domingo, 10 de abril de 2011

Un amor por los libros enfermizo

Que me gustan los libros no es una novedad. El problema está cuando se me mete en la cabeza un libro que no tengo y no hay modo alguno de sacarlo de mi obsesión.

Tengo bibliomanía selectiva.

La bibliomanía es una obsesión por los libros en general. Como toda obsesión no es buena, pues balancea la estabilidad sentimental. A mí me ocurre que amo los libros, lo que sería entendido como una bibliofilia corriente. Sin embargo, hay momentos en mi vida que se rigen en torno a un libro en concreto. Lo veo en el escaparate, en estanterías, en algún reportaje o me lo recomiendan y, en ocasiones, ocurre que de ser un objeto de amor pasa a ser una necesidad, como beber agua cuando se tiene sed.

Lo quiero; lo deseo ya. Y si no lo tengo, me sudan las manos, me pongo nervioso y busco información sobre el libro y el autor a través de la red, como un poseso.

Siento lo que debe sentir un borracho al ver pasar por delante de sus narices una botella de whisky o como un nicotinómano en una situación de alto estrés sin tabaco que fumar.

Es una sensación horrible y vergonzosa. Está bien que me gusten los libros y las historias; pero obsesionarme con un libro en concreto y buscarlo desesperadamente no me parece muy lógico.

Me da vergüenza.

Cualquiera que lea esto pensará que estoy loco y que no hay que avergonzarse por ser bibliómano o bibliomaníaco, como se diga. Me argumentará todos los beneficios de la lectura; que los conozco. Ahora bien, solo quien sufre esta anomalía podrá entender mi desesperación; sentimiento que me desespera solo cuando soy consciente de ello.

Ya lo decía Aristóteles, el justo medio, la justa medida, la mediedad, ni un extremo ni el otro.

Yo a veces me voy a un extremo o tiendo a alcanzar ese extremo y me choco de frente con un problema: demasiado amor por los libros. Quizás porque en ellos vea lo que los griegos llamaban eudaimonía (la felicidad). ¡Qué palabra más bonita y poética! No me sorprende que ellos dedicaran tantos esfuerzos en definirla y en buscarla. ¡Con esta palabra!

Los libros son, así pues, mi eudaimonía; tal vez porque ellos me ofrecen lo que el mundo no puede o porque inciten mi cerebro a crearlo.

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