domingo, 10 de marzo de 2013

Una rebelión cívica es necesaria.

Que los libros no son armas para cambiar la vida no estoy demasiado seguro. Los libros, la forma en que están escritos y el fluir de las ideas que discurren por sus rugosas páginas puede recorrer el interior mismo del lector y llevarlo a replantearse muchos aspectos de la realidad y, por consiguiente, tratar de cambiar esta para hacerla mejor. Yo no soy el mismo desde que leí Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina.


«Hace falta una serena rebelión cívica. Hay cosas inaplazables». 
No querría hablar de política, porque no me gusta ser monotemático, pero es necesario que hablemos de la política, pero sobre todo de lo que está sucediendo en nuestro entorno, de la fragilidad del mismo y de la poca seguridad que tenemos de que lo conseguido con esfuerzo permanezca inalterado. Que nada es seguro debemos convencernos a diario. Abramos un diario y comprobemos que el presente está repleto de ejemplos, que los derechos afianzados en realidad no lo estaban tanto como parecía y que todo se está esfumando como la ceniza cuando sopla el viento. Eso sí, lo que hemos estado permitiendo durante tanto tiempo ha de terminar. Que nos engañen constantemente no debe durar, porque es un lujo que no podemos sostener. Como dice A. Muñoz Molina en su último libro: "Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraídamente la incompetencia y la corrupción." Les hemos permitido demasiado y ya es hora de que se les corte el riego. Ellos están ahí porque nosotros hemos votado por ellos. Ya no me refiero a que hemos votado al partido gobernante, que la mayoría sí ha votado, sino a cualquier otro partido, como el anterior, más bien hago referencia al hecho de que ellos están ahí por nosotros, la ciudadanía, y sí lo están es para gestionar el dinero como hay que gestionarlo, como lo hacían nuestros abuelos cuando no había más dinero que el escaso jornal que entraba cada día en casa con muchísimo esfuerzo, con el cuidado de gastarlo en lo básico, tratando de ahorrar en lo que no es fundamental. Hay que exigirles que economicen en lo accesorio y demuestren cómo se ha gastado cada céntimo, porque estamos hablando del dinero de todos. No vivimos en un país rico y la realidad ha venido a demostrárnoslo. Somos un país de pobres que ha perdido el norte demasiado tiempo, despilfarrando donde no se podía. No todo el mundo lo ha hecho, está claro. Pero todos somos responsables de lo ocurrido. Unos por no ser capaces de ver la corrupción que había, los aires de grandeza, la presencia de desigualdades, la democracia frágil, un sistema que no había seguido evolucionando con los tiempos. Esos unos que nunca se plantearon de dónde venía tanto dinero, que se jactaba del dinero rápido; otros que nos engañaron sin escrúpulos, banqueros que no miraron por el dinero de sus clientes, que prestaron dinero sin miramientos, sin explicar que ese dinero era, a su vez, prestado por bancos extranjeros, ayuntamientos que se endeudaban casi por norma constantemente y seguían dando circo al pueblo para distraerlo.

Somos un país de ideologías que se quieren contrarias, donde no hay cabida para críticas internas. O eres de los nuestros o estás en contra y si eres de los nuestros sigues mis ideas y las defiendes hasta la extenuación. Los de izquierdas son de izquierdas y los de derechas son de derechas, los nacionalistas defienden su "nación" al máximo y los religiosos son enemigos de los ateos y viceversa. ¿Acaso no nos damos cuenta de que somos más iguales de lo que pretendemos? Busquemos apoyo en esas semejanzas y tratemos de salvar lo realmente importante. Somos más iguales de lo que pretenden hacernos creer. Soy andaluz antes que español y no por ello me creo distinto al resto, ni superior ni inferior. Comparto con un catalán muchísimo, pero los políticos que juegan con las ideas tratan de hacernos diferentes. Y no, por mucho que explotemos las diferencias y extraigamos tierra del pasado no vamos a demostrar que unos sean más que otros: todos venimos de África. 

Me fastidia que se nos siga haciendo parecer tontos, que nos distraigan con hechicerías políticas, con temas que ahora no han de ser relevantes. Debemos aprender a convivir, pero sobre todo a defender lo que es básico, lo que hemos ganado con esfuerzo, no yo ni los de mi generación, pero sí las generaciones de nuestros padres y abuelos. Estamos en peligro, porque está lo imprescindible colgando de un hilo de mantequilla que se funde inevitablemente: la sanidad, la educación, la libertad, el bienestar, la democracia. ¿Podremos seguir así?

Ahora mismo en mi calle la vida fluye con normalidad, la gente va a comprar el pan, algunos se quedan en casa porque es domingo, otros pasean con sus mascotas, el que puede lee, ve alguna película, disfruta de la cordialidad de una mañana de tapas con los amigos o la familia. La vida parece normal. Pero me pregunto si mañana seguirá así, si un día no nos levantaremos de la cama y habrá empeorado. Me da miedo pensar que no pongamos freno a la degradación, que la pobreza no descienda, que las calles se vuelvan peligrosas, que lo conseguido se convierta en aguas fecales, en apocalipsis. Me aterra la idea de que un día enferme y, por no tener dinero ni un sistema público sanitario fuerte, me vea relegado a sufrir una pesadilla en mi cuerpo. Tengo pavor cuando pienso que los niños del mañana podrían ser borregos y carecer de opinión propia, de lógica, de pensamiento crítico y que sean llevados por los senderos marcados, todo por no haber sabido mantener una educación para todos, por no haber luchado por que ellos tuvieran la opción de formarse.

Pero no es solo eso. No entiendo cómo no se intenta cambiar para mejor. Si estamos en democracia quiero igualdad, quiero que luchemos democráticamente mediante el diálogo y no permitiendo que se haga con nuestro dinero lo que unos pocos deseen ni que jueguen con nosotros. España no es un país católico y no me van hacer cambiar de opinión. España fue ese país de un modo ficticio, porque en la realidad no hay bloques puros. Cualquiera comprende que es más importante destinar el dinero que ahora se le da a la iglesia a la sanidad o la educación o al empleo. Si no lo comprende es porque no está mirando por el beneficio común, porque no está mirando por las creencias del resto. Tener una religión no ha de implicar dinero mediante. Las creencias nacen de dentro y no cuestan dinero. Ahora bien, comer o curarse sí lo requiere. Al menos sí en el mundo que hemos creado. En cambio, lo que no sé si todos entienden es que también el dinero que se gasta en festividades, en el día de cada comunidad, en San Fermín, Tomatina, Rocío, ferias... es dinero que hay que ahorrarse en estos tiempos que corren. Debemos ser consecuentes ni opio para el pueblo ni lujos que no podemos mantener.

 "Cada uno, casi en cada momento, tiene la potestad de hacer algo bien o de hacer algo mal."A. M. M. 

"Hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho bien para tomar ejemplo." Como dice el autor muy sabiamente.

¿Qué es necesario según Antonio Muñoz Molina? 

Limitar los mandatos, tener listas electorales abiertas, una administración profesional e independiente, revisar cuidadosamente organismos y empresas oficiales, las remuneraciones, tratar de traer el talento, defender lo público, llamar al pan pan y al vino vino, comprobar los hechos, buscar el rigor de la información, un doble esfuerzo colectivo de vigilancia reivindicativa y de responsabilidad, de activismo público y honestidad privada, terminar con la pedrería verbal, aprender a dejarse influir y a dejarse fluir uno mismo, aceptar la realidad, discutir abiertamente, llegar a acuerdos, aprovecharlo todo y no tirar nada, respetar el patrimonio del pasado... 

En su libro ofrece datos que ha ido extrayendo de los periódicos desde el 2006 hasta el presente y, al leerlos todos juntos, uno no puede dejar de sorprenderse: "¿Cómo es que ese ruido no nos atronaba?¿Qué veíamos?¿En qué estábamos pensando?", se cuestiona el autor. Parece que estamos ciegos ante los hechos presentes y, pensándolo bien, hasta no es difícil imaginar a Descartes dudando de la realidad. Si no somos capaces de ver lo que está en nuestras narices, ¿cómo pretendemos ver lo que vendrá?¿Cómo podemos solucionar un problema que no vemos? Parece que esto no importa demasiado a los que nos gobiernan. Ellos siguen con su pedrería verbal, desviando el tema, llamando al pan vino y al vino pan. Y, entretanto, la gente sufriéndolo, sintiendo la impotencia de no poder hacer otra cosa que salir a la calle a quejarse o quedarse en casa porque no hay nada que hacer salvo adaptarse, tratando de sobrevivir a las tempestades, mientras otros siguen con sus sueldos estratosféricos, sus coches de lujo (que pagamos todos), las privatizaciones de los bienes comunes, la corrupción, las fiestas, los desmanes, los engaños y la falta de responsabilidades; en definitiva no cumpliendo con su trabajo.

"Es la obra la que se explica a sí misma." A. M. M.  Hagamos cada uno lo que debemos y entre todos podremos lograr salvar lo que parece estar perdiéndose. "Que cada uno haga su trabajo", decía Camus.


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