sábado, 28 de febrero de 2015

El reino del terror

Ver cómo destruyen la memoria de la humanidad permanente en la piedra trabajada hace miles de años es un crimen atroz. 

Lo que la apisonadora del tiempo no ha conseguido eliminar; manos guiadas por ideologías han dinamitado y reducido a polvo la piedra como los castillos de arena derribados por la tempestad. Ayer, creo que fue, vi cómo en Irán destruían a martillazos obras de arte conservadas y preservadas a lo largo de tantos años. ¿La razón? Porque eran anteriores al islam. No hay razón que justifique la destrucción. No puedo entender semejante salvajismo, soy incapaz de digerir tal cantidad de terrorismo. No entiendo nada. ¿Por qué destruir la memoria? No sé explicarme, estoy traumatizado. Tal magnitud de caos me desborda. ¡Cómo puede haber seres tan necios y nefastos! En nombre de una religión, como excusa para todo, hacen lo que les sale de las narices, destruyen lo que les apetece, cortan cabezas literalmente, queman vivas personas con ideas distintas, caminan a su antojo por donde les place y lanzan granadas a ton ni son literal y figurativamente.

No. No. No.

Primero dañan una religión que en ningún momento establece lo que ellos hacen.
Segundo dañan a los creyentes de esa religión o los llevan a imitarlos en sus terribles "hazañas".
Tercero dañan a la humanidad.
Dañan al arte.
Se dañan a sí mismos.
Nos dañan a todos.
Dolor, daño, tristeza, falta de moralidad, impudicia, malicia... todo en una vorágine sin cesar.

Todo por producir terror.

Eso es lo que percibo desde hace años. Nos quieren seres temerosos, asustados por cualquier razón. Es la forma de un "ellos" impersonal de tenernos ocupados en algo o en nada. Porque el que teme se queda paralizado. Los gobiernos y los medios son expertos en jugar en el tablero del miedo, de la psicología a través de la cual encadenarnos. Prometeos en un mundo lleno de águilas y buitres: enfermedades sin cura a escala mundial, cambios climáticos apocalípticos, crisis monetarias etc. Y ahora los últimos en jugar al juego del pavor son los yihadistas. Se plantan en París y asesinan salvajemente a unos dibujantes satíricos atrayendo toda la atención mundial hacia ellos. Publican por los medios ejecuciones terroríficas. Una vez cometí el error de ver una de esas ejecuciones y sentí miedo y tristeza. Es horroroso. Ahora han pasado del terror para crear en nosotros impotencia. Ahora destruyen patrimonio y muestran la dureza con la que actúan, sin dudar un segundo. Nos quieren aterrados e indignados. Son listos; una persona asustada e indignada no razona y actúa mal. Nos quieren derrotados. Yo estoy un poco derrotado ya. 

¿Cómo nos mantenemos firmes ante tantas oleadas de miedo? ¿Hemos avanzado algo?¿Seguimos en la Edad Media?¿Qué podemos hacer?¿Cómo lo hacemos?¿Seguimos mirando el espectáculo del miedo? 

Carezco de soluciones. No dispongo de los medios para cambiar el mundo. Simplemente me resguardo ahora en alguna dulce canción que embellece el mundo. La música es uno de esos patrimonios de la humanidad que ninguna bomba podrá destruir. Tal vez fuera la música la que nos salvara. No sé. No creo. Utopías miles, como miles las distopías, millones las vidas perdidas en una lucha eterna.






1 comentario:

  1. Muy triste, pero no se puede racionalizar lo que a la razón no atiende. Como tú dices, es fanatismo, es miedo para conseguir poder, o son los poderosos que para mantenerse sostienen el miedo, da igual, el resultado es el mismo. Pero aún así hay que pelear y luchar contra estas fuerzas oscuras que siempre han existido y siempre existirán, porque a pesar de todo, siempre nos queda la música y ... la palabra. En boca de Blas de Otero:

    EN EL PRINCIPIO

    Si he perdido la vida, el tiempo, todo
    lo que tiré, como un anillo, al agua,
    si he perdido la voz en la maleza,
    me queda la palabra.

    Si he sufrido la sed, el hambre, todo
    lo que era mío y resultó ser nada,
    si he segado las sombras en silencio,
    me queda la palabra.

    Si abrí los labios para ver el rostro
    puro y terrible de mi patria,
    si abrí los labios hasta desgarrármelos,
    me queda la palabra.

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