viernes, 4 de octubre de 2013

Goku y Vegeta en una lucha interminable o tal vez no.

De la lluvia de cambio de estación me gusta su improvisada danza sobre los tejados, sobre las copas de los árboles, sobre la mesa del bar casi descolorida, sobre el capó del coche o sobre la superficie de esa lata de coca-cola que alguien guarro (¿Para qué engañarnos?) ha dejado tirada sin misericordia. Tan improvisada que aparece cuando segundos antes el cielo estaba despejado y no soplaba ni la más mínima brisa. Se presenta sin más, como aquí anoche. De repente, sopla el viento, se humedece el ambiente y la atmósfera hace amago de invierno, pero solo amago porque tras caer una lluvia pesada, de gotas gordas, como cuando la abuela tira el agua sucia del cubo de fregar desde la puerta a la acera de la calle, regresa el calor y se seca todo. ¿Quién diría que se había derramado el cielo minutos antes? 

Anoche cayeron tres chapetones, como se dice en mi pueblo, y las gotas hicieron sonar las cúpulas del hotel como las castañuelas en una danza andaluza. Animaron la noche, por decirlo de alguna manera. 

Ahora bien, antes de llegar al trabajo, en la lejanía se iluminó el cielo nocturno con virulencia. ¿Relámpagos? Por muy extraño que parezca lo primero que pensé, al ver chocar un rayo amarillo y uno naranja y precipitarse sobre el horizonte, fue no en un fenómeno natural, sino más bien en una batalla de super guerreros sayans. La mente infantil que todavía me habita no deja escapar detalle alguno para ponerse a trabajar. Allí veía yo a Goku enfrentándose a Vegeta, primero con emoción, luego con un poco de pánico, dígase ya de paso. Cuando la tormenta no suena y la lejanía está siendo bombardeada por rayos de intenso color y vas conduciendo el coche, lo que se te viene a la cabeza, más siendo un poco cagueta como yo, es que uno de esos temibles rayos se va a precipitar sobre la carrocería de tu magnífico coche (magnífico porque lo quiero mucho, no porque sea un vehículo de alta gama que cause envidias por donde pasa) y te va a freír como un huevo en el aceite de la sartén. 

Los cambios de estación son espectaculares y virulentos. En Andalucía cuando el invierno hace acto de presencia no lo hace con la suavidad que sería de esperar de la naturaleza; sale de la nada sin el orden que todo lo gobierna, supuestamente. No. Aquí, cuando se sucede una estación y otra, estalla el ambiente, del calor abrasador se pasa al frío y viceversa. Tan solo el cielo es puntual como un reloj, los colores de la luz, la duración del día y de la noche, todos esos signos asignados a cada estación de manera perenne. Es otoño. Lo sé no por la temperatura, sino por el rosa de los cielos matutinos o la oscuridad de una noche que se eterniza con respecto al día. 

¿No os parece maravilloso todo ese mejunje, ese batiburrillo de caos y orden? 

Tengo que confesaros que mi parte infantil sigue negándose a no creer que aquellos rayos chocando no eran en realidad Goku y Vegeta en uno de sus interminables combates. Realidad mezclada con ficción. Así hemos progresado los humanos. Es una pena que la mala ficción se haya convertido en algo tan real que nuestros destinos quedan arrebatados por entes inexistentes que sirven de hilo de marioneta para gente demasiado astuta. Ficción manipulable que hace creer que lo ficticio es real. Esa ficción no me gusta. Es demasiado peligrosa. Cruzadas se han llevado a cabo por las malas ficciones. Bombas pegadas a hombres manipulados han estallado para derribar torres. Prefiero la ficción sana, la que me hace soñar que vuelo y no deja de mantenerme pegado al suelo. Esa es tan maravillosa como la lluvia fresca que bailoteó anoche sobre la cúpula del hotel.

2 comentarios:

  1. Buen texto, José Luis. La lluvia inspira. A mí, al menos, me induce a escribir y a leer y a salir a la calle para ver lo que, cuando no llueve, no está, no aparece. Amamos la lluvia. Un saludo y un abrazo....

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias. Sí, compartimos ese gran amor a la lluvia. Otro abrazo para ti.

      Eliminar