martes, 1 de marzo de 2011

El libro que golpeó a Descartes

Esta mañana he oído una voz. Al principio, pensé que eran imaginaciones, una de tantas que pueblan un espíritu envenenado por cierta locura. Por ello, no le presté la menor atención y continué durmiendo. Pero, como ocurre cuando uno quiere conciliar el sueño, la voz que antes había hilado palabras lejanas y ajenas se dirigió a mí.

- Romain, ma foi, ¿acaso no me oyes?

¡Cómo no lo iba a oír con esos gritos que me profería junto al oído! Me hice el sordo, porque me dio un poco de miedo pensar que una voz tan extraña me hablaba a mí.

- Soy Descartes. ¡Soy la voz de yo pensante!

La voz de mi yo pensante, pensé. Y claro, pensar en mi yo pensante implica hablarle a mi yo pensante.

- Claro, Romain, soy esa voz. Si piensas, yo te oigo. Si reflexionas, te presto atención, porque, amigo, lo quieras o no, cogito ergo sum. Pienso porque existo, ¿no lo sabías? Si estoy pensando, es indubitable mi existencia. 

- ¿Perdona? No sé a qué te refieres. 

- ¡Cuánto piensas y qué poco provecho le sacas! Romain, una vez me propuse demostrar de un modo razonado la existencia de las cosas certeras, siguiendo un proceso que clasifiqué en cuatro reglas. Como no podía fiarme de nada, decidí dudar de todo. Imagínatelo un momento: oteas el horizonte y te parece que las montañas de atrás son casi iguales que las precedentes; comes algo dulce después de algo salado y el sabor es diferente; te introduces en el mar y ves a tus pies una hermosa piedra que, aunque parece cercana, no puedes asir sin sumergirte. Son tantos los engaños de los sentidos que cómo confiar en ellos.

¡Qué yo pensante más pesado acababa de despertar en mí! Abrí los ojos y lo que vi me pareció tétrico: una inmensa oscuridad. La realidad había quedado reducida a un manto oscuro.

- Mira, seas quien seas, mi consciencia o lo que quieras hacerme creer, me estás poniendo de muy mal humor. Quiero dormir y descansar.

- Dormir, dices, mon dieu. ¿Cómo sabes que ahora no estás dormido?

- Sé que no estoy dormido, porque me estás incordiando. Sé que no estoy dormido, porque soy dueño absoluto de mis movimientos (moví la mano derecha y me rasqué la nariz). Así que o me devuelves mi realidad o me vuelvo sordo para la eternidad. 

Fue en ese momento cuando se apareció ante mí un hombre de pelo largo y aceitoso, de nariz aguileña y de mirada ausente. El señor hizo aparecer una caldera y se tapó el cuerpo con una manta marrón. Acto seguido, hizo aparecer una silla y un pupitre, sobre el cual descansaba una pluma con tinta y una montaña de papel color café.

- Aquí me tienes. Piensas en mí, luego existo; porque tú también existes. Has entrado en el proceso del método cartesiano; por ende, borras todo para comprobarlo desde el principio.

- Muy bien, como desees -comenté y no volví a hablar hasta que el bigotudo señor pronunció su discurso.

- Como te iba diciendo, los sentidos mienten y es imposible distinguir la vigilia del sueño. Esto nos lleva al siguiente paso: hay en nuestro entendimiento un malin génie, un ser astuto que se dedica a hacernos captar la realidad de un modo equívoco. Que yo piense implica necesariamente mi existencia, ¿No? Y en mi existencia tengo ideas adquiridas de nacimiento de las que sería imposible dudar, porque me hablan de cosas que en el mundo no he conocido: la idea de infinito. Si en el mundo las cosas son finitas, debe existir algo que no lo sea. ¿Quién? Sé que te lo preguntas. (Profiere una risotada sonora) Dios. Dios es esa entidad infinita. Y si él existe, el mundo ha de existir también. Él es infinitamente bueno y veraz, el mundo ha de existir, ya que él no me va a engañar. Él ha puesto esa idea en mí.

Ya cansado de tanta metafísica y planteamientos cartesianos, me froto los ojos, estiro los músculos, carraspeo y le digo a Descartes:

- Muy bien. Te he escuchado atentamente. El mundo existe porque camino sobre la tierra, tropiezo con piedras, me caigo mil veces, erro, otros muchos sufren lo mismo que yo, compartimos sentimientos, saberes, colores, sabores y tantas otras cosas, que por más que lo intentes explicar a través de tu duda, jamás podrás hacerlo. El mundo existe. Tu idea de infinito, que has llamado Dios, es una bobería. Si tu Dios es infinitamente bueno y veraz, por qué demonios (nunca mejor dicho) no lo vemos ni siquiera con tu fabulosa razón. Es más, si Dios es infinitamente bueno, no te permitiría dudar del mundo ni de nada, porque lo conoces gracias a los sentidos que él te ha dado; ni habría geniecillos astutos. Pero es más, si Él es un ser tan infinitamente bueno, también ha de ser infinitamente malo, porque, amigo, lo que es infinito lo es en todos los sentidos. Y otra cosa, lo es que infinitamente infinito, ha de ser, asimismo, infinitamente finito. Por consiguiente, au revoir, Dios, elijo tu esencia infinitamente finita y te elimino de la existencia.

Descartes se pone a temblar y la realidad surge por artes mágicas frente a mí. La silla, la mesa, los papeles color café y la caldera desaparecen. Descartes se cae de culo contra el suelo, se pone de pie, arreglándose la manta que cubre su cuerpo y me mira con enfado.

- Por cierto, tipo insensato que osas desconcertar mi tranquilidad onírica, ha llegado la hora de que te enseñe lo que la realidad puede hacerte. 

Agarro el libro que está sobre mi mesita de noche, apunto al intelecto de Descartes y se lo lanzo con fuerza. El libro golpea la cabeza del francesito y lo tumba.

- Siento haberte golpeado pera ya es hora de que alguien lo haga.

Descartes se levanta algo trastornado y me mira. Enseguida, afirma con la cabeza y comenta:

- Tienes razón, ese libro que yo creía existente por artes de beneficiencia divina ha alterado mi res pensante. Si un golpe me hace pensar así, por obligación ha de existir el objeto que altera mi primera verdad indubitable -Descartes desesperado observa la maravilla de cuarto que tengo y, nervioso, agita la cabeza- ¿Cuál era mi primera verdad indubitable?

-Mejor que no la recuerdes. Tu planteamiento es sorprendente. Con haberlo hecho una vez, basta. 

Me doy media vuelta y me pongo a dormir. Descartes, feliz de no tener que plantearse dudas cada dos segundos, desaparece de mi habitación y se dispone a conocer el mundo y sus encantos.

Cogito, ergo sum. Un planteamiento que cambió el pensamiento, pero que desgraciadamente no implica existir. Pensar es una acción, por lo que siguiendo el plantemiento toda acción implicaría existir. Pero bueno, nos conformaremos con creer en él.

Romain duerme tranquilamente hasta que el despertador suena. Con  el discurso del método, que reposa sobre su mesita de noche, apaga el despertador y, malhumorado ,piensa "¿Por qué existo?" 

2 comentarios:

  1. Me ha encantado esta historia, es muy buena. ¿Me das permiso para utilizarla en mis clases? Ya terminé a Descartes, pero estoy segura que van a sintonizar muchos de los alumnos con tu revés argumentativo al filósofo en relación a la existencia de Dios.
    Lo enlazo en mi blog.
    Me gusta como escribes...

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  2. Gracias, todo un halago... y por supuesto que puedes utilizarla.

    La historia se me ocurrió de repente y tuve que escribirla.

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