sábado, 15 de junio de 2013

El hombre es igual ahora que en otras épocas: idolatrías.

Escribe una carta Flaubert a su hermana, Caroline, el 5 de diciembre de 1843 desde París, exactamente un domingo por la tarde a las cinco, donde en un momento dado le describe cómo ha sido tener cerca a Victor Hugo:

[Tu t'attends à des détails sur V. Hugo. Que veux-tu que je t'en dise? C'est un homme qui a l'air comme un autre, d'une figure assez laide et d'un extérieur assez commun. Il a de magnifiques dents, un front superbe, pas de cils ni de sourcils. Il parle peu, a l'air de s'observer et de ne vouloir rien lâcher. Il est très poli et un peu guindé. J'aime beaucoup le son de sa voix. J'ai pris plaisir à le contempler de près; je l'ai regardé avec étonnement, comme une cassette dans laquelle il y aurait des millions et des diamants royaux, réfléchissant à tout ce qui était parti de cet homme-là assis alors à côté de moi sur une petite chaise, et fixant mes yeux sur sa main droite qui a écrit tant de belles choses. C'était là pourtant l'homme qui m'a le plus fait battre le coeur depuis que je suis né, et celui peut-être que j'aimais le mieux de tous ceux que je ne connais pas. On a parlé de supplices, de vengeances, de voleurs, etc. C'est moi et le grand homme qui avons le plus causé; je ne me souviens plus si j'ai dit des choses bonnes ou bêtes. Mais j'en ai dit d'assez nombreuses.]

Leer esto trae a uno la sensación de que todos tenemos gente a la que admiramos. Para que entendáis os traduzco el pasaje a español:

"Esperas detalles sobre V. Hugo. ¿Qué quieres que te diga? Es un hombre que parece como cualquier otro, con un rostro bastante feo y un exterior bastante común. Tiene unos dientes magníficos, una frente fantástica, no tiene pestañas ni cejas. Habla poco, parece estar observando todo, no dejando escapar nada. Es muy educado y un poco estirado. Me gusta mucho el sonido de su voz. Ha sido un placer contemplarlo de cerca; lo miré con sorpresa, como un cofre donde habría millones y diamantes reales, mientras reflexionaba sobre todo lo que decía ese hombre sentado entonces a mi lado en una pequeña silla y yo fijaba los ojos en su mano derecha que ha escrito tantas cosas bellas. Estaba allí, no obstante, el hombre que más me ha removido el corazón desde que nací y a quien, quizás, más quería de todos los que no conocía. Hablamos de suplicios, venganzas, robos, etc. El gran hombre y yo somos los que más hemos conversado; ya no recuerdo si dije cosas buenas o tontas. Pero dije muchas cosas."

Cuando leo este fragmento de la carta pienso en cómo somos los humanos. ¿Cambiamos con el tiempo? Tendemos a tener la sensación de que los anteriores a nosotros fueron más tontos, más cortitos de mente, menos espabilados, salvo algún caso excepcional. Solemos imaginar que nuestros antepasados que vivían en cuevas, cazaban, recolectaban, cuidaban del grupo, dibujaban en las cavidades de la gruta... eran tontos. ¡Pobres inútiles! Estoy completamente en contra. Tanto ellos como nosotros somos iguales; ahora la tecnología nos gobierna, antes la naturaleza. A nivel mental somos gotas de agua caídas en distintos tiempos. No hay diferencia real. Leo a Flaubert y veo el entusiasmo de un hombre por haber estado junto a alguien que admira. Constatamos el descubrimiento de Flaubert al ver que Víctor Hugo no era un dios, sino un hombre cualquiera, aunque con una mano derecha que escribe frases poderosas y mágicas. Ese Flaubert somos todos. ¿Quién no ha idolatrado a otra persona en algún momento de su vida? Esto sucede sobre todo en la primera juventud, cuando buscamos modelos que seguir, ejemplos que nos guíen en el caos que parece de repente la vida. 

En las cartas y diarios de estos hombres de otros tiempos se nos desvelan secretos; por momentos podemos trasladarnos a otras épocas sin movernos de nuestra época. Somos capaces de ver lo que pensaban esos pensadores y toparnos con la realidad de que ellos también fueron niños, también sufrieron, sintieron dudas, se sorprendieron del mundo, de la existencia; quizás más que el resto. 

Flaubert está contento porque ha conversado con uno de sus ídolos. Fue tanta la emoción que ha olvidado si dijo cosas importantes o se perdió en menudencias, idioteces. Y lo cuenta todo a su hermana como podría haberlo hecho un adolescente actual al poder compartir espacio y conversación con un cantante o su actor preferido. 

El mundo dará muchas vueltas, pero los humanos somos los mismos. Siempre necesitaremos idolatrar a otros, descubrirlos humanos y cambiar de persona a la que admirar, hasta que nos volvemos egocéntricos y ya no admiramos a nadie más que a nosotros mismos.

6 comentarios:

  1. No estoy de acuerdo con tu última frase: "hasta que nos volvemos egocéntricos y ya no admiramos a nadie más que a nosotros mismos."

    Mi blog me ha hecho aún menos egocéntrico de lo que pudiera ser, y a mis 46 años sigo teniendo figuras idolatradas: Dylan, MIles Davis, Coltrane, Hendrix, Led Zeppelin, Borges, Cortazar...

    Rezo para que no llegue el día en que me admire sólo a mí mismo.

    Un saludo

    http://misrelatosyesteblog.blogspot.com.es/

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    1. Sí, tienes razón esa frase no es nada acertada. Gracias por remarcarlo. Opino lo mismo. Lo que sí creo es que todos necesitamos alguien a quien admirar.

      Un saludo.

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    2. Desde un biólogo que siente devoción por Darwin, hasta un músico obsesionado con Bruckner, son hitos en un camino que nos lleva a crecer.

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  2. Hermoso documento e interesantes reflexiones, Jose Luis. Conforme pasa el tiempo más admiro a determinadas personas y más valoro su trabajo o su actitud ante la vida. Un saludo

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    1. Estoy leyendo la correspondencia de Flaubert, así que voy a extraer más fragmentos interesantes. Estos clásicos son un caja de sorpresas siempre.
      Un saludo, Carmen.

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  3. En lo que a mi respecta, me guardo muy mucho de admirar a quienes no conozco. Puedo admirar la obra de ciertas personas, pero me abstengo de admirarlos como individuos pues en mi experiencia, a menudo, lo uno y lo otro no tiene nada que ver. Las únicas personas a las que me permito admirar son aquellas de carne y hueso que pasan por mi vida y que me demuestran con sus actos que verdaderamente merecen ser queridos y admirados.

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