domingo, 6 de octubre de 2013

Soy como un globo

Un globo se infla con muchas ganas y mucho pulmón, sobre todo esos que son muy pequeñitos y que se alargan como una salchicha infinita. ¡Y con qué facilidad se desinfla si se pincha o en caso de soltar la boquilla sin haber hecho el correspondiente nudo! Me pasa lo mismo cuando leo. Estoy concentrado en mi lectura, viendo pasar la película que me están narrando y voy montándome al mismo tiempo mi propia historia. Me acechan las ganas de escribirla. Corriendo enciendo el ordenador o abro el cuaderno para comenzar a contar el relato que minutos antes se había empezado a desarrollar en mi cabeza y ¡pluf! todo se desinfla y se escapa el aire de las palabras que no llegaron a plasmarse, congeladas en un tiempo enlazado automáticamente al libro que reposa en mis rodillas o en la mesita de al lado. Tal vez me empeño en escribir lo que no tiene escritura. O como se dice será que lo que iba a escribir era mentira, ¿no? ¿Acaso todas las historias no lo son? 

¿Existe una fiel a la realidad? Nada contempla y expone la realidad como la realidad es en realidad, valgan todas estas redundancias que me he tomado la libertad de realizar. Lo que se escribe y se cuenta con primura es semejante a esa luna llena colosal que como la boca de salida de un túnel ilumina la lejanía y que al ser fotografiada queda reducida a un mero punto blanco en la impresión. Cliché, dicen los franceses, como sinónimo de fotografía. Bonita palabra para expresar lo que después hemos tomado el resto como un estereotipo, como algo que ha quedado fijado en la memoria colectiva, como una fotografía que te pilla con cara de sueño y ojeras pronunciadas y causa la sensación de que siempre has tenido ese aspecto y que eres perezoso, vago, sin ganas de hacer nada, improductivo, maganto, como se dice en mi pueblo, alguien indispuesto al ritmo de vida actual. ¡Qué gracia me hace esto último! "Ritmo de vida actual" decimos como si fuera más acelerado que el de nuestros antepasados, como si la crisis no nos tuviera mermados por completo, como si ahora todo fuera más veloz que antes, más opresivo todo, más cansino... Ridículo me parece, más aún cuando pienso en lo que es un verdadero ritmo de vida, como era el de mi abuelo en su juventud, pasando medio día en la fábrica y medio día en el campo para poder tirar adelante, para ahorrar una perrilla gorda, para poder acercarse a la idea de lo que es prosperar, sin tiempo para dedicar demasiado al sueño, al descanso, a la familia, que ya era ocupación perenne de la abuela, tan trabajadora como él, con un ritmo de trabajo acelerado, cargado de poco tiempo para ella, la casa, las niñas, ayudar en el campo, blanquear la fachada, dejarla tan blanca azulada, tan impoluta que parecía una casa nueva, preparar la comida cada día con amor, con la necesidad de horas que tiene la buena comida, la que se cuece a su amor, como dice mi madre. Eso es un ritmo de vida. El resto también, no vamos a menospreciarlo, pero no olvidemos que lo de ahora no es ni mejor ni peor que lo de antes, es diferente.

Pero ¿veis? Soy como un globo, me desinflo, pierdo el aire y vuelvo a soplar para rellenarlo, empiezo a escribir algo distinto a lo que estaba imaginando mientras leía, porque ya se me ha olvidado lo que tenía pensado. Sin embargo, he acabado escribiendo algo nuevo y me he acordado de aquella palabra que me costó traducir en un examen de francés, el maldito cliché que había utilizado Camus en su texto, y que consumió buena parte de mi tiempo de examen. Viviendo yo siempre en el recuerdo, cuando sé de sobra que cuando sea viejo me arrepentiré por haberme pasado media vida recordando. Pero eso lo dejaré para cuando sea viejo. Entretanto recuerdo y leo, ya que me sienta de fábula y me insufla el aire que este globo que soy necesita.


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