martes, 25 de septiembre de 2012

Golondrina envidiada.

A ti, golondrina,
envidio tu preciado vuelo,
las acrobacias que haces en el viento,
tus paseos seductores, tus perfiladas alas,
el negro de tu plumaje, tus ojos siniestros.
Tengo celos de tu canto, de tu rutinario trabajo,
el nido que tiene de choza africana barro y saliva,
la pareja que aguarda dentro con el chicuelo.
Te acercas a la entrada, pidiendo permiso para pasar
y si no te lo permiten esperas en la ventana
con sincera necesidad de apego.
Antes llovía ahí fuera, eran otros tiempos,
lucía el sol un rato y luego llegaba el aguacero,
tal vez fuerte y peligroso, quizás agua abundante.
Y tú permanecías quieto pero no distante,
en ese sitio que añoro y echo de menos,
donde tú has de esperar, yo quiero,
porque allí es donde se asoma la mano que deseo.
Sale el cigarrillo con el humo, que no vaho, de su linda boca,
odio esa sensación que es muerte evaporada,
pero, cuando escapa de tus labios me enamora,
y no solo eso, ansío tu metal, tu epicentro,
el gas que explota y se extiende por tu cuerpo,
el vuelo de esa golondrina que a tu lado reposa.
Tengo celos,
celos del suelo que esas patitas tocan
y de ver que ella te tiene tan cerca
y que a mí me separa de ti una distancia
tan larga que el humo aquí no alcanza ya mi boca.

2 comentarios:

  1. Añoranza de lo lejano que no se allega, de la distancia que no se acorta, del tiempo que corre raudo cuando lo querido no está cerca.

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    1. Exactamente añoranza y envidia de lo cotidiano de una golondrina. Gracias.

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