miércoles, 8 de mayo de 2013

La vejez que me haga ser como ellos.

La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos.
Cicerón

¿Cuánto tiempo resiste un caballo tirando del carruaje sin perder las herraduras y el aliento? Esta sería la pregunta que define la existencia misma. En esta lucha constante por la supervivencia llega un momento determinado en que nos quedamos sin energía para seguir caminando y desaparece por completo el aliento con la muerte. Ese momento no viene dado de antemano y adviene cuando menos se espera. Entretanto somos guerreros sin ser conscientes. Blandimos una espada invisible, pactamos por la paz, buscamos las palabras que nos protegen y las que dañan cuando nos alteramos. Somos una gaviota que se lanza en picado contra la superficie del mar, capturamos un pez pequeño, que se bate por desasirse del pico del poeta, pero una vez atrapado no hay modo de escapar. Al mismo tiempo seremos ese pez algún día. ¿Qué sentido tiene la vida si lo mismo gira en sentido horario que al contrario? ¿Tanta lucha? ¿Por qué ser caballo que tira de carro y no carro que es arrastrado con dulzura? ¿Por qué no es todo más valle de flores y aromas, de melodía tranquila, que un eterno barrizal? 

Hablo de la muerte como si estuviera acechando mi entorno sin vehemencia. Hablo de ella sin saber a ciencia cierta su devastación. Hablo de ella porque se pasea desde siempre por mi cabeza arrastrando la afilada lámina de acero por la superficie de mi cerebelo. No es mi amiga, no es nada mío. Simplemente está ahí, como está con todos vosotros desde que respirasteis por primera vez. Simplemente.

El otro día estuve pensando en los recovecos de la muerte. Para alguien ateo como yo la muerte equivale a la desaparición. La transformación. No hay nada esperanzador más allá de la vida. Lo terrible es que la vida en sí misma no está siendo tampoco demasiado esperanzadora. Solo un hogar cuyos cimientos sufren toda clase de terremotos, huracanes, incendios, inundaciones, etc. Un hogar con tejado, por fortuna, repleto de hierbas frescas y flores de todos los colores. Una ventana, también, con vistas espectaculares. Un sol resplandeciente, que es amigo a veces, otras enemigo mortal. Pensaba en la muerte, en la continua transformación de la materia. Empecé a sentirme un poco triste; el peso de los años aplasta a cualquiera. Es más, destruye a uno más el paso del tiempo visible en las personas queridas que la decrepitud propia. ¿Qué haré yo el día que no tenga a la gente que quiero? Preferiría morirme yo antes de ver eso. Pero la vida y la muerte son materias ajenas a la opinión y al deseo humano. La vejez nos sorprenderá cuando aún pensemos que las canas del vecino no serán nunca las nuestras y cuando los achaques parecían tan lejanos que considerábamos que nunca nos alcanzarían. Pero, sabéis una cosa, el día, si acaso llego, que sea viejo, anciano de bastón, de pelo canoso y huesos frágiles, espero recordarme en el espejo a mis abuelos, a mis padres cuando sean viejos, a mi Xena. Sería una forma de sentirlos vivos en mí. Padecer sus mismos achaques, sus mareos matutinos, ser ellos en mí; hablar como hablan ellos, con sus expresiones, sus dejes, sus acentos y poder pensar "esto lo decía mi abuela" o "esto otro es de mi madre" , al mismo tiempo que las recuerdo con una sonrisa enorme en los labios. 

El día que no los tenga, la muerte habrá ganado mucho terreno en mi interior. Gracias a la vida, todavía tengo a los que más quiero. 

Que la vida sigue sin tener sentido poco me importa. La vida no nació para tenerlo; simplemente está ahí, entre extensas bellezas y ratos infernales. 

2 comentarios:

  1. En fin, la muerte es parte consustancial de la vida, sólo su aceptación sin paliativos puede proporcionar terreno para que germine la felicidad.

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    1. Así es. Me acabo de acordar de un libro de Saramago, 'Las intermitencias de la muerte', muy recomendable. ¿Qué pasaría si la muerte dejara de actuar?

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