miércoles, 20 de octubre de 2010

Las teocomerciantes

Hoy podría contar que el frío parece haberse instalado en Almería y que hay que llevar ahora una chaquetita para no pasar frío, podría escribir que "El jinete polaco" de Antonio Muñoz Molina, novela que estoy leyendo actualmente, me está resultando un libro de tramas y subtramas cuidadosamente perpetradas, en el que el implacable estilo del autor lleva al lector a tal estado de concentración que bien podría tratarse de una sesión de yoga. Podría hablar de muchas cosas, bien es cierto, aunque no sea un especialista de ninguna. Sin embargo, comentaré asuntos que me preocupan.

Cruz rota con moneda de sol
Dibujo diseñado por mí.



Son las 11 de la mañana, tocan al timbren de casa y automáticamente, como si fuera una prolongación de su chirriante sonido, mi perra ladra con insistencia al posible invasor. Yo, mientras tanto, sabiendo quién ha de ocultarse tras la puerta, hago oídos sordos. Mi madre abre la puerta en un ambiente de ladridos y entonces se encuentra de frente con las señoras de la teologogia -término que me invento por puro placer; si ganarse adaptos con mentiras se llama demagogia en política, aquí me parece oportuno llamarlo teologogia-, esas señoras que tras un saludo, "Buenos días o buenas tardes", inician su táctica del engaño por palabras y sonrisas. "Buenos días, ¿Usted cree en Dios?" (Conste que lo escribo con mayúsculas porque para ellas es sin duda el ser supremo, que además les da de comer y les evita tener que plantearse cuestiones tan fundamentales como quién soy, de dónde vengo y adónde voy, porque las respuestas ya las encuentran en un libro tan antiguo como sus ideas). Mi madre les responde con demasiada cortesía mediante una inclinación de cabeza que las invita a continuar con su selmón bien aprendido. "Mire usted, venimos para informale de que tenemos una revista que le va a dar todas las soluciones a sus problemas. Venimos a presentarle a Dios. Sí, Dios y su maravillosa obra divina". Entre tanto, ella sigue asintiendo, aunque en su interior bien se esté negando a permitir que alguna de aquellas palabras vanas atraviese las defensas que con tanto cuidado ha ido creando a lo largo de toda su vida. Continúa la señora con su extensa sonrisa y sus palabrerías impresas a sangre en su cerebro: "Dios se ha personado y ha prometido que va a acabar con toda la maldad". Mi madre la mira esta vez con incredulidad. "Sí, ya sabe usted que el señor ya se personó y acabó con todos los males del mundo. El diluvio universal, ya sabe". Hasta aquí la broma parecía una mala broma, pero ya se está pasando de rosca. Llego yo y le digo que nos deje tranquilos y que se marche para otro lado. Estoy cansado, porque es la cuarta vez que vienen a casa y nos hacen escuchar la misma tanda de mentiras. Incluso se saben nuestros nombres. Me parece impresionante que quieran mercadear con la religión estas "teocomerciantes", que pretenden meternos en la senda de las ovejas. ¡Faltaría más! Se creen perros pastores, cuya función principal es evitar los descarrilamientos del rebaño. Se creen portadoras de palabras y creencias supremas y las pobres no llegan a darse cuenta de que ni yo creo en nada supremo ni mi madre va a cambiar sus creencias por otras venidas de fuera. Me hace incluso gracia, ¿no se dan cuenta de que un libro escrito del puño y letra de un humano o varios no podría contener las supuestas palabras divinas de ningún ser superior? ¿No ven que si dios existiese su propia existencia estaría marcando su imperfección y, por consiguiente, su cesión en el trono supremo? ¿No ven que están perdiendo su vida en mercadear con lo que se supone que más llena su vida? ¿No ven que lo mismo eso no es lo que su preciado ser supremo pretenda? ¿Acaso están tan cegadas por la cercanía de las páginas que leen que no son capaces de ver que su dios se ha dejado cabos sueltos? Y digo cabos sueltos porque los veo a diario. Y claro, si hay cabos sueltos, dios no existe. ¿Por qué lo sé?

Porque YO soy uno de esos cabos sueltos. Y, a pesar de serlo, no mercadeo con mi ateismo de puerta en puerta, intentando cambiar las creencias ni la fe de nadie. Yo creo en lo que me dé la gana creer y que cada uno crea en lo que quiera. Todo lo que escribo arriba son sólo preguntas que se puede plantear cualquiera. O tal vez no.

2 comentarios:

  1. Alguien, hablando de este mismo tema soltó una idea que me pareció genial: "Cuando somos niños tenemos a nuestros padres. Recurrimos a ellos cuando nos sentimos mal o tenemos un problema. Cuando crecemos y sobre todo, cuando mueren nuestros padres ya no tenemos a nadie que nos proteja y por eso necesitamos crear un dios." Es decir, según esta persona, dios no es más que un elemento que el hombre ha creado para no sentirse indefenso en esta vida.

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