miércoles, 29 de febrero de 2012

Las cifras las dejaremos a los adultos

"Les grandes personnes aiment les chiffres" (Le petit prince)

Como dice el principito en la cita que acabo de escribir, las personas mayores, los adultos, solo pensamos en cifras. Medimos cada cosa en números y olvidamos que la realidad nunca ha estado conformada por ellos. Aunque lo dijera Pitágoras y lo diga mucha mente lúcida, para mí nunca será cuestión de números y que no me intenten convencer, soy testarudo y cuando he llegado a una conclusión rara vez la cambio por otra. Es cierto que los números pueden ser una parte de la estructura, pero ¿de dónde sacamos el resto del envoltorio, las venas, la sangre, el color, los sentimientos, la inteligencia, el "alma", el idioma, el conocimiento, la belleza, la fealdad, etc.? ¿De una combinación de números? Lo siento pero no.  

El cerebro tiene tal volumen, tantas células, tantas neuronas, tanto de líquido, tantas partes... pero el cerebro es más que esas cantidades. ¿Para qué basarlo todo en cifras?

El conocimiento no se puede valorar en cifras. Yo no puedo determinar con seguridad que una redacción en francés debe ser puntuada con tal calificación, porque no es algo puntuable y, sin embargo, debemos hacerlo puntuable. Que si se divide en varios apartados y se valoran diferentes bloques; que si tal que si cual. No. Tu redacción no será nunca objetiva y la nota siempre será producto de un conjunto de ideas aportadas, desarrollo, gramática, madurez... pero nunca algo objetivo. 

El amor tampoco es algo que se valore por la cifra. Ya se dijo que esto no tiene edad. Entonces ¿Por qué los adultos, la mayoría, ven importancia en la edad, en la diferencia mayor o menor de edad? Por pura mierda matemática. 

Nada es objeto puro de cifras. Nada, salvo las matemáticas. Y hasta estas necesitan de una carga emotiva o de un idioma que las explique y razone.

Y quien dice que este principito es puro cuento de niños se equivoca o su propio cerebro se ha transformado en un mar de cifras que no ve más allá de la realidad que estas marcan. El principito, ese que tardó en llegar, pero cuando lo hizo, tuvo una entrada apoteósica. El que me enseña a mirar con el corazón las verdades del mundo. El principito que con sus palabras ha dado sentido a mis ideas de niño.

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