domingo, 5 de enero de 2014

Berlín

Dos meses ya sin escribir, ¿en serio? Me parece una broma no haber asomado los morros por aquí en tanto tiempo. ¡Lo que hace perder de repente un hábito! Empiezas no escribiendo, porque no se te ocurre nada o por el mero hecho de que no tienes ordenador o Internet y acabas perdiendo la necesidad de escribir, así como las ganas, las ideas. Desde noviembre sin redactar nada me parece terrible. Intentaré recuperar el hábito perdido, supongo. 

Estuve en la capital germana una semana de vacaciones.

Subir en el avión siempre es una experiencia que me pone de los nervios. Con la edad cada vez sufro más el vértigo de la caída, la sensación de ver que el avión se estrella, que explota un motor, que se abre un agujero en la estructura del aparato y salimos todos volando... ¡Qué ingente cantidad desproporcionada de visiones absurdas, aunque posibles, me bombardea al despegar y al aterrizar! ¡Es impensable! En esto ha debido influir mucho el cine catastrófico (catastrofista era la palabra que yo quería escribir aquí pero el corrector me la subraya como inexistente; en cambio el drae me certifica su existencia). Es un mal que me persigue desde la adolescencia, cuando empecé a ver cine de acción y de catástrofes naturales, explosiones en túneles, erupciones, terremotos, meteoritos, huracanes, accidentes y asaltos de aviones, barcos, trenes... En primero de carrera, recuerdo que cuando subía en el autobús solía mirar por la ventana el paisaje (siempre lo he hecho y lo seguiré haciendo) y, de súbito y sin venir a cuento, una imagen me asaltaba y el bus chocaba contra un automóvil o se despeñaba por un precipicio y yo, como actor de una película, salía del bus usando extrañas habilidades, como puede ser rompiendo la ventana con el tacón del zapato de la señora que iba sentada a mi lado o conjurando hechizos (sí, ya sé que puedo llegar a estar muy loco; la cabeza es la que rige las fantasías). Todo esto viene al hecho de que el trayecto fue bien, a pesar de que alguna visión catastrófica se me pasó por la cabeza. 

Llevaba muchos años sin salir de España y, por consiguiente, tuve el raro sentimiento de volver a ser extranjero; sentimiento, dicho sea de paso, muy adorable, porque me da vida, me estimula, ejerciendo en mí la magia de algún demiurgo invisible que toca mi cuerpo inerte justo en el preciso momento en que pongo pie en suelo ajeno. Berlín. ¡Oh, Berlín! Allí tan presente en la historia europea del siglo pasado, con sus edificios reconstruidos a la perfección, tanto que no parecen reconstruidos, con sus grandes calles y esa mezcla de edificaciones modernas y antiguas, que encajan como si hubieran sido diseñadas con ese fin. Berlín o mejor dicho los berlineses tienen la capacidad de adaptar lo antiguo y lo nuevo sin que parezca estrambótico, un collage realizado por manos expertas. Se ve que en Alemania se ha puesto de moda reciclar y, cuanto más reciclado parece todo, más a la última se está. Así estuve en una discoteca que era una antigua fábrica; en un bar que poseía todo el mobiliario reciclado o reutilizado; en un centro comercial con cine que era otro recinto industrial, etc. Absolutamente lo reciclan todo. Pero Berlín es mucho más. Es una ciudad de gente con mentalidad abierta, que no mira mal a nadie, que va a lo suyo y ayuda si se le pide ayuda. Tienen pastelerías por doquier con deliciosos Kuchen (tartas), bebidas gaseosas diferentes (de manzana, por ejemplo) y cervezas de muchos tipos y a buen precio. Es una ciudad barata, asequible para un bolsillo normal. Es multicultural, tanto que allí las típicas mujeres que están en la calle intentando sacar dinero por leer la mano hablan doscientos idiomas y los mercados al aire libre son turcos, los chinos abundan y la comida rápida también. En Berlín hay todo lo que uno pueda soñar y, para ser una ciudad tan grande, no tiene graves problemas de estrés; la gente iba normal, la inmensa mayoría; solo recuerdo una chica con los nervios a flor de piel que me miró con cara de voy a asesinarte porque me di la vuelta de repente en medio de un paso de peatones. Cada vez que he estado en Madrid he visto el estrés de la gran ciudad y un sistema de transporte público ínfimo si se compara con el berlines, donde la espera es corta y la velocidad de desplazamiento rápida. Además había carril de bicis por toda la ciudad, aunque debo remarcar que ese carril es terrible y se confunde con la acera. Ya podrían pintarlo de algún color. La carretera, además, parece un plano de arquitecto repleto de líneas blancas rectas y curvadas que no se sabe bien dónde van a parar y el uso que tienen. 

Los museos berlineses me sorprendieron mucho. ¡Tenían una puerta persa completa y un altar griego entero dentro del museo! Ves allí tantos restos de culturas de todo el mundo y lo primero que piensas es en lo cruel que es el ser humano, que roba el pasado de otros pueblos para exponerlo en un lugar que no corresponde. Ese altar griego debería estar en Turquía que es donde se encontró. Las momias tendrían que permanecer en Egipto. Los sarcófagos etruscos, en Italia, así como todo el arte romano que allí se condensa. Robado, me parecía todo. Sacado del lugar original tras una guerra en la que el pueblo vencedor no solo ganaba la guerra sino que además ganaba la memoria de un pueblo desaparecido tiempos atrás. Ver el rostro de Nefertiti en aquella sala y mirar por la ventana con aquel cielo gris perenne se me antojó inapropiado. Aquel bello rostro tan magistralmente esculpido debía estar en su entorno. Pero la humanidad funciona así, la vida misma funciona así: el vencedor gana todo, hasta lo que no debería ganar por principios. En cualquier caso, grandes visitas en excepcionales museos. Enormes avenidas. Frío gélido constante. Decepcionante puerta de Brandeburgo. Maravillosos y colosales parques. Muro célebre convertido en galería de arte a la intemperie. Exquisita comida. Modernidad contenida. Recuerdos a las víctimas. Surrealismo arquitectónico en que un trozo de torre campanario pende del cielo como testimonio de un bombardeo y que se asemeja a la guarida de un demonio. Frondosos bosques. Colosales catedrales. Noches frías y tempranas. Cementerio con muñeco diabólico incluido. Fotos y más fotos. Risas y alegría infinita. Dolor de estómago. Vitamina C. Película italiana en versión original. Explicación de la elaboración de mermeladas caseras. Retrete extraño. Homeopatía. Panecillos. Hojas amarillas, rojas, caídas. Limusinas. Torre de la radio que roza el cielo y deshilacha las nubes. Mercado navideño. Capitalismo vil. Diversidad. Calor amistoso. Edén selvático. Inmejorable compañía de viaje. 

Berlín es una canción de Jazz en un tablero de ajedrez, con sus ajedrecistas bebiendo birras y comiendo col hervida y patatas casi a lo pobre. Es París, Londres, Madrid, Roma, Ankara y Nueva York, al mismo tiempo que aldea gigantesca. Es una chapita engarzada en mi memoria. Es una semana de noviembre cargada de gran experiencia. Ojalá algún día sea profe de nuevo (ya sé que soy un pesado con el tema) y pueda volver a Berlín con más dinero y sin prisas. Que no tenga que volver en busca de trabajo, porque entonces el sueño berlines se habrá roto como se descompone el estómago y se acaba vomitando tanto pastel y tanta cerveza.

Gran viaje.

Y con esto, vuelvo al blog. Espero que no os hayáis olvidado de mí. Un saludo y ¡Feliz año nuevo!  

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