jueves, 29 de septiembre de 2011

Incongruencias varias

Hace un tiempo que estoy paralizado; tanto que vivo en el limbo, en un puente de cuerda cuya estabilidad depende de cómo me mueva y de dónde vengan los vientos. Y en esa parálisis, tan solo hay un órgano que funcione: los ojos. Entonces miro con angustia el precipicio, las enormes paredes del desfiladero y en las profundidades vislumbro un río salvaje y feroz, que me produce vértigo.

¿Dónde demonios estoy?

De repente, aparece ante mí un libro que se abre. Comienzo a leerlo y, cada vez que mis ojos se posan sobre la última letra de la página, automáticamente la página se pasa y puedo seguir leyendo. Así transcurren las horas.

Sin darme cuenta, me han brotado dos alas de papel, frágiles pero elegantes. Han ido creciendo conforme iba devorando los libros que se me aparecían. Por ello ahora son extensas, aunque siguen siendo frágiles. 

Paralizado y en el limbo continúo. Quizás un poco loco, sin saber quién soy ni qué hago aquí, parado, bloqueado en un puente volátil, a merced de las corrientes, del devenir. 

¿Dónde demonios estoy? -sería la pregunta idónea.

Pero, ¿Cúal sería la respuesta adecuada? Estoy en mi mente, intentando alejarme de todo. O quizás estoy perdido en un recuerdo inventado. O en un libro de los muchos que leo. O en alguna película. 

No.

Estoy sentado delante del ordenador aireando los pensamientos. Escribiendo cosas sin sentido, para calmarme. Vertiendo las palabras líquidas en su correspondiente recipiente, porque la presa está a rebosar y no me he dado cuenta de que lo estaba. Así, aunque siga en el limbo, al menos sé que el embalse de palabras no revienta. Si eso ocurriera, la situación podría ser peor.

Loco. Estoy loco, pero ahora más calmado. 

Agito las alas desarrolladas y, a pesar de mi inmovilidad corporal, ellas ceden a mis impulsos y me levantan como una grúa levantaría un objeto de gran tonelaje. Y lo que podría parecer más extraño sucede; los libros me persiguen en el ascenso, siempre a la altura de los ojos. Tal vez me quieran tanto como yo a ellos.

¡Vaya! -exclamo al chocarme con el techo- ¿De dónde ha salido este techo? 

Loco. 

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