sábado, 8 de junio de 2013

La guadaña es imprevisible.

Tan joven y tan agotado.

Qué cansancio tengo estos días. Me duelen los pies y las piernas y me noto con ganas infinitas de dormir, pero no consigo dormir bien, no descanso. Se ve que el trabajo y esos horarios tan cambiantes me tienen el cuerpo atormentado y, a diferencia de lo que sucedía antes, ahora me canso más, tardo más en recuperar la energía y el cuerpo reacciona peor a las batidas cotidianas. 

Y sin embargo aún soy joven. Lo certifica mi carnet joven renovado hasta los 30 años; eso sí, solo soy joven oficialmente en Andalucía, porque fuera de ella ya he pasado esa franja que separa al joven del adulto, una frontera marcada no sé bien por qué criterios. En unos lugares del mundo uno es niño, adulto o anciano; en Europa, la variedad aumenta y además hay niño grande, adolescente, joven adulto y jubilado, que no anciano ni viejo.  Para los romanos uno era adulescens hasta los 26 años, si no recuerdo mal. ¿Quién dictamina el cajón al que pertenecemos? ¡Qué extraña es la humanidad que inventa conceptos innecesarios! Esto debería ser vivo o muerto. Es la única escala que importa.

La cuestión es que los años se van notando, aunque a simple vista parezca un adolescente de 20 años. 

Y no soy yo el que lo dice; es la vida la que habla. La semana pasada habló alto y demasiado claro. Las calles parecían atestadas de colesterol y en ellas miles de personas las ocuparon como en una manifestación, con movimiento lento y pausado, como atascado entre los edificios. Allí, en cambio, no había carteles reclamatorios ni voces repitiendo frases típicas. Todo era silencio. El silencio de la muerte que suena con fuerza en las cabezas de los presentes. Hace unos días, falleció de repente un muchacho al que conocía. El chico tenía mi edad y había estudiado conmigo. Era una de esas personas conocidas, con fama, buena gente, amable, con su lado rebelde. Llevo siglos sin verlo y en mi mente su imagen es la de un muchacho de 16 años, alto, un poco grueso, con aparato de dientes y la piel enrojecida por el sol. Es el recuerdo de alguien que no he visto en más de diez años y que, de súbito, muere. Y al morir, en mí se abre una vorágine, un caos mental descontrolado, el precipicio de la edad, el cuestionamiento de la vida, la caída precipitada de la guadaña; guadaña que corta a ton ni son, en un segundo te roza el pescuezo, en otro ha cortado la cabeza de alguien próximo. Esta vez cayó sobre su corazón. Acababa de desayunar y rasgó su vida. Quebró su cercana boda. Lo hundió en los brazos de su mejor amigo. ¿Qué fue lo último que pensó? ¿Acaso pensó algo? En la boca tendría aún el sabor amargo del café con leche. Puedo imaginar el laberinto que se levanta en una situación así. Cuando la muerte ataca inesperadamente, se levantan muros de setos y uno debe sentirse perdido, sin salida. Su amigo se quedó paralizado. Supongo que no supo qué hacer. La gente se arremolinó. Las miradas de la gente son como el imán que reacciona con el hierro. La familia del chico, sus amigos, su mejor amigo testigo de su fallecimiento y la novia que no llegó al altar ahora están dentro del laberinto. Para salir de él van a necesitar muchos Dédalos. Podría haber vivido más. Era joven. Tenía proyectos y disfrutaba de la vida.  

No obstante, pereció. 

Desde ese momento, no se me va de la cabeza su imagen adolescente de hace diez u once años. Tampoco soy capaz de deshacerme de la sensación de incomprensión. Quizás, como ya he dicho muchas veces, no hay nada que comprender de la vida y la muerte. Somos una vela que bien se apaga por sí sola al terminarse la cera que la compone bien  se extingue en un soplido antes de tiempo. En este caso el aire se lo ha llevado en plena juventud. Un joven de 28 años en Andalucía, fuera de ella un adulto. 

Entretanto yo sigo vivo hoy. Soy joven, pero esto no depende de la edad. La vida nos lo recuerda cada día.

7 comentarios:

  1. No soy capaz de darte una respuesta concreta, es taaaaan vasta la interrogante que planteas que haría falta un congreso, y ni aún así...

    Saludos

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  2. Cada vez que te leo, te quiero más. A ver si se va la profe de mi cole y puedes entrar tú.

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    1. Muchas gracias. Siempre tienes buenas palabras para mí. Un abrazo.

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  3. Genial. Me gusta que plantees un interrogante sin respuesta y sin interrogante (aunque suene raro, es como lo consigo expresar). Me quedo con: "Y no soy yo el que lo dice; es la vida la que habla", y "Somos una vela que bien se apaga por sí sola al terminarse la cera que la compone bien se extingue en un soplido antes de tiempo".

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    1. Lo has expresado a la perfección, Isaac. Te quedas con dos frases clave. :)

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  4. La muerte inesperada siempre nos sorprende con el pie cambiado. Y, aún así, la vida siempre se abre camino. La vida y la muerte sólo están separadas por un latido de corazón que ocurre o se queda perdido para siempre en el tiempo. La muerte no existe. Sólo la vida es real. Cuando uno muere ya no es nada, su consciencia desaparece súbitamente y para siempre. La muerte sólo es lo que ven aquellos que aún viven. Por eso hay que aprovechar que uno está vivo. También para ver a los que mueren.

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