jueves, 9 de febrero de 2012

Soy papel congelado

No suena el despertador, porque yo ya lo había apagado. Me había girado dentro de la tonelada de mantas, con el miedo del que se sabe al borde de un precipicio de hielo, desde el cual emerge una lluvia de estacas congeladas, y lo había desconectado. Con la oscuridad delante de los ojos encendí la luz, algo desorientado, ausente, como presente en una realidad paralela, probablemente en el mundo de Sartre, entre el bronce y la sensación de estar desnudo y desprovisto de una piel que me proteja del infierno helado de la vida. 

La mañana transcurre bien: un examen, unas fotocopias, un exceso de energía para controlar a un numeroso grupo de niños inquietos, charlatanes, revoltosos... niños, a fin de cuentas. Suena el timbre, estridente como siempre, cruzo entonces el umbral que separa la surrealidad y el mundo de los vivos, entro en el bar de Agu y sin pedir ya tengo en la mesa el café con leche y la media tostada. Rodeado de compañeros, surge la imagen del chico pelirrojo, el prepotente, el talentoso, el niño que sin haber estudiado francés en toda su vida es capaz de soltarme en clase "Sacrebleu!" como una expresión cotidiana que cualquiera debería conocer. Conversamos largo y tendido sobre el asunto de la sobredotación intelectual y me pierdo en ese mismo abismo de hielo del que hablaba antes, porque me siento caminante de un camino lleno de capas de hielo y escarcha; son temas tan peliagudos, casos tan complejos, que es justo ahí cuando siento que soy un principiante, un jovenzuelo que si no se las ingenia constantemente para crear zapatos antiadherente resbala y cae de bruces contra el pavimento. 

La jornada laboral acaba con otra alarma estridente, igual de estresante. Camino entonces por las callejuelas de la ciudad, en busca de fachadas de ensueño, de tiendas de barrio, de historias ajenas a las que presto atención por pura inercia, por naturaleza propia, y llego por casualidad a un puesto de libros de segunda mano. Inevitablemente, todo a mi alrededor se congela, no ya por el frío sino porque los libros estiran sus kilométricas páginas y en un abrazo de papel paralizan la vida. Ojeo las pilas de libros, busco algo interesante, algo conocido, algo atractivo, una boca de papel que comience a hablar, a recitarme una historia interesante, un sueño vivo. Selecciono dos, uno de Beauvoir, otro de Alfredo Gómez Cerdá, y pago. Estoy feliz; huyo del centro, cambiando las calles de cemento, las paredes de ladrillo, por la rugosidad del papel. 

He llegado la rugosa casa; rugosa porque está hecha de papel y letras. 
Soy papel, ya no mojado, sino congelado.

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