. Puede que entonces consiga subir a lo alto del poste y ver dónde está el pueblo y la peluquería; arreglarme el pelo y cortarme la uñas y quién sabe qué más. Eso ya lo pensaré cuando llegue la hora. 

Por el momento vuelvo a estar muerto y duermo... ¿De nue...?

Ruido. Mucho ruido. Saco la cabeza del agujero y veo gente de negro y muchos colores en sus manos. ¿Son lirios, rosas, azucenas? ¡Yo qué sé! Aquí nadie me permite dormir como quiero. 

Dormir. Ese es mi deseo, pero tendré que esperar a que se vayan de aquí los escandalosos vivos y a que apaguen la luz de sus velas, si con la cera no me han quemado antes lo poco vivo que conservo. 

Cierro los ojos. Ya me avisáis vosotros, humanos, cuando ya no estéis incordiando por aquí, ¿Vale? Pues eso. RIP. 

2 comentarios:

  1. Vas depuranto tu técnica y mejorando día a día Lillo, extraordinario cuento, de verdad, muy bueno.

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    1. Muchas gracias, Agu. Por tus últimos comentarios debo pensar que en cierto modo estoy progresando, aunque es bien cierto dejar claro que no hago esfuerzos para tal cosa. Quiero y deseo mejorar cada día y en cambio no sé cómo se hace eso. Aquí me he dado cuenta de que escribo cada vez en espacios de tiempo mayores y que cuando me pongo a escribir parece que las letras me poseyeran y todo quedara apralizado; escribo poseído, viendo todo lo que cuento, como ese bebé que explora su alrededor desde la cuna. Y escribo. Gracias por aportarme siempre tanto; no solo por tus comentarios aquí, sino en la vida real, ese intercambio de opiniones, saberes, incertidumbres y amistad verdadera. Un saludo.

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