sábado, 30 de octubre de 2010

El turno de noche

Trabajar de noche es realmente duro; no podría expresarlo de otro modo.
Quien trabajó de noche sabe lo que ello conlleva: horario fuera del natural, noches de café, silencios, crujidos o ruidos desconocidos, extraños, inesperados, que sobresaltan; una vida en penumbra. Los minutos pasan muy despacio, miras el reloj y todavía son las 3 de la madrugada, el cuerpo vive a ese mismo ritmo, las pulsaciones se aceleran de vez en cuando y el ruido de un dátil que choca contra el tejado de plástico parece sacar la vida del cuerpo aletargado y este se estremece. Quien trabajó de noche conoce los efectos de la oscuridad sobre los ojos y los párpados. Sabe que los ojos le dolerán cuando salga del edificio y deba regresar a casa para dormir, cuando el mundo empieza a despertar y el sol despunta por el horizonte marino o montañoso. Es inútil que se lo imagine quien no lo vivió, porque como bien es sabido la experiencia es la madre de la ciencia: siente y descubrirás. En este caso, no recomiendo descubrir, casi es mejor imaginar, porque es duro. Conduces a casa con el cansancio extra de toda una noche despierto, enciendes la radio y seleccionas la sintonía que propone una música viva, no hay que dormirse. Bajas del auto y ya sabes que pronto podrás dormir, pero a la vez un terrible miedo te recorre el espinazo y casi se adueña de tu conciencia, tienes miedo de que ahora no puedas dormir ni descansar. Así llegas a casa, abres la puerta, te preparas un colacao calentito y unas galletas o tostadas, mientras te desnudas y te colocas un aterciopelado y cómodo pijama. Desayunas viendo el telediario y piensas "ahora debes dormir, no le prestes demasiada atención a lo que están diciendo, no te interesa que la noticia te parezca impactante, debes dormir". Piensas eso todo el tiempo, porque sabes que si cedes un momento ya no podrás dejar de pensar en alguna de esas tristes noticias que cuentan los informativos, que bien podrían llamarse "teletristes" o "tristestivos". Si cedes, la almohada se convertirá, pues, en un reposaproblemas y el descanso se volverá tan imposible como dar respuesta a preguntas sin respuesta. Por ello, te resistes, pones el vaso vacío en el fregadero y vas al baño para liberar la vejiga, no puede haber nada que te pueda incordiar cuando morfeo esté a punto de abrazarte. Debes dormir, es una obligación, porque el turno nocturno lo tienes también esa misma noche. Bajas la persiana, pero esta no cierra completamente y las pocas rejillas que quedan abiertas dejan pasar unos débiles rayos de sol que entorpecen tu deseo, tu necesidad. Afortunadamente, tú que ya conoces lo que iba a ocurrir, abres el cajón de la mesita de noche y extraes lo que en esos momentos resulta ser el mejor invento: un antifaz. Te lo plantas sobre los ojos, te tapas hasta el cuello, das varias vueltas en la cama buscando la posición adecuado, incluso si esta a veces pueda parecer poca natural, extraña, retorcida, con la mano torcida debajo de la almohada y la otra mano entre las piernas ligeramente flexionadas. Piensas unos segundos en dejar de pensar y solo por haberlo pensado sabes que sigues pensando aunque sea en no pensar. Piensas en no pensar, en no reflexionar, en dejar el "cogitare" para otro momento. Morfeo, finalemente, se porta bien y te ofrece su más tierno abrazo. Tierno abrazo que en muchas circunstancias solo durará 5 ó 6 horas, suficientes para dejar actuar al café doble que te tomarás antes de regresar al trabajo por la noche. Así será noche y día durante meses. Quién sabe, quizás un día puedas regresar a la vida normal.
Así pues, trabajar de noche es duro.

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