domingo, 6 de enero de 2013

Cuento de reyes

En la oscuridad imperante de la noche todo niño tiene miedo de abrir los ojos y ver alguna sombra que se mueve o el crujido del mueble del salón. Teme que sea un ladrón o un hombre malo que venga a raptarlo, así que si ocurre que la noche lo desvela se esconderá debajo de las sábanas de terciopelo y el nórdico que lo abrigan. Siempre es así. Cree que allí está más seguro que si mostrara su cabeza al descubierto. Sin embargo, no todas las noches son igual de terroríficas. Hay noches en que despertar significa poder ver a un grupo de seres mágicos pululando por la casa disfrutando de una copa de anís depositada bajo el árbol de navidad, como agasajo, a cambio de sus regalos.

Anoche fue una de esas noches. Marta es una chica cualquiera, que se ha despertado de repente cuando todavía no ha salido el sol. Como tiene sed, se levanta de la cama con torpeza, va a la cocina y bebe agua directamente de la botella. Tiene los pies fríos y está alerta porque tiene miedo. Mira el móvil, que le sirve de linterna y ve que son las 4 de la madrugada y que en la esquina superior la fecha marca la cifra de 6 de enero de 2012. Esos números la tranquilizan un poco. Es noche de reyes. Duda entre volver a la cama y dejar que pasen las horas o echar un vistazo por el salón y comprobar si hay regalos ya en el árbol. 

Se decide por mirar si están los regalos.

Se dirige directamente al salón, que está al final de un pasillo en forma de L, pero se detiene al notar la brisa que llega por la habitación de su hermano. Se asoma por la ranura de la puerta y ¡¿qué hace su hermano allí sentado en el bordillo de la ventana?! 

Pedrito es un niño de ocho años. Marta sale corriendo hacia él; debe quitarlo de ahí, no vaya a ser que se caiga desde esa altura de cinco pisos. Pero se detiene. 

¡Un momento! 

Su hermano está hablando con alguien. Un brillo dorado refulge apenas medio metro debajo. 

- Quiero muchas cosas. Quería escribir una carta de los reyes magos, pero no tengo lápiz ni papel. Quiero muchas cositas. Esto y esto y esto -dice el niño, mientras va enseñando los pedazos de papel que recortó con las manos de un folleto de juguetes que cogió del suelo hace apenas unos días cuando venía con Marta de jugar en la calle. Se había tirado por un columpio muy alto y había imaginado que unas piedras eran spiderman y varios gormitis-. Quiero todo esto. Y esto también.

Marta lo escucha desde detrás del armario, mientras se le caen dos lágrimas por las mejillas y se tapa la boca con la palma de la mano, compungida, triste. Mira a su hermano y, al mismo tiempo, desea que lo que parece estar sucediendo sea real. Hace tiempo que la magia desapareció de su vida. Años atrás, cuando todavía jugaba con la comba, todavía se levantaba con la ilusión de mirar los regalos que encontraría debajo del árbol e imaginaba una tropa de reyes magos y pajes, con los camellos mágicos, paseando por las calles de la ciudad y llevando agasajos para todos los niños que habían sido buenos, e incluso para los más malos. Pero esa época ya quedó atrás. Un día, así sin más, perdió esa ilusión. Ahora veía a su hermano en la ventana, hablando con alguien a aquellas alturas e inevitablemente la realidad se le zarandea por completo y no comprende nada. 

-Y quiero esto y esto y esto -sigue diciendo el niño con ilusión y, de repente, se queda sin juguetes de papel y, con la cabeza gacha, le muestra a ese ser una fotografía que extrae de dentro de su pijama-. ¿Puedes traerme a mi mami?

Marta, al escuchar esto último, lloriquea, sale de su escóndite y va a abrazar a su hermano. El niño la mira, asustado y con lágrimas aguando su mirada. Los ojos de Marta se topan con el ser de barba pelirroja. Este afirma con la cabeza y desaparece. ¿Qué ocurre? ¡No entiende nada! 

Nerviosa, quita a su hermano de la ventana, lo abraza y se tumba en la cama con él, se tapan por completo con el nórdico y, mientras tratan de dormir, alguien entra en la habitación. Su padre, en pijama, los observa. 

A la mañana siguiente, llaman al teléfono. Debajo del árbol no hay regalos, como viene sucediendo desde 2008 en esa casa. Pero esta mañana del 6 de enero de 2012 hay algo distinto. El teléfono está sonando. 

-Es para ti -dice su padre a Marta.

Marta se acerca el auricular del teléfono al oído.

- Duerme de nuevo. Que el sueño te traiga de vuelta lo que los designios de la crisis te quitaron -dijo la voz ajada de un señor mayor al otro lado del teléfono.

Marta cuelga el teléfono temblorosa y le da un beso a su hermano. Siente sueño y cae dormida. 

Aquel día habían recibido un regalo inusitado.

 ¿Entonces lo de la noche anterior no había sido un sueño? El brillo llegó a su mirada de nuevo. Los muebles de la casa estaban viejos, el árbol era una maceta que había tomado prestada del parque central, la nevera estaba vacía y tenían el agua corriente cortada. Si disponían de agua, era gracias a la bondad de los vecinos que le llevaban botellas de agua de su casa. Comían lo que Cáritas y algunos familiares les daban. Su padre estaba en paro. su madre, una extraordinaria empresaria, se había visto inundada de facturas que pagar y mucho dinero que no cobraba porque sus clientes estaban también en bancarrota. Una mañana, cuando había conseguido que le pagaran un par de trabajos, de vuelta a casa, la asaltaron y le robaron todo lo que tenía y ella, enloquecida, se lanzó a la persecución de sus asaltantes y, en su carrera desesperada, un peatón se le cruzó y lo embistió con su mercedes. El hombre murió; los asaltantes huyeron y ella fue encarcelada. Había matado a un hombre y a otro y a otro más, sin percatarse. En su cabeza solo estaban las deudas, el robo, el miedo a que sus hijos estuvieran sin nada que comer y sin hogar, desahuciados, muertos en vida. Y con aquellos actos se trocó la vida normal de ella y de su familia.

Pero algo había cambiado ese día.

Marta se durmió de nuevo en el salón, sin comprender nada. Horas más tarde, despertó de nuevo en su cama. En la mesita de noche su hermano estaba jugueteando con la figurilla del rey Gaspar. ¿Qué hacía ella en la cama de nuevo? 

Su hermano estaba más pequeño. El calendario marcaba el año 2008. Marta, atónita, le quitó de las manos la figurilla a su hermano, quien salió llorando por la puerta gritando y diciendo: 

-Mami, maaadta tiene rey mío. 

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